Capítulo 2 #2
Una vez cerradas las puertas, tardaron unos segundos en reanudarse las conversaciones.
—No pensaba que ellos también estuvieran aquí hoy.
Aurelio y yo intercambiamos una mirada sin decir nada. Era la primera vez que nos encontrábamos en el mismo lugar junto a alguien de la élite. Si era algo bueno o malo, lo decidiría el futuro.
Volvimos a charlar como si nada, pero por dentro estaba en alerta.
Valentina
Habían pasado dos horas entre charlas y copas en la barra libre.
Aurelio llevaba ya varios minutos desaparecido con Dalila, yo me había quedado charlando con sus amigos, que a esas alturas ya eran también mis amigos.
Más allá del grupito y de nuestras risas, vi pasar a un hombre en compañía de una chica que se le colgaba del brazo. Me sobresalté al reconocerlos.
El diputado De Rocca no debía estar aquí. Si lo hubieran visto relacionándose con esa gente, su carrera política habría terminado.
Haberme encontrado con ese hombre aquí había dado un significado inesperado a mi presencia en esta fiesta.
En el transcurso de la última hora la atmósfera había cambiado, el nivel de alcohol había aumentado y la música se había convertido en un remix de discoteca. Un viejo conocido de Aurelio había tomado el control de las bocinas; alguien a sueldo de los Casella, un primo lejano de la familia.
Habían subido el volumen de la música y habían empezado a pasar de una canción a otra, sin dar siquiera tiempo a que terminaran.
Quizá fuera el cansancio, quizá la punzante decepción de haber visto a De Rocca en esta fiesta, pero necesitaba cinco minutos para ordenar mis ideas.
Cuando de las bocinas salió una melodía que reconocía, pero acompañada de bajos potentes y un ritmo de discoteca, fue la gota que derramó el vaso. Era el remix de antro del aria más famosa de Carmen.
La habían arruinado haciéndola parecer una maldita caricatura.
—Me voy a la terraza —avisé a mis amigos en un momento de silencio, dejando mi vaso en una de las bandejas que los camareros llevaban de un lado a otro.
Salí, tratando de escapar de ese ruido que se hacía pasar por música.
Me recibió el aire perfumado de flores y cargado del olor del mar. Allí se oía menos la música y me dolía menos en los oídos.
—Qué mierda —murmuré entre dientes.
—Yo también creo que es horrible.
Me sobresalté al oír esa respuesta, ya que creía estar sola en la terraza. La voz que había hablado era masculina, grave, con un tono áspero de fumador.
Me giré en esa dirección.
En ese rincón de la terraza había dos sillones de tela que me daban la espalda, y entre ellos una mesita de madera con un cenicero.
Había hablado alguien a quien no podía ver, sentado en el sillón de la derecha.
Desde donde yo estaba solo veía las piernas que tenía estiradas delante.
Llevaba unos pantalones negros de traje y unos bonitos zapatos elegantes de cuero.
Veía una voluta de humo que se elevaba del camastro en el que estaba sentado.
—Una de las partituras más famosas del mundo, convertida en un comercial de televisión —rezongó el hombre, expresando mejor que yo el mismo concepto que se escondía detrás de mí «Qué mierda».
—He tenido que salir para intentar no oírla —reiteré.
—¿Así que aprecias la Habanera? —me preguntó.
Me quedé desconcertada. Me descolocó que ese hombre se supiera el nombre del aria de Carmen. No consideraba que fuera parte de la cultura general y empecé a preguntarme con quién diablos estaba hablando.
Inmediatamente reconsideré mi opinión: esa aria era una de las más famosas de toda la ópera, quizá era más conocida de lo que yo creía.
Le respondí con otra pregunta.
—¿Eres aficionado a la ópera?
—Digamos que sí —respondió él—. ¿Y tú?
Lo preguntó con un tono ascendente en la pregunta, transmitiendo una autoridad envuelta en una noble amabilidad que me produjo un escalofrío.
Esa era la voz de alguien acostumbrado a que le escucharan. ¿Con quién estaba hablando?
—No soy aficionada a la ópera, solo tengo gustos eclécticos en materia de música —dije.
El humo se detuvo, su respuesta no llegaba, estaba dando una calada al cigarro. Un momento después, el humo volvió a ascender junto con su voz:
—¿Por ejemplo? ¿Qué escuchas?
—Skylar Grey. Harry Styles.
—Creía que solo las adolescentes escuchaban a Harry Styles.
—Las que eran adolescentes hace unos años —le corregí.
Él se rió entre dientes y luego añadió:
—Por la delicadeza de tu comentario inicial, habría jurado que eras una chica de heavy metal.
—Lo fui por un tiempo —admití.
—¿Cabello teñido y esmalte negro?
—Y botas de plataforma —completé.
—Bajos a todo lo que dan en el estéreo y quejas amargas de los vecinos.
Todo acertado. Me reí, sin necesidad de fingir que la broma me había divertido, porque realmente lo había hecho.
—¿Dimmu Borgir? —preguntó él de nuevo.
— Los he escuchado un poco —respondí.
El hombre resopló.
—Es algo que solo puedes escuchar si estás en Noruega y es de noche nueve meses al año. En Italia realmente no puedes escuchar esa música. Hay demasiado sol por aquí —sentenció.
