Capítulo 2
Vacío por dentro
Mike
—Mire, señorita Harding —dije entre dientes—. Si no le importa hacerse a un lado, haré lo que he venido a hacer y después me iré y la dejaré en paz.
Ahí estaba: esa hermosa mirada vacía de nuevo. Reprimí mi irritación y decidí seguir adelante con ello, cooperara o no. Una vez que hubiera entregado la maldita mesa de centro, podría largarme y, con suerte, volver a evitar a Victoria Harding .
Me alejé de ella, bajé corriendo los escalones de piedra de su elegante casa y cogí la mesa de centro a medida, que tantísimas horas había tardado en construir. Le había dado forma, la había lijado y barnizado, y todo para que acabara en manos de una mujer fría como el hielo.
—Te ayudo.
Volví a mirar escaleras arriba y la vi plantada en la entrada.
¡Menudo desperdicio! La tía era absolutamente deslumbrante.
Su belleza era casi de otro mundo. Y ese día, entre los vaqueros ajustados, el cabello menos tirante y repeinado que de costumbre, los mechones rubios enmarcándole el rostro y los piececillos descalzos que mostraban unas uñas perfectas de un rosa chillón, estaba guapísima.
Pero, aun así, era un desperdicio porque la personalidad de esa mujer era…, bueno, inexistente. Su apodo le iba que ni pintado; era una princesa de hielo en toda regla. Para nada mi estilo.
Por desgracia, por alguna puñetera razón, se le había metido entre ceja y ceja que yo era su tipo.
Incluso aquel día que irrumpí en la oficina de Felix para reprenderlos por lo que le habían hecho a mi hermana; incluso entonces, distraído como estaba por la ira, me di cuenta de que me miraba fijamente. ¡Madre mía, qué mirada! Daba repelús.
Al menos, eso era lo que me decía.
Y casi me habría convencido de haber conseguido que mi cerebro olvidase los sueños que tenía con ella cada noche.
En ellos, era de todo menos fría.
«Es que está un pelín obsesionada contigo».
Recordé la explicación de Lucy . Sí, ya. Yo no soy el típico tío con el que se obsesiona una. No me parezco a Felix o a Ollie : chicos guapos, sofisticados y con traje de tres piezas. Soy bruto y avispado, no me recorto la barba y tengo un gusto para la moda bastante discutible.
Las chicas como Vicky se obsesionaban con hombres como yo por un solo motivo: para sacar su lado salvaje y montárselo a lo bestia.
Por eso estaba obsesionada conmigo. Y había pedido una de mis obras favoritas solo para chincharme.
Por nada del mundo iba a consentir que la entregase otro, y menos después de haberme pasado horas y horas perfeccionándola.
Aunque fuera para una autómata que no apreciaría el arte ni aunque lo tuviera delante de las narices. Me negaba a que se dañara.
—Sin ánimo de ofender —grité, consciente de mi intención de ofenderla—. Pero solo estorbarías. Esta mesa te aplastaría. La llevaré dentro si me haces el favor de quitarte de en medio.
Por suerte, retrocedió a tiempo y pude entrar en pijolandia, pero no me indicó dónde quería la mesa.
Era maciza; todas mis obras eran macizas y pesaban un huevo. Era incómodo estar en medio del vestíbulo de otra persona, sosteniendo una mesa en el aire, sin saber dónde dejarla. Pero esa maldita princesa de hielo seguía mirándome fijamente.
Abrí la boca para decir algo, pero la cerré de golpe al advertir las pequeñas grietas de su gélida fachada.
Se le dilataron las pupilas y, por un brevísimo instante, se mordió el labio inferior, carnoso y rosado.
Observó los músculos tensos de mi pecho y mis brazos mientras yo sostenía la dichosa mesa en el aire.
—Mi cara está aquí arriba, princesa —dije, con la voz más áspera de lo debido, pero quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. La tía era un pibón y me estaba comiendo con los ojos. Y los recuerdos de la Vicky de mis sueños eran cada vez más difíciles de reprimir.
De inmediato, clavó los ojos en los míos. Entonces, apareció otra señal de humanidad: se ruborizó.
—Si ya has acabado, ¿te importaría decirme dónde va esto?
Carraspeó.
—Ah, déjala aquí mismo.
Fruncí el ceño.
—¿Quieres que este pedazo de mesa esté en toda la entrada?
Se encogió de hombros.
—La verdad es que no había pensado dónde ponerla.
Gruñí por el esfuerzo de sostener la mesa, moviéndola ligeramente en mis brazos.
