74. Bennet
Bennet
PRESENTE
Su consentimiento me sienta igual que el vaivén de una ola en calma sobre la arena seca.
Se me escapa un gruñido mientras hundo los dedos en la melena de Paloma y me inclino hacia ella para pegarle la boca al cuello.
Le agarro la cabeza por detrás, con ambas manos, con cuidado, para evitar que se dé un golpe con los azulejos mientras la beso con tanto deseo que la empotro contra la pared.
Ella en el agua.
Ella aquí, en mis brazos. Moviéndose igual que la he visto hacerlo durante más de tres años. Le paseo los dedos por la piel casi con desesperación. No hay ningún intercambio de poder, ni pizca de control por mi parte; solo ella moviéndose contra mí.
« Vuelve a morderme el hombro y deja que te lo enseñe ».
Como poesía en movimiento. Como el agua que resbala por la piel, le paseo la lengua por la clavícula para saborear los huesos que más se le marcan y que resultan un poco más complicados de encontrar bajo la sinuosidad de su maleable piel.
El agua está lo suficientemente templada como para que su cuerpo adopte un tono rosado que me vuelve loco. Tanto que siento que voy a estallar sin estar dentro de ella.
—Déjame estar dentro de ti —le suplico al oído antes de morderle el hombro.
Asiente, con la cabeza echada hacia atrás, y apretando un muslo contra mi cuerpo. Está prácticamente subida a mí.
Agarro mi empalmadísima polla con una mano y la acerco a su húmeda piel; a la calidez entre sus piernas.
Soy alto, pero podríamos decir que mis muslos son mi mayor atributo, de modo que no me cuesta flexionar las rodillas y cogerla en brazos, levantándola del suelo de baldosas y apoyando su peso en mí.
Paloma arquea todo el cuerpo y me clava los dedos en la piel, arañándomela un poco.
—¿Demasiado, amor? —le pregunto al oído, y con una sonrisa en los labios.
—Me cabe —susurra.
Le beso la sien con delicadeza, en un gesto totalmente contradictorio a la rugiente energía que corre por mis venas.
—Ya sé que te cabe. Siempre te la metes entera. Como a mí me gusta.
Se le escapa otro sonido salvaje y yo le agarro las caderas para volver a colocarla contra la pared y poder follármela más duro, más intensamente.
Mueve las caderas en círculos antes de mecerse hacia delante y hacia atrás como una fiera; tanto que acabo completamente enterrado en ella y me detengo para dejar que haga conmigo lo que tan desesperadamente quiere.
Se frota contra mí de esa forma que sé que tanto le gusta; la misma que hace que se corra con vehemencia por mis muslos.
Pero ahora noto cuándo empiezan los espasmos; el sexo se le contrae.
Lo tiene tan estrecho que es como si acabasen de pegarme un puñetazo en el estómago.
Es tan guapa..., pero, aquí, bajo el agua y con las gotas que le resbalan por la piel, con sus ojos marrones tan dilatados y envueltos bajo esas húmedas pestañas que se le pegan con el agua, parece sacada de otro mundo.
Dios, está sonrojada de los pies a la cabeza, agarrándose a los mullidos músculos de mis brazos con fuerza, con la cadera suspendida en mis manos y mordiéndose los labios mientras se corre con ganas por mí.
Una diosa. Una sirena.
El puto océano personificado en mis manos .
—Deja que me corra dentro de ti —exhalo. Lo necesito —. Dime que puedo. Dime que no pasa nada. —Se oye otra especie de gruñido cuando la embisto con más fuerza—. Si no quieres que me corra dentro de ti, P., necesito que me lo digas ya.
—Sí quiero —me suplica—. Por favor... Por favor...
Casi se me nubla la vista completamente y pongo los ojos en blanco al correrme.
Mis embestidas se vuelven más lentas hasta que me niego a soltarla del todo y la acerco a mí para abrazarla.
