Capítulo 12
No tengo un marco de referencia
Vicky
El abrazo de Mike había iniciado mi recuperación de la crisis, pero lo que me devolvió por completo a la realidad fue su maniobra de marcha atrás, sumamente varonil.
Nunca me había parecido atractiva la forma de conducir de los hombres, pero cuando Mike puso el brazo sobre mi reposacabezas para mirar atrás, con todos sus músculos tensándose bajo su camisa a medida, me olvidé de los fuegos artificiales y se me secó la boca por completo.
Sin embargo, ahora que iba a toda velocidad por el camino de tierra, cambiando de marcha con una mano mientras dejaba la otra sobre el volante —y haciendo que incluso conducir un viejo coche manual pareciera atractivo—, la realidad de la noche se impuso.
«¿Por qué reacciona así?».
«Es autista».
Sabía que Ollie , Margot , Abdul y Lottie tenían razón.
No había nada de lo que avergonzarse. Mi cerebro funcionaba de forma un poco diferente.
Punto. Veía el mundo y a todos los que lo habitaban de una manera inusual.
No todos funcionamos igual ni nos comportamos igual.
De hecho, como ya he dicho, si el mundo estuviera lleno de Vickys , todo iría mucho mejor.
Sin duda, todo el mundo sería puntual y diría lo que de verdad quiere decir; sería mucho más eficiente y menos confuso. Pero como yo era la anormal y todos los demás se basaban en mentiras piadosas y sutilezas, era difícil no avergonzarse.
Abdul culpaba de todo a mi madre y a mi media hermana. La negativa de mi madre a que «se etiquetaran» mis dificultades hizo que interiorizara la idea de que tener una etiqueta era malo.
Por no hablar de que Rebecca me llamaba constantemente bicho raro o rarita. Me habían diagnosticado hacía tan solo unos años y, por lo general, no quería que nadie lo supiera.
Cuando, en el pasado, tenía fantasías románticas con Mike , esperaba que pasara por alto mis peculiaridades y se centrara en mi atractivo superior a la media, pero supongo que la apariencia física tiene un límite y no suple la personalidad (o la carencia de ella).
Pensé que sería conveniente ir acostumbrándolo poco a poco a la etiqueta de autista, pero también reconocía que llegaría un día en que tendría que saberlo.
Ahora que no albergaba fantasías románticas, sino la intención de tener un encuentro puramente físico —si él accedía—, confiaba en que no se enterase nunca.
Pero la crisis de esa noche me había delatado por completo.
Ya no podía ocultarle nada.
Me tensé al ver que giraba en dirección contraria a Buckingham Manor .
—¿Adónde vamos? —logré preguntar. No me hacía especial gracia lo desconocido, y conducir en dirección opuesta a la casa familiar en la que me alojaba era, sin lugar a dudas, territorio desconocido.
Mike tenía las dos manos en el volante y las apretó tanto que se le pusieron los nudillos blancos.
—Te estoy llevando a mi casa —respondió.
—Pero… ¿por qué?
—¿Por qué?
—Sí… ¿Por qué vamos a tu casa?
—Vivo ahí.
Cerré la boca de golpe y parpadeé con la vista fija en el parabrisas.
—Pero yo no.
—No hay nadie en Buckingham Manor . Están todos en la fiesta. No vas a volver a ese casoplón vacío después de lo que acaba de pasar. Te vienes a mi casa.
—No tiene sentido.
Arqueó las cejas.
—¿Por qué no?
—No te caigo bien.
Uy, mi talento especial: soltar verdades incómodas.
Mike dejó escapar un largo suspiro, masculló «mierda» por lo bajini y me miró a mí y después a la carretera.
—Sí que me caes bien, ¿vale? Y alguien tiene que cuidar de ti.
Parpadeé con la vista en el parabrisas, todavía grogui y temblorosa tras la crisis.
—No hace falta que me cuides —susurré, horrorizada de que me considerara tan incapaz, pero supongo que después de presenciar esa crisis, debería habérmelo imaginado—. Y, si necesito que me cuiden, Ollie y Lottie ya…
—¡Como lo estaban haciendo tan bien! —exclamó indignado—.
Primero, te llevan de un lado a otro para que sonrías a un hatajo de imbéciles a los que no deberías ni acercarte, y para colmo, uno de esos imbéciles te agarra y te deja unas marcas rojas que con toda probabilidad mañana serán moretones.
—La furia absoluta que rezumaba la voz de Mike cuando mencionó la posibilidad de que me saliera un moretón en el brazo hizo que me abstuviese de hablar—.
Y encima, cuando lanzaron los fuegos artificiales, ninguno de los dos estaba pendiente de ti.
Así que no. No quiero dejarte con ellos después de que te hayas llevado un susto tremendo. Te vienes a mi casa conmigo.
Refunfuñé de frustración por el discursito de Mike , algo totalmente inusual en mí.
Pero decidí que tendría que aguantar el cambio de planes por ahora.
Cuando llegásemos a su casa, llamaría a un taxi para que me llevara a Buckingham Manor .
Implicaría despertar a Janice , que era la única taxista de Little Buckingham , lo cual no le haría ninguna gracia, pero era una emergencia.
Fue entonces cuando me di cuenta de que no tenía ni idea de dónde vivía Mike . Tenía un taller en Moonreach , la casa de su madre, pero yo sabía que en realidad no vivía allí.