—No soy experto en interiorismo, pero la mayoría de la gente pone la mesa de centro en el salón.
—Ya tengo una ahí.
—Vaaale. —No íbamos a ninguna parte y necesitaba soltar el pedazo de mueble—. ¿Y por qué coño has encargado otra?
—Quería verte.
¡Al grano! Ni pretextos ni excusas. Una confesión directa y descabellada. La tía tenía un par, eso lo admito.
Como no íbamos a llegar a nada con todo el debate de dónde iba la mesa, y como no podía pensar con claridad de lo que me dolían los brazos, decidí dejarla entre nosotros. Estiré los brazos y me crují el cuello antes de volver a centrarme en la mujer menuda que tenía delante.
Seguía mirándome fijamente, pero de cerca su expresión ya no se me antojaba tan vacía. No, de cerca veía que tras sus ojos azul cristalino ocurrían mil y una cosas, y la intensidad de su concentración era palpable.
La mesa de centro nos separaba, pero me hallaba lo bastante cerca de ella como para distinguir un atisbo de su aroma a lavanda. No era tan intenso como algunos perfumes, sino muy sutil, y, por alguna razón, me erizó el vello de la nuca.
—A ver si lo he entendido bien —pronuncié lentamente—. ¿Has encargado una mesa de centro de dos mil libras solo para verme?
—También me gustaba la mesa, y mucho. Pero sí, mi principal motivación era tener una conversación privada contigo.
Flipé.
—¿De qué coño tienes que hablar conmigo en una conversación privada?
Se mordió el labio de nuevo, lo que hizo que me embargara una necesidad repentina e inesperada de ir hasta ella y sacarle el labio inferior de entre los dientes. ¿Qué mosca me había picado?
—Me pareces sumamente atractivo.
Insisto en que la tía no se cortaba un pelo.
No lo dijo en voz baja y entrecortada, con anhelo, sino con rotundidad, sin ninguna emoción perceptible tras la afirmación.
Casi como si estuviera a punto de hacer algún tipo de transacción comercial, lo cual me molestó, pues yo solo podía pensar en tumbarla en la maldita mesa que le había hecho y quitarle los vaqueros.
—Se nota, princesa —comenté en voz baja. Se sonrojó aún más. Tuve que apretar los puños para no tocarla—. Pero, por el amor de Dios, ¿en qué momento eso te lleva a encargar muebles que no necesitas?
—Hasta la fecha, mis intentos por acercarme a ti han sido infructuosos —repuso con ese extraño tono profesional—. Esta parecía la opción más conveniente.
Aluciné.
—¿Encargar una mesa de centro carísima y sin igual ha sido la única manera de hablar conmigo que se te ha ocurrido?
—Sí. —Asintió con firmeza—. Sobre todo porque nunca estamos solos y nunca hemos tenido una conversación directa. Mi medio hermano es extremadamente protector. No aprueba lo… obsesionada que estoy contigo.
Sonreí con suficiencia.
—No me digas. No me extraña que no apruebe a los de mi calaña.
—¿A los de tu calaña? —preguntó.
Me reí entre dientes.
—Princesa, soy más bruto que un arado. El duque de Follangham no me querría cerca de su hermana.
—Media hermana.
Me encogí de hombros. ¿Qué era eso de media hermana y medio hermano? ¿A quién le importaba? Era evidente que Ollie la veía como a una hermana. Qué fría. Pero claro, la tía era un puto témpano.
—Vale —dije, perdiendo la paciencia con esa conversación tan irritante—. Pues aquí me tienes. ¿Qué querías decirme?
Carraspeó y tragó saliva antes de volver a hablar. La única señal de que estaba nerviosa fue que le tembló ligeramente la mano al pasarse un mechón por detrás de la oreja.
—¿N-nos sentamos? ¿Me acompañas a la cocina? Así te preparo un té, como marca el protocolo social.
¿«Como marca el protocolo social»? ¿Pero qué mierda le pasa?
—Dispara, princesa —respondí—. He tenido un día largo y no eres mi única clienta.
—Ah. —Me miró de nuevo. No me molesté en reprimir un suspiro—. Está bien. Bueno, como decía, te encuentro muy atractivo, así que me preguntaba si estarías dispuesto a… a dar un paso más en el aspecto físico y…
—¿Es una forma elegante de decir que quieres que follemos?
Vicky parpadeó. Fue la única señal que me indicó que le había afectado lo que le había dicho.
—Bueno, sí, eso sería parte de…
Me estaba cabreando. Siempre había tenido un poco de mal genio, y, para ser sincero, les tenía un poco de tirria a los de alta cuna.
