77. Bennet
Bennet
PRESENTE
No me dejan jugar.
Es una decisión colectiva, pero no me molesta.
A lo mejor debería, teniendo en cuenta que es el último partido de mi última final del Frozen Four como portero de los Waterfell Wolves.
Pero soy más que eso. Mi equipo lo sabe y pueden hacerlo sin mí.
Además, Connor Mercer, mi compañero, es un portero fantástico.
Si confiara un poco más en sí mismo, sería muchísimo mejor que yo.
De todos modos, sé que puedo fiarme de él. Sé que mi equipo lo hace.
Paloma no ha opinado, pero juro que he notado que se aliviaba cuando he cedido ante la insistencia de los demás.
Aunque sí se ha empeñado en que volviésemos a Beacon Hill con mi padre.
—Creo que deberías decírselo —me ha comentado ya fuera del complejo deportivo, frente al todoterreno de mi padre. Me ha recolocado el gorro, en un gesto inconsciente de cariño por su parte—. Lo de cómo te sientes con el hockey.
—Ya, puede...
Así que ahora me encuentro despatarrado y callado en el asiento del copiloto del Clase G negro de mi padre mientras él conduce. El dolor de cabeza mengua poco a poco. Paloma está detrás, sentada en el medio, calmada y en silencio. Firme.
Mi padre es un libro abierto respecto a sus emociones.
No sé si es que siempre ha sido así o si adoptó esa costumbre cuando yo era más pequeño, para que me costara menos entenderlo.
Durante mucho tiempo, con él me sentía más a salvo que con nadie más porque era capaz de entender todo lo que me decía y sentía mi padre.
De pequeño pensaba que era porque compartíamos ese vínculo.
Nada más. Ahora creo que tal vez fuera él quien cambió para que fuera así.
O a lo mejor es una mezcla de ambas cosas.
Desvío la vista por el retrovisor. Paloma asiente y me sonríe a la vez que levanta las manos para mostrarme los pulgares y animarme en silencio. Parece relajada y feliz, y me mira con una pizca de orgullo en los ojos.
No me observa como si realmente acabase de venirme abajo y hubiese dejado tirado a mi equipo justo antes del partido más importante de la temporada, uno al que ella también tenía que asistir. Paloma me mira igual que tantos años atrás, como si yo fuese fuerte. Sólido e impenetrable.
Me pregunto si sabrá que quien me ha ayudado a ser fuerte, para empezar, ha sido ella.
De todos modos, sigue costándome volver a conversar así con mi padre; es como una de esas puertas que crujen y que hay que forzar para abrir. Toso un poco y me aclaro la voz en un intento por hablar, a pesar de notar que tengo la garganta cerrada.
—No... no quiero seguir jugando al hockey.
Mi padre aparca en la entrada, despacio. De repente veo que tiene la mandíbula apretada y las mejillas húmedas. Está llorando. Para el motor y se frota los ojos con dureza.
No. No solo está llorando. Está sollozando abiertamente.
—Te quiero —dice girándose hacia mí por encima de la consola.
Sus ojos son idénticos a los míos, de un azul profundamente abismal.
Me coge por la nuca y me acerca a él—. Te quiero, Bennett.
Más que a nada en este puñetero mundo. Eres una de las pocas cosas buenas que tengo en la vida; lo único que he hecho que haya merecido la pena es ser tu padre.
Y estoy jodidamente orgulloso de ti. Y..
. —Le tiembla la voz—. Y lo siento muchísimo, joder. Por todo.
Niego con la cabeza y me separo de él. Mi padre deja reposar la mano en mi hombro y me da un apretón, como si no quisiera romper el contacto.
—No has... ¿Por qué te disculpas?
—Porque tu pasión nunca ha sido el hockey. Y yo lo sabía.
—¿Ah, sí? —le pregunto desviando la vista hacia Paloma y su tierna sonrisa.
Mi padre se ríe, pero su risa es ahogada y entrecortada.
—Soy tu padre, Ben. Siempre estoy pendiente de ti.
Pero siempre dijiste que querías jugar. Y yo soy un puto egoísta que.
.., que dejó que siguieras haciéndolo. Porque así compartíamos algo; una parte de mí y de mis sueños vivía en ti.
Y... —Deja la frase a medias, aparta la mirada y la clava en el volante—.
Y he sido un padre de mierda. No he... Hice algo mal o dejé que pasara algo y tú has acabado resentido conmigo.
Y sigo sin poder descifrar qué es ese algo.
Y luego está lo de hoy... ¿Verte sufriendo así y tan aterrado?
¿Y yo sin hacer nada? Lo siento muchísimo, Bennett. Te quiero mucho, ¿lo sabes?
—Sí —me limito a responder, porque me he quedado petrificado y no se me ocurre qué otra cosa puedo decir.
Mi padre asiente, frotándose los ojos.
—Vale. —Vuelve a exhalar tembloroso—. No sé qué hice para que lo pasaras mal, pero, si me dejas, lo arreglaré. No... —Se le corta la voz—. No soporto la distancia que hay ahora entre nosotros, Ben. Eres mi mundo entero.
