77. Bennet #2
Los ojos de Paloma son como dos pozos marrones.
Está sentada cómodamente en mi cama, con el ceño fruncido y cara de preocupación, con Siete acurrucado a su lado.
Ya ha puesto el partido del Frozen Four en mi portátil.
Se ha duchado, pero se ha vuelto a poner mi sudadera de hockey, lo cual hace que me entren muchas ganas de poseerla.
Tiene su rubia melena mojada, pero no se la ha peinado.
Sonrío y veo que tiene el cepillo al lado.
—No hace falta que...
—No lo cambiaría por nada, P. —digo, acercándome a su lado y dándole un beso en la frente—. Deja que me duche en un santiamén primero, ¿de acuerdo?
Asiente y masculla no sé qué mientras se lleva un puñado de galletas de queso a la boca, antes de que yo le quite la bolsa y la reemplace por comida de verdad.
—Come. Ahora vuelvo.
—Sí, señor —responde.
Está bromeando, pero me afecta por igual. Me arde la cara y la nuca, y me sonrojo. Me sacudo un segundo para deshacerme de esa reacción, me meto en la ducha y vuelvo a vestirme enseguida para poder cepillarle el pelo a Paloma Blake.
—¿Estás bien? —me pregunta mientras le paso el cepillo con delicadeza.
Como ya se le ha secado un poco más, cuesta un poco deshacerle los enredos y los nudos, pero me lo tomo con calma.
—Estoy bien, P. —contesto—. ¿Te he agobiado?
Exhala y pone los ojos en blanco, recostándose contra mi pecho.
—Dios, no. Me has preocupado, eso sí. Y no he... —Traga saliva con fuerza y se le mueve la nuez—. Quiero estar ahí para ti. Me preocupaba no haberlo hecho bien. —Se le escapa una sutil risa y añade—: Sigo aprendiendo.
La beso. Porque puedo y punto.
—Has sido más constante de lo que tú crees, amor. Gracias por estar ahí hoy, apoyándome con mi padre. Eres la única que sabía cómo me sentía con todo esto, me has entendido desde el día que nos conocimos y no me has pedido que cambiara. Jamás has querido que cambiara.
Vuelvo a besarle su delicada mejilla y la giro muy sutilmente en mis brazos para observar la devoción que flota en esos cálidos ojos marrones. Una devoción igual que la mía.
Paloma es perfecta. Extremadamente fuerte, preciosa y lista. Y dedicaré felizmente el resto de mi vida a asegurarme de que sepa, a diario, que la quiero y que se lo merece todo.
No quiero que llegue ni un solo día en el que no esté así: acurrucada en mis brazos. Pero, si el resultado es este, volvería a sufrirlo todo de nuevo.
—Eres consciente de todo lo que siento por ti, ¿verdad?
—me pregunta frunciendo un poco el ceño y levantando la vista para mirarme—.
Me quisiste a pesar de todo. Incluso cuando me alejé o estuve pasándolo mal.
.. Lo que fuera. Nunca me sentí sola porque sabía que te tenía a ti, aunque me privara de estar contigo.
Siento una punzada en el corazón, pero asiento. Paloma levanta la mano para colocármela en el pecho, como si supiera dónde me duele.
—Que Rhys sufriese ataques de pánico, que a tu madre le costara aceptarte, que tu padre se sintiera solo... No tienes la culpa de nada de eso, ¿lo sabes, no?
—Sí.
No es verdad, pero estoy intentando recordármelo.
—Nunca podrías haber evitado que Ethan me hiciera lo que me hizo.
Ni ahora ni antes de conocerme. —A pesar de decir eso, sonríe—.
Aunque sé que tu cabecita y ese inmenso corazón que tienes en tu enorme cuerpo han intentado dar con un sinfín de razones que te hacen pensar que, en cierto modo, sí podrías haberlo hecho.
La miro negando con la cabeza, aunque lleva razón. He entrado en un bucle brutal desde que me enteré de lo que le hizo Ethan. De lo que yo permití que...
—Si te culpas a ti mismo —dice ahora en voz más baja—, no me queda otra que culparme a mí también. Porque no te lo dije.
—P., no...
Me mira con tanta dureza que dejo la frase a medias y asiento.
—No puedes seguir saltándote las sesiones de terapia, Bennett. —Paloma estira el brazo y me coge la mandíbula con una mano, acariciando mi incipiente barba con el pulgar—. Tu preciosa mente y tu corazón son demasiado importantes. Tienes que cuidarlos.
Le cubro la mano con la mía y le acaricio la piel con delicadeza.
—De acuerdo, P. Lo haré.
—Te quiero —suspira.
Es como si estuviese clavándome esas palabras directamente en el corazón.
—Déjame tocarte el pelo —le pido en un susurro, recitando el poema que escribí para ella hace meses mientras le hundo las manos—. Enrollarlo entre mis dedos; agarrártelo con más fuerza cuanto más te alejes de mí. Deja que me hunda en ti.
Paloma deja que la empuje contra el colchón y se coloca como si nada bajo mi cuerpo mientras nos medio olvidamos del partido que tenemos puesto en el ordenador, que yo aparto a un lado.
Más que verlo, noto que Siete se levanta cuando nos movemos y se va a su cama, esa que tiene en la esquina de mi habitación.
Beso a Paloma en los labios, el pelo, el cuello y me acerco de nuevo a su oído.
—Déjame coser mi alma a la tuya como una colcha de retales en una playa sin arena —le susurro bajándole mi jersey de hockey por el hombro para hundirle la boca en la piel—. Solos tú y yo. Y el agua entre nosotros.