Capítulo 5
Qué mal rollo
Vicky
—Ah, estás aquí —dijo mamá decepcionada. Pero ya estaba acostumbrada. No recordaba ni un solo momento en que mi madre se hubiera alegrado de verme. Esa solo era una más de la larga lista de razones por las que mi terapeuta Abdul consideraba que debía evitar el contacto con esa parte de mi familia.
«Te ponen triste, Vicky », me explicó en nuestra última sesión. «Creo que no te das cuenta de lo mucho que te afecta su indiferencia».
En parte ese era mi problema. No siempre me resultaba fácil identificar mis emociones y clasificarlas bien. A alguien ajeno incluso le habría parecido que sentía demasiado poco y que casi todo me resbalaba. Pero Abdul me ayudó a ver que era todo lo contrario: sentía demasiado.
Se cocía todo en mi interior; era casi abrumador a veces.
Y la negatividad que mi madre y su familia emanaban hacia mí no me ayudaba lo más mínimo.
Lo entendía, pero sabía que no podría apartar a esas personas de mi vida.
Se lo debía a mi madre. Ella me había cuidado de niña y me había dado comida, un techo y educación.
Mi padre nunca se interesó mucho por mí, pero, claro, yo era un poco un estorbo, pues fui un error que se concibió durante una aventura extramatrimonial.
Tanto mi madre como mi padre, cuando aún vivía, siempre me habían recalcado que era eso, un error.
Curiosamente, la única persona que nunca me consideró así fue Margot , la esposa de mi padre.
Y todavía hoy se sube por las paredes cada vez que menciono que lo soy, así que procuro no hacerlo.
Margot odiaba a mi madre, lo cual era comprensible dada la aventura que mantuvo con su marido, así que procuraba no mencionarla a ella tampoco.
—Llegas pronto —me espetó mamá.
—Debía llegar a las doce y cuarto —repuse mientras mamá se apartaba para dejarme pasar.
A ella ni la abrazaba ni la besaba. Hacía tiempo que mi madre había aprendido que no me gustaba que me tocaran, pero nunca se había molestado en averiguar qué tipo de contacto toleraba, así que no me daba abrazos breves y fuertes como los de Ollie y Margot —.
Son y diecisiete —señalé—. Lo que significa que llego dos minutos tarde.
—Victoria, la mayoría de la gente no es puntual. Es más, es de mala educación ser sistemáticamente puntual. Hay que dar unos cinco minutos o así de margen.
Apreté los labios para no volver a señalar que, en realidad, llegaba dos minutos tarde.
Por suerte, logré morderme la lengua. Era un truco que había dominado durante ese último año gracias a Lottie , pero me resultaba extremadamente ventajoso a la hora de tratar con mi familia.
Bastante complicada les parecía ya sin mi tendencia a corregir a los demás.
Deseé que Lottie estuviera conmigo en ese momento, pero habría sido imposible. No solo no le habría hecho gracia a mi familia que llevara a mi asistente ejecutiva conmigo, sino que me aterraba imaginar a Lottie viéndome con ellos.
La verdad era que me avergonzaba de lo mucho que mi familia me odiaba.
Por eso rara vez hablaba de ella con Margot y Ollie , y por eso nunca llevaría a Lottie ahí.
Sabía que era una persona difícil de querer, pero la hostilidad y el odio manifiestos de mi propia sangre eran un recordatorio demasiado vivo de lo desagradable que me encontraban algunas personas.
Me vino a la cabeza la mañana con Mike de hacía dos semanas y la sacudí para despejarme. Lo último que necesitaba era revivir malos recuerdos mientras creaba otros probablemente aún más amargos.
—Ya ha llegado —anunció mamá mientras entrábamos en la gran cocina-comedor.
Me dio repelús ver el desorden que había en las encimeras y el montón de cosas apiladas sobre la mesa.
Mi madre parecía reacia a guardar sus pertenencias y le encantaba adquirir nuevas, lo cual no era una buena combinación.
Para una mujer que no había pegado un palo al agua en toda su vida, tenía una cantidad sorprendentemente grande de cosas.
Vivía en una espaciosa casa unifamiliar de cinco habitaciones, en un arbolado barrio residencial a las afueras de Londres, pero tenía enseres suficientes para llenar tres casas mucho más grandes.
El caso es que mi difunto padre había accedido a financiar solo una casa, así que se había visto obligada a llenar esa con un sinfín de bienes materiales.
Le pagué una ampliación hacía dos años, pero al parecer también la había invadido del todo ya.
—Hola —me saludó mi media hermana Rebecca con una sonrisa forzada. Me quedé tan desconcertada que no pude corresponderle. Era insólito que Rebecca me dedicara una sonrisa, ya fuera forzada o no.
—Hola, Vicky —me dijo mi padrastro Gareth , sentado junto a Rebecca en la mesa de la cocina.
Gareth sí que me sonrió, pero era su estilo.
