Unbound (The Undone 3) 70. Paloma
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70. Paloma

Paloma

PRESENTE

Ya casi hemos llegado a Boston cuando me fijo en el coche que nos sigue.

Arrugo la frente, pero no digo nada. Simplemente, dejo que Sadie ponga una de ABBA y cante la melodía a pleno pulmón. Mi entusiasmo disminuye a medida que el vehículo se nos acerca más y más hasta que, al final, miro por el retrovisor y veo quién hay al volante.

«Ay, Dios...».

Me da un vuelco el corazón y se me hace un nudo en la garganta. La ansiedad me lleva a apretar el acelerador ligeramente.

Esas luces rojas y azules brillan con fuerza sobre el oscuro cemento.

Vuelvo a meter gas.

—Dios, Paloma... —se queja Sadie agarrándose al asa que le queda encima de la cabeza.

Miro por el retrovisor y el corazón me da un vuelco.

Es él. Sé que es él. Y no he hecho nada ilegal; no como para que me pare un agente de policía. Está intentando asustarme.

—¿Paloma? —dice Sadie con un tono de voz firme y sereno—. Tal vez deberías parar.

«No puedo». Intento explicárselo, pero soy incapaz de separar los labios. Tengo la mandíbula agarrotada.

—Paloma, por favor. —Ahora, suena más agitada—. Me estás asustando. No puedo meterme en líos. Mis hermanos...

Ralentizo porque la verdad es que este tío me seguirá hasta casa y no pienso dejar que se acerque a Lily. O al único lugar donde me siento a salvo. Mis viejas heridas parecen volver a abrirse.

Me acerco al arcén, apago el motor y bajo la ventanilla.

Él detiene el coche patrulla detrás del nuestro en una calle aislada, fría y empapada por la lluvia. Miro a Sadie, que tiene sus ojos grises como platos. Está aterrada. Nunca la había visto así.

Sigo aferrándome al volante con las manos temblorosas y no dejo de mirar al retrovisor central y a los laterales.

—Sadie, necesito que me escuches. —Mantengo la voz firme y serena—. Necesito que cojas mi móvil del bolso y llames a Alessia.

Se le salen los ojos de órbita mientras mira al hombre que viene hacia nosotras. Un tipo que acaba de salir de un coche camuflado, con pantalones de traje y una camisa formal, con la pistola enfundada y el pelo repeinado hacia atrás.

—¿Es...?

—Sí. Escúchame. Necesito que llames o envíes un mensaje a Alessia. Dile que Ethan Marks acaba de pararnos y que la necesito, ¿vale? Ella ya sabrá qué hacer.

—Paloma, espera. ¿Qué está pasando? —me pregunta Sadie cogiéndome el móvil de la mano—. No has cometido ninguna infracción. No estabas bebiendo ni has superado el límite de velocidad...

—Lo sé —susurro, e intento mantener los latidos de mi corazón a raya. Miro un segundo a Sadie y le cojo la mano un segundo—. Lo siento muchísimo, Sadie.

—Buenas tardes, señoritas —dice Ethan, metiendo la cabeza en mi coche—. ¿Sabéis por qué os he parado?

«Porque eres un puto pervertido».

—No —contesto controlando la rabia.

Ya no le tengo miedo. Pero estoy cabreadísima.

—No parabas de hacer eses.

—No es...

—Sadie —la corto de repente—. No pasa nada. Voy a...

—¿Carné y documentación?

Cojo lo que me pide y se lo paso con brusquedad. Enfadada, digo:

—¿Podemos marcharnos? No quiero causar ningún problema.

Ethan sonríe con picardía y me devuelve tanto el carné como la documentación del coche.

—Claro. Sal del vehículo, Paloma.

La ira se prende en mi interior cual cerilla.

—Vete a la mierda —espeto—. No he cometido ninguna infracción.

Como si llevase queriendo hacer esto desde un buen principio, tira de la manilla de la puerta.

—¿Quieres hacerlo a las malas?

Vuelvo a mirar por el retrovisor. Veo a alguien acercándose al asiento de Sadie bajo la luz de las farolas.

Mi amiga parece aterrada; tanto que noto esa sensación en el estómago y me desabrocho el cinturón.

Abro la puerta que Ethan ya ha desbloqueado y salto del asiento para meterme en la jaula de los leones.

—Dejadla en paz —digo.

No es una súplica, sino una orden.

Con una mirada intensa y abrasadora, Ethan me coge el brazo y me da la vuelta para colocarme contra el vehículo, como si fuera a cachearme.

Apoyo las manos con fuerza en el lateral del coche para mantener el equilibrio.

Él se apresura a subirme las manos por las pantorrillas antes de seguir el recorrido por los muslos, el culo (donde las deja unos segundos, aunque de forma superficial) y, luego, la barriga.

Va subiendo los dedos con firmeza, sin parar; al final, acerca su cuerpo al mío hasta casi pegarme el torso a la espalda.

—Calma, Polly —dice en voz baja, como si fuese una escalofriante canción de cuna de la que todavía me acuerdo.

Al notar su aliento, las náuseas y la rabia más feroz del mundo me revuelven las tripas. Por un segundo, me vienen recuerdos de una niña de catorce, quince, dieciséis años... Una cría aterrada por culpa de este hombre y, a la vez, desesperada por que alguien la cuide.

Y puede que sea la rabia de estas niñas o tal vez la mía la que me lleva a soltar el control y girarme para pegarle con todas mis fuerzas.