Necesito notar cada centímetro de su piel, como si esto fuera a satisfacer la necesidad que siento por tenerla siempre cerca.
Y entonces...
Me da un vuelco el corazón. La culpa se adueña de mí mientras vuelvo a dejar a una Paloma sonrojada de pie.
—Lo... ¿Te he...?
No me salen las palabras. Pero tampoco las necesito.
—Todo genial —me dice agarrándome la cara con ambas manos para bajármela un poco y que la mire—. Ha sido una puta pasada.
Se me acerca y le resbala algo entre los muslos; a mí me palpita la polla. Quiero pedirle que abra las piernas para mí y poder mirar justo ahí y ver la prueba de la fuerza y la intensidad con la que acabo de hacerla mía.
Me sonrojo, avergonzado de mis propios pensamientos. Sacudo la cabeza y me inclino para besarle el cuerpo entero.
—Te quiero —le susurro—. Eres perfecta para mí.
No paro de alabarla mientras le enjabono el cuerpo, a pesar de que no deja que vuelva a lavarle el pelo (porque «al final, de tanto lavarlo, se me estropeará»), pero disfruto mimándola.
Más entrada la noche, insisto en que pidamos comida, a pesar de que, al sugerirlo, tanto Paloma como mi padre me miran como si tuviese monos en la cara.
Me encojo de hombros para restarle importancia al asunto, me deleito con los platos tailandeses que ha elegido Paloma y presto especial atención cuando menciona cuál es su favorito. Así podré aprender a preparárselo.
Cenamos tranquilamente y vemos pelis en la sala de estar. Alessia se queda hasta tarde y oigo que mi padre le dice que puede volver a pasar la noche aquí, pero la mujer abraza a Paloma y se marcha cuando mi novia le asegura que está bien.
Me excuso para llamar a Rhys y ver cómo están él y Sadie, aunque ellos parecen más preocupados por Paloma.
Mi mejor amigo deja de insistir en cuanto respondo con un «es complicado». Como él ha vivido una situación parecida con Sadie y su familia, tal vez entienda que esta historia no es mía y que no soy yo quien debe contarla. Siempre será la historia de Paloma.
—Ha vuelto a llamar tu madre —me informa mi padre al pasar—. Sé que también ha intentado llamarte a ti. ¿Qué quieres que haga?
—¿Lo sabe?
Niega con la cabeza.
—Tal vez podrías contárselo. Creo que debería saberlo. Y... —Se me apaga la voz.
No me veo capaz de contárselo todo sin volver a perder el control al pensar en Ethan. He estado evitando al monstruo que habita en mi mente y que quiere ir a por él y matarlo por lo que ha hecho. He de confiar en mi padre.
Él asiente y me da un apretón en el hombro.
—Yo me ocupo. Todo irá bien.
Me repito esa misma frase como si fuera un mantra. Como si, así, los ansiosos pensamientos que siguen atormentándome fueran a desaparecer.
Todo irá bien.
«Hace tres años no te diste cuenta de nada. En tres años, no te has dado cuenta ni una sola vez de cuánto estaba sufriendo Paloma».
Todo irá bien.
«La decepcionaste. Dejaste que lo pasara mal. Igual que con Rhys. Igual que con tu padre. Igual que con...».
Todo irá bien.
«Nada volverá a estar bien. Tú seguiste con tus normas y tus rutinas, y, aun así, no fue suficiente. Quien está mal eres tú, que te lo cargas todo y los desgracias a todos a tu paso».
Todo irá...
«Ya sabes lo que has hecho. Los has defraudado. Siempre eres una decepción para ellos».
No recuerdo qué he hecho durante la hora previa a irme a la cama ni tampoco cómo he llegado aquí, pero me quedo dormido con Paloma acurrucada a mi lado y Siete en el ángulo que forman sus piernas, con la cabeza apoyada en el muslo de mi novia.
Y esos pensamientos no me abandonan en ningún momento.