Capítulo 6
¿Qué razón hay para estresarse?
Vicky
—¿Boda? —logré decir con los ojos como platos, horrorizada.
«Por favor, no me digas que Rebecca va a casarse con Darrell », pensé.
—Sí, boda —repitió Rebecca con una sonrisa falsa—. Ya sabes, la ceremonia que celebran los que tienen una relación de compromiso normal.
No se me daba bien leer entre líneas, pero incluso yo captaba a qué se refería Rebecca con ese comentario: a que nunca había tenido nada que se acercara a una relación normal y que, probablemente, nunca la tendría.
Gareth me puso una taza de té humeante delante. No tenía la intensidad adecuada para esa hora del día, pero claro, Gareth no disponía de mi tabla de colores del té, así que no podía confiar en que fuera a acertar.
Aflojé los puños lo suficiente como para rodearla con mis frías manos.
—Entiendo. —Fue lo único que pude articular con la garganta cerrada.
—Y como eres mi hermana, tendrás que formar parte del acontecimiento —indicó Rebecca a regañadientes.
—Sí, a ver si por un día nos haces el favorcito de ser normal —comentó mamá. Entonces todas pegamos un bote cuando Gareth se retiró bruscamente de la mesa.
Al levantar la vista, vi que miraba a su esposa con rabia.
—Ya vale de tonterías —gruñó. Luego suavizó el tono al centrar su atención en mí—. No dejes que te intimiden, cariño. Si quieres asistir, eres bienvenida. Si no, no se acaba el mundo.
—¡Papá!
—Ni papá ni leches —espetó Gareth a su hija. Abrí los ojos de par en par ante ese inusual giro de los acontecimientos.
Por lo general, Gareth no le gritaba a nadie. Era afable y evitaba las confrontaciones a toda costa. Cuando mamá y Rebecca me regañaban de pequeña, no decía nada. La verdad es que le faltaba tiempo para escabullirse.
Sí, ahora también se iba, pero no sin antes decir lo que pensaba.
—Yo pago el jolgorio, así que, si quieres tu parafernalia, haz lo que te pido y respeta a tu hermana por una vez, hombre ya.
Luego salió hecho una furia y me quedé con el incómodo silencio que siguió.
—Estupendo —soltó Rebecca cuando estuvo segura de que Gareth se había ido de verdad—. Es que te…
Mamá le apretó la muñeca, lo que me recordó a cómo me mandaba Lottie callar cuando hablaba por los codos. Se me hizo extraño, pues Rebecca no tenía las mismas dificultades que yo para interpretar las señales sociales.
—Pues claro que vendrás a la boda —me dijo mamá con una sonrisa forzada—. No es hasta dentro de dos meses, por lo que te hemos avisado con tiempo de sobra. Somos familia. Somos tu familia. No lo olvidarás, ¿verdad, Victoria? No después de todo lo que he hecho por ti.
Esa era otra de las frases favoritas de mi madre: «Después de todo lo que he hecho por ti».
Era relativamente efectiva. Mi madre había sacrificado mucho para tenerme y criarme.
Y, para colmo, no había sido una niña fácil, ni mucho menos.
Por otro lado, a partir de los seis años, cuando enmudecí por completo, ya no molestaba a mamá con mis crisis y demás, ya que todas transcurrían en silencio… la mayoría de las veces.
Pero para entonces ya me consideraba un problema. Esto se vio agravado por la insistencia constante de mis profesores para que me evaluaran. Mamá ignoró deliberadamente sus toques de atención, pues no quería «alentar mis malas costumbres», ya que creía que solo las exacerbaría.
Todo lo que había aprendido desde que me diagnosticaron siendo adulta sugería lo contrario, pero no tenía sentido rebatir a mamá con esa información.
—Si necesitas que vaya, allí estaré.
Rebecca puso los ojos en blanco.
—Por Dios, ni que te estuviéramos invitando a beber ácido. Es una fiesta. Va a ser la bomba. Aunque ¿qué vas a saber tú de divertirte?