Esta tía pensaba que, como probablemente podía comprarme y venderme a mí y a toda mi familia, eso le daba derecho a hacer y decir cuanto le viniera en gana.
Menudas ínfulas se gastaban los ricos: me encontraba atractivo, así que se creía que con chasquear los dedos me tendría a su disposición.
—A ver si lo he entendido bien —dije rechinando los dientes—. Me has traído aquí engañado cuando ni siquiera necesitas una mesa de centro. ¿Y luego vas y me tiras los tejos porque estás cansada de chicos guapos y ricos y te apetece un poco de sexo duro?
Abrió los ojos como platos, lo cual me alegró: estaba resquebrajando su gélida fachada y provocando una reacción aún más intensa.
—N-no —respondió. Nunca habría dicho que su tono era vacilante, pero comparado con su forma de hablar anterior, me pareció distinguir un matiz—. Me malinterpretas. De hecho, es bastante común cuando alguien como tú interactúa con alguien como yo. Verás, lo…
—¿Alguien como yo? —pregunté furioso en voz baja—. ¿Qué leches significa eso?
—B-bueno, tú y yo somos muy diferentes, y puede que te cueste entender del todo lo que…
—Que trabaje con las manos no significa que sea estúpido, princesa.
—Claro que no. Si me escucharas, entenderías lo…
—Lo entiendo perfectamente. Quieres echar una cana al aire a lo bestia, y no me interesa.
—Pero…, pero sí que te intereso físicamente.
¡Pues sí que se lo tenía creído la tía! Me crucé de brazos.
—Ah, ¿sí?
Me miró embobada.
—Sí, las pruebas apuntan a que me encuentras físicamente atractiva.
—¿Pruebas?
¿Cómo había reunido pruebas? Si apenas había hablado con ella.
—Sí. Cuando estaba en bikini en la piscina de Little Buckingham , te pasaste gran parte del tiempo mirándome, y tuviste que usar uno de los cojines de exterior de Margot para cubrirte las ingles cuando salí de la piscina.
Ahora era yo el anonadado. Se me atascaban las palabras en la garganta mientras me venía a la cabeza la imagen de Vicky con su diminuto bikini.
Me avergonzaba admitir que la Vicky que salió de la piscina con el bikini empapado había sido, durante la tira de tiempo, mi recuerdo predilecto en mis noches solitarias.
Me molestaba. Y aún más que se hubiera percatado.
Noté que me estaba poniendo rojo. Di gracias a Dios de que mi espesa barba lo disimulara. Era raro que me sacaran los colores, pero esa mujer lo había conseguido. La madre que la parió, ¡que no había terminado!
—Se te van los ojos hacia mí cuando estás con más gente.
Se te dilatan las pupilas cuando te miro directamente.
Y te han pillado «mirándome el pandero», como dijo Lottie , lo cual entiendo que es una forma infalible de detectar interés sexual.
Además, soy consciente de que, en general, soy físicamente atractiva para los hombres.
Lo sé desde que llegué a la pubertad a los catorce años o así.
—No tienes abuela, ¿eh?
Arrugó el ceño.
—Al contrario…
—Pues a ver si te enteras, princesa —protesté, con el tono cargado de la ira que ella misma había despertado por ser tan bella pero tan sumamente fría.
Ira contra todos los ricachones que había conocido y que se creían con derecho a pisotearme y tratarme como el culo.
Pero, sobre todo, ira contra la certeza de que Victoria no era más que un fraude—.
No te tocaría ni con un palo. Eres preciosa, y sí, quizá mi cuerpo reaccionase al verte semidesnuda, pero que tuviera una respuesta fisiológica hacia ti no significa que me tentara tocarte.
Me gustan las mujeres cariñosas, monas, amables, capaces de expresar emociones reales y con personalidad.
Tú… eres como un hermoso jarrón: bonito de ver, pero vacío por dentro.
No estoy tan necesitado como para acostarme con alguien como tú solo porque me la pusiste dura una vez al verte en bikini.
Así que deja ya de mirarme todo el rato, deja de fantasear con sexo duro y vuelve con los pijos a los que deberías estar cepillándote.
No le cambió la expresión mientras le hablaba. No mostró ni la más mínima emoción. Quizá la ira me hubiera cegado, pero ¡ni que le afectara lo que le decía! Dejé el recibo de entrega sobre la mesa de centro, a lo que sí reaccionó con un breve respingo.
—Un placer, princesa —mascullé mientras me daba la vuelta y salía de su casa.
No miré atrás, pero debería haberlo hecho.
Vaya si debería haberlo hecho.