Unbound (The Undone 3) Epílogo. Paloma
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Epílogo. Paloma

Epílogo

Paloma

DIEZ AÑOS DESPUÉS

—¡Buen tiro, Gabby!

Gabrielle Huston sonríe, dejando a la vista las palas que le faltan, mientras patina hacia mí. Tiene siete años y es la mejor del equipo; es popular entre las demás chicas y siempre tiene una sonrisa en los labios.

—Gracias, entrenadora.

Le doy un golpecito en el casco mientras ella va directa hacia el banco para beber agua.

«Entrenadora». Sonrío. Todavía sigue alucinándome lo mucho que me encanta mi trabajo como entrenadora del equipo local de hockey femenino.

Lo creé yo misma, con la ayuda de Adam Reiner y la Fundación Primera Línea (la organización benéfica de patinaje de Max Koteskiy).

Ya hace dos años que soy la entrenadora principal; antes me formé con otro entrenador.

Me encantan estas niñas. Y me encanta este deporte.

Soy feliz .

—¡Acercaos! —les pido antes de pasarle el portapapeles a una de mis asistentes de entrenadora, una adolescente.

Dejo que sea ella quien tome las riendas hoy, pues yo no puedo patinar por prescripción médica. Aunque, si mi doctora no me lo hubiese ordenado, seguro que lo habría hecho mi atractivo e intenso marido, que ahora está sentado en las gradas metálicas.

A Bennett no le gusta estar alejado de mí, esté embarazada o no. Sin embargo, ahora su preocupación tiene compañía.

Annie, con sus dos trenzas perfectamente echadas hacia atrás bajo el gorro, también está sentada en las gradas, justo al lado de su padre.

Hoy se ha puesto nerviosa al saber que yo no estaría en casa (sobre todo, porque solemos pasar mucho tiempo juntas), pero parece que se ha tranquilizado un poco al quedarse con Bennett.

Siempre ha sido así con su padre. Ha encontrado en él la relajante presencia que Bennett siempre fue para mí.

— Hey —dice una voz grave y baja—. Shhh. No pasa nada .

Escondida en una esquina y aún medio dormida, asomo la cabeza para mirar hacia el salón. Oigo el llanto de un bebé, pero la desesperación se disipa hasta convertirse en unos discretos resoplidos mientras la niña se acomoda contra el gigantesco y cálido pecho de su padre .

Porque sabe que, en brazos de Bennett, está a salvo. Igual que me ha ocurrido a mí siempre .

Él le recita « El día de verano » , de Mary Oliver, en voz baja, y nuestra hija vuelve a quedarse dormida. Lleva leyéndole el mismo poema desde que me quedé embarazada .

He aquí su rutina de cada mañana. A pesar de que ahora estamos en mitad de la noche, lo cual no es habitual porque Annie suele dormir del tirón .

Mi pequeña marmota... Por lo general, me despierto antes que ella .

El primero en levantarse es Bennett. Prepara el café y me deja un poema en la nevera, pegado con uno de nuestros imanes de palabras.

A veces, es algo romántico y precioso. Otras, algo astuto y divertido .

En ocasiones, yo también le escribo algo a modo de respuesta .

Quiere que lea los poemas cuando esté sola; cuando entra en la cocina y me ve de pie delante de la nevera, con la vista puesta en sus palabras, siempre se sonroja.

Me gusta estar despierta para ver cómo se va a trabajar.

Sobre todo porque su indumentaria como profesor de Poesía y Literatura es casi pornográfica: unos impecables pantalones marrones, una camisa de cuello y una americana de tweed.

Un día se puso un chaleco de punto encima de la camisa. Lo abordé en mitad de la cocina y le obligué a hacérmelo con las manos hundidas en mi pelo mientras el sol empezaba a iluminar nuestra mesa de madera de roble. Puede que ese día me quedase embarazada; quién sabe .

Por la noche, siempre se pone más tierno. Nos duchamos juntos tan a menudo que, cuando reformamos la casa, Bennett pidió que nos hicieran una bañera más grande. Ahora, sin embargo, cuando me lava el pelo, noto que se le enreda con la alianza. Porque se niega a quitársela .

Cada tirón es sinónimo de confort .

— Hey, P. —dice con un hilo de voz mientras me acomodo a su lado, en el sofá .

Me acurruco y apoyo la sien en su hombro mientras miro a nuestra hija .

— Es perfecta de los pies a la cabeza, ¿eh?

Bennett asiente con una centelleante sonrisa y responde :

— Es igual que tú .

No es la primera vez que lo dice. De pequeña y hasta que crecí, esta frase me atormentaba; ahora, en cambio, me relaja y me aporta cierta calidez. Hablé con mi psicóloga sobre la primera vez que Bennett me lo dijo, de forma totalmente inocente, cuando me encerré en el baño a llorar .

Ahora dejo que esa misma frase me llene de orgullo y ahuyente cualquier miedo que siga pudiendo habitar en mi interior .

Aunque me preocupo. Quiero ser una buena madre. Me quedé embarazada sin que lo hubiésemos planeado. Yo no tenía claro si quería tener hijos. De modo que tuve que decidir más deprisa de lo previsto. Bennett me apoyó, decidiera lo que decidiera .

