75. Paloma
Paloma
PRESENTE
Siete está gimiendo.
Algo va mal. Tanto que me despierto del tirón y suelto un taco mientras estiro un poco los dedos para coger el móvil y ver qué hora es.
¡Mierda! Casi las ocho. Bennett se ha quedado dormido.
Y sigue durmiendo. Siete gime y le da unos golpecitos con la pata mientras él duerme bocarriba, moviéndose de vez en cuando y con la piel sonrojada.
Hace más o menos un mes que lo veo un poco extraño. Sin embargo, en los últimos días, la cosa ha ido a peor. Al principio, me culpé por haberle jorobado sus habituales rutinas, esas que tan meticulosamente sigue.
Si hubiese ocurrido solo en este último par de días, lo habría achacado a una mezcla de culpabilidad, enfado y estrés por la situación en general. Pero no ha sido el caso. Lo sé. Algo va mal.
He desarrollado una especie de sexto sentido para todo lo relacionado con Bennett Reiner.
Me he pasado más de tres años observándolo intensamente, a escondidas en ciertos momentos y en público en otros, dejando que los chicos del equipo de hockey tonteasen conmigo con tal de que eso me permitiese estar en su embriagadora presencia ni que fuera un segundo.
—Bennett —le sacudo los hombros hasta que abre los ojos poco a poco.
Me mira como si yo fuese un ser etéreo y levanta la mano para colocármela en la mejilla.
—Qué pasada de sueño... —musita cerrando los ojos, despacio, mientras intenta acurrucarme contra su pecho.
—No, Bennett. Tienes que despertarte. Te has quedado dormido.
Entra en tensión bajo mi cuerpo.
—¿Qué?
—Son las ocho. Tienes que estar en el bus dentro de... ¿qué, una hora?
Al oír mis palabras, salta de la cama y deja su lado deshecho. Quiero preguntarle cómo puedo ayudarlo, pero pasa de mí y murmura algo por lo bajo mientras se desnuda en su vestidor.
Sale con los pantalones de traje puestos, una camisa y la americana. Coge al vuelo un cinturón de los ganchos que tiene en la pared (un cinturón con el que me ha atado las muñecas para un polvo o dos) y se lo pone.
Por un segundo, es como si yo no estuviese aquí. Como si se hubiese olvidado de mí por completo.
—¿Bennett?
Se sobresalta. Se alisa el cuello de esa americana color azul marino y Siete se le sienta a los pies.
—¿Estás bien?
—Sí —contesta. Sonríe, pero le noto el gesto tenso y me da un vuelco el corazón—. ¿Puedes...? ¿Te importa llevarme? Me duele un poco la cabeza.
Solo he llevado a Bennett en coche una vez, cuando estaba borracho, lo cual no suele ocurrir. No recuerdo cuándo fue la última vez que conduje con él en el coche. Aun así, asiento y él hace lo propio mientras sale de la habitación casi abruptamente.
Sin su sudadera de la suerte.
Me quedo petrificada. Me pongo rápidamente el sujetador por debajo de la camiseta de manga larga de Berkshire que he utilizado a modo de pijama, cojo la sudadera y salgo pitando detrás de él.
Bennett ya está en el garaje; no se ha molestado en cocinar ni en comer nada.
Nada de esto tiene ningún sentido. Algo va mal.
Me espera al lado de la puerta, frotándose el puente de la nariz y las cejas con una sutil mueca en el rostro. Cuando me ve, se endereza.
Conducimos en silencio. Pongo Bon Iver y Ben Howard con la esperanza de que su música favorita lo tranquilice. Bennett me coloca una mano en el muslo, cual ancla, y no la mueve de allí. Y entonces caigo en que debajo de la camiseta llevo solo un bóxer y nada más.
Hay treinta minutos en coche hasta Waterfell, pero conduzco como si nada.
Me he ausentado unos cuantos días de la uni, a pesar de que he seguido las clases online para mantenerme al día y poder hacer los proyectos.
