Única (Soñadora 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

Que nadie la toque

Vicky

Lottie me apretó la muñeca ligeramente, lo cual era mi señal para detenerme a respirar y conceder a otro la oportunidad de hablar.

Cuando me giré hacia ella, negó con la cabeza muy sutilmente. Ladeé la mía con el ceño ligeramente fruncido, pero logré callarme de golpe, lo cual me fastidió porque tenía mucho más que decir sobre el principio económico de la ventaja comparativa en el comercio.

Por un momento me quedé en blanco. ¿Qué era lo que Lottie decía que debía hacer acto seguido en esta situación?

Lottie tenía un nivel tan alto de inteligencia emocional y estaba tan en sintonía con los demás que era casi como si les leyese la mente.

Por eso era valiosísima para mí. Mi inteligencia emocional brillaba por su ausencia, y me costaba calar a la gente.

Antes de que Lottie llegara a mi vida, insultaba sin darme cuenta a varios inversores y socios comerciales a diario.

Ahora, si estaba conmigo, me ayudaba a corregir mi aberrante comportamiento con las señales no verbales que habíamos ideado juntas.

Me apretó la muñeca de nuevo.

«Si tienes dudas, sonríeles», oí a Lottie decirme mentalmente. Me volví hacia los hombres que me rodeaban para hacer justo eso.

Un par parpadearon sorprendidos por la abrupta transición, pero la mayoría me devolvió la sonrisa.

La voz de Lottie volvió a colarse en mis pensamientos:

—Úsala con cuidado —me había advertido.

—¿El qué?

—Tu sonrisa.

La miré ceñuda.

—¿Qué pasa con mi sonrisa?

— Vics , ¿tienes idea de lo impresionante que estás cuando sonríes? —Me encogí de hombros. Claro que era consciente de mi atractivo convencional, pero ¿qué tenía eso que ver con mi sonrisa? Me miró con paciencia—. ¿Qué pasa cuando se le sonríe a la gente?

—La verdad es que no le sonrío a nadie.

Lottie suspiró.

—Bueno, pues inténtalo por mí. Te garantizo que los hombres o te sonreirán también o se quedarán tan deslumbrados que no harán nada.

Lottie tenía razón. Incluso en la negociación más difícil, si sonreía, llevaba todas las de ganar.

—Lo siento, caballero —formulé en el tono modesto que había practicado con Lottie .

Me molestó, la verdad. ¿Por qué iba a pedir perdón si no lo sentía?

¿Por qué iba a disculparme por saber más de economía que ellos?

No lo entendía. Pero Lottie me explicó que si quería que la gente estuviera de mi lado, era lo que querían oír—.

Es que tiendo a dejarme llevar por la economía.

—El dinero es lo que mejor se le da a Vicky —dijo Lottie , sonriendo.

Se oyó a alguien reír por lo bajo.

Al echar un vistazo en su dirección, me quedé paralizada.

Mike estaba ahí, con un esmoquin que le sentaba como un guante. Se tiraba del cuello de la camisa y desplazaba el peso de un pie al otro, ambos ataviados con unos relucientes zapatos de cuero italiano. El contraste entre este Mike y el Mike normal era tan marcado que sufrí un breve cortocircuito.

—Doy fe —dijo uno de los inversores, sonriéndome—. Las inversiones que has gestionado para nosotros se han duplicado en el último trimestre.

Otro empezó a hablar, pero perdí el hilo de la conversación. La importancia de causar una buena impresión a los hombres que nos rodeaban, que era uno de los principales objetivos de la noche, se desvaneció.

Solo tenía ojos para Mike .

—Vas trajeado —solté mientras lo miraba fijamente, ignorando todo lo demás.

Una vez que me concentraba detenidamente en algo, no había forma de detenerme.

Mike arqueó las cejas.

—Eh…, bueno, sí. Es casi obligatorio —dijo, tan cascarrabias como siempre.

—Nunca te pones traje. —Advertí vagamente que los de alrededor cuchicheaban confundidos, pero es que no podía quitarle el ojo a Mike .

Esa vez, apenas noté el apretón que me dio Lottie en la muñeca para intentar devolverme a la realidad—.

Te prefiero con tu ropa de siempre —dije.

Se me había borrado la sonrisa y lo miraba ceñuda.

Estaba mal que fuese trajeado. Nunca me habían gustado los cambios.

Debía hacérselo entender cuanto antes, así que no edulcoré mis palabras ni pensé en lo que podría estar insinuando con ellas—.

En concreto, me gusta la camiseta térmica que te pones, la que tiene un pequeño desgarrón en la manga izquierda.

—La madre que la parió —masculló Mike , y se puso como un tomate por encima de la barba.

