70. Paloma #2
—¿Qué coño...? —suelta con un tono de voz más alto. Tiene las fosas nasales bien abiertas y se le van tensando los hombros cada vez más; parece un toro cabreado—. ¿Quién te ha hecho esto?
Nerviosa, miro a lo lejos, hacia Ethan, Alessia y Adam, que están detrás de Bennett. Sigue el recorrido de mi mirada, suelta el aire de golpe y cierra los ojos con fuerza solo para volver a abrirlos con la vista puesta en mí. Acto seguido, vuelve a bajarla hasta mi amoratada mano.
—¿Ha sido él? —La voz le suena rasposa como la que más.
Aparto la mirada un milisegundo, pero Bennett me sujeta la cara con las manos. Con delicadeza, pero firme.
—P. —exhala.
—Sí —respondo con un hilo de voz.
—¿Le has pegado? —pregunta. Sigue hablando con la voz firme, a pesar de que suena extremadamente nervioso y noto la intensidad que está conteniendo como si de una ola se tratase—. Porque te ha... Paloma. —Traga saliva y se le mueve la nuez—. ¿Fue él quien...?
Cierro los ojos con fuerza. Sé lo que me está preguntando, pero no quiero decirlo.
—P., por favor, dímelo. —Traga saliva con fuerza—. ¿Fue mi puto padrastro? ¿Fue Ethan?
Asiento, mordiéndome el labio inferior e inhalando temblorosa.
A Bennett le cambia la expresión. La más absoluta angustia, aflicción y culpabilidad le atraviesan el rostro un segundo con una claridad apabullante. Estoy viendo, desde primera fila, el impacto de la confesión que siempre temí que fuera a romperlo.
Pero entonces Bennett se yergue, se hace aún más grande y más alto (si es que era posible) y asiente con pesadez. Permanece con la vista puesta en mi mano amoratada mientras llama a su mejor amigo y le hace un gesto con la barbilla.
—Rhys.
No le hace falta decir más. Rhys, que continúa con Sadie en brazos, se queda a mi lado. Bennett atraviesa la sala hecho una furia y va hacia donde están Adam (que sigue sujetando a Alessia y ahora la tiene más cerca que antes) y Ethan (que está hablando con un oficial).
Al ver que Bennett se le acerca, juro que parece nervioso. Pero lo que atisbo en él no es ninguna mirada de afecto o amabilidad, sino una sonrisa burlona y siniestra que ya conozco. Una que me lleva a dar un solo paso atrás antes de volver a recuperar el equilibrio.
«Bennett está aquí. Alessia está aquí. Adam está aquí. Nadie me hará daño».
Como si supiera lo que estaba pensando, Sadie me pone la mano en el hombro y me da un apretón. No sabe cuánto le agradezco ese gesto de apoyo, aunque yo continúo con la vista clavada en Bennett mientras él se acerca a mi pesadilla de los últimos siete años.
Ethan abre la boca y le escupe algo a Bennett. Algo vil, claramente, a juzgar por cómo reacciona Alessia. Adam, con la mandíbula apretada e irradiando cólera, tiene que contenerla cuando esta intenta darle un puñetazo.
Pero nadie detiene a Bennett.
Mi novio le estampa los puños en la cara.
A Ethan le sangra la nariz. Adam suelta a Alessia, la pone detrás de él y coge a su hijo por los bíceps. Aunque no parece que esté tirando de él porque se oponga a lo que está haciendo, sino porque quiere protegerlo.
Bennett no le dice nada a Ethan. Simplemente, se lo queda mirando un buen rato, con las fosas nasales bien abiertas y la mandíbula apretada, como si quisiera escupirle un montón de cosas que no puede soltar.
Al final, se da la vuelta, sacude los hombros para zafarse de su padre y regresa rápidamente hacia mí.
Se me acerca a toda prisa, emanando la misma intensidad que un ángel vengador, con la camisa un poco manchada de sangre y una calma entrenada bajo la que camufla la ira que hierve en su interior.
—Ven aquí, P. —susurra abriendo los brazos. Me acurruco en él. Bennett me hunde las manos en el pelo y me da un beso justo ahí—. No pasa nada. Todo irá bien.
Continúa susurrándome sin parar mientras yo me hundo en su cuerpo.
—No pasa nada. —Me acaricia el pelo con cuidado para no tirar de los nudos que yo misma me he hecho—. Ya no volverán a hacerte daño. Nunca. —Noto el roce de su incipiente barba cuando me besa en la sien—. No te voy a dejar sola. Estoy aquí.
Me agarra la muñeca y se acerca la mano a la boca para besarme alrededor de los moratones con cuidado, como si estuviese hecha de porcelana.
Adam continúa tranquilizando a todo el mundo en una esquina, hablando con un oficial mayor que supongo que es quien debe de estar al mando de todo.
Alessia se nos acerca y enseguida se pone a hablar con Max y Rhys, que asienten y se marchan con Sadie.
Acto seguido, me insta a mí, que sigo en brazos de Bennett, para que vaya a una sala de reuniones vacía. Adam nos sigue.
