Unbound (The Undone 3) 76. Bennet
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76. Bennet

Bennet

PRESENTE

«Respira. Respira. Respira».

No me sirve. Nada me está sirviendo. Soy incapaz de tomar una maldita bocanada de aire y llenarme los pulmones. Solo puedo respirar de forma entrecortada, lo cual no me aporta alivio alguno.

Solo una vez más...

No ayuda. Mis pensamientos van a peor mientras me quito todas las protecciones y empiezo a atármelas otra vez.

Rodilleras. Primero la izquierda; luego, la derecha.

Engancho el strap elástico de la guarda al patín. Primero ato la parte superior y luego paso la tira por detrás de la cuchilla hasta dejarlo todo bien sujeto. Repito el mismo patrón con el pie derecho.

«Vuelve a revisarlo. Hay uno suelto y se te moverá. No es seguro».

Lo reviso otra vez. Quito la tira y vuelvo a sujetarla debajo de la cuchilla hasta dejarla bien atada. Y otra vez.

Me pongo las guardas. Primero la izquierda y luego la derecha, y reajusto el velcro tres veces hasta que mis manos están dispuestas a dejarlo correr.

Sin embargo, cuando hago ademán de coger el peto del pecho, me doy cuenta de que estoy temblando y de que tengo los dedos entumecidos.

Al colocármelo, me siento como si tuviese una soga alrededor del cuello.

«Mal. Está mal. Hazlo otra vez».

Son solo las protecciones. Lo he hecho todo bien. Lo he hecho ya mil veces. Calma.

«Vuelve a revisarlo».

Me da un vuelco el corazón y el sudor empieza a gotearme del pelo. Quiero coger el móvil y llamar a mi padre. O a Paloma. Quiero que entre Rhys y me vea y me ayude...

«Egoísta. No los atosigues. Céntrate. Vuelve a revisarlo».

Con manos temblorosas, me quito el peto que me medio cuelga del pecho y lo tiro al suelo de un vestuario que no conozco.

Intento ponerme de pie, como si fuese a coger la bolsa, pero me resbalan los patines bajo mi peso, me desequilibro y trastabillo hacia atrás y acabo con la espalda desnuda empotrada contra las despiadadas tiras de madera del casillero.

«Respira. Para de hacer esto. Respira...».

No puedo, no puedo, no puedo.

Lo que más odio de mí, destrozado.

Abandonado en este suelo de goma resistente; implacable, irreflexivo.

A falta de lo que me mantenía entero, todo lo que soy se derrumba a mi alrededor, como páginas de un libro que he hecho trizas. Recuerdos esparcidos y yo sigo. Sin. Poder...

«Piensa en el agua», oigo que me dice su voz, sedosa, aunque creo que ni siquiera es algo que me haya dicho jamás, no es ningún recuerdo. Pero es algo. Y me aferro a ello. «Piensa en el agua. Inténtalo».

Nada sirve. Ni siquiera pensar que puedo tratar de ponerme las protecciones de nuevo, como si atármelas bien fuera a convertirme en una especie de títere de mí mismo y plantarme delante de la portería y fingir. Solo un rato más. Solo un partido más.

Al pensar en el partido, aumenta la presión que noto en los hombros y el peso del miedo y la ansiedad. Me dejo caer hasta quedar sentado. Ya vuelvo a estar en la puta casilla de salida; por lo visto, estuve destinado a esto desde buen principio. A hundirme en silencio en la distancia.

Respiro como buenamente puedo, presa del pánico. Tengo el pecho agitado y la piel me arde. Me está dando un ataque de pánico y ya no estoy siendo para nada discreto. Se me escapa algo parecido a unos desesperados y jadeantes sollozos.

—Hostia puta.

Casi no puedo levantar la vista para ver quién es. Solo muevo un poco la barbilla y me encuentro con Toren Kane retrocediendo, completamente vestido y con los patines puestos. Se quita el casco, lo deja en el suelo, viene directo hacia mí y se arrodilla en el suelo.

—Joder, Reiner, respira —me suplica—. ¿Te importa si te toco?

Prácticamente, no puedo ni negar con la cabeza.

Toren me pasa un brazo por los hombros y me da un fuerte apretón.

Noto el roce de su camiseta en mi cuello desnudo.

Extrañamente, ese gesto me alivia. Se separa y me va pasando las manos por los brazos, apretándomelos hasta llegar a mis manos, entumecidas.

Por un segundo, me siento como si estuviese clavándome unas agujas. Sin embargo, esa sensación empieza a dar paso a una mejor, más cálida.

—¿Puedes respirar conmigo? ¿Así? —Inhala exageradamente y yo lo imito una y otra vez, despacio, hasta que mis respiraciones erráticas y tan aceleradas vuelven a la normalidad—. Eso es. Muy bien.