Bajo esta fría luz estéril me siento aún más expuesta; sin embargo, quien más me preocupa es Sadie. Está a mi lado, agarrándome la mano y abrazándose a sí misma por el torso mientras Max Koteskiy se coloca detrás de ella para intentar tranquilizarla.

—Pero... —solloza Sadie—. ¿Y los niños? —Dice con voz compungida, como si estuviera llorando. Sigo con la vista puesta en mis zapatos y con el estómago encogido—. ¿Me meteré en líos? ¿Y si...?

—No pasará nada, Sadie —le susurra Max, poniéndose en cuclillas y abrazándola. Ella me suelta la mano. Puede que sea la primera vez que veo a Sadie abrazando a alguien que no sea Rhys, Ro o sus hermanos—. No pasa nada. Calma, dochen’ka .

—¿Agua, Paloma? —me pregunta Adam, acercándosenos con un vaso en cada mano. Acepto uno encantada y me muerdo el labio mientras miro obsesivamente hacia la puerta por la que ha entrado Ethan cuando hemos llegado—. ¿Necesitas algo para la mano?

Al oír su pregunta, desvío la vista de inmediato hacia el corte que me he hecho en los nudillos. ¿Es raro que me entren ganas de sonreír?

—Estoy bien.

Adam asiente.

—Todo irá bien. Yo me ocuparé de...

—¡Ay, Dios! —grita alguien.

Acto seguido, se oye el repiquetear de unos tacones.

Es Alessia, que viene corriendo hacia mí a la velocidad de la luz y me abraza por los hombros.

Lleva unas botas negras, un abrigo rojo y unos guantes negros; el pelo perfecto, como si la hubiese pillado en plena sesión de fotos de alta costura y no en una cena con amigos.

Me derrito entre sus brazos y respiro con pesadez.

—¿Estás bien? Dios, Paloma... Dime que estás bien.

—Estoy bien —consigo responder antes de soltarla y recostarme de nuevo contra la pared—. Alessia...

—¿Y tú quién diablos eres? —suelta ella, decidiendo que Adam Reiner, que nos saca varias cabezas a ambas, está demasiado cerca.

Alessia frunce el ceño y pasea la vista por los rebeldes rizos castaños de Adam, que tiene algunas canas en la sien, antes de seguir bajándosela por el traje y la corbata, sutilmente arrugados.

—Es el padre de Bennett. Ha venido a ayudar.

Sacudo la cabeza y bajo la mirada.

—Estoy bien. No quería asustarte. Siento...

—No te disculpes. No has hecho nada mal. —Se le enfría la mirada y se gira para estudiar la sala antes de preguntar con desdén—: ¿Dónde coño está?

Alessia es la única que lo sabe todo, aunque estoy segura de que, a estas alturas, a Sadie le quedarán pocos cabos por atar. Cuando Alessia ve a Ethan saliendo de su despacho, camina con decisión hacia él.

Se me encoge el corazón y se me instala un nudo en la garganta. Soy incapaz de detenerla. Sin embargo, Adam parece darse cuenta de inmediato y la sigue enseguida.

—¡Eh! —grita Alessia, agarrando a Ethan por el bíceps para girarlo hacia ella.

Aun así, antes de que le dé tiempo a pegarle una bofetada, Adam le pasa un brazo por la cintura y la echa atrás, recostándola contra su pecho.

La mujer intenta resistirse, pero Adam le dice algo al oído que la lleva a levantar los ojos hacia él y a dejar de forcejear.

El padre de Bennett la suelta al cabo de un segundo y ambos ignoran tanto el griterío de Ethan como a los polis que lo rodean.

Adam toma la iniciativa y habla con calma y precisión, y lo bastante bajo como para que yo no pueda oírlo.

—¿Qué cojones pasa? —escupe Ethan.

Tiene la cara roja; me pregunto si será por mí. He movido los brazos descontroladamente. Sé que le he dado con el codo en la mandíbula; lleva unas tiras que le cubren el corte de la ceja, así que igual le he dado ahí.

—¡Serás cabrón! —grita Alessia.

No puedo desviar la mirada de lo que estoy viendo. Le doy un sorbo al agua con las manos temblorosas.

Se oye otro ruido y todos desviamos la vista hacia la entrada, donde Bennett y Rhys se están abriendo paso, resueltos.

—¡Grisi! —grita Rhys casi frenético.

Es el primero en llegar. Se agacha y aparta a Sadie de su padre, que la ha estado abrazando hasta ahora.

Rhys la estudia con la mirada para asegurarse de que esté bien antes de levantarla y hundir la cara de Sadie en la curva de su cuello durante un buen rato.

Ella le envuelve la cintura con las piernas y veo cómo el alivio se adueña de Rhys antes de que se gire para besarle el pelo y susurrarle algo mientras a la patinadora le tiemblan los hombros.

Bennett se detiene frente a mí, con la cabeza gacha para mirarme a los ojos. El corazón me da un vuelco.

Nos quedamos mirándonos mutuamente durante un buen minuto, buscando algo. Y yo dejo caer todos mis muros, ensartando todo lo que tengo en el hilo que parece unirnos.

Bennett asiente, como si entendiese una gran verdad.

Cierra los ojos un segundo, respira despacio y me coloca la mano debajo de la mejilla.

—¿Estás bien?

Asiento. Vuelve a mirarme con el ceño fruncido y me pasa las manos por el cuerpo, como si yo fuese una muñeca y estuviese inspeccionando hasta el último centímetro antes de...