Unbound (The Undone 3) 73. Paloma
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73. Paloma

Paloma

PRESENTE

Al despertarme, Siete está en la cama conmigo, pero Bennett no. Me pesa tanto la cabeza que me giro, como si pudiese dormir un poco más, pero creo que seguramente sería la peor idea del mundo.

El día en que conocí a Alessia Baudelaire, dejó que me quedara en su apartamento.

Tenía tanto miedo de irme a casa o a cualquier otro sitio que ella se encargó de todo.

De mí. Y recuerdo sentirme tan mal a la mañana siguiente que no quise irme ni salir de la cama siquiera.

Estaba aterrada por lo que pudiera pasar a continuación.

Con su firme aunque dulce voz de siempre, Alessia me dijo: «Tómate el tiempo que necesites.

Pero tienes que levantarte. De eso se trata.

De levantarnos. De seguir adelante. Las mujeres podemos con todo.

Cuando alguien intente hacerte sentir débil o pequeña, recuerda una cosa: las fuertes somos nosotras».

«Levántate —pienso—. Levántate».

Me impulso. Cuando cojo el agua que tengo al lado de la cama, veo que hay unos envoltorios al lado. Galletas saladas y una barrita proteica a medio comer. Sé que son más, pero, si Bennett lo ha dejado aquí, será que iba con prisas. Porque Bennett siempre tira la basura.

Eso me pone en alerta.

Salto de la cama y voy hacia el baño a trompicones. Me cepillo los dientes, me lavo la cara y me recojo el pelo.

Adam está abajo, en la cocina; lleva la misma ropa que anoche.

Lo encuentro medio inclinado sobre la encimera, susurrándole algo a Alessia, que lleva una sudadera y unos agradables pantalones de franela que juraría que son de Adam Reiner.

Como Alessia no quiso dejarme aquí sola, me pregunto si el padre de Bennett le habrá prestado la ropa.

La tensión que atisbé entre ellos dos en comisaría parece haberse disipado.

—Buenos días, Paloma —me saluda Adam, aunque retrocede un poco para darme un espacio que no necesito.

—Buenos días —respondo en voz baja mientras sigo buscando con la mirada—. Eh... ¿Y Bennett?

Mi pregunta parece sobresaltarlo. Adam coge el móvil, lo mira y suspira con pesadez.

—Creo que ha salido a correr temprano. Buena señal. Necesita moverse un poco y algo de silencio, ¿no?

Claro. Pero es que Bennett no corre.

—¿Quieres comer algo? ¿Un café? —me pregunta Adam.

—Café —respondo.

No acepto la comida que me ofrece porque solo pienso en Bennett. Cocinar le relaja y puede que, si me da de comer, se sienta mejor. Quizá nos venga bien a ambos.

Mientras Adam empieza a prepararme el café en una máquina de acero inoxidable de las caras, yo me acerco a la encimera, donde está Alessia.

—¿Y ahora? —pregunto finalmente, mordiéndome el labio.

—Todo depende de ti —contesta Adam. A pesar de que sus palabras deberían tranquilizarme, surten el efecto contrario—. Pero creo que lo más importante es encontrar a alguien con quien puedas hablar.

—Ah, eh...

—Paloma ya tiene psicóloga —tercia Alessia, a la vez que Adam me pasa un humeante y espumoso latte —. Y a no ser que este de aquí mienta y resulte que no es tan buen abogado como dice... yo diría que lo tenemos todo bajo control. Aunque a mí también me habría gustado pegarle.

Sonrío con la taza pegada a los labios al acordarme de Bennett estampándole un puñetazo a Ethan en la nariz. He aquí una imagen que recordaré en muchas ocasiones, seguro.

Adam intenta esconder la breve y divertida sonrisa que le dedica a Alessia, pero a mí no me pasa por alto.

—Estoy bien —respondo. Le doy un sorbo a la bebida y me quemo la lengua—. Pero... me refería más bien a si me he metido en algún lío. ¿Cómo está Sadie? No querría causar ningún...

—Todo esto bajo control —me calma Adam, guiñándome un ojo enseguida—. Puede que no sea el mejor padre del mundo, pero no miento: soy buen abogado.

Acompaña sus palabras de una risita. Se me encoge el corazón, porque... no creo que sea mal padre. Y tampoco creo que Bennett lo piense.

Sin embargo, no me parece justo intentar consolarlo en ese sentido sin que Bennett esté presente.

—Podemos poner todo lo demás en pausa y esperar a que estés lista y sepas cómo quieres gestionarlo todo —añade Alessia—. Tienes tiempo.

Asiento. Quiero hacer más preguntas: «¿Qué ha pasado con Ethan?», «¿Qué sucederá ahora?», «¿Tendré que hablar de todo esto con más gente?».

