Underboss (Mafia Italiana: Señores del inframundo 1) Capítulo 15 #5
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Capítulo 15 #5

Suspiró y se quedó pensativa. Qué pena, no quería hacerle una pregunta demasiado seria, no quería que se pusiera a pensar de verdad en Mark mientras ese idiota estaba a un océano de distancia.

—Me gustaba Mark. Me gustaba mucho, no puedo decir que lo amara, pero le tenía mucho cariño. Cuando me dijo que la Fundación era una tontería y resoplaba cada vez que me ocupaba de ella, me sentí muy decepcionada. ¿Para qué estar juntos si no nos apoyamos?

Levantó la vista para mirarme como si yo tuviera una respuesta a esa pregunta.

—Tienes razón —le dije.

Tomó un sorbo de vino y me sonrió:

—¿Puedes destruir también este pensamiento filosófico mío con una broma?

Miré el mar, pensativo. Claro que podía. Volví a mirarla:

—Este Mark no debía de ser ninguna fiera en la cama.

La vi sonrojarse hasta la frente:

—¿Por qué lo crees? —me preguntó.

—Habrías sido más indulgente con él si hubiera sido alguien que supiera lo que hacía —consideré.

—¿Para ti todo siempre tiene que ver con el sexo? —me respondió ella, evitando mi mirada.

—Cuando uno se separa, sí —respondí con certeza.

Rowena apartó la mirada de mí, pensativa. Había dado en el clavo. No podía dejar de sonreír. Adiós al pobre Mark y a todos sus miserables errores.

Me sobresalté y la sonrisa se me borró de la cara cuando Gianni se acercó para traernos la segunda botella. La primera llevaba vacía sobre la mesa varios minutos y me había olvidado de decirle a Rowena que teníamos que irnos.

Rowena

Por suerte, la conversación se alejó de mi vida privada y, unos minutos después, ya estábamos hablando de nombres.

No recuerdo cómo llegamos a ese tema, pero el caso es que nos habíamos quedado solos en la terraza y yo estaba dando una larga charla que, en retrospectiva, podría haber acortado.

Pero Omar parecía interesado en todo ese rollo.

—Mi abuela, la mamá de mi mamá, aprendió a leer con un ejemplar de Ivanhoe, que luego se convirtió en su libro favorito. Cuando vine a Italia por primera vez, recuerdo claramente la sala de su casa, donde tenía la Biblia y Ivanhoe en la repisa de la chimenea.

Recordaba muy bien la casita del pueblo donde vivían mis abuelos, aquella en la que había crecido mi mamá. Me había parecido tan pequeña que no me imaginaba cómo podían vivir ahí todos juntos: mis abuelos, mi mamá y otros tres de mis tíos.

Hubiera dicho que era una casa tan pequeña que no era posible tener secretos, pero evidentemente me equivocaba, ya que mi mamá quedó embarazada de mí mientras vivía bajo ese techo.

—Así que cuando mi mamá tenía diecinueve años y yo nací, me puso de nombre Rowena, como Lady Rowena, de Ivanhoe.

Era una forma de rogarle a su mamá que la perdonara por ese hijo fuera del matrimonio que estaba causando tanto revuelo en la vida de todos y que no le guardara rencor.

Estoy segura de que si hubiera nacido varón, me hubiera llamado Ivanhoe.

Omar levantó las cejas:

—Diría que te fue bien, entonces.

—Sin duda alguna —convine.

Omar ladeó la cabeza:

—¿Tu abuela perdonó a tu mamá?

—Sí, claro que la perdonó —le respondí con una gran sonrisa al recordarlo—. La abuela incluso vino a Estados Unidos una vez. Estaba completamente fuera de lugar. Aunque se quedó en casa conmigo, mamá y mi tía, creo que contó los días que faltaban para volver a su casa en el pueblo.

—¿Entonces creciste con tu mamá y tu tía?

Asentí con la cabeza.

—¿Y tú? —le pregunté.

—Mi mamá y mi hermana. El papá de mi hermana estuvo yendo y viniendo por un tiempo. —De lo cual deduje que no era su papá.

Omar se calló sin dar más detalles y me di cuenta de que para él era un tema delicado. Lo vi fruncir los labios y añadir:

—En fin, nada de hombres en la casa para ninguno de los dos.

Traté de desviar la conversación de la familia, quería que volviera a estar tan relajado como estaba hasta hacía un momento:

—Para mí fue genial vivir con mi mamá y mi tía. Fue gracias a ella que empecé con la danza clásica.

—¿Bailaste mucho tiempo?

Asentí:

—Hasta que cumplí catorce años. —Me encogí de hombros—. Para entonces estaba claro que no tenía la chispa del escenario y se había vuelto demasiado exigente tener cuatro tardes a la semana ocupadas con clases.

—¿Qué quieres decir con que no tenías esa chispa? —preguntó frunciendo el ceño. Se veía guapísimo incluso con esa expresión pensativa.

Me encogí de hombros:

—El escenario —sonreí y se lo confié—. Cuando tenía doce años, tuve el papel principal en nuestra adaptación de Giselle; digamos que ese fue el punto más alto de mi carrera como bailarina.