Era un hombre muy amable. Estoy segura de que me detestaba tanto como su hija y su esposa, pero siempre se las arreglaba para no demostrarlo tan abiertamente.
Además, era el único que me llamaba por el nombre que prefería.
Nunca me había gustado lo formal que suena el nombre de Victoria.
Era consciente de que yo misma daba la impresión de ser rígida y formal cuando interactuaba con los demás, así que solo me faltaba un nombre estirado a juego—.
¿Todo bien, cariad ? ¿Te van bien los negocios?
Sonreí a Gareth . Me encantaba que me llamara por apelativos cariñosos galeses como cariad , como si me considerara un miembro más de la familia.
Mamá aún no me había indicado que me sentara, así que me quedé de pie en medio de la cocina, intentando no mirar el desorden.
Se me antojaba muy difícil lidiar con él.
Me resultaba demasiado abrumador y me distraía; me ofuscaba como si estuviera bajo el agua y no pudiera salir a la superficie.
—Las ganancias de este trimestre han aumentado un 7,5 % —le indiqué a Gareth , y entré en detalles sobre cómo había mejorado la estructura de inversión.
Cuando Rebecca puso los ojos en blanco y simuló que bostezaba, parpadeé y me callé de golpe. Darle a Gareth una respuesta, en mi opinión, exhaustiva sobre mi negocio era un error. Siempre caía en la trampa.
Me costaba identificar las preguntas educadas que solo requerían una respuesta breve y superficial. Sin Lottie ahí para apretarme la muñeca, no tenía un mecanismo de seguridad para no «dar la turra», como decían mi madre y mi media hermana.
Sentí un calor sofocante en las mejillas y miré al suelo a la vez que Rebecca reía por lo bajo.
—Hala, papi —dijo con sarcasmo—. ¿A que te encanta que te haya dado el porcentaje exacto de mejora? Qué dato más importante, ¿eh? Fascinante. Sigues siendo una esponja de diversión, ¿eh, Victoria?
«Esponja de diversión» era un insulto relativamente suave comparado con los que me dirigía Rebecca , pero me dolía igual que los demás.
Sabía lo que significaba: que yo, como persona, absorbía lo divertido de cualquier situación.
Esa era la opinión que tenía Rebecca de mí.
Toda la confianza que había ganado en los últimos meses con Lottie y Lucy se desvaneció al oír sus palabras.
¿Acaso Lottie y Lucy me consideraban una esponja de diversión?
No daban señales al respecto, pero claro, era consciente de que la gente no siempre decía lo que sentía de verdad.
No todo el mundo iba por ahí soltando verdades incómodas a cada rato.
Ambas eran amables. Lo mismo me aguantaban porque se sentían culpables.
Entonces, plantada en mitad de la cocina, se me ocurrió una idea aún más aterradora. ¿Y si Lottie solo me soportaba fuera de la oficina porque le preocupaba su trabajo y trataba de complacer a mi medio hermano?
No sabía por qué, pero Ollie era superprotector conmigo. Lottie habría llegado a la conclusión de que tenía que verme fuera del trabajo por obligación.
—¡Eooo! —me espetó mamá, agitando la mano delante de mi cara para que le prestara atención—. Siéntate ya, anda.
—Eso, no te quedes ahí plantada como un pasmarote —dijo Rebecca —. Qué mal rollo.
—Va, Victoria, espabila.
Me quedé paralizada al oír su voz y sus pasos pesados al entrar en la cocina. De haber sabido que asistiría Darrell , no habría ido ni harta de vino.
El novio de mi hermana era la persona que peor me caía del mundo.
Lo odiaba con toda mi alma. Así que, cuando me agarró del codo con su manaza para llevarme a la mesa de la cocina, reaccioné por instinto y me aparté de él con tanto ímpetu que me tambaleé hacia un lado y me golpeé en toda la cadera con la encimera de granito.
Tras hacer una mueca de dolor, decidí alejarme aún más de él rodeando la isla a toda prisa.
Me sentí mucho más feliz al ver la vasta y caótica extensión de granito que nos separaba.
—¡Oye, oye! —exclamó con ambas manos en alto en un gesto de rendición y una sonrisa de suficiencia en su rostro petulante.
Es posible que Darrell fuese considerado convencionalmente atractivo con su cabello rubio peinado a la perfección, su figura alta y delgada y sus rasgos marcados, pero a mí me asqueaba.
—¡Por el amor de Dios, Victoria! —me espetó mamá—.
No empieces con tus cosas raras, que Darrell solo intentaba ser cortés.
Pensaba que ya habrías superado la fobia esa que tienes al contacto físico, incluso al más respetuoso.
¿No ibas a terapia? Porque no veo yo que te haya curado mucho.
Pórtate como las personas normales, hombre.
—Como si Darrell quisiera tocarte —apuntó Rebecca , que me miraba ceñuda.
No me molesté en corregirla. Puede que no se me diera bien calar a la gente, pero estaba segurísima de que Darrell quería tocarme.