Unbound (The Undone 3) 72. Bennet
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72. Bennet

Bennet

PRESENTE

No duermo.

Cuando bajo, mi padre está en la cocina, con la cabeza pegada al móvil y el portátil abierto. Estoy prácticamente seguro de que no llegó a irse a la cama. Lleva las gafas puestas; solo se las pone cuando siente la vista cansada.

—Bennett —me dice levantando la vista al oírme entrar—. ¿Estás bien?

—Sí —respondo, aunque casi ni se me oye.

Mi padre asiente y vuelve a desviar la vista hacia los documentos que tiene delante.

—¿Lo sabías? —le pregunto—. Lo de Ethan, digo. ¿Por eso nunca te cayó bien?

Mi padre suspira y veo en su rostro lo cansado que está. Siempre lo he visto joven y lleno de energía; sin embargo, ahora parece mayor. Serio como hacía muchísimo tiempo que no lo veía.

—No del todo. No sabía nada a ciencia cierta, pero algo intuía. Eso y que... Al principio de interactuar con Paloma..., parecía que me tuviese miedo.

Otra cosa de la que no me enteré.

—¿Todo esto es de Paloma? —le pregunto señalando los dosieres marrones de papel manila que hay esparcidos y apilados precariamente por la encimera, que está usando a modo de escritorio.

Por un segundo, me pregunto cómo es que mi padre no está en su despacho.

—No. Solo este. —Señala el más grueso con la cabeza y lo coge—. Los demás son de Alessia. Ha estado ocupada.

—¿A qué te refieres?

—A que ha tenido a Ethan controlado. Al menos, desde que Paloma recurrió a ella cuando tenía dieciséis años porque se la recomendaron en un refugio de mujeres.

Tal y como suele pasar con agresores como ese tipo, donde hay una víctima, hay un rastro que seguir.

Muchísimas acusaciones que nunca llegaron a nada porque silenciaron a las denunciantes o cerraron el caso.

Es..., Dios, Ben. Qué mala pinta... —Mueve unos cuantos dosieres y exhala mientras se hunde la cara en las manos—.

Hay muchas chicas que decidieron denunciar, testificar.

.. Pero estoy seguro de que hay más de las que no sabemos nada y de las que probablemente nunca tendremos noticias.

Mi padre parece enfadado, furioso. Nunca ha sido de esas personas que esconden sus emociones. Permanezco en silencio. Me siento fatal y no sé qué decir.

—¿Dónde está Alessia?

—Durmiendo en mi habitación. —Mi padre suspira—. O eso espero, al menos. Aunque dudo que vaya a dormir hasta que vuelva a ver a Paloma. —Roza el dosier de mi novia con las manos—. Es... es peor de lo que me imaginaba. Nos necesitará, Ben.

Me azota una brutal ola de dolor y me ceden las rodillas. Apoyo las manos en la encimera para agarrarme. Lo hago con tal brusquedad que le doy a un dosier, del que caen unas cuantas hojas al suelo.

Estiro el brazo, pero me detengo y caigo de rodillas al ver la pequeña y gastada foto que tengo entre el índice y el pulgar.

Paloma. Sé que es ella, pero no debe de tener más de cinco o seis años.

Lleva unas coletas y tiene con ella a su conejo de peluche favorito (aunque, en la foto, el muñeco es nuevo y se encuentra en perfecto estado: no está deshilachado ni ha perdido relleno).

Paloma sonríe a la cámara, pero parece que la preocupación inunde su mirada.

Como si ese fuese el momento en el que todo empezó a cambiar.

No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que noto la mano de mi padre en el brazo y me sobresalto, alejándome de él con una fuerte inhalación.

Se arrodilla a mi lado, con los ojos bien abiertos, y me apoya las manos en los hombros.

—Respira, Bennett. Respira.

Lo intento. Pero no puedo deshacerme de esa sensación.

No puedo dejar de verlo todo una y otra vez.

Ella, en su habitación de la residencia, intentando crear algo nuevo.

Las cosas que se le escaparon, los pequeños comentarios que hizo y que me llevaron a mirarla dos veces, pero que yo dejé pasar.

Porque solo quería estar cerca de Paloma.

Y, sin embargo, lo único que hice fue causarle más dolor.

Porque no presté la atención suficiente para ver qué estaba ocurriendo. Porque fui yo quien dejó que sucediera todo eso.

—No es culpa tuya —dice mi padre.

Mi mirada es todo rabia e ira. Me levanto y lo aparto de un empujón.

—¿Ah, no? Quien la puso cara a cara con el hombre que se pasó años abusando de ella fui yo, joder. Y... ¿qué? ¿Se supone que tengo que vivir con esto?

Mi padre cierra los ojos; apenas puede disimular la avalancha de emociones que siente.

—Tienes que encontrar la forma de librarte de este sentimiento de culpa, Bennett. No podías saberlo. Paloma no te lo dijo...

—No me lo dijo porque tenía miedo . Y yo dejé que se sintiera así, hostia.

—Tú no...

