Unbound (The Undone 3) 78. Bennet
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78. Bennet

Bennet

PRESENTE: DOS MESES DESPUÉS

Los gritos son ensordecedores. Paloma silba tan fuerte desde la segunda fila que me sonrojo y la miro, sacudiendo la cabeza.

Le centellea la mirada, pero no es la única que está animándome.

También la sigue el coro formado por mi equipo y mi familia: Rhys y Sadie, Freddy y Ro, Holden e incluso Toren Kane y el entrenador Harris; es como si hubiesen venido juntos.

A la derecha de Paloma veo a Lily; al otro lado, están Alessia y mi padre: ella es más comedida que él, que grita con las manos alrededor de la boca.

Las otras pocas personas que hay en este auditorio casi vacío parecen molestas o se ríen, genuinamente sorprendidas por el espectáculo. Normal. Están tratando un recital de poesía como si fuesen las finales de la Copa Stanley.

Se han mostrado pacientes y sutilmente menos entusiasmados durante el resto del recital. De todos modos, agradezco ser el último, porque así mi equipo de animación personal no ha eclipsado al resto de los compañeros que también han venido a recitar poemas.

El doctor Britton da un paso al frente, mirándome sonriente y sacudiendo la cabeza. Se gira para pronunciar su discurso de clausura.

Todo el mundo se dispersa. Voy hacia la parte delantera del escenario y me siento en el borde mientras mi familia y amigos se acercan para felicitarme. Los primeros en llegar son Sadie y Rhys, con Freddy a su lado, que lleva a Ro cogida del brazo.

—Ha sido precioso —dice Ro sonriendo con ternura—. Lo has recitado superbién.

Freddy gruñe y comenta:

—Es más alto que nosotros dos, cocina y, ahora, encima, ¿escribe poemas? —Ladea la cabeza hacia el hombro de Rhys y añade—: Tenemos que ponerle freno.

Mi mejor amigo se limita a esbozar una sonrisa casi cegadora y me da un golpe en la rodilla con la mano.

—Ha sido una pasada, Ben. En serio —me dice.

—Tu padre estaba llorando —musita Sadie, sonriendo y señalándolo con la barbilla.

Mi padre está secándose los ojos mientras se acerca a nuestro círculo. Detrás de él veo a Paloma Blake con un modesto ramo de rosas blancas, peonías y eucalipto envuelto con papel de periódico.

Está preciosa. Se ha puesto un vestido de lino color crema y una cazadora vaquera con coloridos bordados en los bolsillos.

Es todo de una tienda de segunda mano; lo sé porque Paloma se puso contentísima cuando lo encontró.

Se llevó a su compañera de piso a su primera sesión de compras en ese tipo de tiendas, aunque a Lily no le entusiasmaba para nada ponerse «ropa de otra gente».

—Hermosas palabras —dice colocándose entre mis piernas.

También lleva unas botas marrones de tacón que repiquetean por el suelo de linóleo. Salto del escenario para quedar de pie frente a ella, la abrazo con toda mi alma y le doy un beso en la mejilla.

—Bonito pelo —respondo entrelazándole los dedos con los mechones—. ¿Son para mí?

Paloma asiente, se separa y me pasa unas flores.

—Por tu primera actuación.

—Es un recital.

Se encoge de hombros y sus ojos marrones centellean.

—¿Sabes una cosa? Ha ido fenomenal. Estoy... muy orgullosa de ti.

Es como si tuviese champán burbujeando en mi interior. Me pongo aún más contento.

—¿Sí?

—Sí —responde ella.

Vuelvo a abrazarla contra mi pecho, envolviéndola con un brazo para pegarla más a mí. Nuestros amigos ríen y se ponen a hacer planes. Mi padre me da un apretón en el hombro y asiente. Sigue con los ojos húmedos, pero su sonrisa es prácticamente cegadora.

—Era para ti —susurro con los labios pegados al oído de Paloma—. Todos lo son.

Ella se relaja aún entre mis brazos y responde:

—Lo sé.

—Si me hubiese jugado algo a quién iba a llorar hoy, nunca habría apostado por Sadie Brown —musita mi padre, colocándose a mi lado con unas cuantas cajas en la mano.

