Underboss (Mafia Italiana: Señores del inframundo 1) Capítulo 15 #4
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Capítulo 15 #4

—¿De verdad me crees un cobarde? No —me aseguró.

Me pareció que sus labios se habían curvado para pronunciar ese «no» como si hubieran nacido exclusivamente para esa palabra—.

No le tengo miedo a tu padre. No sería la primera vez que muerdo la mano que me da de comer solo porque se me presentó la oportunidad.

No me da ningún temor saltar al vacío y cortar lazos.

Volvería a ser un perro callejero y me las arreglaría de maravilla.

Trabajando por mi cuenta incluso podría ganar una fortuna.

Me largaría de esta ciudad, donde tu padre no pasaría de ser uno más en la manada de los que quieren meterme un trozo de plomo donde me late el corazón. Te aseguro que no tengo el menor miedo.

La mueca en su rostro no dejaba dudas de que estaba listo para demostrar lo que decía frente a cualquiera que se atreviera a afirmar lo contrario.

Yo lo escuchaba en silencio. Me inquietaba tanto el hecho de que ya hubiera alguien que quisiera matarlo, como que pareciera haber reflexionado mucho sobre esas diferentes opciones y que, para él, desearme viniera acompañado de toda esa pila de problemas.

Y mientras tanto, sentía resonar aún en mi interior la deliciosa confesión de que me deseaba.

Omar miró hacia el mar:

—El punto es… el respeto —dijo.

Omar tomó una migaja de pan y empezó a hacer una bolita con el índice y el pulgar. Pareció perdido en sus pensamientos por unos segundos, luego empezó a contar:

—Cuando era más joven estaba un poco a la deriva.

Creía que era muy rudo, me consideraba un tipo duro.

Pero solo era un delincuente de periferia, arrogante, deshonesto y que no tenía nada mejor que hacer que probar la última pastilla de moda.

Hice bastantes cosas que no me pondría a contar de pie sobre una silla el día de Navidad.

Sin levantar la vista del mantel, seguía maltratando esa migaja de pan.

—Un día, por desafío, como prueba de valentía, le robé el reloj a tu papá. —Levantó la vista con esa sonrisa en la comisura de los labios y los ojos brillando de diversión, por lo que para él debía de ser un buen recuerdo.

—Por supuesto, tu papá quiso que le devolviera el reloj.

Pero luego también quiso que me sentara con él a platicar.

Me preguntó por mi mamá, por mi hermana, quién era yo, qué hacía, qué quería.

Me preguntó por qué le había robado el reloj.

Así fue como nos conocimos. A pesar del vándalo que era, debo haberle causado buena impresión.

Suspiró y tiró la miga de pan al plato.

—Tu papá me acogió y me enderezó. Me dijo que era mejor que los demás, me hizo mejor que los demás. Me dio consejos. Me dio respeto, me dio un hogar.

Levantó la vista y me miró:

—No puedo traicionar su confianza. No porque le tenga miedo, sino porque quiero creer que soy digno de esa confianza.

Suspiré y aparté la mirada. Las palabras que me había dicho pesaban mucho. Negué con la cabeza y no pude contener una risita histérica.

—¿Esto te hace gracia? —me preguntó Omar.

Me volví hacia él:

—Me da risa que, de los dos, seas tú quien tenga problemas morales al pensar en nosotros juntos.

Su tensión pareció aflojarse un poco, lo suficiente como para que se relajara y sonriera. Se veía aún más guapo cuando sonreía.

Levantó el vaso y me propuso un brindis:

—Rowena, ¿quieres ser solo mi amiga?

Me quedé mirándolo. Me estaba pidiendo de nuevo, con otras palabras, que dejara atrás esos retazos de emoción que había habido entre nosotros. Los roces, las caricias interrumpidas, el latido acelerado cuando me miraba, la angustia al pensar dónde había pasado la noche.

Había admitido que me deseaba, añadiendo una pieza que faltaba para explicar las contradicciones que había visto en sus acciones. Sobre todo, había compartido conmigo la razón por la que no podía dar rienda suelta a ese deseo. Por una cuestión de honor.

Tenía que respetar esa cuestión de honor. No podía perseguir a un hombre que tan claramente me había dicho por qué no podíamos llegar a ningún lado juntos. Tenía que respetar lo que me decía. Y lo haría.

Estaba tan perdidamente encaprichada de él que Omar habría podido sonreírme de medio lado, pedirme que hiciera cualquier cosa que se le antojara y yo la habría hecho. Así que, si ahora me sonreía y me pedía que fuéramos amigos, yo sería su amiga.

Acepté su brindis y mantuve la copa en alto, sugiriéndole:

—Deberías pensar en serio en hacerte cura.

Los dos nos reímos y, desde ese momento, pareció que realmente podíamos dejarlo todo atrás.

Omar

El vino de Gianni estaba bueno, eso era innegable.

Me prometí a mí mismo que esperaría a que nos acabáramos la botella para avisarle a Rowena que era hora de volver. No a Villa Rovelli, donde aún seguía la fiesta, sino a algún departamento en la ciudad; un pied-à-terre perfecto para pasar las últimas horas de esa noche tan extraña.

¿Era una mala persona por rellenarle el vaso en cuanto se vaciaba? Solo quería ablandarla un poco con el vino antes de volver. Si lo hubiera hecho para acostarme con ella, entonces habría sido un idiota, pero para acompañarla a casa, no era tan grave, ¿no?