En estos momentos, con la luz de la luna colándose a través de los gigantescos ventanales de Speyside y el sonido de las olas en el exterior, no podría sentirme más agradecida por la vida que he conseguido labrarme. Por la familia que tengo .

Y ahora, con la mano apoyada en la parte baja de la barriga, que ya está empezando a notárseme, me siento igual: inmensamente agradecida por la familia que hemos creado.

Estoy sentada en el banco y ni siquiera me he puesto los patines.

Aun así, esas dos personas que tanto se preocupan por mí me vigilan.

Al tenerlos a los dos cerca, la calidez que vive siempre mi corazón crece y brilla con más fuerza gracias al cariño de ambos.

Una vida y un amor por los que he luchado.

Me gradué con buena nota. Testifiqué contra Ethan y ayudé a alargar su pena al personarme para declarar junto con las otras chicas a quienes había hecho daño.

Y luego seguí adelante para recuperar el control de mi vida.

Me ofrecieron prácticas en cuatro sitios distintos, pero el primer año me decanté por una opción relativamente local. Así podría pasar tiempo en casa de los Reiner, con Bennett y Adam.

Y con Alessia, a quien empecé a ver bastante con Adam.

La primera vez que le pregunté al respecto, se sonrojó, pero yo ya sabía que ella también tenía sus cosas, un pasado que la había hecho ser quien era. Al igual que sabía que Adam era uno de los hombres más pacientes que hay sobre la faz de la Tierra, justo después de su hijo.

Hicieron las cosas a su propio ritmo. Sin embargo, ahora, Alessia vive con él y se va recuperando un poquito más cada día.

Trabajé para dos equipos de la ECHL; en ambos fui la primera mujer asistente de entrenador, antes de empezar a trabajar para equipos de hockey femeninos. Y luego me puse a entrenar a niñas, que es lo que realmente me apasiona.

Además, he encontrado mi sitio en nuestra pequeña y fría ciudad costera.

Informo a mi asistenta de entrenadora de que doy mi jornada por terminada y les digo a las chicas que descansen antes de los partidos del fin de semana. Acto seguido, voy hacia la salida del túnel, donde sé que me esperan mi marido y mi hija.

Annie echa a correr directa hacia mí y me envuelve con sus pequeños brazos. Bennett se queda rezagado, con su bonito abrigo azul marino y esos elegantes pantalones de vestir; con una alegre sonrisa en el rostro, bajo la barba. A cada año que pasamos juntos, Bennett se vuelve más y más atractivo.

—¿Listas para que nos marchemos a casa, amores?

Tanto Annie como yo sonreímos. Y por un segundo, en los brillantes ojos de Bennett, veo ese reflejo, con la cara pegada a la de mi hija. Esa miniyó a quien quiero más que a la vida entera.

—Listas —respondemos al unísono, acercándonos más para que pueda envolvernos a ambas con los brazos.

En cada segundo. En cada instante. Bennett ha estado ahí en todo momento. Y no me dejará nunca.

La orilla de mi ondulante y calmada marea.

Bennet

—¿Papi?

Me quedo trabajando hasta más tarde lo habitual. Eso significa que no he podido ducharme con mi mujer ni prepararle un baño; lo cual, a su vez, implica que estoy irritado (y eso es quedarse corto). Sin embargo, me basta con oír la vocecita de nuestra hija para que mi frustración se desvanezca.

Esbozo una amable sonrisa, me giro y me encuentro con Annie y su rubia melena enmarañada, señal de que acaba de despertarse. Duerme igual que su madre: se mueven bruscamente y sin parar, pero son de sueño profundo. En las manos lleva un conejo de peluche que me resulta familiar.

Siete la sigue despacio. Con cada día que pasa, tiene más canas en las orejas y en el hocico. Como yo, mi leal perro siempre sigue a mis chicas de cerca.

—Hola, sirenita —digo, abriendo los brazos para que mi hija se acerque.

La niña se me sube al regazo. Alargo el brazo por detrás de ella y le rasco las orejas a Siete, que se sienta al lado de mi muslo.

—¿Has tenido una pesadilla?

—No. —Vuelve a frotarse los ojos—. Mami se encuentra mal otra vez.

Me da un vuelco el corazón y tengo que pararle los pies a mi ansiedad.

Que Paloma esté embarazada es... difícil de gestionar.

Sobre todo porque activa todas y cada una de mis emociones.

Alegría porque tendré otro bebé con ella.

Pero también miedo porque soy consciente de todo lo que puede salir mal.

Cuando estuvo embarazada de Annie, todo fue estupendo, pero se quedó a la vez que Sadie, cuyo embarazo fue uno de los más difíciles que he visto en mi vida.

Temía que, después de eso, Rhys fuera a atarse al brazo de su mujer y a dejar el hockey. O que nunca volviera a acostarse con ella, por miedo a dejarla preñada de nuevo. Le recordé que era muchísimo más fácil optar por una vasectomía.