Carraspeé y decidí no refutar lo de «va a ser la bomba».
No tenía claro cómo iba a ser la bomba un evento en el que el hombre que me había agredido sexualmente iba a casarse con mi hermana, la cual no me tragaba; pero claro, hacía tiempo que había renunciado a intentar comprender cómo funcionaba la mente de Rebecca .
Al mirar mi té me di cuenta de que no había tomado ni un sorbo.
Lo habría intentado, pero, de todas formas, el estrés de los últimos minutos me habría impedido tragarlo.
Me fijé en el reloj de la pared de la cocina y volví a mirar a mamá.
A veces me costaba calcular la duración de las interacciones.
En el trabajo, Lottie estaba allí para guiarme, pero claro, Lottie no estaba ahí conmigo.
No estaba disfrutando nada de esa interacción y dudaba que mamá o Rebecca sí.
Llevaba dieciséis minutos allí, lo cual sabía que era poco, pero tenía la impresión de que ya habíamos aclarado todos los puntos importantes, y quería irme a casa.
Carraspeé.
—Si no hay nada más que hablar, me voy.
—¡Pero si ni siquiera te has bebido el té! —exclamó mamá con voz de pito, indignada.
Quizá hubiera calculado mal el tiempo necesario. Lottie y Abdul me habían dicho que fuera más abierta acerca de mis dificultades para que los demás me entendieran cuando hacía algo que pudiera interpretarse como aberrante o grosero. Así que respiré hondo y me expliqué.
—Es que no puedo tragar líquidos ni sólidos durante los periodos de estrés —le dije a mamá para explicar por qué no me bebía el té sin parecer grosera.
—¿Por qué demonios estás tan estresada? —preguntó con un tono aún más estridente. Me mordí el labio para no responder con sinceridad, que era la única forma en que habría podido hacerlo—. Esta es tu casa y has venido a tomar el té. ¿Qué razón hay para estresarse?
Apreté los labios y me contuve para no contestar, pues presentía que solo enfadaría más a mamá. De hecho, cualquier cosa que decía agravaba la situación. Incluso intentar explicarle que no estaba siendo grosera por no tomarme el té solo había empeorado las cosas. Y mucho.
—Ahora que no está mi padre, vayamos al grano —intervino Rebecca .
Me giré hacia ella. Tenía una mirada calculadora—.
Victoria, tienes que pagarme el vestido, las flores que quiero y el alcohol.
Mi padre propone invitar a unas copas de champán y que luego todo el mundo se vaya a un bar de pago.
—Hizo una mueca—. No puedo pedirles a mis amigos que paguen las bebidas de mi boda. Sería humillante.
Me quedé a cuadros.
—Creía que tus amigos eran ricos.
Puede que mi padre no fuera el mejor en cuanto a apoyo emocional o incluso reconocimiento cuando se trataba de mí, pero sí pagaba mi manutención.
Y no era barata. Además de ser el dueño de la casa en la que vivía mamá, también había sufragado las exorbitantes cuotas de mi internado.
En cuanto a la manutención adicional, mamá se la había gastado casi toda en ella y en su otra hija, lo que significaba que Rebecca también había ido a internados de lujo y, al no ser tan borde como yo (puede que Rebecca fuera una mala pécora conmigo, pero sin duda sabía sacar sus encantos cuando hacía falta), hizo muchos amigos allí.
Y más aún cuando fue a la Universidad de Durham .
Por lo tanto, todos los amigos de Rebecca nadaban en la abundancia. Podían costearse sus bebidas sin problema, mientras que mi padrastro, que trabajaba duro de contable pero tenía un sueldo modesto, probablemente no podía permitirse barra libre de champán.
—No es que no puedan pagarse las bebidas —aclaró Rebecca entre dientes—. Es lo vergonzoso que sería pedirles que lo hicieran. Me sentiría completamente humillada.
— Gareth no entiende la situación —agregó mamá—. Espera que Becky lleve un vestido que cueste como máximo mil libras.
