Única (Soñadora 3) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

La segunda vez que lo vi, hacía un año, me inmovilizó contra la pared a la salida del baño de mujeres y me sobó los pechos.

El magreo ni siquiera fue lo peor. Lo peor fue notar su aliento caliente y asqueroso en el cuello mientras me susurraba al oído: «He oído que no te gusta que te toquen.

Qué bien nos lo vamos a pasar, ¿a que sí, hermanita? ».

Cuando por fin me soltó, corrí al baño y, apenas llegué a un cubículo, vomité todo lo que había cenado esa noche.

Acto seguido sufrí una crisis nerviosa silenciosa durante más de una hora en el suelo del cubículo.

Me daba pavor volver a cruzármelo, así que salí del restaurante y volví andando los casi cinco kilómetros que había desde el centro de Londres hasta mi casa de Chelsea , con tacones de diez centímetros.

Estuve tres días sin hablar.

Cuando al fin salí del estupor, fui a casa de mamá a contárselo.

Como siempre, le solté la verdad sin tapujos.

Sabía que no le caía bien, pero, cuando puso los ojos en blanco y me dijo que era demasiado sensible y nerviosa, que habría malinterpretado a Darrell y que solo estaba de guasa y pretendía ser simpático, me quedé atónita.

Rebecca me gritó cuando intenté contárselo, me llamó «mentirosa de mierda» y me dijo que solo estaba celosa porque nadie se acostaba conmigo porque era «la hostia de rara».

Gareth no estuvo presente durante mi confesión, pero mamá se encargó de llamarme después para amenazarme con toda clase de represalias como se me ocurriese acusar a Darrell con él delante.

La otra persona a la que se lo conté fue Abdul .

Y su reacción fue muy diferente y algo extraña.

Tras narrarle los hechos, se levantó de repente de la silla, se paseó desde donde estábamos sentados hasta el centro de la estancia y volvió, pero no se sentó.

Se quedó de pie detrás de la silla, agarrando el cuero hasta que se le pusieron los nudillos blancos mientras me miraba fijamente.

—¡Joder! —exclamó.

Me estremecí. Abdul normalmente era el ejemplo de terapeuta tranquilo, como debía ser. No creía que ir dando pisotones y soltar improperios fuera su modus operandi habitual.

Pero ¿qué sabía yo? No era una terapeuta cualificada.

—Pareces enfadado —comenté, bastante orgullosa de mí misma por haber identificado sus emociones. Era algo en lo que había estado trabajando.

Abdul cerró los ojos despacio mientras dejaba caer la cabeza hacia delante.

—Sí, Vicky —dijo con la voz contenida—. Llevo un cabreo de dos pares de cojones. Dime, por favor, que vas a informar a la policía.

Me quedé perpleja.

—¿A la policía?

—Sí, a la policía. El tío ese te ha agredido.

Negué con la cabeza.

—No ha habido testigos, y ni mi familia me cree. Además, estoy al tanto de la tasa de condenas por denuncias de mujeres por agresiones sexuales. Según las estadísticas, sería una pérdida de tiempo.

—Vale. Pues si no piensas denunciarlo, al menos díselo a tu hermano.

—Medio hermano.

Abdul apretó la mandíbula con frustración.

—Díselo a Ollie .

Miré por la ventana y apreté los labios.

No le contaría nada a Ollie . Bastante carga era ya para mi medio hermano. No lo empeoraría acudiendo a él cada vez que estuviera asustada o triste. Pasaba mucho tiempo asustada y triste; consolarme sería un trabajo a jornada completa, y ya era mayorcita para arreglármelas sola.

Así que, para frustración de Abdul , no denuncié a Darrell .

Mi solución fue simplemente evitarlo. La táctica de evasión ni involucraba ni incomodaba a nadie más, por eso jamás de los jamases habría ido a casa de mamá aquel día de haber sabido que estaría allí.

Me hallaba en la otra punta de la cocina, frente a Darrell y el resto de mi familia.

El corazón me iba a mil mientras apretaba los puños para que no me temblaran.

No le quitaba ojo a Darrell . El miedo me había subido a la garganta y no podía hablar.

— Vicky , cariño. —La suave voz de Gareth sonó cerca de mí. Me sobresalté al darme cuenta de que se había levantado de la mesa y lo tenía al lado. Lo miré de reojo, pero después volví a centrarme en Darrell , que intentaba disimular una sonrisilla—. ¿Estás bien?

Si hubiera podido hablar, le habría dicho que no, que no estaba bien. Porque mentir era algo que nunca había dominado. Pero no podía hablar, así que me limité a negar con la cabeza.

—No, Gareth —le espetó mamá—. No la alientes, que es peor.

De niña oía mucho eso. «No la alentéis» era una de las respuestas favoritas de mamá a mis crisis, mi mutismo, mi miedo a ir a clase porque me acosaban sin cesar y a las sugerencias de mis profesores de que me evaluasen para ver si padecía el trastorno del espectro autista.

Me lo diagnosticaron hacía unos años, una vez que Margot y Ollie me convencieron de ir a terapia.

— Darrell —dijo Gareth , cortante—. Tú mejor vete ya.

—Papi —se quejó Rebecca —. ¡Venga ya, tío! Vicky está paranoica. A ver si recapacita de una vez.

Gareth ignoró a su hija y siguió mirando a Darrell . Tras unos instantes, Darrell volvió a levantar las manos.

—Claro, troncos. No hay problema. Me piro. Ya nos veremos, Vicky .

En cuanto oí que la puerta principal se cerraba tras él, tragué saliva y me enderecé por completo, pues me había encorvado un poco sin darme cuenta.

—Ven a sentarte, cariad —indicó Gareth con esa voz suave.

Por un momento, me quedé mirando la puerta por la que había salido Darrell . Solo cuando estuve convencida de que no iba a volver, me acerqué a la mesa de la cocina.

—¿Té? —me ofreció Gareth . Asentí, mirando atentamente a mi media hermana y a mi madre mientras ocupaba el asiento vacío que había frente a ellas.

—Tienes que quitarte ya la manía que le tienes a Darrell —protestó Rebecca —. Vas a quedar como el culo en la boda como te dé la neura esta delante de todos.