79. Paloma
Paloma
PRESENTE
—Podemos tomárnoslo con calma y, si quieres parar, paramos. Tú decides, Paloma —dice la doctora Sutton con un tono de voz calmado que me relaja.
Si me lo hubiese pedido hace meses, creo que habría petado. O no habría vuelto a presentarme a ninguna otra sesión.
Sin embargo, ahora me siento distinta al hablar de este tema. No necesariamente mejor, pero al menos sí siento que soy más fuerte. Que me defendiera a mí misma ese día hizo que en mi cabeza comenzara a repetirse otro mantra: «Él no puede hacerme daño. Pero yo sí puedo hacérselo a él».
Tal vez no sea muy sano, pero, de momento, funciona.
Durante las sesiones que he tenido con mi psicóloga a lo largo de los últimos cinco meses, hemos hablado en círculos sobre mi madre, mi trauma y también de Ethan, pero nunca hemos entrado en detalles.
Pero ahora quiero que lo comentemos todo.
Soltarlo todo. Aprender algo y sentirme mejor al respecto, si es que es posible.
Tal vez sea todo cuestión de tiempo. Todavía faltan unos cuantos meses para que Ethan tenga que presentarse ante un juez; sin embargo, muchas chicas y mujeres han accedido a apoyarme y a testificar, cosa que me ha dado algo que no esperaba: esperanza. Me ha hecho sentir que no estoy sola.
Me pasé muchísimo tiempo echándole la culpa a mi yo del pasado por haber sido tan tonta como para idealizar la situación. Por haberse metido en ese embrollo. Por haberse rebajado y arrastrado tanto, como si eso me hubiese podido asegurar que me mostraría algún afecto.
Me culpé por pensar que había pedido algo, a sabiendas de que no había sido nunca el caso.
Es un proceso. Aceptar todo esto. Volver a quererme y a cuidarme. Pero estoy trabajando en ello.
—¿Preparada? —me pregunta la doctora Sutton.
Asiento.
Cuando termino, Bennett está esperándome aparcado en la calle y sentado en el coche. Encuentro un café con mucho azúcar en el posavasos, un cojín en mi asiento y a Siete en la parte trasera. Todo igual que siempre que viene a recogerme a terapia.
A veces viene a buscarme Alessia; si no estoy demasiado cansada, solemos ir a la peluquería y a hacernos la manicura. Sin embargo, los días en que salgo más cargada, agradezco tener a Bennett a mi lado.
Mi cálido apoyo. Mi firme orilla.
—Hola, P. —me dice, inclinándose por encima de la consola para besarme. Me acaricia el nacimiento del pelo con la mano y me acomoda unos cuantos mechones detrás de la oreja mientras me estudia la cara—. ¿Estás bien?
Siete me apoya el hocico en el hombro para frotarme la mejilla y yo le doy un beso.
Sonrío.
—Estoy bien. Hoy ha ido bien. —Cojo el café y le doy un largo y relajante sorbo. A pesar de que sea un cálido día de primavera, está caliente—. De hecho, creo que me apetece ir a nadar.
A Bennett le centellean esos ojos azules como el océano.
—¿Sí? Pues dejo a Siete y vamos.
Vuelve a colocarse las gafas de sol y se adentra en la carretera. Pone música y baja las ventanillas para que yo pueda disfrutar un poquito más del sol.
Ahora Bennett nada conmigo, a pesar de que, como es tan grande y yo nado deprisa, podría adelantarlo sin problemas. A él también le resulta terapéutico en más de un sentido. Aunque le gusta más nadar en el mar.
En lugar de ir a nuestra piscina de entrenamiento habitual, vamos a la exterior.
Hay unos cuantos estudiantes más aprovechando los pocos días que quedan para la graduación, cogiendo algo de color y salpicándose entre sí.
Bennett y yo nos metemos en la parte honda de la piscina; él hace pie y yo nado en círculos a su alrededor, acariciándolo como si nada y salpicándolo de vez en cuando hasta que acaba con los rizos mojados y bien marcados.
—¿Tienes ganas de que llegue esta noche? —se interesa cogiéndome por la cintura y sujetándome.
Hoy toca fiesta de pijamas. La ha organizado Ro Shariff, que es quien tuvo la idea. Nos ha invitado a Sadie, a mí y a Lily a la Hockey-morada (que ya está medio vacía), mientras los chicos se pasan la noche jugando a los videojuegos con Oliver y Liam en casa de los Koteskiy.
Asiento.
—Es la primera fiesta de pijamas de Lily. Y la mía.
—Lo sé. —Bennett asiente y se enreda uno de mis mojados mechones en el dedo—. Lo pasaréis genial. Aunque... no hagáis ninguna locura.
Se me curvan los labios.
—Pero si ya había contratado a un estríper...
Me hunde bajo el agua y me vuelve a sacar mientras escupo, río y sacudo la cabeza para mojarlo con el pelo, como si fuese un perro.
—Ja, ja. Qué graciosa.
Baja un poco la cara y me besa en los labios, robándome el aliento y cualquier otra broma que tuviese pensado hacer.
—¿Puedo lavarte el pelo? ¿Antes de que te vayas?
Accedo enseguida, con las mejillas sonrosadas, y salgo de la piscina arrastrando a Bennett tras de mí. Las ganas que le tengo siempre están a punto de superarme, y más ahora, que está chorreando, con el pelo mojado y los ojos centelleantes bajo la luz del sol.
El hilo que nos mantiene unidos el uno al otro se tensa aún más. Años de dolor, de aflicción y de frustración... No lo repetiría todo exactamente igual, pero, si con eso he conseguido llegar hasta aquí, con él, feliz, sonriente y relajado, entonces puede que sí valiera la pena.
Bennett me muerde el hombro al pasar, juguetón. Sin embargo, las palabras que suele susurrarme entre las sábanas mientras nos aferramos el uno al otro permean el aire como si acabase de pronunciarlas en voz alta.
« Vuelve a morderme el hombro y deja que te lo enseñe ».
Él, todo un poeta, trata mi único intento por escribir algo como si fuera un dogma. «Es mi favorito», dice antes de recitarme mis propias palabras, de las que a duras penas me acuerdo.
«Méteme en tu mente», pienso con la mirada clavada en él mientras regresamos al coche. «Quédate conmigo para siempre».