—Con eso no me llega ni para el velo —masculló Rebecca .
—Un vestido de novia es una pésima inversión —añadí, pensando que sería un dato útil.
A juzgar por lo roja que se puso Rebecca , no lo fue—.
El retorno de la inversión es nefasto —expliqué, confiando en que le entrara en la cabeza y no le diera un síncope.
Iba en serio. Nunca había entendido que alguien se gastase decenas de miles de libras en un vestido que solo se pondría un día—.
La reventa, en general, solo rinde aproximadamente un tercio del valor de mercado del vestido una vez usado.
—¿Qué coño dices del retorno de la inversión y del valor de mercado? Mira que eres rara. — Rebecca se puso de un morado preocupante.
Sobraban las explicaciones sobre la economía del sector nupcial, eso era evidente.
Mamá suspiró.
—Victoria, no te pongas pesadita y danos el dinero. No podemos permitírnoslo y Gareth no va a cambiar de opinión.
Fruncí el ceño.
—¿Y la paga que te paso?
Mamá abrió mucho los ojos y me chistó a la vez que miraba detrás de mí para ver si Gareth había vuelto a la cocina, supongo.
—Creía haberte dicho que no lo mencionaras nunca.
—Pero debería ser más que suficiente para…
—Me la he gastado, ¿vale? —me espetó. Rebecca se recostó en su silla con expresión rebelde y los brazos cruzados.
Cuando papá murió, dejó de pagar la manutención. Yo tenía veintitrés años, así que técnicamente debería haber parado hacía cinco. Pero creo que mi padre sabía que seguir pagándome la manutención evitaba que mamá me hostigara, y que, si dejaba de pagar, mamá me usaría para sacarle los cuartos.
Puede que no fuera el padre más atento del mundo, pero me dijo que no quería que mamá «te jodiera más de lo que lo ha hecho ya», así que era más fácil mantenerla.
El funeral de papá fue la primera vez en la que mamá sacó el tema del dinero.
Cuando me apartó de Margot y Ollie , quienes amablemente me habían incluido en el evento como si fuera de la familia cuando en realidad no era así, me dijo que me correspondía a mí continuar con los pagos ahora que papá había fallecido.
La herencia que me legó mi padre fue muy modesta en comparación con la que les dejó a sus hijos legítimos.
De hecho, solo me duró hasta que empecé a ganarme la vida tras graduarme en la universidad.
Así que tuve que sufragar la pensión de mi madre con mis propios ingresos.
Siendo sincera, parecía la opción más conveniente.
Nunca me compraba nada ni hacía nada, por lo que, en realidad, no necesitaba una fortuna ilimitada.
Luego, claro, empecé a trabajar en la empresa de Felix y mis ingresos subieron como la espuma, así que me olvidé de que mantenía a mamá.
Pero le pagaba cantidades ingentes. Tanto, que las bebidas y un vestido de novia no deberían haber sido un problema si hubiera ahorrado algo.
Pero luego, viendo el desorden, intuí adónde había ido a parar el dinero.
—Me lo debes —gruñó mamá mientras me agarraba del brazo. Intenté zafarme, pero me sujetaba con demasiada fuerza—. Sabes que me lo debes. Para ti es calderilla, y tu hermana lo ha pasado mal últimamente.
El mal trago al que se refería mamá era que habían echado a Rebecca de la boutique de lujo en la que trabajaba por «coger prestada» la ropa.
Ese era el término que empleaba Rebecca para lo que hacía.
La boutique lo llamó robar. En su momento se puso furiosa y dijo que ella era un «anuncio ambulante» y que ya solo sus seguidores de Instagram valían el precio de las pocas prendas que «cogía prestadas».
Sospechaba que eran más que unas pocas prendas, pues Rebecca rara vez se ponía algo dos veces, y casi siempre era de marca.
Necesitaba urgentemente que mamá me soltara el brazo, y sabía que solo lo haría si aceptaba sus condiciones.
—Está bien —dije. Suspiré aliviada cuando mamá me soltó.