Se me encoge tanto el pecho que me lo froto. Me siento completamente vulnerable, aunque el ataque de pánico de antes también me ha dejado agotado.
—Eh... Igual podemos entrar y hablar —sugiero en voz baja y tono amable—. Y puedo preparar algo de comer. Tengo... muchísima hambre.
A mi padre se le curvan muy sutilmente los labios y asiente.
Paloma y Siete están arriba, en mi cuarto.
Le he dicho que se duchara y que cogiera tantos tentempiés que, al final, ha acabado con los brazos llenos de comida.
Antes de que se fuera, la besé rápidamente en la comisura de los labios.
Ella ha murmurado algo y ha dado media vuelta; mi perro la ha seguido, no sin antes acercarme el hocico a la mano para asegurarse de que yo estuviera bien.
Me alegro de volver a tener a Paloma cerca; sobre todo, en la casa de Beacon Hill. Esto de estar tan públicamente enamorado de ella otra vez me sienta de maravilla.
De modo que, consciente de que Paloma está aquí, duchándose en mi habitación, relajándose con mi ropa puesta, en mi cama y con mi perro, me pongo a cocinar.
Decirle a tu padre que estás casi seguro de que lleva años enamorado de la mujer de su mejor amigo resulta incómodo.
Igual que decirle que verlo haciéndose daño a sí mismo de esta forma convirtió la compasión en resentimiento.
Todos los pensamientos que tan lógicos son en mi cabeza parecen absurdos cuando intento explicarlos.
Sin embargo, mi padre se limita a escuchar sin interrumpirme, sentado en la encimera de la cocina y asintiendo con discreción.
Sé que le cuesta. Él siempre con el corazón en la mano; sé que está manteniendo una expresión seria y calmada a propósito.
Termino de contárselo todo justo a la vez que emplato la comida: pollo al limón con parmesano, patatas asadas y verduras. Y ensalada de pasta italiana que hice a principios de semana, a modo de acompañamiento.
Me encojo de hombros y le aparto la mirada.
—No quería alejarte de mi vida. Pero yo ya estaba pasándolo mal..., y verte con ellos... Qué sé yo. Me costaba.
Al oír esto, mi padre se ríe echando la cabeza hacia atrás y me sonríe de oreja a oreja.
—Max me pegaría una buena paliza si pensara que quiero a Anna solo para mí, Ben; puede que incluso me matara .
—Sacude la cabeza—. No olvides que nos conocimos a los veinte y, al cabo de unos años, Max encontró a Anna.
Fuimos inseparables. Eran..., era mi gente.
Mi familia. Y los quiero. Siempre los querré.
Y sí: en esa época hicimos alguna que otra locura descabellada los tres juntos.
—Ríe y se le ilumina la mirada al acordarse de eso—.
Pero Max y Anna son almas gemelas. Y me encanta que estén juntos.
Si te pareció que yo deseaba algo era...
afecto. Amor. Devoción, nunca... Si te soy sincero, durante mucho tiempo pensé que todo eso no estaba en mí.
Que yo no era lo suficientemente bueno como para merecerlo.
Se me cierra la garganta.
—Pero entonces Helen te tuvo a ti. Fui padre. Y vino al mundo una persona a quien yo podía darle todo mi amor y a quien podía cuidar; una persona que me querría. Y, Dios, Bennett, te quiero tantísimo... —Se le tensa la voz—. Solo necesitaba eso, ¿de acuerdo?
—No solo necesitas eso —respondo—. No pasa nada por que quieras más. Quiero que seas feliz.
Asiente.
—Estoy intentándolo. —Le centellea la mirada; a pesar de lo intenso de la conversación, recupera ese aire pícaro y casi bobalicón—. Total, siempre he sido el soltero más codiciado de todo Boston. Igual debería darle otra oportunidad a las citas.
—¿Sí? —Me río.
Mi padre asiente.
—Si Alessia alguna vez deja que vuelva a estar a menos de metro y medio o dos de ella, me lanzaré a la piscina.
Está siendo muy crítico consigo mismo, pero ya no estamos hablando de lágrimas y frustración.
—Me parece bien. —Asiento y clavo la vista en el punto donde estoy deletreando palabras con los dedos en la encimera—. Y te prometo que no..., que no me saltaré la terapia nunca más, ¿vale? Y a lo mejor podríamos volver a cenar juntos después de las sesiones... Si te apetece.
La paz inunda el rostro de mi padre, que cierra los ojos.
—No hay nada que me apetezca más en este mundo, Ben —responde. Me da un apretón en el hombro—. Venga, ve a darle de comer a tu novia y a ver jugar a tus amigos —añade, y me despeina antes de irse de la cocina—. Yo voy a salir.
—De acuerdo —asiento, y pongo el resto de la comida en el tercer plato que ya había preparado mi padre.
—Parece que está mejor. Paloma, quiero decir —comenta, y me mira con los ojos bien abiertos—. Espero que sepa que todos la queremos mucho.
Se me encoge el corazón.
—Sí. Creo que tardará un poco de tiempo, pero... —Me encojo de hombros y sonrío alegre—. Estoy dispuesto a esperar.
—Yo también, Ben.