Capítulo 2
Valentina
La noche siguiente, Aurelio y yo íbamos a reunirnos con unos amigos suyos en una fiesta.
Esa noche llevaba un vestido corto morado. Al ver mi reflejo en el espejo, consideré una vez más que la naturaleza había sido un tanto tacaña conmigo en lo que respecta al pecho; gracias a eso, podía ponerme ese vestido sin usar brasier y sin que se armara un drama de Estado.
Había elegido unas sandalias blancas más bajas que los zapatos de la noche anterior y llevaba mi pequeña bolsa cruzada. Llevaba un maquillaje de ojos ahumados, que aún sabía hacer en diez minutos desde la época en que era una chica que iba a la discoteca.
Eso no había ocurrido en mi vida anterior, sino hace dos vidas.
Aurelio me esperaba en el salón. Cuando entré, me miró de arriba abajo y se detuvo al llegar a los zapatos.
—¿De dónde sacaste esos zapatos de anciana? —exclamó.
Lo miré atónita.
—¿Qué has dicho?
Él las señaló:
—Esos zapatos gritan que te duele la espalda baja y que no te animas a ponerte unos tacones de verdad, pero que tampoco eres lo suficientemente mujer como para ponerte unos zapatos bajos y que te valga madre.
Miré a Aurelio de arriba abajo: llevaba una chaqueta de lentejuelas que brillaba cuando se movía y unas zapatillas de cuero azul.
—Estos son unos tacones medios clásicos; hablan del mar, de lo bronceadas que están mis piernas después de meses viviendo cerca de la playa y de libertad.
Después de esa cosa con un león que te pusiste ayer, se te acabaron las oportunidades de darme lecciones de estilo, cariño, mejor ni le intentes.
Aurelio esquivó la respuesta con un encogimiento de hombros:
—Me gustaban más los que llevabas anoche.
Le lancé una mirada. Seguía maldiciendo haber pasado toda la noche con esos tacones de quince centímetros. Abrí la puerta de casa y me quedé esperándolo en el umbral:
— Si te gustan tanto esos zapatos, te compro unos del 43 y luego me cuentas qué tal se camina con ellos un kilómetro a pie.
Aurelio sonrió y salió siguiéndome al rellano:
—Mejor no, si camino un kilómetro con estos zapatos, seguro me encuentro un sugar daddy, y no es algo que me interese tener.
—Te sobreestimas —le respondí secamente.
Él me respondió guiñándome un ojo.
Aun en medio de esta pequeña disputa, nos dirigimos hacia el centro de la ciudad.
A fuerza de fingir, nos sentíamos de verdad como hermano y hermana. O como dos camaradas. O como hermanos de armas.
Seguimos en silencio por las calles del centro, saliendo de vez en cuando de algún callejón para bordear el paseo marítimo, pasando entre turistas, parejas y vendedores ambulantes.
Mi misión encubierta había comenzado ocho meses antes, para investigar un asesinato ocurrido en el puerto el verano anterior que había sacado a la luz un tráfico de narcóticos a través de los contenedores de algunos buques de carga.
Varias familias mafiosas se enfrentaban en ese pequeño reino de contenedores, peleándose como niños por una caja de Lego. Cuando se produjo la muerte, se agitaron las aguas lo suficiente como para poner en marcha esa misión encubierta e intentar, de una vez por todas, aclarar la situación.
El enlace que había permitido el inicio de la operación era precisamente Aurelio, que quería salir de todo ese enredo de venganzas, tiroteos y chantajes en el que se había criado, con la esperanza de una vida diferente.
Quería que alguien del lado de la ley le diera la forma de salir del negocio, y del lado de la ley le habían dicho que sí, claro que salvarían a ese muchacho que buscaba la legalidad, pero a cambio, primero, tenía que hacer que atraparan a algún pez gordo.
Como se suele decir: no hay nada como una comida gratis.
El caso es que llevaba ocho meses viviendo con Aurelio; mi tapadera decía que mis padres habían fallecido y que la única familia que me quedaba, con la que solo compartía al padre, era mi hermanastro: precisamente Aurelio.
¿Qué había de cierto en esa historia? Era verdad que yo ya no tenía una familia. Alguien de los cerebritos sentados detrás de los escritorios del SISTI debió de haberse frotado las manos cuando vio mi expediente.
No tener a nadie que me esperara para la cena de Navidad me convertía en la candidata perfecta para ser agente encubierta.
Quizá justo por eso, otra cosa que se estaba volviendo realidad era que Aurelio se había convertido en mi familia.
Vivíamos juntos en su casa, conocía cada una de sus fijaciones con los accesorios vintage, yo misma recordaba más nombres de las chicas que se llevaba a la cama de los que él podía recordar, y había aprendido más canciones de trap de las que alguna vez habría querido conocer.
Éramos él y yo, solos, sentados sobre una polvera.
Tras las primeras semanas de puesta en marcha, con mis jefes del SISTI y con la policía local habíamos llegado a cero contactos: cada encuentro era un riesgo, la ciudad tenía mil ojos que susurraban al oído de la familia Casella, de los Amato y de los Moretti.