—Escuché a Dissection en un concierto en Londres. ¿Te parece bien el sol que hay allí?
—Lo mínimo aceptable.
Una bocanada de humo anunció su siguiente exhalación:
—¿Gates of Ishtar? —preguntó de nuevo.
—Conoces a bastantes grupos nórdicos para «haber demasiado sol en Italia».
Una risa ahogada fue la única respuesta que obtuve a ese comentario.
— ¿Y tú qué escuchas? —le pregunté.
—Mi madre escuchaba música clásica y ópera, por ahí empecé.
—¿Ópera con toques nórdicos entonces? ¿Nightwish?
—La cantante era una soprano, ¿verdad?
—Sí.
—Las canciones de la época de la soprano eran muy características —comentó.
—¿Eres de los que escuchan Metallica?
—¿Se puede gustar de la música sin serlo?
—Para un purista como tú, seguramente solo hasta el Black Album.
—Claramente —zanjó. Tras una breve pausa, preguntó—: ¿Y por los Pearl Jam pasaste?
Estaba a punto de responder que, en ese caso, yo era la purista y que solo me gustaban hasta el álbum Vitalogy… pero la voz se me apagó en la garganta.
Porque él extendió el brazo para sacudir la ceniza del cigarro hacia el cenicero que había sobre la mesita junto al camastro y le vi la mano.
Tenía una mano bonita y firme y llevaba un anillo de familia con un águila grabada en la parte plana.
Ver ese objeto provocó que un escalofrío me recorriera la espalda en medio de la noche de verano. Ese era el anillo del Don de la familia Casella; yo misma había visto fotos de esa joya en los expedientes de la policía. Fue como estar frente a una pieza de museo.
Ese anillo significaba que, sentado en ese camastro de jardín, hablando de música conmigo, estaba Donato Casella.
El hombre retiró la mano y aspiró otra bocanada de humo.
—¿Sigues ahí? —preguntó ante el silencio que se había instalado tras su frase.
—Sí —respondí, con la mente vacía de cualquier otra respuesta.
Volvió a extender la mano con el anillo y apagó el cigarro en el cenicero. Luego se puso de pie y se volvió hacia mí.
Evidentemente, ya sabía qué aspecto tenía Donato Casella: treinta y seis años, ojos castaños, pelo castaño oscuro, un metro ochenta y ocho de altura, sin tatuajes, sin marcas distintivas.
Lo había visto en fotos de frente y de perfil. Había leído su expediente de cuarenta páginas de principio a fin y creía saberlo todo de él.
Pero no sabía que el sol y la sal del mar habían dejado en su cabello unas mechas de un tono más claro. Ni que, en su rostro, la barba era una sombra que parecía una caricia.
En sus ojos color café había una luz interior que ardía hasta quemar; le entibiaba la piel morena del rostro con un calor que alcanzaba a rozar la mía.
Pensé que era hermoso estar bajo esa mirada: tan agradable como tomar el sol el primer día del verano, cuando el viento todavía es fresco, pero bajo los rayos se siente el calor.
Luego vuelves a casa y te das cuenta de que te has quemado.
Exactamente así.
No pude evitar recorrerlo de nuevo con la mirada de la cabeza a los pies.
Llevaba un traje negro con una camisa blanca y el primer botón desabrochado. Estaba divino con ese traje. Como si hubiera nacido con él y se lo hubieran cosido a la medida.
Este hombre era fuerte, atlético, guapo.
El entrenamiento me había enseñado que el cuerpo no miente: se puede pagar por un traje, por una nariz o una boca, pero por los músculos no se puede pagar, hay que esforzarse. Por eso respetaba a quien demostraba esa disciplina incluso antes de admirar un cuerpo bien formado.
¿Por qué Donato Casella tenía un cuerpo así? Me molestaba tener que extender ese respeto que sentía por quienes se entrenaban precisamente a Donato Casella.
Tragué saliva e intenté reactivar mi cerebro.
Claro, podrían haber escrito en su expediente, junto con todas las demás tonterías con las que habían llenado esas cuarenta páginas, que este hombre era impresionante.
Si lo hubieran escrito, me habría preparado; en cuanto viera su anillo, habría dejado a un lado los tres latidos que se me habían saltado, para guardarlos, antes de mirarle a los ojos.
Pero pensé que, estadísticamente, ese expediente lo debía de haber rellenado algún escribidor heterosexual y de género masculino, que había pensado que era inútil escribirlo, o que ni siquiera se había dado cuenta de que este hombre tenía un físico de atleta olímpico y un rostro de antigua nobleza en decadencia.
Resultado: me habían enviado aquí sin darme información que para mí, una pobre agente heterosexual y mujer, habría sido fundamental para afrontar esta situación preparada.
Ahora había perdido esos tres latidos para siempre.
—Me estás mirando fijamente como una gárgola en la pared de una catedral —dijo Donato con voz aterciopelada.
Su frase me sacó más de quicio que los juegos mentales que estaba intentando hacer y me hizo caer de bruces a la realidad:
—¿Acabas de llamarme gárgola? —pregunté irritada.
Él asintió. Sus ojos brillaron divertidos.
—¿Así es como halagas a las mujeres? —le espeté.
—Nunca hago cumplidos a las mujeres, debo de estar un poco oxidado —respondió con indiferencia.