—De acuerdo, sirenita. ¿Qué tal si te llevo a la cama y luego voy a cuidar de mami? —Me levanto y la cojo con un brazo como si nada—. ¿Os habéis quedado dormidas en la habitación de mamá y papá?

Mi hija sonríe y bosteza de nuevo.

—Hemos construido un fuerte.

Sonrío y sacudo la cabeza mientras llevo a mi hija a su habitación de color rosa princesa para arroparla, aunque tiene los ojos cerrados y ya está medio dormida. Tras cerrarle la puerta con cuidado, voy hacia el dormitorio principal y casi tropiezo con los restos del «fuerte».

Paloma Blake es una madre maravillosa. Y se le dan muchísimo mejor los niños que a mí, aunque ella nunca lo reconocerá.

Cuando decidimos seguir adelante con el embarazo de Annie, estaba aterrada.

Nos peleábamos sin parar, nos enfadábamos y estábamos agotados y constantemente frustrados.

Ella porque ser madre la aterraba y estaba convencida de que le arruinaría la vida al bebé, por más que quisiera tener hijos.

Y yo porque Paloma no se veía a sí misma de manera objetiva.

Pero el proceso de recuperación nunca es lineal. Y no pasa nada.

Mi amor por ella nunca menguará, jamás se agotará. Solo puede crecer.

Empecé a ir a sesiones de terapia con Paloma para ver cómo podía ayudarla a superar ese miedo a la maternidad.

Trabajamos en ello. Sin embargo, sigue sin entender cómo la mira Annie, con los ojos centelleantes. Si le preguntan a mi hija quién es su persona, princesa o criatura mágica favorita; siempre responderá lo mismo a todo: «mi madre».

Siete está delante del baño, moviéndose nervioso de un lado a otro y más deprisa de lo que suele hacerlo ahora. Gime un poco y presiona la puerta con el hocico.

—Ya lo sé, colega —susurro, y le acaricio la cabeza—. ¿P.? —digo, llamando con suavidad a la puerta antes de entrar en nuestro amplio baño.

Paloma está sentada en el lavabo, con la cabeza apoyada en la pared y mirándome con la cara empapada.

—Hey.

—Amor, por Dios... —murmuro, mojando una toalla con agua fría con manos temblorosas. Me acerco a ella y le coloco la toalla bajo su enredado pelo—. Te he dicho que me avisaras si te encontrabas mal.

—Es que ha sido muy de repente —refunfuña—. ¿Crees que Speyside está demasiado aislada?

Voy hacia la ducha, abro el grifo y pongo el agua lo suficientemente tibia para Paloma.

—¿Cómo dices?

—¿Speyside? ¿Crees que queda demasiado aislada para Annie y Benjamin?

Sacudo la cabeza y me sonrojo al oír que llama así a nuestro bebé, otra vez. «Le pondremos Ben, como tú», me dijo hace unas semanas, cuando nos enteramos de que volvía a estar embarazada. Ahora sí que lo estábamos buscando.

—No sabemos si será niño, ya te lo dije.

—Lo noto... —masculla, dejando que la levante y la desnude poco a poco—. Pero no te he preguntado eso.

—¿A qué te refieres con que si está aislada?

—Para que Annie y Ben crezcan aquí...

Frunzo el ceño.

—Sadie y Rhys han comprado la casa de al lado. —Aunque, por la naturaleza solitaria de la zona, queda a kilómetros de la nuestra—. Vendrán en verano y cuando no sea temporada de hockey.

Paloma asiente, pero me planta las manos en el bíceps antes de que pueda meterla en la ducha.

—Ya lo sé, pero... —Se le apaga la voz y deja la frase a medias.

—¿Qué ocurre, amor? —le pregunto, agarrándole la cara con ambas manos—. Dime a qué viene todo esto, anda.

—No quiero que Annie se sienta sola. No quiero que no tenga amigos.

Se me revuelve todo por dentro y acerco al mío su cuerpo, desnudo, para besarle la sien, el pelo, todo lo que pueda. «Mi preciosa mujer. Mi alma gemela».

—Eso, nunca, P. Te lo prometo. Además, Annie empieza el cole dentro de nada, ¿a que sí? Ya veremos cómo va la cosa. Y, si esto se nos queda pequeño, siempre podemos mudarnos, ¿de acuerdo?

—Pero ¿seguiremos teniendo siempre la casa de la playa?

Aquí me enamoré perdidamente de Paloma Blake una y otra vez. Es su lugar seguro. Tanto como para mí. Aquí celebramos cumpleaños. Aquí perdí la virginidad con la chica a la que quiero. En esa casa hay pedazos de nuestras almas esparcidos por doquier.

—Naciste para estar cerca del agua —le digo. Agacho la cabeza y le doy un beso en el pelo—. Siempre tendremos esta casa.

Igual que siempre nos tendremos el uno al otro.

—Hazme tuyo ola tras ola —susurro mirando cómo se hunde bajo el agua, cual océano que cobra vida—. Hunde tus corrientes en mi cuerpo. Quiéreme, quiéreme, quiéreme.

Siempre supe que sería así.

El amor de mi maldita vida.

La firme orilla de su agitado, encantador, vivo y vibrante mar.