Atravesamos Little Buckingham , pasamos por la Madriguera del Tejón y bajamos por uno de los estrechos senderos que se adentraban en el bosque, junto al pueblo.
Cuando la frondosidad menguó, contuve el aliento, estupefacta, al ver la casita que había en medio del claro.
En mi vida había visto nada igual. Era toda de madera, pero no estaba hecha a la vieja usanza.
Toda la madera estaba cortada con fluidez, siguiendo la veta y los patrones de los árboles de los que provenía. No había líneas rectas.
Ni siquiera la valla que rodeaba el porche de madera de la parte delantera de la casa era recta; estaba hecha de ramas silvestres lijadas y barnizadas.
Las ventanas eran de diferentes formas, como si la propia madera hubiera dictado cómo debían encajar.
Normalmente me gustaban las líneas rectas y el orden, pero al contemplar esa impresionante morada, pensé que nunca había visto una vivienda más bonita. Seguía sentada en el asiento del copiloto, contemplando la casa, cuando Mike me sobresaltó al abrir la puerta del coche.
Por un instante, miró a la casa y luego a mí mientras se rascaba la barba.
—No es mucho, pero es mi casa.
—¿Vives aquí? —musité, aún incapaz de moverme.
Mike se encogió de hombros y se puso colorado.
—Eh, sí. Claro. —Exhaló—. Mira, sé que no es exactamente a lo que estás acostumbrada, pero…
—No, es muy, muy diferente a lo que estoy acostumbrada —confesé, rotundamente sincera.
Nunca había visto una casa así.
—No todos podemos vivir en mansiones elegantes —dijo Mike apretando los dientes. Parecía molesto, pero no entendía por qué—. ¿Sales o qué?
Tal vez le molestó que estuviera ahí sentada contemplando su hermosa casa, sin salir del coche, haciéndole perder el tiempo.
Me aclaré la garganta, me desabroché el cinturón de seguridad y me dispuse a bajar.
—Voy a cogerte del codo —me avisó Mike con un tono gruñón.
—¿Eh?
—Para ayudarte a bajar. Mi Land Rover es alto y llevas unos tacones de la leche. Necesitarás que te ayuden a bajar, y me dijiste que había que avisarte antes de tocarte, así que…
—Ah, claro, gracias.
Asintió y me rodeó el codo con su manaza para sujetarme mientras me apeaba.
Seguía sin poder apartar la vista de la casa. Siempre había algún detallito que me llamaba la atención: las flores plantadas alrededor del porche, la puerta de madera que formaba un arco y tenía una ventanita en la parte superior, la rosa trepadora que ascendía por el lateral de la pared del fondo…
—¿Todo esto es tuyo? —pregunté desconcertada.
Se hizo un breve silencio. Miré a Mike , que me miraba con el ceño fruncido. Aún no me había soltado el codo; me percaté de que me gustaba bastante tener su mano ahí.
—Sí —contestó, y tras otra larga pausa, añadió—: Lo construí yo.
—¿Lo construiste tú? —Arqueé las cejas.
—Va, que hace frío. —Su tono ahora era gruñón—. Pasa.
Asentí. No sé por qué, pero me apenó que me soltase el codo para subir los escalones de madera que daban al porche y conducirme a su casa.
—¿No cierras con llave? —pregunté al verlo abrir la puerta de un empujón.
—No tengo nada que valga la pena robar y no estamos precisamente en un foco de delincuencia.
Apretó un interruptor y una suave luz iluminó la casa.
No estaba de acuerdo con que no tuviera nada que valiera la pena robar.
Cada mueble estaba hecho a mano con una madera preciosa.
Su cocina tenía un madero enorme y grueso por encimera, de nuevo con ese borde ondulado en el que la veta había dictado la forma.
Había una mesa y sillas a juego con la encimera, y en la otra punta de la estancia, un sillón y un pequeño sofá con estructura de madera, encima del cual había cojines cómodos y mullidos y mantas de colores.
Toda la habitación estaba a doble altura. Miré arriba y vi una claraboya central justo en la parte superior de la casa. Había una escalera de caracol de madera que conducía a un entrepiso, que fijo que sería donde estaba el dormitorio con cama doble.
Cuando Mike rompió el silencio, sonó como si estuviera tenso.
—Mira, sé que no está a tu altura, pero…
—¿Por qué estás enfadado conmigo? —le pregunté.
Abdul decía que era mejor preguntarle directamente a la gente qué pasaba si no entendía una interacción. Decía que era preferible a permitir que siguiera sin haber buena comunicación. Que si presentía que algo andaba mal, lo dijese sin ambages.
Confiar en las señales sociales no era una opción para mí, y menos sin Lottie .
—No estoy enfadado contigo, Vicky .
—Tu tono es de enfado. Capto el enfado bastante bien.
De niña, era muy frecuente que se dirigieran a mí con voces de ira y frustración, por lo que me había entrenado para detectar las señales desde muy joven. Mike respiró hondo y exhaló lentamente.
—Mierda, lo siento, no quiero que pienses que estoy enfadado contigo. —Su tono era más suave ahora—. Es que me pongo un poco a la defensiva con mi casa.
—¿Por qué te enfadarías conmigo por eso?