Capítulo 1 #2
—Dices muchas palabrotas. —Esta observación fue lo que me salió de la boca, y, a juzgar por sus ojos en blanco, no era mucho mejor que las otras opciones.
No es que me molestaran las palabrotas; para nada.
Pero, para mí, era un campo minado demasiado difícil de sortear.
Si incorporabas palabrotas a tu vocabulario habitual, tenías que tener la conciencia social y la inteligencia emocional suficientes para saber cuándo era apropiado decirlas y cuándo no.
Yo no tenía ni la una ni la otra, así que las evitaba a toda costa.
—Disculpe si he herido su sensibilidad, lady Harding . Pero si pudiéramos proceder, este individuo tan grosero y malhablado desaparecería de su vista mucho antes.
Dijo « lady Harding » de la misma manera que había dicho «princesa»: con ostensible desprecio.
No estaba segura de si era solo desprecio hacia mí o hacia la nobleza en su conjunto.
Era amigo de mi medio hermano Ollie , duque de Buckingham , así que dudaba que solo se opusiera a la nobleza.
No, sencillamente no le caía bien a Mike Mayweather .
Dudo que lo recordara, pero nunca le había caído bien.
Era evidente incluso en las pocas ocasiones en que estuve con él de niña.
Y, por aquel entonces, yo era mucho menos desagradable.
De niña, no iba por ahí diciendo verdades como puños.
De hecho, no hablaba en absoluto. Era una de las muchas maneras en que decepcionaba a mi madre.
Cuando dejé de hablar, decidió que ya estaba harta de mi constante presencia silenciosa en su nueva familia y empezó a dejarme en casa de mi padre biológico durante parte de las vacaciones de verano.
El problema era que mi padre biológico, el anterior duque de Buckingham , tampoco me tenía mucho aprecio, y además no pasaba mucho tiempo en casa, lo cual me convirtió en el problema de su esposa, Margot .
Aquello me parecía sumamente injusto, ya que yo era el fruto de la aventura que tuvo su marido mientras aún estaba casado con ella.
Pero no podía dejar a una niña de seis años en la calle, así que me acogían, aunque a regañadientes, en la casa familiar durante un máximo de dos semanas cada verano.
La primera vez que vi a Mike Mayweather fue en Buckingham Manor . Llevaba un erizo en las manos.
—Disculpe, lady Harding —murmuró a mi madrastra cuando la sangre de sus manos manchó la alfombra—.
Es que lo he visto de día y eso puede significar que está enfermo.
—La imagen de ese niño grande y rudo acunando con delicadeza una criatura diminuta, sin importarle que las púas le destrozaran las manos, se me quedó grabada en la memoria desde entonces.
Las pocas veces que seguí a Ollie a la cabaña de los Mayweather , Mike me miraba ceñudo desde la otra punta de la cocinita, claramente molesto por mi intrusión en su espacio.
Su madre era una mujer extremadamente amable y no parecía importarle que no hablara, ni que solo me comiera la parte de arriba de los bizcochos Jaffa y solo tomara té en una taza concreta.
Asimismo, me daba el tipo de abrazos que toleraba: breves, fuertes y laterales.
Adoraba a Hetty Mayweather .
A pesar de la evidente antipatía de Mike hacia mí incluso entonces, seguía fascinándome. Y, por desgracia, no había dominado del todo mi hábito infantil de mirar fijamente las cosas que me fascinaban. De hecho, no había podido camuflarlo en absoluto; mi única salvación fue el mutismo.
—No soy una dama —le dije a Mike , que seguía mirándome fijamente.
Negó con la cabeza una vez.
—¿Qué dic…?
—Que no soy lady Harding —expliqué—. Mi padre no me cedió su título porque soy ilegítima.
Su ceño fruncido se atenuó ligeramente y Mike se movió incómodo.
—Ah —dijo, descruzando los brazos. Se llevó la mano a la nuca, lo que reveló aún más su glorioso pecho, mientras su camisa de franela se tensaba hacia un lado. Carraspeó—. Claro, lo siento, preciosa. No lo había pensado.
Al oírlo llamarme así, despegué la mirada de su pecho para clavarla en sus ojos.
Me observaba con una ternura que no reflejaba antes.
Eso, combinado con el apelativo cariñoso, me provocó otro cortocircuito cerebral.
El pulso me latía en los oídos y me sentía levemente aturdida.
Los segundos fueron pasando hasta que llegó un momento en que se le agotó la paciencia a Mike .
—Si te quitas de en medio, a lo mejor…
Sucedió cuando me puso las manazas en los hombros para apartarme de la entrada, pues a todas luces había perdido la capacidad de hacerlo sola.
No me agarró; su toque fue suave y no había nada amenazante en él.
Pero no estaba preparada. Tengo que estar preparada cuando la gente me toca.
Así que, a pesar de lo mucho que había fantaseado con que Mike me pusiera las manos encima, cuando realmente sucedió, grité y me zafé de él.
Levanté las manos. Me esforcé al máximo y puse en práctica mi entrenamiento para no agitarlas y taparme las orejas con ellas.
Cuando por fin hube controlado la respiración y estuve segura de que no iba a entrar en crisis, miré a Mike .
Se había alejado de mí y tenía las manos en alto y cara de espanto.
Tragué saliva e intenté hablar, pero como me solía pasar cuando estaba estresada, no me salían las palabras.
—¡La madre que te parió! —me espetó. Su horror se convirtió en ira—. Tranquilízate, joder. No iba a atacarte. Eres la última mujer a la que… —Dejó la frase ahí, pero yo sabía lo que iba a decir.
Ansiaba explicarle mi reacción, pero aparte de que físicamente no podía hablar en ese momento, de haber podido, ¿qué le habría dicho?
¿Que deseaba que me tocara más que nada en el mundo, pero que necesitaba que me avisara porque era más rara que un perro verde?
El objetivo de ese día era intentar convencerlo de que no era rara para que aceptara mis condiciones.
Confesar que tenía peculiaridades extremadamente complicadas no me ayudaría a lograrlo.