Única (Soñadora 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Si supiéramos el detonante

Mike

—¿Por qué estamos en otro de vuestros sitios de postín? —refunfuñé.

Felix puso los ojos en blanco.

— Mike , esto no es para nada de postín.

—Quizá no para tus estándares, pero no hay hojas en las mesas de los restaurantes de mala muerte —repuse, atónito. Toqueteé la planta que tenía delante—. Y encima son falsas.

—Por esta zona no abundan precisamente los restaurantes de mala muerte, Mike . Y lo que fueras a pedir allí lo puedes pedir aquí también.

—Y yo voy y me lo creo. ¿Acaso me van a traer unos huevos grasientos con unas tiras bien gordas de beicon y morcilla y judías como condimento?

Felix arrugó la nariz al oír la palabra «morcilla».

—Tus arterias coronarias te lo agradecerán, Mike .

Bufé.

—¿Y qué coño es el asaí? Joder, macho. ¿Esta es su versión de un desayuno caliente? ¿ Dukkah de almendras? ¿Nos hemos convertido en las tías de Sexo en Nueva York o qué? ¡Maldito brunch de los cojones! Mira, ya ha llegado el duque de Follangham. Ya podéis emocionaros por el asaí juntitos.

Ollie estaba al teléfono mientras se acercaba a nuestra mesa con cara de máxima concentración.

Nos saludó con la barbilla al sentarse, pero no colgó.

Suponiendo que estaba liado con sus cosas importantes de siempre, volví a mirar el menú, pero levanté la cabeza de golpe al oír el nombre de esa mujer.

—¿No hay nada en el menú que le guste a Vics ?

—preguntó. Suspiró al oír la respuesta, fuera cual fuera—.

¿Has probado la cafetería de la esquina?

—Hizo una pausa—. ¿Y si les dices que no se lo envuelvan?

¿Y si se lo ponen en el recipiente en el que le gusta guardarlo para que no tenga que tocar el papel?

—Hizo otra pausa, inclinando la cabeza hacia delante mientras fruncía aún más el ceño.

Bajó tanto la voz que tuve que esforzarme para oír la siguiente frase—.

Ha adelgazado mucho, Lottie . Podrías volver a intentar sonsacárselo hoy.

Si supiéramos el detonante, podríamos tratar de ayudarla. Ve con tacto, ¿vale?

Hizo una pausa. Dejó de fruncir el ceño y se le dibujó la sonrisa que siempre le sacaba Lottie . Era la mayor cara de panoli sensibloide que le había visto a mi colega en toda mi vida.

Lottie había convertido al duque de Follangham en un oso de peluche gigante. Haría lo que fuera por ella y su hermanita.

—Vale, querida —murmuró. Puso los ojos en blanco cuando fingí que me daban arcadas—.

Te dejo, que he llegado al restaurante y ya sabes cómo se pone Mike .

—Hizo una pausa y volvió a esbozar la misma sonrisa—.

Sí, preciosa, me encantaría —remató en voz baja.

Cuando al fin colgó, fui yo el que puso los ojos en blanco.

—Qué asco —gruñí—. ¿Ahora tenemos que escuchar cómo le calientas la oreja cada vez que salimos? Poto. Vete a zumbártela si no aguantas ni una comida sin oír su voz.

—Eres imbécil. Al menos yo tengo a quien calentarle la oreja —masculló Ollie .

Felix se rio entre dientes, pero se le cortó la risa cuando le lancé una mirada asesina. Desde que empezó a tirarse a mi hermana, tenía prohibido cabrearme. Había agotado su cupo de cabreos para la próxima década, y el muy cabrón lo sabía.

Apreté los dientes. Desde que mis dos mejores amigos se habían vuelto unos moñas, quedar con ellos me sacaba de quicio.

Los muy capullos me animaban a que me echase novia, lo que me cabreaba aún más.

Claro que quería echarme novia. ¿Acaso creían que era feliz solo en Little Buckingham ?