Era una ironía pensar que, con tal de no llevarla a la casa de la playa, me había encontrado cenando con ella.

¿Qué podía hacer? Las aguas tenían que calmarse un poco en Villa Rovelli y Rowena tenía que tranquilizarse antes de que pudiera decirle que fuéramos a cualquier lado.

Comer juntos me había parecido lo más inofensivo.

Después de todo, acababa de pedirle que fuéramos solo amigos, poniendo punto final a cualquier intención lasciva que se me pudiera ocurrir y que tuviera que ver con esa noche, nuestro auto y sus tetas, que ya me había resignado a no ver nunca de cerca.

—La salsa de anchoas la hace Gianni —le dije cuando llegaron los espaguetis.

—Está buenísimo. Excesivamente bueno —elogió Rowena mientras se comía grandes bocados de espaguetis.

—Proviene del garum de la antigua Roma —le dije.

Tragó el bocado y me miró sonriendo:

—¿Te interesa la historia o llevar a las chicas a Gianni y decir esto es parte de tu guion?

Sonreí y tomé un sorbo de vino.

—Estamos hablando como amigos ahora, ¿verdad?

—Correcto —me aseguró.

Habíamos bajado las armas. Podía permitirme un poco de sinceridad.

—Solo he llevado a una mujer a Gianni, antes de hoy.

Rowena sonrió. Una sonrisa divertida, pícara, ligera como un destello que le iluminaba los ojos como un duendecillo del bosque.

Rowena se limpió la boca, pero la servilleta no había borrado esa sonrisa de sus labios:

—Entonces esta es una historia que hay que contar. —Me miró con interés—. ¿Quién es ella?

Me quité la servilleta de las piernas y la dejé junto al plato:

—La arquitecta que renovó la casa de huéspedes.

Rowena levantó las cejas:

—Y déjame adivinar, ¿fue ella quien te habló del garum?

Asentí y, al hacerlo, se me dibujó una gran sonrisa en la cara. En otro mundo, en otra vida, Rowena habría sido una gran policía, de esas con las que nunca hubiera querido tener que lidiar.

—¿Y ahora me vas a devolver la broma? —preguntó ofendida.

Me encogí de hombros:

—Me pareció algo interesante que decir, así que te lo dije.

Rowena dejó el tenedor en el plato vacío y preguntó:

—¿Y ya terminaste con la arquitecta?

—Éramos demasiado diferentes —respondí con melancolía.

—¿Fue doloroso? —preguntó frunciendo el ceño.

No había sido tan terrible como para merecer una mueca como esa. Negué con la cabeza:

—La relación se fue apagando poco a poco.

—Trágico —comentó.

Me encogí de hombros. Mucho menos trágico de lo que podía parecer, una historia que había ido y venido.

Rowena tomó un sorbo, yo le rellené el vaso.

—Cuando mis historias se acaban… —comenzó a decir.

—¿Tus historias? —repetí.

Había estado Mark, su novio estadounidense, pero ¿cuántos más había habido?

—Mis historias —confirmó ella—. ¿Puedo seguir o tienes alguna objeción?

Levanté las manos.

—Ninguna objeción —le dije.

Mierda, me molestaba darle vueltas al hecho de que hubiera estado con otros hombres.

Ahora quería saber quiénes diablos eran.

Me tomé un buen trago de vino. Llevábamos veinte minutos siendo solo amigos, yo le había pedido que lo fuéramos, tenía que dejar de meterme en sus asuntos como si no fuéramos amigos.

Rowena retomó su discurso:

—Cuando mis historias terminaban, siempre me detenía a preguntarme qué había aprendido. Al menos, que había aprendido algo, aunque las cosas hubieran salido mal.

Apoyó la cara en la mano:

—¿Y tú, qué aprendiste de tu historia con la arquitecta? —me preguntó.

Habíamos dejado claro que no podíamos tener nada juntos. Eso me hacía hablar con más soltura, o tal vez solo fuera el vino de Gianni. Esbocé una sonrisa pícara:

—Que coger en una casa vacía es muy ruidoso.

Rowena se echó a reír ante mi respuesta. Una risa estruendosa, que sonaba como el tintineo de las campanas al abrir la puerta de una tienda, alegre, contagiosa. Yo también me reí.

Esperé que se me ocurriera otra tontería de inmediato, con tal de hacerla reír así otra vez.

Rowena sacudió la cabeza sonriendo:

—Caray, intentaba ser filosófica, te veías tan triste cuando dijiste que eran demasiado diferentes, pensé que esa mujer te había roto el corazón.

—Todavía tengo todos los pedazos juntos —le aseguré.

Sin embargo, seguía sintiendo esa picazón que tenía que rascarme:

—Ahora volvamos al tema de tus «otras historias». ¿Quiénes han estado ahí, Mark y…? —

Rowena se reclinó en el respaldo de la silla.

—No voy a estar aquí enumerándote a los hombres con los que he estado —me dijo sonrojándose—. ¿Tú enumerarías a las mujeres con las que has estado?

—Me tomaría toda la noche —respondí.

—Fanfarrón —me acusó.

Añadí eso también a la lista de insultos que me había dicho. Sonreí y me mordí el labio:

—Entonces, al menos cuéntame sobre ti y Mark. Me conformo con eso.

—Gracias por tu clemencia —me respondió sonriendo.

—¿Qué fue lo que no funcionó? —le pregunté cruzando las manos sobre la mesa.