—¿Es esa foto que tienes en tu habitación?

Me sorprendió que se hubiera dado cuenta en los cinco minutos que estuvo en mi habitación, que lo recordara y que ahora hubiera llegado a esa conclusión. Asentí lentamente.

Se dio cuenta de mi sorpresa ante ese detalle y sonrió.

Dios, se veía aún más guapo cuando sonreía. Cuando sonreía, parecía que la luz que tenía dentro lograba salir por un momento.

Como cuando un rayo de sol se asoma por un hueco entre las nubes en un día lluvioso y, una vez que lo has visto, la tormenta ya no da tanto miedo.

Lástima que sonriera tan pocas veces.

Lástima que la parte que mostraba a todos fuera la amenazante. O tal vez era mejor para él que fuera así. Así se hacía menos daño.

Me sobresalté: ¿y si esa amabilidad fuera solo una pose? ¿Un personaje, para mí? ¿Para qué me quedara tranquila y me fuera a casa?

No, no era así. Me lo dije a mí misma y la certeza que acompañaba a esa emoción no se basaba en ninguna prueba concreta, sino solo en la vaga sensación de que conocía a Omar. Omar, a quien había conocido por primera vez ocho días antes y me parecía conocer de toda la vida.

Todo era diferente entre nosotros ahora que estábamos en aquella terraza. La piscina, aquel instante en la cocina que me había robado el aliento... Nos habíamos pedido disculpas, nos habíamos dado explicaciones y lo habíamos dejado todo atrás. Ahora, empezábamos a escribir una página nueva.

Quería olvidarme de mi papá, de su juerga, de sus chanchullos, de lo que hacía por él el hombre que estaba sentado frente a mí.

Porque ahora Omar se reía.

Cuando se reía, se quedaba mirándome a los ojos demasiado tiempo, como aquel primer momento en que me había mirado con el folleto en la mano en la universidad. Entonces su mirada se volvía intrusiva y vulnerable al mismo tiempo, y yo podía olvidarme de todo lo demás.

Cuando él se reía, yo era feliz.

Omar

—Mi amigo se compra este velero. Usado, viejo.

Así que agarramos papel de lija, agarramos los productos y empezamos a raspar, a raspar...

—Me señalo las uñas—. Se me quedaron los dedos en carne viva y la pintura vieja no salía con nada.

Y mientras nosotros estábamos ahí, dale que dale a la lija, los pescadores del bar nos miraban fijo mientras se tomaban su Peroni. Y nosotros ahí, dale y dale.

Me pasé la mano por la mejilla y seguí:

—Después de un par de días de que estuviéramos rapando y esos pescadores bebiendo Peroni, de repente uno se levanta y viene hacia nosotros con su botella vacía en la mano. Se acerca mirándonos con esos ojos malvados. Rompe la botella contra el suelo. Lo veo acercarse y me digo: «Ya está, se acabó».

Hice el gesto con el brazo mientras Rowena me miraba con sus grandes ojos muy abiertos, poniéndose seria.

—El pescador recoge un trozo de vidrio del suelo y se mete entre mi amigo y yo; sin siquiera mirarnos, se dirige hacia el bote y empieza a raspar con el pedazo de vidrio. Y la pintura se despega en un rizo. Fabuloso, maravilloso.

La sonrisa volvió al rostro de Rowena.

—El pescador se gira hacia mi amigo y le pone el trozo de vidrio en la mano, para luego volver a sentarse con los demás a beber Peroni.

Rowena se rió al final de mi historia.

—Por un momento temí que se convirtiera en una historia aterradora —admitió.

Volví a ponerme serio y murmuré:

—Es precisamente ese momento el que la convierte en una bonita historia.

Nos miramos sonriendo en silencio. Rowena tragó saliva y apartó la mirada de la mía. Me gustaba eso de «solo amigos», porque nos daba pie a charlas agradables.

—Y así empezó tu experiencia con la navegación —dijo, disipando con encanto ese momento de incomodidad.

—¿Y tú? —le pregunté.

—Siempre he sufrido de mareo. —Luego, pensándolo mejor, añadió—: Pero hace años que no me subo a un barco. De hecho, me gustaría volver a intentarlo. Ha pasado tanto tiempo…

Me dispuse a servirnos de beber, pero solo quedaban dos dedos de vino de nuestra segunda botella, que repartí en nuestras dos copas. Rowena notó mi gesto y siguió con la mirada mi mano mientras dejaba la botella vacía sobre la mesa.

—Pensé que estaría más borracha al terminar esta botella —me confesó.

Sonreí y señalé los platos frente a nosotros, los últimos de todos los que se habían sucedido antes:

—Supongo que lo que lo impidió fueron los espaguetis con colatura de anchoas o el frito de mar. O las albóndigas, porque sería una pena no probarlas, tomemos una porción para compartir. O el tiramisú. Pero también me gustaría probar la delicia de limón, porque Gianni ha hablado tan bien de ella.

Rowena se tapó la boca con la mano y se rió.

—Ahora me haces sentir avergonzada por haber comido tanto.