¿Creían que me gustaba el tono petulante que usaban cuando me decían que dejara de ir de flor en flor y sentara la cabeza? No era tan sencillo.

Sí, vale, la nueva camarera de La Madriguera del Tejón me había dejado claro que estaba disponible, y estaba de buen ver, las cosas como son, pero durante los últimos meses no me apetecía coquetear con las mujeres en general.

Y menos llevármelas a la cama. La única mujer que veía al cerrar los ojos era la última con la que me acostaría.

Estaba hecho un lío.

Por un instante, recordé cómo le tembló la mano al pasarse el pelo por detrás de la oreja aquel día.

Su mano temblorosa y su ligero tartamudeo me atormentaban desde entonces.

Esos detalles eran tan pero tan impropios de la mujer fría e impasible que conocía que no concebía que fuera la misma persona.

Cada vez que los rememoraba, sentía una opresión en el pecho, casi como si no pudiera respirar.

Cuando no pensaba en la Vicky de mis sueños, repasaba una y otra vez las duras palabras que le había dicho a la Vicky de carne y hueso en su casa aquel día. Vale, me había cabreado, pero ¿hacía falta que fuera tan capullo?

Cuando creía que estaba lidiando con la típica princesa de hielo que solo quería usarme como a un cacho de carne, no me había parecido tan mal. Pero el ínfimo atisbo de vulnerabilidad que mostró me hizo cuestionármelo todo.

—¿Ya estás otra vez pidiéndole a la pobre Lottie que vaya detrás de tu hermana? —pregunté intentando parecer indiferente y despreocupado.

«Ha adelgazado mucho».

Volvió la opresión en el pecho y arrugué el ceño.

¿Estaría Vicky haciendo alguna dieta estúpida de niña rica?

Sabía que los de su clase eran propensos a eso: obsesionarse en exceso por su apariencia, hasta el punto de no preocuparse por si ponían en peligro su salud, y matarse de hambre.

Joder, no se mataría de hambre, ¿no? Recordé que una chica del cole tenía anorexia y estuvo a punto de morir cuando yo era adolescente.

Miré a Ollie porque el muy cabrón estaba tardando lo suyo en responder. Me observaba ceñudo.

— Lottie no «va detrás de Vicky » —protestó con tono cortante.

Siempre había sido protector con Vicky , incluso de niños.

Casi nunca la veía por aquel entonces, pero las pocas veces que vino a la casa de mamá, no se dignaba a hablarnos.

Apenas miraba a mi hermana pequeña, que tenía una edad similar, lo cual me molestaba muchísimo, y despreciaba la comida de mi madre, cosa que, para mi yo de entonces, fue la gota que colmó el vaso.

No sé por qué, pero mamá le preparaba bocadillos especiales, lo cual aumentaba aún más su ya pesada carga de trabajo al tener que atender a otra niñata rica y pretenciosa.

Ollie nunca soltaba prenda de su hermana.

Cuando le pregunté por qué era tan altiva, se limitó a decirme que era «un poco diferente» y no me dio más explicaciones.

Como casi nunca tenía contacto con ella, no volví a sacar el tema.

Para cuando Felix y ella echaron a mi hermana de su oficina el año anterior, llevaba más de una década sin verla.

Resoplé.

—Es la asistente de Vicky . ¿No consiste en eso su curro?

Ollie me miró con los ojos entornados.

— Lottie es la asistente ejecutiva de Vicky , atontado, no la chica de los cafés. Vicky la necesita para asuntos de vital importancia. Su capacidad para calar a la gente no tiene precio. Vics, en cambio, no… Digamos que calar a la gente no es lo suyo.

—Si Lottie es tan clave, ¿por qué va por ahí intentando conseguirle el almuerzo perfecto a tu hermana?

Ollie apartó la vista y crispó la mandíbula.

—No lo hace porque trabaje para ella, sino porque se preocupa por Vics .

