Unbound (The Undone 3) 69. Bennet
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69. Bennet

Bennet

PRESENTE

—Odio tener que decírtelo así, pero te veo radiante —suelta Freddy, que me da una palmadita en la espalda.

Toren ríe y sacude la cabeza.

—Coño, Fredderic, que no estás hablando con una mujer preñada.

Freddy tuerce el gesto y mira al defensa como si quisiera empezar una pelea. No obstante, Holden se entromete para calmar las aguas y se coloca contra la barra de la cocina alrededor de la cual estamos todos.

—¿Vas a volver a besarlo? —le pregunta Freddy, con la vista puesta en el hombro de Holden, pegado al bíceps de Toren, que se ha unido al grupo y parece que esté en una lata de sardinas.

Por lo visto, en febrero, durante la fiesta de cumpleaños de Ro, jugaron a la botella y ambos defensas tuvieron que besarse.

Holden sonríe socarrón y comenta:

—Si tan celoso estás, también puedo besarte a ti.

Rhys y yo nos echamos a reír, y Toren se limita a poner los ojos en blanco y a esbozar una discreta sonrisa. Holden pone morritos, como si fuera a darle un beso a Freddy, que lo aparta de un empujón.

—Todo esto —dice Freddy señalándose el cuerpo— es solo para Rosalie.

Estar aquí con mis amigos, bebiendo y riendo, me sienta bien. Rhys está a nada de placar a Sadie, que se ha subido a la encimera con sus altas botas puestas y él la va persiguiendo a cuatro patas. Los dos están borrachos y riendo, dichosamente alegres.

Paloma, Lily y Ro están bailando, riendo y girando en el círculo que forman las tres. Aunque sería mejor decir que, como tienen a Lily en el medio y es tan poca cosa, casi desaparece entre las otras dos.

De pronto, Rhys vuelve a quedarse de pie en el suelo, con Sadie encima del hombro. La baja, deslizándola por su cuerpo, y la acerca al grupo de chicas a la vez que le susurra algo al oído. Su novia se pone más roja que un tomate y, acto seguido, mi mejor amigo viene hacia mí.

—Vamos a irnos pronto a casa en Uber y pediremos pizza. ¿Os apuntáis?

Asiento. Freddy también se acopla hasta que, al final, decidimos marcharnos todos juntos, la línea entera, incluidos Toren y Holden. Pedimos un par de Ubers y vamos a por las chicas. Rhys, Sadie, Paloma y yo nos subimos a uno, mientras que Freddy, Ro, Toren, Holden y Lily se meten en el otro.

Llegamos nosotros primero, justo a tiempo para pillar la pizza que Rhys, muy acertadamente, ha encargado con antelación.

Paloma espera fuera hasta que llega su compañera de piso.

La abrazo. A la que alguien abre la puerta, Siete viene con nosotros y se acomoda a nuestros pies.

Tanto Paloma como yo le rascamos un poco.

—Menudo circo —susurra Paloma, riendo.

De la parte delantera salen Ro, con sus largas piernas, y Freddy.

Lily está estrujada en la parte de atrás, entre Toren y Holden.

Saltan todos del coche y ella viene directa hacia Paloma.

Está tan sonrojada que tiene las mejillas casi del mismo color que el pelo.

Paloma le pasa un brazo por el hombro y entran en casa con la cabeza pegada la una a la otra.

Sadie pone música y nos acomodamos en los sofás y en las sillas del salón. Rhys coge a su novia en brazos y la sienta en una punta del sofá. Le baja la cremallera de sus botas de tacón y le masajea los pies mientras la patinadora come pizza y continúa añadiendo canciones a la cola.

Tras pasarle una silla a Ro, Freddy se sienta a los pies de su novia. Echa la cabeza hacia atrás y ella juega con el pelo del ala izquierdo mientras, embriagada y risueña, se inclina bocabajo y le da una porción de pizza.

Y puede que sea porque estamos todos borrachos y soñolientos, pero no le doy demasiadas vueltas al extraño trío que hay en el otro afelpado asiento.

Toren sentado con Lily, que está acomodada sobre el muslo de este y con las piernas colgando.

El defensa no la toca lo más mínimo, pero lleva el pañuelo de la chica medio envuelto en el puño.

Holden está en el suelo, con el hombro apoyado en el lateral de la pierna de Toren. Lily tiene las piernas inclinadas hacia él. Holden intenta cogerle uno de los tobillos, como si estuviesen jugando a algo.