Mientras caminábamos, Aurelio me hizo una señal con la mirada. A esas alturas, él y yo ya nos comunicábamos con la mirada. Vi a un hombre apoyado en la balaustrada que contemplaba el mar al atardecer con aire pensativo.
Me volví hacia Aurelio:
—Tienes una agujeta desatada —le dije.
Él maldijo y se agachó a amarrarse el zapato. Con total naturalidad me acerqué al hombre en la balaustrada y saqué de mi bolsa la polvera y el celular para tomarle una foto al atardecer.
Tardé justo el tiempo que Aurelio tardó en atarse el zapato, y luego seguimos caminando. El tipo de la balaustrada le entregaría la polvera a quien correspondiera.
Seguimos caminando otros doscientos metros y llegamos debajo del edificio donde nos esperaban sus amigos.
Incliné el cuello para mirar la propiedad, una residencia de varios niveles frente al mar, con una terraza enorme y un lujo que incluía lavabos chapados en oro.
En los últimos ocho meses había visto mucho esplendor, mucha riqueza opulenta.
Había comprendido la atracción que el crimen ejercía sobre esos muchachos de la calle que empezaban con pequeños delitos: se habían dejado deslumbrar por esa riqueza descarada que los que estaban en el poder utilizaban para atraer.
Tú también podías volverte como ellos, tener esas cosas hermosas, habitar esas casas ostentosas, conducir esos autos, si tan solo les hubieras hecho un favor, un servicio, si tan solo tú también te hubieras manchado las manos de sangre.
En la puerta había dos hombres vestidos de negro, sin duda armados, a quienes Aurelio saludó con un movimiento de cabeza.
Yo les dediqué una sonrisa y, con esa excusa, les estudié los rostros, tratando de asociarles un nombre.
Por lo general, si había visto un rostro en uno de los expedientes de la policía, también recordaba el nombre.
En la planta baja, la casa giraba en torno a un patio interior en el que murmuraba una fuente. Ignoramos esos grupitos de gente y subimos al primer piso, donde ya se oía la música.
Allí, en uno de los saloncitos, nos encontramos con cuatro amigos de Aurelio.
Dos hombres, dos mujeres; repetí mentalmente sus nombres y cómo cada uno estaba relacionado con la familia Casella.
Obviamente, alguien como Aurelio tenía muy pocos conocidos fuera de ese círculo delimitado geográfica y socialmente por la familia, sus afiliados y sus subordinados. Precisamente por eso, Aurelio era el sujeto perfecto para ser nuestro caballo de Troya.
Mientras nos acercábamos, esbocé en mi rostro la sonrisa de la chica sociable y desenfadada, la que había sido en realidad hacía mucho tiempo, en la época de los ojos ahumados y la discoteca, y saludé a todos con dos besos en las mejillas.
Dalila, una de las conquistas ocasionales de Aurelio con la que había desayunado en casa varias mañanas, me respondió con otros tantos besos y me dijo amablemente:
—Tus sandalias son fantásticas, te hacen unas piernas de infarto.
Eché un vistazo a Aurelio, levantando una ceja. Jaque mate. Tomamos algo de beber y empezamos a hablar.
Este trabajo era extraño: parecía que ahora estaba conversando con personas que se habían convertido en mis amigas.
Estaba desenvuelta, sociable, bromeaba. Recordaba cómo lo hacía cuando lo hacía de verdad y conseguía imitarme a mí misma lo suficientemente bien como para poder hacerlo también con estas personas, mientras recopilaba información de las anécdotas que contaban, nombres, detalles, lugares, que luego acabarían en mis informes.
Era la superficie, era la apariencia y era la verdad. Era una investigación, un continuo escarbar en busca de información.
Desde las escaleras percibimos un cambio de atmósfera que se elevó hacia nosotros como una vibración. Algo que atraía la atención de los presentes y, al igual que las multitudes se dejan llevar por las acciones de los demás elementos que las componen, nosotros también nos dimos la vuelta.
Lo que había despertado ese interés era un grupo de hombres que atravesó la sala y se dirigió a uno de los salones con las puertas cerradas.
Entre ellos había algunos a los que reconocí incluso en ese rápido paso.
El hombre alto y corpulento, de pelo negro y tatuado: Angelo Russo, el Don de seguridad de los Casella.
Uno con el pelo blanco, más mayor, Geremia, el contable ya desde los tiempos del padre, Carmine Casella.
En medio, oculto por los hombres que lo rodeaban, sobre todo por la corpulencia de Angelo Russo, imaginé que debía de estar Donato Casella: aquel que era inalcanzable e inaccesible, el Don absoluto.
Desde que el año pasado la violencia se había recrudecido, había más de uno vinculado a los Moretti que quería acabar con él.
Por no hablar del grupo vinculado a Raffaele Amato; ahora que Lorenzo Moretti y Raffaele Amato se habían convertido en mejores amigos, Donato Casella tenía que mirar constantemente a sus espaldas, al menos hasta que esa guerra encontrara un ganador y metiera a los perdedores en un ataúd.
Los hombres entraron en uno de los salones. Angelo cerró las puertas correderas.