Undercover (Mafia Italiana: Señores del inframundo 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

No miré al hombre salir, pero mientras sus pesados pasos se alejaban, tomé un cigarro de la mesita que tenía a mi lado.

Era una mesa de centro con una cubierta de piedras semipreciosas; los diseños geométricos de la superficie habían sido hechos trescientos años atrás con un arte que estaba prácticamente olvidado. Quién sabe si ese objeto sobre el que tenía apoyados mis cigarros tenía precio.

Claro que lo tenía: si se quería, todo tenía un precio.

El sillón de cuero en el que estaba sentado, la espaciosa habitación en la que me encontraba, la mesa de doce plazas de este salón donde desde hacía cien años se reunía el Consejo de la familia.

Incluso las vistas al mar que se veían desde la ventana abierta y cada uno de los malditos ladrillos de Villa Casella tenían un precio.

Incluso las personas. Incluso quien había apuñalado por la espalda a Attila. Todos tenían un precio.

Me levanté y encendí el cigarro mientras me dirigía hacia el balcón que daba al mar.

—¿Por qué lo noquearon y no le quitaron las llaves? —preguntó uno de los muchachos presentes.

Me detuve en el umbral y me volví hacia el hombre que había hablado:

—No se las llevaron porque no eran ladrones.

Señalé con el cigarro entre los dedos la puerta por la que había salido Attila y añadí:

—Y si no se llevaron las llaves, significa que no les interesaba llevarse las cosas del almacén, sino solo echar un vistazo: son de la policía.

La palabra hizo estremecerse a los presentes en la habitación como si hubiera entrado una ráfaga de aire frío. Avisé para que todos lo supieran:

—Mantengamos los ojos abiertos; si tenemos un infiltrado adentro, puede causarnos un daño enorme —retomé mis pasos en dirección al balcón—. Tendremos que informar de lo que pasó también a los lobos solitarios de Mimmo.

Salí al gran balcón, me llevé el cigarro a los labios y aspiré profundamente. Nicotina o salitre, no sé qué era lo que buscaba con mayor urgencia.

Me apoyé en la balaustrada y miré hacia abajo. Aquel balcón daba directamente al mar. Con la marea, las rocas que había debajo de nosotros aparecían y desaparecían.

El mar estaba tan cerca que las ventanas de ese lado de la casa había que cambiarlas continuamente. La madera se pudría, los pomos se oxidaban, las bisagras se rompían. La fuerza del mar estaba a un paso de nosotros, rugía bajo nuestros pies.

Volví a inhalar, salitre y nicotina, nicotina y salitre.

Las salpicaduras del mar se elevaban hasta el balcón en forma de un vapor ligero y perfumado que hacía llegar un olor a mar hasta donde yo estaba.

Se percibía sobre todo en los días de mar agitado; a veces incluso se llegaban a sentir las salpicaduras de las olas desde el propio balcón. Pero hoy no.

Era una mañana de pleno verano y no soplaba ni una pizca de viento.

Alcé la vista. El mar era de un azul absoluto hasta fundirse con el cielo. Una superficie plana e inmóvil.

Unos pasos se acercaron desde el salón hacia el balcón.

Me volví y vi acercarse a Angelo.

El Don de mis guardaespaldas era un hombre escultural, casi tan alto como Atila.

Tenía el pelo prematuramente canoso a pesar de ser más joven que yo, ojos oscuros y una piel que no se bronceaba, sino que simplemente se quemaba.

Llevaba ropa oscura, demasiados anillos en las manos y demasiados tatuajes en el cuerpo.

Ese hombre era mi guardaespaldas y mi ángel de la guarda.

Su nombre había sido para mí un presagio que se había cumplido: Angelo.

Él también debía de haberlo pensado así cuando a sus numerosos tatuajes añadió el ángel cuyas puntas de las alas asomaban por el cuello de su camisa negra desabrochada dos botones.

Sus cien kilos de músculos le hacían insoportable el calor del verano.

Yo, en cambio, había venido al mundo con camisa y chaqueta y seguía llevándolas puestas incluso en medio de aquel calor veraniego.

Angelo se colocó a mi lado, mientras yo seguía mirando el golfo y fumando.

No necesitaba mirarle a la cara para entender su tono; llevábamos tantos años trabajando codo con codo que, si hubiera sido algo al alcance del cerebro humano, habríamos desarrollado la telepatía.

Dado que nosotros dos no la habíamos desarrollado, eso significaba que no era posible tenerla.

—A la hora de comer tienes que ir a ver a Leo por el tema de los fondos —me recordó.

—¿Te ha dicho Leo si también vendrá su asesor? —le pregunté.

—Dijo que lo había convencido para que viniera.

—Ni que decir tiene —comenté con una media sonrisa—. Diez minutos y bajo.

Angelo asintió y me dejó solo.

Quería mandar al diablo ese estúpido asunto de los fondos e ir al mar a nadar. Levanté la vista. En medio del azul, veía mi islote reflejando la luz de forma diferente, semisumergido entre las olas que brillaban bajo el sol del mediodía.

Pero iría a esa comida, porque era el Don.

Di otra calada al cigarro y lo apagué en el cenicero que tenía para ese fin en la maceta de geranios de la esquina del balcón.

Mirando los geranios, mi mirada se posó en mi mano izquierda, aquella con la que sostenía el cigarro: el anillo de oro de la familia Casella estaba ahora en mi dedo corazón.

Llevaba allí más de un año, es decir, desde que mi padre, Carmine Casella, había quedado fuera de juego y yo me había convertido en el Don del circo.

El domador de leones, el que mantiene las jaulas cerradas y el látigo en la mano.

Pasen, señores, pasen.

El espectáculo está a punto de comenzar.