—¿Quién es ese? —oí susurrar al inversor de Hyde Park a su colega. Ambos ya habían manifestado su interés sexual por mí.

Había mejorado mi forma de rechazar a los hombres. En lugar de mi habitual negativa acompañada de una mirada vacía, fingía estar halagada y simulaba pesar por no estar libre.

Para ser sincera, aún no había conseguido mentir del todo. Ambos habían recibido un no rotundo por mi parte, y los había oído llamarme princesa de hielo más de una vez.

— Vics —dijo Lottie en voz baja, intentando llamar mi atención—.

Tenemos que estar pendientes de la hora.

Damas y caballeros, discúlpennos un momento.

—Advertí que me tiraba del brazo, pero no podía apartar la vista de Mike —.

¡Victoria! —me espetó, alzando la voz lo justo para sacarme de mi estado de máxima concentración.

Parpadeé y me volví hacia ella—. Tenemos que irnos.

Soltó un gran suspiro de alivio cuando asentí. Lottie nos excusó en voz baja y abandonamos el corrillo para cruzar el salón.

—Lo estaba haciendo otra vez, ¿no? —pregunté con tono abatido mientras Lottie se dirigía a la salida conmigo.

Había cierto pánico en sus movimientos, y sabía que era porque estaba preocupada por los fuegos artificiales.

Bueno, no por los fuegos en sí, sino por mi reacción a ellos.

No soportaba los fuegos artificiales. Ollie no quiso que asistiera a la velada por ese mismo motivo.

Uf. ¿Qué clase de persona no aguantaba unos cuantos estallidos?

Una vez que Lottie y yo doblamos la esquina del pasillo que conducía a los baños, se giró hacia mí y me dio un apretón rápido en la mano, que era lo máximo que podía tolerar.

—No pasa nada, cariño —dijo en voz baja.

—Claro que pasa —le espeté, apretando las manos a los costados—. Nunca voy a convencerlo de que se acueste conmigo si piensa que soy defectuosa.

Después de lo que pasó entre Mike y yo en Buckingham Manor , había estado pensando. Quizá no le gustase, lo que lo convertía en una pésima opción romántica. Pero el beso me dio a entender que había cambiado de opinión respecto a lo de tener algo físico.

Si lograba convencerlo de que me aceptara como su proyecto en un sentido sexual, quizá por fin podría dejar de ser virgen.

Y dado que era el primer hombre que me atraía, probablemente sería mi única oportunidad.

Ser virgen a los veintinueve años era ridículo.

Como no me acostase con Mike , nunca dejaría de serlo.

Había decidido que valía la pena correr el riesgo pese a que Mike no fuese a brindarme «estabilidad emocional».

Además, no podía dejar de pensar en él. Tras besarnos y estar entre sus brazos, mis pensamientos obsesivos se habían multiplicado por diez.

De hecho, agradecía haber vivido veintinueve años de dicha sin que me atormentase el anhelo implacable que experimentaba ahora.

Casi todas las noches me despertaba dolorida y sudada después de soñar que Mike estaba encima de mí, besándome…

y haciéndome cosas que jamás habría imaginado posibles.

Estaba tomando el control de mi vida por completo.

Lottie frunció el ceño.

— Vicky , no eres defectuosa.

—Anda que no. Soy defectuosa y rara.

—¿Quién quiere ser normal? ¿Qué es ser normal? —preguntó con una sonrisa, claramente intentando que se me pasara el mal humor—. Seguro que es un rollo patatero. Prefiero estar contigo que con alguien aburrido. Y no eres defectuosa, Vicky . Para nada.

Cuando me tomó del brazo y nos llevó al baño de mujeres, sentí una cálida sensación en el pecho.

Sí, yo pagaba a Lottie , así que en el fondo sabía que no era una amiga de verdad.

Era una relación transaccional, que era el único tipo de amistad que podía cultivar, pero cuando hacía comentarios así, su tono afectuoso hacía que creyera que era real.

—¿Por qué vamos al baño? —pregunté.

—Es lo que hacemos las mujeres para recuperar el aliento —me explicó.

Arrugué la nariz.

—A veces pienso que todo el mundo es raro y yo soy la única normal.

Lottie soltó una carcajada mientras entrábamos en el cavernoso aseo. Ella se dirigió a los espejos y yo al cubículo más cercano.

—¿Ni siquiera vas a aprovechar para vaciar la vejiga? —le pregunté extrañadísima.

No había quien entendiera a la gente, en serio.

Después de cerrar la puerta, oí a alguien entrar en el baño y hablar con Lottie , pero el espacio era demasiado amplio para discernir lo que decían.

Cuando volví a salir, para mi sorpresa, mi media hermana estaba junto a Lottie en los espejos, mirándola fijamente por el reflejo.