Sin embargo, antes de que me dé tiempo a decir nada, se abre la puerta, y Siete, que estaba a mis pies, se aleja. Lo sigo y voy rápidamente hacia la entrada, donde encuentro a Bennett.

Lleva solo una camiseta y unos pantalones cortos de deporte; tiene la piel sonrojada por el viento y el frío. Está empapado en sudor de los pies a la cabeza. Y tiene los ojos rojos.

Se me relajan un poco los hombros, aunque no del todo, porque noto la tensión que permea el aire. Una cautelosa y casi electrizante.

—¿Estás bien? —le pregunto.

Bennett desvía la atención hacia mí y asiente mientras se pasa una mano por sus caídos rizos de color miel.

—Sí.

—Debes de estar helado.

—Estoy bien —contesta quitándose los zapatos. Permanece quieto donde está, sin acercárseme—. Buenos días, Paloma.

Al oír por fin ese saludo tan familiar, noto cierta calidez en el pecho.

—Buenos días, Bennett.

Es como si no tuviese claro hacia dónde quiere ir ni tan siquiera si quiere moverse. Está petrificado en el pasillo, con los músculos tensos y los ojos clavados en el suelo.

—¿Te encuentras bien? —pregunta al fin con expresión tensa y los labios bien apretados.

—Estoy bien —susurro—. Aunque tengo hambre.

Funciona a la perfección. Bennett asiente y pasa por mi lado para dirigirse a la cocina.

Siete continúa sentado delante de la puerta de entrada, sin saber muy bien adónde ir.

Me mira, luego desvía la vista hacia el pasillo y repite el mismo gesto hasta que al final se coloca a mi lado y me roza la pierna con el hocico.

«Qué perro tan listo».

Seguimos a Bennett preocupados y con nuestros ojos marrones puestos en el chico al que tanto queremos.

A la que él frena en seco en el marco de la puerta, casi choco con su espalda; me acerco y lo cojo. Carraspea y pasea la vista por la cocina, un tanto incómodo, a la vez que Alessia y Adam se yerguen y abandonan sus relajadas posturas.

Adam Reiner conoce a su hijo, lo quiere con todo su corazón, y no tarda ni un segundo en decir:

—Íbamos a irnos al salón para comentar unas cuantas cosas. No os molestamos.

Bennett no responde, pero deja que su padre le coloque la mano en la nuca y se la deslice hasta el hombro para darle un firme y fuerte apretón.

Se miran un momento a los ojos en lo que resulta ser una colisión de azules profundos como el océano; acto seguido, el mayor de los Reiner se aleja. Alessia lo sigue.

—¿Quieres que te ayude?

Bennett niega con la cabeza a la vez que coge un trapo, se lo coloca encima del hombro y enciende el horno.

—Puedes sentarte con ellos mientras lo preparo —me dice, señalando distraídamente la sala.

Sigue sin mirarme.

—Vale —respondo.

Y le doy el tiempo que necesita, al igual que él ha hecho conmigo en tantas ocasiones.

No le presto demasiada atención a lo que dicen Adam y Alessia. Prefiero quedarme tan cerca de las puertas de la cocina como puedo para oír a Bennett en caso de que me llame, aunque estoy segura de que no lo hará.

Su padre y Alessia hablan en voz baja. Ella no me ha contado demasiado acerca de su historia; solo me ha dicho que se ve identificada conmigo y que nuestros pasados tienen ciertas cosas en común.

Veo clarísimo que se mantiene un poco en alerta y que su lengua viperina responde de forma ingeniosa a cualquier comentario que haga Adam Reiner, que va con el corazón en la mano.

No me uno a su conversación. Mis atropellados pensamientos me tienen demasiado distraída porque me preocupa Bennett, que está a apenas unos pasos de mí. Algo no anda bien. Siete continúa en la cocina, cerca de él, como si el animal también lo notara.

En parte, me siento tentada a preguntarle a Adam. Tal vez su padre se ha fijado en algo o sepa qué puedo hacer para mejorar la situación, para facilitarle las cosas a Bennett.

De pronto, se oye el ruido de algo al romperse, seguido de un fuerte golpe. Salgo corriendo hacia la cocina; espero que no me siga nadie.

—¿Bennett? —lo llamo al entrar.

El corazón me da un vuelco.

Hay esquirlas de porcelana por todas partes y un montón de galletas esparcidas por el suelo. Bennett está arrodillado al lado del horno, que sigue abierto. Tiene el dorso de la mano y los brazos al rojo vivo y la piel se le va oscureciendo por momentos.

—Ay, Dios —exhalo mientras me acerco a él y me arrodillo a su lado.