—No quiero hablar de esto ahora —mascullo entre dientes. El pánico que siento es tal que casi me arde la cara—. Solo dime que vas a ocuparte de ello.

Medita un segundo qué decir antes de pasarse la mano por el pelo y responder:

—Sí. Claro que sí, Bennett. Voy a hacer todo lo posible para asegurarme de que Ethan Marks pague por todo lo que ha hecho. Y voy a hacer todo lo posible para que Paloma quede al margen de todo esto.

Se me hinchan las fosas nasales.

—Tienes que hacerlo. No... Por favor, no la obligues a volver a verlo.

Mi padre asiente. Vuelve a frotarse los ojos, enrojecidos. Parece exhausto, como si los años se le hubieran caído encima.

—Lo intentaré, Bennett. Por favor... —Se le apaga la voz—. Tienes que confiar en mí.

Un largo y pesado silencio cargado de tensión se abre paso entre nosotros. Asiento.

—¿Quieres café? O, si quieres cocinar, puedo irme a trabajar a otro sitio...

Niego con la cabeza.

—Muy bien —responde él, tirante y algo incómodo. Unos adjetivos que nunca usaría para describir a mi padre—. Pues me... Voy a ducharme y vuelvo enseguida.

Otra ola de culpa se adueña de mí. Hace unos cuantos años, nuestra relación no habría sido así; no habría habido lugar para la tensión y la ansiedad. Mi padre ya me habría abrazado y le habría hecho caso a su instinto, ese que le decía qué necesitaba yo de él, sin planteárselo siquiera.

Pero la culpa es mía. Esto lo he hecho yo. Lo alejé. E hice que nuestra relación cambiara y se volviera dolorosa.

«Igual que hiciste con Paloma, ¿no?».

Se me revuelven las tripas de nuevo. Pero, esta vez, la sensación es distinta. Es fuerte y hace que se me instale un nudo en la garganta. Me froto los ojos para esconder las lágrimas.

Aflicción. Por el tiempo que he perdido con mi padre. Con Paloma.

Subo las escaleras y regreso a mi cuarto a trompicones, intentando hacer el menor ruido posible. Siete continúa durmiendo al lado de Paloma, que, en mi ausencia, se ha acurrucado contra mi perro.

Está tan guapa y me parece tan profundamente triste... Con cada lágrima que se le escapa, me siento como si estuviesen arrancándome una uña; el dolor es directamente proporcional a la compulsión que siento por castigarme.

¿Cómo no lo vi? ¿Qué coño me pasa como para que no pudiese arreglarlo? ¿Como para que no pudiese cuidarla?

«Mal, mal, mal». Debería haberlo sabido.

Paloma vuelve a inhalar profunda y temblorosamente, como si se le hubiese quedado algún sollozo dentro y estuviese sacándolo mientras duerme. Aprieto el puño.

Todas las personas a quienes he querido a lo largo de mi vida han tenido que enfrentarse a demonios contra los que yo no puedo hacer nada.

No tengo nada físico contra lo que soltar tanto miedo y enfado.

Han sido siempre cosas que no he podido evitar porque he llegado demasiado tarde.

Rhys y el pánico, la ansiedad. Mi padre y esa solitud autoimpuesta.

Mi madre y su autodesprecio, su agitación; el miedo a estar sola.

Paloma.

Al mirarla ahora, solo veo a esa niña pequeña.

La foto que he encontrado en su puto expediente.

Una cría de cinco años con unas coletas desiguales y unos lazos desparejados.

Y con el Conejo de Terciopelo en la mano.

La veo con quince años, confundida, asustada y bajo la amenaza de alguien que debería haberla protegido.

Abandonada, sin nadie. La veo con dieciocho años; recuerdo notarla con las manos, con los ojos fascinados mientras nos tocábamos por vez primera.

Enamorándose de mí con toda su experiencia y desprovista de ella al mismo tiempo.

Nunca nadie la había tratado con cuidado.

¿Pensará que la abandoné para que se pudriera en su autodesprecio? ¿Que me quedé al margen mientras ella se hacía daño a sí misma al acarrear esa culpa y ese dolor pensando que no merecía la pena que alguien luchara por ella?

¿Por qué no puedo hacerlo bien, joder? ¿Por qué no puedo salvar ni que sea a uno de ellos?

Siento que me hundo, pero, esta vez, no quiero sacar la cabeza del agua para respirar.

Siento que he fracasado y estoy al borde de que me dé un ataque de pánico.

«Respira». Intento hacerle caso a una voz que parece una mezcla entre la de la doctora Anya y la de mi padre. «Haz una lista».

«1. Le fallé a Paloma. La traje de vuelta a la peor pesadilla de su vida.

»2. Paloma continúa durmiendo en mi habitación. De momento.

»3. Mi padre se dio cuenta de que algo no cuadraba. Yo no. Les fallé tanto a él como a ella.

»4. Recuperé a Rhys de milagro y poco puedo hacer yo en ese caso. Estaba mejor sin mí, que soy un lastre. ¿Pasará lo mismo con Paloma?».

Llego a una sola conclusión: todo el mundo está sufriendo y yo no hago más que empeorarlo.