—Tienen que hablar contigo. Abrir un informe —me cuenta Alessia sentándose sobre la pata de la mesa y cruzándose de piernas—. Luego ya nos podremos ir a casa.
Asiento y no me molesto en pedirle aclaración alguna, aunque no puedo evitar sentir cierta preocupación.
—No quiero entrar sola. No confío en...
Adam levanta la mano y asiente.
—Alessia ya me lo ha dejado todo bastante claro. No hay problema. Te lo prometo.
Y a promesa suenan sus palabras. El mismo aplomo que veo en Bennett, lo veo ahora, de forma inconfundible, en los ojos de su padre.
—No estás sola, P. —susurra Bennett, que me planta otro firme beso en la sien y me masajea sutilmente la nuca.
—¿Vendrás conmigo? —pregunto buscando a Alessia con la mirada.
Ella sonríe y asiente.
—Puedes contar siempre conmigo, Paloma. Ya lo sabes.
Me acerco a ella y dejo que me coja la mano. Bennett me estudia con cautela, carraspea y comenta:
—Creo que también debería venir mi padre. Solo... solo por si acaso. Es abogado y... si a ti no te importa, yo me quedaría más tranquilo sabiendo que está ahí para cuidar de ti.
Asiento. Si hubiese esperado que Adam dijera que él no tenía por qué estar ahí, me habría equivocado. En su lugar, clava su fija e intensa mirada en los ojos de su hijo.
—Tienes que cuidarla —le dice Bennett.
Durante un minuto, los ojos azules de los Reiner se vuelven idénticos y las líneas de tensión de sus cuerpos se convierten en unos reflejos de igual intensidad.
—Lo haré, Ben —le contesta su padre—. Te lo prometo.
Salen y me da un minuto a solas con Bennett. Abro repetidamente la boca con ademán de decir algo, pero soy incapaz de encontrar las palabras para explicarlo todo; para contárselo todo.
—Siento no haberte...
Bennett me corta sacudiendo la cabeza de inmediato.
—No, P. No vayas por ahí.
Sigue con las manos en los bolsillos y mirándome cuidadosamente con el ceño fruncido. Ninguno de los dos se mueve, ni para acercarnos al otro ni para alejarnos.
—¿Me prometes que esperarás aquí?
Detesto sonar tan desvalida, tan necesitada, pero no puedo evitarlo.
Bennett entra en acción y echa a andar hacia mí con sus largas piernas. No le aparto la mirada de las zapatillas.
—Sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad?
Asiento.
—Y sabes que te quiero, ¿no?
Vuelvo a asentir mientras trago saliva para deshacerme del nudo que siento en la garganta y pestañeo para disipar las lágrimas que amenazan con brotarme de los ojos.
—Entonces, déjame cuidarte, P. Ya hablaremos luego.
Me levanta la cara con ambas manos, con cuidado, para que vuelva a mirarlo a los ojos.
Es tan guapo...
—Estaré justo aquí cuando salgas, ¿de acuerdo?
Asiento de nuevo y alargo un brazo para colocarle la mano justo encima de la suya.
—Y luego nos iremos a casa, te preparé una bañera, te lavaré el pelo y te daré de comer. Te mimaré igual que siempre.
—Vale.
—Eres muy fuerte, Paloma.
Me besa la frente. Reposa ahí los labios y noto la punta de su nariz en el pelo. Acto seguido, se separa y se va. Pasados unos cuantos minutos y después de que me haya tomado un café bien caliente, entra el inspector para tomarme declaración.
Con Alessia cogiéndome la mano y Adam de pie a mi lado, como si fuera una centinela, suelto todo lo que llevo años callándome.
Lo de mi madre, lo de los hombres que se pasaban por nuestra casa, lo de las gélidas noches y mi miedo. Les cuento lo de Ethan: cómo me conoció y lo que hizo conmigo. Incluso confieso que, cuando rompí con Bennett por primera vez, fue por eso.
Y no escatimo en detalles.
Después, el inspector se marcha. Adam sigue en una esquina, de brazos cruzados y con un enfado más que evidente, aunque sé que no está cabreado conmigo, sino por lo que me pasó. Aun así, no puedo evitar decir:
—Lo siento.
Adam niega con la cabeza y viene hacia mí.
—No te disculpes. Alguien debería haberte protegido. Tú no tienes la culpa de nada.
—Es complicado —susurro.
Alessia me mira y niega con la cabeza.
Sin embargo, quien pronuncia las siguientes palabras es Adam:
—Tenías catorce años, Paloma —susurra frustrado mientras se sienta en la silla que tengo al lado—. No sabías muchas cosas y alguien debería haberte protegido; alguien tendría que haber cuidado de ti.
Se levanta y abre los brazos, indeciso pero firme. Esta vez, me permito hundirme entre los brazos de Adam Reiner y dejar que me abrace. Alessia me acaricia el pelo lenta y suavemente.
—Tú no hiciste nada mal. Estás bien y estás aquí. Viva. Y ahora nos lo has contado. Bennett no dejará que te pase nada. Alessia no dejará que te pase nada. —Se aclara la voz, pero sigue sonándole igual de áspera cuando añade—: Yo no dejaré que te pase nada.
«Tener buenos padres debe de ser esto».