Unbound (The Undone 3) 71. Paloma
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71. Paloma

Paloma

PRESENTE

Regresamos en coche a casa de Adam. Bennett está sentado delante, con su padre, mientras que Alessia va conmigo detrás, cogiéndome la mano igual que haría una madre.

Al terminar de contar mi historia, habiéndola explicado apresuradamente y siguiendo un orden bastante cronológico, me he sentido... agotada. No me ha costado hablar del tema, pero no por eso me he sentido menos exhausta al final.

Una vez, después de que hablara brevemente de mi madre (de cómo fue criarme con ella), la doctora Sutton me dijo: «¿Te has dado cuenta de cómo hablas de estas cosas? Es como si le hubiesen ocurrido a otra persona».

A lo mejor así me resultaba más fácil. Tal vez me sentía más segura.

Y a lo mejor sabía que, con Bennett, no sería igual.

Con él siempre me muestro vulnerable, siempre ando con el corazón en un puño y sin alzar ningún muro gracias a la confianza que él ha ido construyendo desde hace casi cuatro años.

Por eso lo he evitado al salir de la sala de interrogatorios con las manos pegadas a mi cuerpo, sin separarme de Alessia y manteniéndome tan alejada como me resultase posible de ese omnipresente portero de hockey.

El evidente dolor que he visto en su rostro no ha cesado en ningún momento, ni siquiera cuando su padre le ha colocado una mano en el hombro para acompañarlo fuera. Bennett se ha apartado de él con una sacudida, enfadado, molesto y frustrado.

Nos pasamos el trayecto en silencio.

Al llegar a Beacon Hill, Adam abre la puerta y ayuda a bajar a Alessia, que se gira para ayudarme a mí. Cuando casi me caigo al bajar, Bennett me acerca las manos a la cadera, pero no llega a tocarme.

Eso hace que me sienta todavía peor.

Alessia me aleja de los hombres Reiner, ambos preocupados, y me coloca la mano en el hombro para hacerme entrar en casa.

—Sube. Tómate el tiempo que necesites —me ordena con dulzura—. ¿Quieres que Bennett suba a verte dentro de un rato?

Titubeo. Ojalá no tuviera que decidirlo yo. Giro la cabeza y lo miro. Está de pie, en silencio, con las manos en los bolsillos y la vista puesta en mí. Tiene los ojos rojos y llenos de lágrimas. Pero su hermoso rostro va cargado de pura ira.

Asiento.

Mientras me alejo, oigo muy sutilmente el repiqueteo de los altos tacones de Alessia y su voz al decir:

—Paloma se va a duchar y dormirá en tu habitación. Pero creo que deberías darle un poco de espacio; solo un ratito.

Tras esas palabras, acelero el paso.

Entre que me ducho, me cambio y me siento en la cama de Bennett, parece que pasen días; sin embargo, solo ha sido una hora. Tengo a Siete al lado, con la pata en mi pierna, como si quisiera que me tumbara para poder reposar todo su peso en mí. Percibe mi ansiedad.

Me siento estúpida, aquí sentada con la ropa de Bennett y mi habitual cepillo de paleta en la mano mientras mi enmarañado pelo va mojándome la espalda de la camiseta. Pero no puedo hacerlo.

Al final, oigo un repiqueteo familiar en la puerta. Se me corta la respiración mientras espero a que entre Bennett.

—¿P.?

—Pasa —logro decir.

Al verlo tan alterado, se me llenan los ojos de lágrimas casi en el acto.

Se queda de pie frente a su cama, como si esta no fuera su habitación, con la vista gacha, como si no pudiera mirarme. Cojo el cepillo con más fuerza. Me siento estúpida, ridícula.

—Lo siento si no debería de estar aquí —susurro—. Y sé que tengo que explicar...

—No —me corta con la voz áspera—. Si no... si no quieres, no tienes por qué hacerlo. No quiero obligarte a hacer nada que no quieras.

Se me encoge el corazón.

—Bennett, quiero explicártelo. A ti, sí. Porque te mereces saberlo y porque quiero contártelo. Para que puedas saberlo todo de mí.

Me mira con los ojos hinchados, sinceros.

—Vale —dice. Se me acerca, se detiene y, con la voz cargada de la misma vulnerabilidad que siento, me pregunta—: ¿Quieres que te cepille el pelo?

—¿Porfa? —le pregunto, sentándome más en el borde de la cama.

Bennett me pasa por el lado y coloca todo su pesado cuerpo detrás de mí. Me coge el cepillo y empieza a peinarme las puntas de mi enredado pelo, con cuidado, para no darme ningún tirón.

Si puedo hablar es gracias a la sensación prácticamente hipnótica que me aporta justo eso.

Ahora, mientras cuento la historia que Bennett ha oído a trozos, quien la cuenta soy yo.

— ¿Te has dado cuenta de cómo hablas de estas cosas? Es como si le hubiesen ocurrido a otra persona .

— No sé a qué se refiere —contesto, abrazándome por el torso mientras me recuesto en el respaldo de la silla—. No es eso. Es solo que... Da igual. Pasó hace mucho tiempo. Ya está .

— Paloma —dice ella con tono dulce—. Te pasó a ti . Y creo que no debes olvidarlo .

A veces, me cuesta recordar que la niña pequeña con coletas que habita en lo más profundo de mi mente, esa que me prohíbe deshacerme del peluche del Conejo de Terciopelo y me obliga a aferrarme a mi mochila en todo momento (como si alguien fuese a robármela), soy yo .

