Capítulo 7 #2
—El moretón de la pierna, cariño —indiqué en voz baja.
Volvió a negar con la cabeza.
—No es nada.
—De eso nada.
Infló y desinfló el pecho al respirar hondo y apretó los labios. Pues claro que era algo, pero no confiaba lo bastante en mí como para contármelo. De repente, no tener la confianza de Vicky me sentó muy pero que muy mal.
Maldije en voz baja mientras retiraba la mano.
—Siento mucho lo que dije, Vicky .
—No es…
—¿Me perdonas?
—Eh…, no hay nada que perdonar.
Decidí dejarlo estar por el momento y pasar a mi siguiente pregunta.
—¿Por qué no comes?
Arqueó las cejas.
—Ahora mismo no es hora de comer. De hecho, faltan… —Sus ojos se posaron en un reloj de pared y luego volvieron a mi oreja—… tres horas y treinta y ocho minutos para la próxima comida. Aproximadamente.
Sonreí de nuevo.
—¿Aproximadamente? —dije con sorna.
—Bueno, sí —contestó frunciendo el ceño ligeramente—.
Solo dispongo del reloj de pared para calcularlo.
He intentado convencer a los Harding de que instalen relojes digitales en su casa, pero mi medio hermano se resiste.
Así que tengo que usar relojes analógicos imprecisos, a menudo muy antiguos.
El de allí tiene doscientos años y se atrasa tres minutos y treinta y ocho segundos cada año.
Lo ajusto cada seis meses, o cuando vengo aquí si la frecuencia es menor, pero, en general, Buckingham Estate funciona con tiempos imprecisos. Así que te he dado una aproximación de…
Se calló cuando acerqué la mano a su delicada mandíbula, le incliné la cabeza ligeramente hacia atrás y junté mi boca con la suya.
En mi defensa, diré que estaba tan guapa con la luz del sol aún reflejándose en su pelo y en las pequitas de la nariz que normalmente estarían ocultas por el maquillaje, que su adorable diatriba sobre la precisión del reloj me empujó a dar el paso.
Considerando lo dilatadas que tenía las pupilas, lo rápido que le subía y le bajaba el pecho y que sabía que me encontraba «sumamente atractivo», su reacción inicial me sorprendió.
Mis labios solo estuvieron sobre los suyos una fracción de segundo, lo suficiente para percibir su increíble suavidad y para notar la respiración entrecortada que tomó antes de apartarse bruscamente de mí.
Impedida por la mesa a su espalda, se desplazó de lado hasta que ya no le bloqueaba el paso, retrocediendo con la mano en alto como para protegerse. Tenía los ojos muy abiertos, respiraba demasiado deprisa y le temblaban las manos.
¿Qué cojones estaba pasando?
—Dios mío, Vicky , lo siento —dije avanzando hacia ella, pero me detuve en seco cuando volvió a recular. Levanté las manos en señal de rendición—. Tranquila. No voy a volver a tocarte. Te lo prometo. Nunca te habría besado si no hubiera creído que me corresponderías.
Apretaba los labios y, poco a poco, se llevó las manos a las orejas, no para taparlas, sino para que descansasen cerca de ellas, bajo el pelo. Me fijé en que se balanceaba. Era un movimiento sutil, y solo lo noté porque la observaba con atención, pero se balanceaba mínimamente.
Sentí una opresión en el pecho de lo preocupado que estaba.
¿Qué había hecho?
—¿ Vicky ? —la llamé, dando otro paso vacilante hacia ella. Estaba tan ensimismada que no se dio ni cuenta—. Cariño, ¿estás bien? —El apelativo afectuoso la devolvió a la realidad.
Parpadeó un par de veces y me miró brevemente a los ojos antes de volver a centrarse en mi oreja izquierda.
Ya casi podía tocarla, pero mantuve las manos a los costados.
Tragó saliva y bajó las manos casi como obligada. Tras unos instantes, se aferró a la mesa que ahora estaba a su lado y, como anclándose a la madera maciza, dejó de mecerse.
—Necesito que… —empezó a decir, pero se le quebró la voz. Cerró los ojos un momento y tragó saliva antes de volver a hablar—. Necesito que me avisen —añadió susurrando, como si me estuviera diciendo algo tremendamente vergonzoso.
Fruncí el ceño.
—¿Avisarte? ¿Antes de besarte?
Se aclaró la garganta.
—Antes de cualquier contacto físico.
Asentí.
—Vale, de acuerdo. Avisarte.
Ahora temblaba muy levemente. No estaba seguro de si era por la ligera brisa que soplaba en el naranjal o porque seguía asustada, pero algo en lo más profundo de mi ser intuía lo que necesitaba.
—¿Te ayudaría que… te abrazase? —pregunté y, en vilo, esperé su respuesta.
—Eh…, sí, pero… —Hizo una pausa—. Tiene que ser un abrazo fuerte.
Sonreí mientras salvaba la distancia que nos separaba.
—Vale. Pues fuerte.
Entonces la tuve entre mis brazos: su cuerpo blando pegado al mío, mi barbilla apoyada en su coronilla y mis brazos envolviendo su cuerpecito por completo.
Al principio, estaba rígida y tensa y le daban ligeros espasmos, pero al cabo de unos instantes se relajó, plantó las palmas de las manos en mi pecho y hundió el rostro en mi piel.
Al estrecharla aún más fuerte, sentí que había logrado una hazaña titánica.
Aquello era relevante: que mi abrazo la consolase significaba algo.
«Necesito que me avisen».
«Puedo ser extremadamente irritante».
«Mucha gente es mala conmigo».
«No hay nada que perdonar».
No tenía claro qué coño le pasaba a esa hermosa mujer para creer que estaba bien que la tratasen como a un trapo, para asustarse si le daban un pico, para decirme que me encontraba «sumamente atractivo», pero, al mismo tiempo, dar la impresión de que la acojonaba.
Pero lo averiguaría. Joder que si lo averiguaría.