Entre una carta de Alessia, una de un abogado y otra de mi psicóloga, los profesores se han visto obligados a ser más flexibles conmigo.
Bennett alegó estar enfermo y se saltó las clases que no tenía «permitido» saltarse. Intenté convencerlo para que fuera, pero parecía ansioso y fue dando la conversación por terminada una y otra vez, recurriendo a las duchas o a un revolcón entre las sábanas.
—Oye... —Me inclino por encima de la consola y lo cojo por la americana antes de que le dé tiempo a abrir la puerta—. ¿Seguro que estás bien? Si te pasa algo...
—Estoy bien, P. —dice esbozando una prieta sonrisa—. Nos vemos en el partido.
Dicho esto, salta del coche. Noto cierta pesadez en el pecho. «Aquí hay algo que no cuadra. Piensa».
Cuando ya ha echado a andar hacia el bus, donde veo a casi medio equipo guardando las bolsas, Bennett se detiene y se gira para mirarme.
Regresa al coche, se coloca al lado de la puerta del conductor, la abre y me besa con ganas, empotrándome contra el reposacabezas hasta dejarme prácticamente sin aliento.
—Te quiero, P.
—Y yo a ti, Bennett.
Acto seguido, vuelve a marcharse, con la bolsa colgada al hombro. Se ha olvidado la sudadera.
Justo antes de meter la marcha atrás, veo a Rhys Koteskiy saliendo de su elegante BMW y cubriéndose sus castaños mechones con un gorro gris.
Antes de que me dé tiempo a repensármelo, vuelvo a apagar el motor y salgo del coche (vestida con la camiseta de Bennett, un bóxer y las zapatillas) y echo a correr tras él.
Menos mal que me he puesto el sujetador antes.
—Eh, Rhys —lo llamo sin alzar demasiado la voz, lo justo para captar su atención.
Se me acerca con el ceño fruncido.
—Dios, Paloma, ¿no te estás helando?
Asiento.
—Sí. Ahora vuelvo al coche y me cambio. Pero es que... Necesito que estés pendiente de Bennett. No está bien.
—¿Qué quieres decir?
—Lo veo... Hay algo que no va bien. Se ha quedado dormido, no ha comido, no ha querido conducir él. —Exhalo y levanto la prenda que tengo en la mano—. No se ha llevado la sudadera.
Rhys abre los ojos como platos y la coge.
—Hecho —responde.
Desvía la vista hacia el bus, como si fuese a echar a correr, y veo que se tensa aún más. Empiezo a alejarme antes de que él me coja con delicadeza por el hombro y me pregunte:
—Oye, tú estás bien, ¿no?
Puede que sea extraño, pero entre nosotros no se respira incomodidad alguna.
No me siento rara cuando Rhys está cerca.
En su día, estuvimos quedando. Nos besamos.
Lo he visto completamente desnudo. Pero.
.., en comparación con lo que comparto con Bennett, eso parece del todo trivial e insignificante.
Y, si bien Rhys siempre fue amable conmigo, estoy segura de que él opina lo mismo del tiempo que pasamos juntos.
Lo he visto con Sadie. Es como si hubiese un hilo que los uniera. Rhys admira todo lo que hace ella. La quiere. Y Sadie lo quiere a él.
Además, ahora mismo, Rhys y yo solo tenemos un mismo interés en común: Bennett Reiner.
Rhys se pasa los dedos por los mechones de pelo que le caen por debajo del gorro.
—Intenté hablar con Bennett para preguntárselo. Sadie ha estado preocupadísima. Pero... Ben me dijo más bien poco. Y quiero asegurarme de que tú estés bien.
—Estoy... No, no estoy bien. Pero lo estaré.
Asiente con una sonrisa, como si mi respuesta significara mucho para él porque no he intentado camuflarla con un «Todo en orden».
—Genial. ¿Me haces un favor y llamas a Sadie?
—Claro. Siempre y cuando tú cuides de Bennett.
—Hecho.
Rhys se ríe y me estrecha la mano con cierto dramatismo.