Bennett permanece sentado en silencio incluso al terminar de cepillarme hasta el último mechón de pelo, con ternura y delicadeza. Con su sólida y firme presencia a mis espaldas. Implacable, como ha sido siempre.

Se lo cuento todo. Cómo me encontró Ethan, que se pasó años manipulándome.

Que me arrebató la virginidad a los catorce años y luego se pasó otros dos convenciéndome de que era yo quien había pedido algo que yo misma sabía que no quería.

Le cuento lo de los juegos mentales, las veces que venía a recogerme a casa de mis amigas con un coche patrulla para aislarme y aterrarme, y así evitar que me fuera o se lo contara a alguien.

Tardo mucho. Tanto que, cuando termino, con la voz rasposa, son las tres de la madrugada.

Estoy convencida de que, a lo largo de mi vida, habrá más historias y partes del trauma que irán saliendo a la luz.

La doctora Sutton me advirtió de ello, y eso que ni siquiera había conseguido que le hablase del tema.

Y sigo sin estar preparada para contar según qué. Es como si pronunciar ciertas cosas en voz alta las convirtiera en algo aún más real. O como si les diera más poder para que volviesen a hacerme daño.

Pero he contado bastante.

Para acabar, le hablo de todo lo que ocurrió la noche de Fin de Año de cuando estábamos en primero de carrera, cuando volví a ver a Ethan.

Una parte de mí quiere rebajar un poco la historia para que Bennett se sienta mejor, pero pasarme tres años mintiendo y encubriendo ciertos hechos no le ha traído nada bueno a nadie. Así que no lo hago.

—Lo... Estuvo mal. Debería habértelo contado. Pero tenía miedo.

Bennett había dejado caer los brazos a los costados para apoyar sus enormes manos en la curva de mi cintura. Los levanta de repente y desaparecen. Ante la falta de su firme tacto, la ansiedad me invade de golpe.

—P. —dice en lo que resulta ser prácticamente una exhalación—. Lo... Dios. Lo siento muchísimo. No lo... Si lo hubiera sabido, yo nunca...

—Ya lo sé —lo corto, y me giro para quedar arrodillada entre sus piernas—. No te culpo. Solo necesitaba que lo supieras todo. Necesitaba que entendieras por qué te alejé de mí esa noche. Siento haberte hecho daño. A mí también me dolió.

Se me dibuja una extraña sonrisa en el rostro, pero es cálida y real.

Ahora, al mirar a Bennett, con esa barba de dos días que le cubre las mejillas, sus despeinados rizos y esos profundos ojos azules como el agua del océano, me siento un poco más liviana.

Será mayor, pero, cuando me inclino y lo beso despacio en los labios, sigo viendo a ese chico de dieciocho años con la mirada llena de asombro.

—Creo que me pasé mucho tiempo queriendo una sola cosa: saber que existía alguien que se preocupaba por si seguía viva —confieso—.

Y tenía miedo porque me sentía sola. Me preocupaba que, si sabías la verdad, si descubrías lo de Ethan, lo de mi pasado, perdería a la única persona a quien le importaba en este mundo.

—Jamás volverás a estar sola, ¿de acuerdo?

—Me besa en la sien—. A mí, me importas.

A mi padre, a Alessia, a Lily, a Sadie, a Toren, a Rhys, a Freddy, a Ro, a Holden, al entrenador Harris, a Siete.

.. A todos ellos les importas. Le importas a muchísima gente.

—Sigue sujetándome la cara con las manos, instándome a mirarlo a sus suplicantes ojos—.

Dime que lo entiendes —me ruega con desesperación en la voz.

Asiento.

Bennett sacude la cabeza y me roza la frente con su corta barba.

—Dímelo, Paloma. Dime que importas.

Su voz suena seria y dominante.

—Importo.

—Dime que tienes a personas que te quieren.

Me lo pide con firmeza, con una decisión que nunca le había visto.

—Tengo a personas que me quieren.

—Dime que sabes lo mucho que me preocupo por ti.

—Inhala con fuerza y se le llenan los ojos de lágrimas—.

Que no podría vivir sin saber que estás viva y a salvo y bien.

Que eres el amor de mi vida, para siempre.

Que tu bondad, tu dulzura, tu amor... me salvaron antes de que me conocieras siquiera. Dime que lo sabes.

—Lo sé.

Suspiro y lo acerco a mí para abrazarlo con más fuerza. Él me devuelve el gesto con la misma firmeza hasta que no sé dónde termino yo y dónde empieza él.

El tiempo avanza despacio. Bennett consigue acercarme aún más a su cuerpo y me hunde las manos en el pelo, lo cual consigue relajar mi mente.

El agotamiento que había sentido ya al marcharme de la comisaría se ha multiplicado por diez.

En brazos de Bennett, me noto los ojos igual de pesados que el cuerpo.

—Lo siento —susurra con los labios pegados a mi piel mientras me va dejando unos apasionados e intensos besos, como si quisiera marcarme—. Lo siento. Te he fallado. No dejaré que se repita.

Está diciendo algo que no es verdad, algo importante, pero ahora que he encontrado un momento de paz me noto los ojos cansados.

Le musito algo parecido a que estoy muy cansada, que tengo mucho sueño. Bennett guarda silencio y me acaricia el pelo mientras cambia de postura para que estemos los dos tumbados en la cama. Me quedo dormida antes de que pueda oír lo que dice a continuación.