Me detengo y miro a Sadie, que está de brazos cruzados, cerrando los ojos con fuerza y casi escondiéndose al lado de mi coche. Es como si estuviese intentando desesperadamente mantener la compostura por Rhys.

—Hey —digo acercándome.

—Ya lo sé —suelta, a pesar de que suena desganada—. Nueva York está solo a cuatro horas y puedo ir en tren. Y tampoco está tan mal; puedo visitarlo siempre que...

Alza un poco más la voz con cada palabra; yo levanto las manos, para intentar calmarla.

—No iba a decir nada de eso.

Al oír mis palabras, Sadie me mira con sus felinos ojos grises enrojecidos y llenos de tristeza.

—No quiero que me vea así de afectada...

—No hace falta que vayas de dura... para estar con él. Para merecer estar con él. —Me paso la mano por el pelo—. Lo sabes, ¿no? Cuando os conocisteis, Rhys estaba fatal. Y te enamoraste de él igualmente.

Sadie se muerde el labio y desvía la vista hacia la puerta donde se encuentran Rhys y Max. Mi mejor amigo fija los ojos en los de su novia de inmediato, como si fuesen un imán, y frunce el ceño al atisbar la angustia que ella intenta esconder con tanta desesperación.

—Además... —Bajo la voz mientras Rhys atraviesa el jardín para venir hacia nosotros—. Yo diría que es muy normal que llores porque vas a echar de menos a tu novio.

—Hey. ¿Todo bien por aquí?

En cuanto echo a andar hacia casa, Freddy se me acerca y me da un golpe en plan de broma en la visera de la gorra que llevo puesta del revés.

—Oye, he vuelto a hablar con Paloma —me cuenta señalándome sutilmente con la cabeza. Me evita la mirada y repiquetea con los pies un poco demasiado fuerte—. Solo quería que lo supieras. Ha estado... bien. Supongo que ha sido buena idea hablar del tema.

Freddy no entró en detalles, como tampoco lo hizo Paloma; sin embargo, el otro día, después del desayuno familiar, preguntó si podía hablar con ella.

Según me contó Ro con su amable y dulce voz, el pasado de Paloma y el de Freddy tienen cierta similitud.

Y a lo mejor eso les permitía encontrar consuelo el uno en el otro; al menos, un poco, ni que fuera.

Cuando Freddy regresó a la mesa, le di un abrazo; algo que nunca habíamos hecho.

—Me alegro de que os tengáis el uno al otro —le digo.

Él me sonríe cálida y genuinamente. Me da un apretón en el hombro y pregunta lo mismo que Rhys hace nada:

—¿Todo bien, Reiny?

—Sí —respondo—. Todo bien.

Rhys nos mira y yo sonrío. Me separo, no sin antes mirar a mi amigo y asentir brevemente con la cabeza. Porque sí: estoy bien.

Mi psicóloga y yo hemos hablado largo y tendido de mis pensamientos obsesivos. A pesar de que a veces siguen atormentándome, ahora los puedo gestionar mejor. Sé qué hacer o qué pasos seguir para tranquilizarme, de modo que me siento más preparado.

Ahora bien: en la última sesión, hablamos de los cambios que están por venir. Todos mis amigos se han graduado y han seguido sus respectivos caminos, mientras que yo me he quedado en Waterfell. Como cambié de carrera, tengo que hacer un semestre más para acabar los estudios.

Sin embargo, puesto que Rhys y Freddy se han marchado (uno para jugar con los Ranger y el otro para hacerlo con los Dallas), yo también he decidido mudarme; de momento, me he ido a vivir con mi padre.

Beacon Hill está a una hora del campus (cuando no hay tráfico), pero, para dos meses que me quedan, no me importa.

Y luego... ¿Quién sabe lo que vendrá luego? Hace años se me habría comido la ansiedad al pensar en el futuro. Ahora, en cambio, puedo imaginármelo y es brillante; lo único que pasa es que, por ahora, desconozco los detalles. Y estoy aprendiendo que no pasa nada.

No todo el mundo tiene que saber qué quiere ser y qué espera de la vida a los veintiuno. Es normal que no lo sepa.