Única (Soñadora 3) Capítulo 1
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Única (Soñadora 3)

Única (Soñadora 3)

Por Susie Tate

© inepub.com

Capítulo 1

Seis minutos y cuarenta y cinco segundos

Vicky

Eché un vistazo al gran reloj digital que había junto a la puerta de entrada y fruncí el ceño.

Llegaba tres minutos y cuarenta y ocho segundos tarde.

¿Y si no venía? Negué con la cabeza bruscamente; era una suposición ilógica.

Claro que vendría. El tío necesitaba pasta —lo confirmé tras echar una ojeada a las cuentas de su empresa— y yo le pagaba un dineral.

No tenía ningún sentido que siguiera encargándose de los repartos. Debería encomendarle esa tarea a otro y que él aprovechara mejor el tiempo construyendo sus maravillosos muebles.

Me vino a la cabeza el breve instante en el que lo vi en su taller hace un par de meses, y se me secó la boca.

Estaba con Lucy , Lottie y Hayley en Little Buckingham buscando un pequeño poni que se había escapado (algo extraño, pero bastante común en Little Buckingham ).

Lucy pensaba que a lo mejor Legolas había ido directo al taller de su hermano a «enfadarlo de lo lindo».

El poni no estaba allí, pero Mike sí, y, como de costumbre, estaba arrebatador.

Llevaba una camisa de franela atada a la cintura y una camiseta térmica ajustada que le cubría el torso mientras lijaba una mesa grande; se le marcaban los músculos bajo la tela con cada pasada.

Sonrió a Lucy , Lottie y Hayley , pero, como de costumbre, se le borró la sonrisa al verme.

A Mike no le caía bien. Para ser sincera, a casi nadie le caía bien.

Pero tenía la esperanza de revertirlo. Lucy y Lottie me habían insuflado la confianza suficiente en los últimos meses como para empezar a creer que, cuando menos, era posible.

Cuando me llevé la mano al pelo para alisármelo, noté que me temblaba. Apreté la mandíbula con frustración. No podía sufrir una crisis. No ahora. No cuando él llegaba cuatro minutos y veintidós segundos tarde.

Así que hice los ejercicios de respiración que me había enseñado Abdul y apreté los puños para controlar los temblores.

Al moverme, se me resintieron los músculos.

Llevaba cuarenta y nueve minutos de pie en el mismo sitio, frente a la puerta de entrada, tan quieta y tensa que se me había acartonado todo el cuerpo.

Sabía que quedarme plantada en el vestíbulo durante casi una hora, con los ojos clavados en una puerta, no era lo normal, pero lo normal no era precisamente mi fuerte.

Cuando me obsesionaba con algo, mis manías se volvían francamente raras. Y podría decirse que estaba muy pero que muy obsesionada con Mike . Estaba casi más obsesionada con Mike Mayweather que con los erizos.

Casi. El problema era que, cuanto más me obsesionaba, más anormal se volvía mi comportamiento. No quería que, encima de caerle mal, creyera que era anormal.

Se me hizo un nudo en la garganta al rememorar uno de los motivos de su aversión hacia mí.

Mi memoria puede ser muy útil. Recuerdo momentos, conversaciones y todo lo que he leído o visto con claridad meridiana.

En teoría, es una gran ventaja. Sin embargo, cuando has hecho algo tan horrible y erróneo que preferirías olvidarlo por completo, la capacidad de reproducirlo íntegramente, hasta el más mínimo detalle, no es útil; es una maldición.

Todavía recuerdo la cara que puso Lucy Mayweather el día que la acusamos de algo terrible y la echamos de la oficina.

También recuerdo las imágenes de la cámara de vigilancia que recuperamos y que mostraban a Lucy siendo agredida segundos antes.

Mi cerebro tendía a obsesionarse con cosas inquietantes, por muy ilógicas que fueran.

En consecuencia, había visto innumerables veces a Will Brent estampando a Lucy contra la pared de la oficina y la cabeza de esta rebotando contra el yeso.

Así que no, a Mike no le caía bien… No después de aquello.

Cuando más tarde irrumpió en la oficina, aplastando a zancadas el controladísimo ambiente laboral con sus botas de trabajo con puntera de acero y su metro noventa y tres temblando de furia por lo que habíamos permitido que le pasara a Lucy , pensé que no había visto algo tan magnífico en toda mi vida.

Creía que tenía carencias en ese aspecto.

Bueno, la verdad es que tenía carencias en muchos aspectos, pero con los hombres sobre todo.

Hasta que vi a Mike Mayweather ese día, no me imaginaba dándole permiso a alguien para besarme, y mucho menos para hacerme otras cosas. Pero no hacía más que pensar en cómo sería que Mike me besase, en si su barba sería áspera o suave y en cómo se sentiría su cuerpo tan grande sobre el mío.

Tras años creyendo que no podía sentir la más mínima atracción por nadie, mi atracción por Mike se había convertido en lo único en lo que podía pensar. De ahí que me hubiese quedado como un pasmarote en el vestíbulo, mirando fijamente la puerta de casa.