Bennett hace una mueca y se frota una de sus enrojecidas manos.

—Para —me ordena con la voz rasposa y desgastada—. Te vas a cortar, P.

Lo ignoro y me acerco más mientras trato de evitar tantos pedazos de porcelana rota como puedo, aunque me preocupa más él.

A Bennett Reiner nunca se le ha roto un plato. Y nunca, jamás, se le ha quemado la comida.

—Oye, esas quemaduras no tienen muy buena pinta. Vamos a... Ven y te las limpio, ¿vale?

No me lleva la contraria. Aunque, cuando consigue ponerse de pie, me sienta en la encimera de la cocina y pasea las manos con cuidado por mis piernas desnudas y por los pies, estudiándome. A la que intenta echarles una tercera ojeada, le cojo la barbilla y sacudo la cabeza con discreción.

—Estoy bien. Ya me lo has mirado —le digo con firmeza—. Venga, acompáñame arriba.

Bennett asiente. Me deja en el suelo y me sigue arriba.

Ya en su baño y con la puerta cerrada, abro el agua de la ducha. Bennett aguarda inmóvil y tenso al lado de la puerta.

Le hago un gesto con la cabeza para que se acerque.

Acata en silencio y se convierte en una sombra a mis espaldas.

Abro el grifo del lavamanos y pongo el agua fría.

La pruebo con los dedos hasta que adopta la temperatura adecuada y, a continuación, le cojo el brazo a Bennett y se lo coloco debajo del chorro.

Metódicamente, despacio, intento que se le calmen las rojeces de los brazos antes de envolvérselos con unas suaves toallas de mano empapadas en agua fría.

Tampoco son quemaduras graves; debe de haber cogido la bandeja de las galletas sin manoplas y, con el dolor, se le habrá resbalado por los brazos.

Tras un minuto, cojo las gasas frías y miro cómo tiene la piel. Bennett me observa atentamente.

—Desnúdate.

Obedece y deja que lo guíe hasta la ducha. Dejo la puerta abierta mientras yo también me desnudo y me suelto la trenza en la que me había recogido el pelo antes de meterme bajo el agua.

Me enjabono las manos y le lavo el cuerpo, despacio.

Bennett no dice nada. Le tiro un poco del cuello para que agache la cabeza y así poder pasarle las manos por el pelo y lavárselo con cuidado, pero sigue guardando silencio.

Noto que exhala más trabajosamente contra mi cuello mientras le paso los dedos por la base del cuero cabelludo y se lo masajeo un poco.

Se le escapa un sonido bajo, gutural, y trastabilla. Se apoya en los azulejos que quedan a mis espaldas para estabilizarse y me agarra la curva de la cintura con la otra, con firmeza.

Al notar cómo se me enciende la piel bajo su tacto, ahogo un grito.

—¿P.? —exhala en una especie de sollozo estrangulado.

—Estoy aquí —respondo con un hilo de voz y cogiéndole los hombros con las manos para acercarlo a mí—. Estoy bien. Todo está bien, ¿recuerdas?

Sacude la cabeza, pero me acerca aún más a él. El jabón que todavía no le había enjuagado se me pega a la piel, húmedo y escurridizo, mientras resbalamos el uno con el otro.

Nos quedamos así un buen rato, con el agua deslizándose por nuestros cuerpos, a pesar de que yo solo me he mojado a medias porque Bennett me separaba del chorro de agua como si fuera un muro.

—¿Puedo lavarte el pelo? —me suplica, y acerca la mano a mi melena—. Por favor, P.

Asiento y él me gira hacia la alcachofa de la ducha para poder mojarme los rizos, con cuidado y ternura. Es imposible no notar cómo crece su erección contra mí a medida que va tocándome más y más el pelo.

—Qué guapa. —El delicado roce de sus dedos en la lumbar hace que me entre un escalofrío y me arqueo—. Me... Dios, Paloma, lo siento...

Intento girarme, pero él me coge por la barbilla.

—¿Qué?

—Quiero follarte. —Niega con la cabeza mientras ríe, juzgándose a sí mismo—. ¿Es muy retorcido? No puedo dejar de pensar en eso...

En otro momento le habría dicho que estamos saliendo y que estamos desnudos y juntos en la ducha, que las ganas que me tiene son de todo menos «retorcidas». Sentirme deseada por Bennett ahora mismo me resulta más reparador de lo que él entenderá jamás.

Sin embargo, la ansiedad y el autodesprecio tiñen su rostro. Así que niego casi violentamente con la cabeza.

—No, Bennett —susurro, y me giro en sus brazos, a pesar de que él intente oponer resistencia—. Quiero hacerlo. Quiero que me hagas disfrutar.