La camarera llegó antes de que me diera tiempo a responder. Todos pedimos algo del menú de postín. Me decanté por la opción con menos espinacas y asaí que pude encontrar tras comprobar que no había morcilla.

Cuando se fue la camarera, Felix se puso a preguntarle a Ollie por el pringado de su cuñado, pero yo no había terminado.

—¿Y tu hermana no sabe comprarse la comida sola? —interrumpí.

Tanto Ollie como Felix se volvieron hacia mí.

—Claro que sabe.

—Entonces ¿por qué obliga a Lottie a hacerlo?

Ollie suspiró.

—A Vicky le pasa algo, ¿vale?

Volví a sentir la opresión en el pecho, tan fuerte que empecé a frotarme el esternón.

—¿A qué te refieres? Has dicho que está adelgazando. ¿Está enferma o algo? —Intenté mantener un tono despreocupado, pero que Ollie me echase una mirada penetrante y Felix ladease la cabeza mientras me miraba intrigado me hizo pensar que no había colado.

—¿Por qué te importa tanto? —preguntó este último—. Creía que no te caía bien Vicky .

Carraspeé y me moví en el asiento.

—A ver, no es santo de mi devoción, pero no la odio ni nada por el estilo. ¿Qué le pasa?

Ollie se frotó la nuca.

—Mira, Vics no soportaría que lo revelase, y menos…, menos a ti.

—¿Por qué menos a mí? —respondí con el tono más inocente que pude.

Felix rio por lo bajo y Ollie volvió a entornar los ojos.

—Lo sabes perfectamente —masculló.

Me encogí de hombros.

—Ni idea.

— Mike , sabes que le molas —protestó Ollie tras perder la paciencia.

Fruncí el ceño. Nunca habíamos hablado abiertamente del evidente interés que tenía Vicky en mí, pero no me cuadraba algo de lo que había dicho Ollie .

¿Que le molaba? Eso la hacía parecer una adolescente inocente que tenía sentimientos por mí.

Vicky distaba mucho de ser inocente, y fijo que lo único que sentía por mí era el deseo primario de echar un polvo conmigo. Nada de chorraditas cursis. Era demasiado princesita y perfecta como para considerar pasar a esa fase conmigo.

Me reí por lo bajo.

—¿Que le molo? Seamos sinceros. Vicky no le haría ascos a que le diese duro, pero fijo que no está interesada en nada más.

Ollie le había dado un sorbo al café y se le fue por otro lado al oírme.

Felix le dio unas palmaditas en la espalda.

Cuando Ollie se recuperó, me miró sorprendido a más no poder.

—¿Que le dieses duro? —repitió con tirantez—. ¿Crees que Vicky solo quiere echar un casquete y adiós, muy buenas?

Me encogí de hombros.

—Mira, muchas amiguitas vuestras han querido algo de mí alguna vez.

A las pijas les gusta ir a los barrios bajos de vez en cuando.

No me molesta, me lo paso bien. —Era mentira.

Cuando una de las amigas pijas de Ollie me rompió el corazón a los quince años, me hundí en la miseria.

La oí burlarse de mi acento y decirle a su amiga: «Una no les presenta a sus papis a un paleto; se lo tira».

Nunca se lo conté a mis amigos, pero después de eso me prometí que nunca iría en serio con las pibas de clase alta—.

Vicky no es la excepción. Y no me malinterpretes, está buenísima.

Pero me gusta que mis mujeres tengan un poco más de personalidad, aunque sea solo para un revolcón.

Ollie no daba crédito. Me miró fijamente tanto tiempo que me incomodó.

—No conoces nada a mi hermana —afirmó despacio.

Puse los ojos en blanco.

—He conocido a tela de mujeres como tu hermana, te lo digo yo.

—No —replicó brusco—. De eso nada. Si crees que Vicky solo quiere llevarte a la cama para que le des duro y que le falta personalidad, es que no sabes nada de ella. —Su tono se volvió más amenazante. Estaba que trinaba—. ¿Y sabes qué te digo? Que no te mereces conocerla.