Claire y Lottie siempre se habían llevado bien.

—Para ya —le susurró Claire a Lottie mientras me acercaba—. Déjame en paz.

—¿ Claire ? —pregunté mientras me acercaba a ellas y las miraba. A Claire le pasaba algo en la cara. Gracias a la intensa luz del baño, distinguí que se le había oscurecido la parte alta del pómulo y noté una ligera hinchazón—. ¿Cómo es que tienes un moretón en la mejilla?

Claire me fulminó con la mirada un momento y salió corriendo del baño.

Confundida, la vi irse. Claire y yo no estábamos muy unidas. Solo me toleraba, pero nunca era cruel. Y lo último que quería era que saliera herida.

Lottie me puso la mano en el brazo para llamar mi atención.

— Vics , enseguida nos vamos. Ve a avisar a Ollie ; ya voy yo a por Claire .

Consciente de que manejar la situación con Claire estaba muy por encima de mis posibilidades, asentí.

No le gustaría que fuera a buscarla. Eso al menos lo sabía.

Pero también sabía que si mi media hermana estaba herida, mi medio hermano debía saberlo.

Informarle era una tarea que sí podía llevar a cabo.

Así que respiré hondo y me obligué a abrirme paso entre la multitud para cruzar el salón.

Las multitudes así no me hacían ningún bien. Mi ansiedad aumentaba poco a poco a medida que me abría paso entre el gentío, pero en mi mente solo veía el moretón en la mejilla de mi media hermana.

Si alguien podía solucionarlo, ese era Ollie . No dejaría que le pasara nada a Claire . La protegería.

Pero cuanto más tiempo pasaba rodeada de otras personas, peor me sentía.

¿Dónde se había metido? Vi un hueco que daba a la barra y me colé por él, pero justo cuando me abría paso entre el grupo de inversores con los que había estado hablando antes, uno de ellos me agarró del brazo y me detuvo bruscamente.

—¡Princesa de hielo! —exclamó con voz atronadora, y los de su alrededor rieron.

Intenté zafarme, pero me sujetó con fuerza.

Que me agarrase el brazo con su manaza sudorosa me dio náuseas. Por un horrible instante, pensé que iba a sufrir una crisis de ansiedad.

Sabía lo que Lottie me diría que hiciera. Me diría que sonriera y me excusara educadamente. Tal vez si hubiera podido hacerlo, me habría soltado. Pero cuando fui consciente de la situación, me quedé paralizada, parpadeando impasible.

—Tenemos curiosidad, alteza —continuó el horrible señor arrastrando las palabras—. ¿Dejáis que alguien os revise los bajos o se os ha congelado la almeja?

Tironeé de nuevo para tratar de alejarme de allí, pero solo sirvió para que me apretase más fuerte. La bilis me subió a la garganta, pero justo cuando creía que vomitaría en sus zapatos, de repente, su mano ya no estaba.

—¿Qué coño te crees que haces, pedazo de gilipollas? — Mike sacudió al hombre por el brazo que me había quitado de encima. Se alzó sobre él y este palideció—. Contéstame, cabrón.

—¡Suéltame, hostia! —gritó el hombre.

Mike le soltó el brazo. El hombre retrocedió un paso mientras se lo masajeaba con la mano.

—¿A que no mola que alguien más grande que tú te agarre y no te suelte? —dijo Mike con tono grave y furioso.

—No ha dicho nada —replicó el hombre—. La habría soltado si hubiera dicho algo.

Me encogí y me abracé, pues de pronto estaba helada. Claro que debería haber dicho algo. Una mujer normal le habría dicho a ese hombre odioso que parara y desistiera nada más ponerle las manos encima. Pero yo no era normal.

Al notar mi movimiento, Mike dejó de mirar al hombre para fijarse en mí. Entonces, para mi total sorpresa, se acercó a mí y, como si estuviéramos hechos el uno para el otro, me tomó de la mano.

Por primera vez en mi vida, toleré que alguien me diera la mano. Había algo diferente en la mano grande, seca y callosa de Mike ; algo tranquilizador.

—Aléjate de ella —le gruñó al hombre. Entonces se giró hacia su séquito, que, acobardado, se apartaba de él—. Y lo mismo os digo a vosotros, capullos. Que nadie la toque. ¿Entendido?

Todos asintieron. El que me había agarrado parecía reticente y seguía masajeándose el brazo, pero asintió de todos modos.

Entonces Mike se giró y me llevó entre la multitud, sorteándola con mucha más eficacia que yo. Cuando llegamos a una zona relativamente despejada junto a los ventanales y las enormes puertas dobles abiertas que daban al exterior, nos detuvo, y, sin soltarme la mano, me miró fijamente y me preguntó:

—¿Qué coño haces sola?