Entra alguien, pero no alzo la vista. No puedo. Todavía no.

—¿Qué...?

—Calla y ven, Koteskiy —le ordena Toren con un tono que nada tiene de mordaz. Vuelve a apretarme las manos—. Eres su mejor amigo. Te necesita a ti, no a mí.

No puedo hablar. Se me ha secado la boca.

Toren me suelta las manos y da un paso al lado, dejando que mi mejor amigo ocupe su lugar.

Veo a Rhys con una de nuestras clásicas camisetas azul marino de los Waterfell puesta y su castaña melena despeinada (cortesía del casco).

Me mira aterrado con sus ojos marrones abiertos como platos.

Se agacha frente a mí y me mira a los ojos; su sola presencia me reconforta, me tranquiliza. Rhys ha estado siempre a mi lado, desde que tengo uso de razón.

—¿Bennett? —me llama.

—Solo es... un ataque... de pánico...

Rhys abre aún más los ojos, pero asiente.

—Vale. De acuerdo.

Se levanta y casi trastabilla con los patines puestos mientras se acerca a su bolsa y rebusca.

—¿Cómo lo has sabido? —le pregunto a Toren, todavía un poco falto de aliento.

Él se encoge de hombros con los brazos cruzados.

—Pues... Eh... Una persona muy cercana a mí solía sufrirlos. Bueno, no eran exactamente ataques de pánico, pero sí algo parecido. He... he visto que necesitabas ayuda. —Se encoge de nuevo y aparta la mirada—. Me voy a...

Señala hacia atrás con el pulgar y se disculpa.

Me pregunto si es consciente de que, al marcharse, lo vemos con otros ojos.

Puede que acabe de convertirse definitivamente en uno más de nuestro equipo; sobre todo, para Rhys.

Puedo verlo en su mirada cuando la desvía hacia donde hace un momento estaba Toren.

—Toma —me dice mi mejor amigo pasándome su móvil y unos auriculares con cable ya conectados—. La música me ayuda. Igual a ti también te viene bien.

Parece saber lo que dice, así que me pongo un auricular y le doy al play mientras dejo que la música entre por mi oído derecho.

—¿Qué pasa? —pregunta el entrenador Harris, entrando en el vestuario. Rhys se levanta casi de forma protectora a mi lado—. Reiner, ¿te has lesionado?

—No. Estoy... —Niego con la cabeza. No me he lesionado, pero tampoco me veo capaz de decirle que «estoy bien»—. Me ha dado un ataque. Necesito un segundo.

Harris asiente y cruza los brazos a la altura de su ancho pecho. Consulta la hora en el reloj de muñeca, desvía la vista hacia el pasillo que da a los túneles y hace una señal con la mano. Veo que, en ese momento, Toren vuelve a entrar, pero esta vez con Paloma y mi padre detrás.

Mi padre viene corriendo hacia mí. Veo algo parecido al miedo en su rostro. Hago un gesto con la mano para quitármelo de encima y me levanto.

—Estoy bien. Puedo jugar...

—No puedes jugar ni de coña —espeta él—. Nos vamos a casa.

Una extraña mezcla de alivio y enfado se apodera de mí. Me muero de ganas de largarme del complejo, de cerrar los ojos un segundo, de descansar. Pero también me muero de ganas de estar ahí para mi equipo y no fallarles. Sobre todo, a Rhys.

«Se ha esmerado toda su vida para esto. Consiguió salir de ese oscuro pozo sin tu ayuda. Y tú lo abandonarías...».

Sacudo la cabeza para deshacerme de esos pensamientos, pero solo consigo que me duela aún más la cabeza. Tanto que trastabillo hacia un lado, aunque solo sea un poco.

Alguien me envuelve por el torso. Rhys por la izquierda y Paloma por la derecha, que levanta sus ojos marrones para mirarme por debajo de ese montón de despeinados rizos rubios.

—Hola, P. —susurro.

Me dedica una sonrisa, por minúscula que sea.

—Hola, Bennett. —Le subo la mano por la espalda hasta rozarle las puntas del pelo y entrelazar sus mechones con mis dedos—. ¿Estás bien?

Niego con la cabeza y esbozo una sutil y pesarosa sonrisa. Oigo las voces de Harris y mi padre a lo lejos, en segundo plano. Rhys permanece como un pilar resistente a mi lado, sin soltarme, sujetándome como lleva haciendo desde que era un crío.

Paloma asiente y se acurruca aún más junto a mí.

—No pasa nada. No hace falta que lo estés. —Gira la cara para darme un beso en mi sudoroso pecho—. Te quiero.

Cierro los ojos e inhalo.