Underboss (Mafia Italiana: Señores del inframundo 1) Capítulo 17 #4
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Capítulo 17 #4

Estábamos en la entrada de la casa y, mientras nos despedíamos unos de otros, me di cuenta de que sobre la mesita junto a la entrada había una rosa casi seca.

Era la rosa que habíamos comprado en la heladería cuando estuvimos juntos por primera vez. Christian la había guardado.

—Vamos —me dijo mi papá, con un pie ya fuera del departamento.

Lo seguí sin pensar en nada más que en esa tonta rosa de dos euros. Nos subimos al asiento trasero del auto y saqué un pañuelo del bolso para secarme los ojos.

Mis lágrimas se habían secado al ver la rosa que Christian había guardado. Sentí dentro de mí un odio como nunca antes había sentido en mi vida. Una rabia y un dolor que, lo sentía, me estaban carcomiendo profundamente y que inevitablemente me cambiarían.

Era un sentimiento más oscuro que la ira, más insidioso que la cólera que estalla y luego se calma. Por mucho que no quisiera aceptarlo y despreciara ese sentimiento, por mucho que viniera acompañado de horror, me di cuenta de que lo que quería era venganza.

Esa guerra acababa de convertirse también en la mía.

Como si hubiera podido leer mis pensamientos, en ese momento mi papá me dijo:

—Has estado sublime.

Me volví para mirarlo, pero él mantenía la mirada fija fuera de la ventanilla.

Ninguno de los dos dijo nada más.

Omar

El resto de la noche fue un infierno. Había recorrido la ciudad de arriba abajo, hablando, escuchando, tranquilizando a la gente.

El hervidero bajo la superficie que había agitado a todos hasta ese momento había estallado con la muerte de ese chico. Se había derramado la primera sangre y tuve que controlar el estado de ánimo de todos para asegurarme de que nadie se volviera loco llevado por la emoción del momento.

La situación no pintaba bien. Había un par de personas que me temía que pudieran perder el control, y con ellas tendría que hablar el propio Raffaele.

Ya era tarde cuando volví a Villa Rovelli y estacioné en el camino de grava del patio. Dejé las llaves del auto en la caseta. Dos hombres vinieron a hablarme de un movimiento que habían visto en la puerta sur.

Ahora, claro, cualquier cosa rara era una amenaza: todos tenían los nervios a flor de piel. Justo en ese momento vi que la puerta se abría de nuevo, seguida de los faros del auto de Raffaele.

Les pedí que revisaran ese movimiento en la puerta sur, pero esperaba que no fuera nada de qué preocuparse. De todos modos, luego tendrían que informarme con una llamada. Los dos hombres cruzaron la puerta y salieron del perímetro de Villa Rovelli a toda prisa.

Esperé a que Raffaele bajara del auto, porque necesitaba hablarle de esos exaltados por los que era necesaria su intervención y era mejor hacerlo lo antes posible.

Llevaba un traje negro y una corbata oscura. Su cabello parecía más canoso con todo ese negro puesto y se veía cansado. Debió de haber sido una experiencia terrible en la casa de Christian.

Me acerqué a él y le dije en voz baja:

—Tengo que contarle un par de cosas.

—Sube a mi oficina en diez minutos —me respondió.

Asentí y él me adelantó dirigiéndose a la escalera que llevaba al primer piso.

Mientras tanto, Giampiero le abría la puerta a Rowena.

La vi bajar del auto con un vestido negro, hasta la rodilla, tan serio y digno como su expresión.

Llevaba el pelo recogido detrás de la nuca y también ella estaba pálida, con los ojos enrojecidos por el llanto y me pregunté si lo había contenido o si se había desahogado.

Levantó la vista hacia mí mientras pasaba a mi lado y sentí dentro de mí el deseo de tocarle un brazo, acercarla a mí, consolarla. Decirle algo que la hiciera reír o al menos sonreír, para asegurarme de que, aunque no fuera hoy, mañana el sol volvería a salir.

Me sentí subyugado por su rostro serio, por la profunda tristeza que tenía en la cara, y conmovido por la determinación que veía en sus ojos brillantes.

Y la mirada que me dirigía me recordaba que había habido algo entre nosotros, solo nosotros dos, que sería para siempre solo nuestro y que aquellas personas que nos rodeaban nunca lo sabrían ni lo entenderían.

Pasó a mi lado y bajó la cabeza. La acompañé con la mirada hasta la escalinata.

Cuando Rowena estaba a mitad de los escalones, se volvió hacia mí. Y cuando se dio cuenta de que la estaba mirando, vi en su rostro un destello de alivio, una calma que por un instante había aflojado el yugo de la melancolía.

Había sido yo. Sin decir nada, sin hacer nada, solo mirándola, había sido yo quien había aliviado su dolor.

Entonces me di cuenta. El baño, la cena en Gianni, el gato, su sonrisa, la piscina, el discurso de presentación de la Fundación y sus tenis ocultos por la pancarta.

Fue como una pila de recuerdos inestables que se me cayeron encima de repente cuando puse en la cima, en equilibrio, ese momento: ella subiendo las escaleras con ese vestido negro y esa expresión triste que yo había aliviado.

Rowena apartó la mirada de la mía y subió los demás escalones.

Hubiera tomado mi vida, la hubiera arrancado y hecho pedazos, arrojando los jirones a sus pies como si fueran pétalos de rosa.

Me había enamorado de la hija de Raffaele Amato.

Ahora sí que estaba en un buen lío.