Durante cincuenta y dos minutos.

Cerré los ojos para concentrarme de nuevo en mi respiración, pero los abrí de sopetón cuando, de repente, dos fuertes aporreos sacudieron la puerta. Sin pensarlo, la abrí al instante para contemplar un enorme pecho cubierto de franela.

Estaba justo ahí. Tan cerca que podía olerlo.

Era muy sensible a los olores en general y bastante intolerante a la mayoría, sobre todo a los de los demás seres humanos.

Pero el aroma fresco, amaderado y masculino de Mike era tan agradable que me aturdió un momento.

Aquello, sumado a cómo se le marcaba el pecho fornido bajo otra camiseta térmica ajustada, consiguió provocarme un cortocircuito cerebral.

Solo podía mirarle el pecho, lo cual era extraño, y lo que menos deseaba en el mundo era tener un comportamiento extraño delante de él.

Carraspeó y mi mirada pasó de su pecho a sus furiosos ojos marrones enmarcados por espesas pestañas.

Sus pestañas contrastaban con el resto de su aspecto, que resultaba extremadamente rudo: una barba tupida que para nada estaba recortada como la de los demás hombres que conocía, un cabello castaño alborotado que llevaba días pidiendo un corte y una piel bronceada por todo el tiempo que pasaba al aire libre.

Nunca había visto algo tan bello.

—¿Vas a quedarte ahí mirándome todo el día, princesa? —me preguntó con su voz ronca. No dijo princesa con cariño, pero al menos omitió el «de hielo».

Detestaba ese apodo. Princesa de hielo. Sabía lo que implicaba: que era una estirada, que era distante y que me creía mejor que los demás.

Sabía que Mike también opinaba lo mismo.

Pero este encuentro iba a cambiarlo todo.

¡Que me había puesto vaqueros! Eso sí, Lottie había tenido que probarme un montón hasta dar con uno lo bastante suave como para que yo lo tolerara, y, aun así, seguía estando muy incómoda y ansiaba volver a ponerme mis leotardos de forro polar, o mejor aún, mis suavísimas mallas.

Pero el objetivo de ponerme vaqueros era parecer normal.

De hecho, toda mi apariencia, calculada al milímetro, perseguía esa meta: desde mi «moño desenfadado», que había tardado casi una hora en hacerme y que me había obligado a tragarme nada menos que cinco horas de YouTube , hasta mi maquillaje «de aspecto natural», pasando por el jersey holgado de color crema que me picaba un poco; el picor era un verdadero incordio, pero decidí que si podía aguantar los vaqueros, también podría soportar el jersey.

Incluso me planteé usar ropa interior sexy .

De ninguna manera habría tolerado encaje o aros, pero, de haber sido necesario, tal vez habría aceptado algo de satén.

Sin embargo, decidí quedarme con mi sujetador y mis bragas de algodón supersuaves y sin costuras de siempre. De momento.

No creía que Mike fuera a aceptar mi propuesta de inmediato. Probablemente se lo pensaría, lo que me brindaría un tiempo precioso para ir acostumbrándome a la ropa interior incómoda y, así, prepararme para usarla en un lugar y un momento predeterminados.

—Llegas seis minutos y cuarenta y cinco segundos tarde.

Sí, eso fue lo que le dije. Soy una persona socialmente incompetente, pero con aquello me llevé la palma.

El problema era que tenía la terrible costumbre de decir las cosas según me venían a la cabeza.

Y, por mi experiencia, la gente no quería oír la verdad a las bravas y sin rodeos a diario.

Aquella solo era una de las muchas demostraciones de que carecía de habilidades sociales.

No tenía la capacidad de mentir; ni siquiera podía decir mentiras piadosas.

Ojalá todos se comportaran como yo; sería estupendo. Eliminadas las mentiras piadosas y las medias verdades, todos podríamos vivir en armonía y franqueza, siendo completamente sinceros los unos con los otros en todo momento y sin ofendernos si los demás dijeran la pura verdad.

Pero el mundo no estaba lleno de Vickys . Éramos una rareza. Y se nos consideraba groseros.

Mike cruzó sus imponentes brazos sobre el pecho y se le tensaron los músculos de debajo de la camisa. Se le ensombreció el semblante.

—Madre mía. Acabemos con esto de una vez —me espetó—. No querría que desperdiciaras tus preciosos segundos más de lo estrictamente necesario.

Lo miré y parpadeé.

—Me he cogido todo el día libre para recibirte —repuse, una vez más sin pelos en la lengua y sin pensar en las consecuencias. Mike no daba crédito.

—¡Qué cojones! ¿Por qué?

Abrí la boca para hablar, pero la cerré de nuevo justo a tiempo, conteniéndome para no soltar que me había pasado la mañana preparándome para parecer «normal» y que confiaba en que estuviera dispuesto a negociar conmigo esa tarde.