Paloma se acomoda a mi lado, en el sofá, y se apoya contra mi pecho, soñolienta, tierna y acariciándome el pectoral con los dedos. Le doy pizza con una mano y le acaricio el pelo con la otra. Siete se tumba felizmente en el borde del sofá.

Pienso en hace meses, cuando deseé tener justamente esto. A Paloma entre mis brazos y con la familia que hemos construido a mi alrededor.

A salvo. Aquí. De verdad.

Más tarde, acuesto a una adormilada Paloma en la cama. Siete también sube y suspira, feliz. Intento volver a bajar, pero, en cuanto me doy la vuelta, Paloma me agarra por el dobladillo de la camiseta.

—¿Puedes quedarte? No quiero dormirme sin ti.

Está tan guapa, durmiendo entre mis sábanas y bajo la luz ámbar de la lamparita que siempre dejo encendida para ella y que ahora le centellea sobre la piel... Tiene el pelo enmarañado porque no he parado de tocárselo y ella no ha parado de moverse y girarse.

—Claro, P. Me quedo.

Creo que, por más que lo intentara, no podría quererla más.

Me siento un poco como Superman, aquí, al lado del coche de Paloma, aprovechando mis últimos instantes con ella antes de que lo metamos todo en el maletero y nos dirijamos hacia Connecticut para los regionales.

Nos enfrentamos a Dalton. Conozco a algunos chicos del equipo; ya hemos jugado contra ellos a lo largo de la temporada y hemos salido de fiesta juntos al terminar los partidos.

Sin embargo, en el de hoy hay más en juego.

—¿Seguro que quieres venir? —le vuelvo a preguntar.

Paloma ya se ha pasado tres partidos trabajando en el banquillo, haciendo prácticas. Sin embargo, Harris le ha conseguido entradas para todos los demás, por si le apetecía venir.

—No tienes por qué desplazarte.

—Shhh. Ya voy toda vestida debajo de la chaqueta, lo que pasa es que todavía no lo has visto. —Me sonríe ilusionada—. Además, voy con Sadie. Primero iremos de compras; luego, al partido, y cuando acabéis nos reuniremos con vosotros.

—¿Conduces tú?

—De vuelta. Vamos con mi coche, pero de ida conducirá Sadie. —Me coloca una mano en la mejilla sin quitarse el guante—. Irá todo genial.

La ansiedad y la opresión que suelo notar en el pecho se multiplican con el peso de este partido; con la presión de llegar al Frozen Four una última vez.

Pero aquí, con Paloma, siento una ligera calma.

Como cuando estamos en la playa de Speyside y dejamos que las olas nos acaricien los dedos de los pies.

«Irá todo genial».

Hemos ganado. ¡Menos mal!

No es un partido fácil. Es un encuentro con pocos goles, pues somos equipos con un nivel parecido. Kane se pelea con el mismo tío con el que se peleó ya en el último partido, lo cual parece irritar a Holden, que va a por él en la siguiente jugada. Aun así, casi todo el mundo juega limpio.

Acabamos 2-1 gracias a Rhys y nos aseguramos el pase al Frozen Four.

Al terminar, vamos a un bar que Rhys ha encontrado por Internet, al que podemos llegar fácilmente en Uber y que nos permitirá evitar territorio enemigo. Es de rollo country : todo de madera con letreros de neón y donde suena una canción nasal por los altavoces.

Freddy prefiere no venir y quedarse en el hotel para llamar a Ro. Esto es nuevo; un cambio en sus costumbres de celebración cuando ganamos fuera de casa. Aunque me alegro muchísimo por él.

—Por el amor de Dios... —musita Rhys, agachando la cabeza y gruñendo.

Abro los ojos de golpe, preocupado, y le pregunto:

—¿Qué? ¿Estás bien?

—No. Mi novia quiere matarme.

Levanto la vista con el ceño fruncido y veo a Sadie abriéndose paso entre la multitud con una pícara sonrisa en los labios.

Lleva unos vaqueros y una camiseta muy corta que deja su plana y firme barriga a plena vista.

Temo que, como levante las manos, vaya a deslumbrar al bar entero.

La sorpresa me la llevo cuando me fijo en la camiseta en cuestión.

Detrás, en unas letras grandes y mayúsculas, pone: «koteskiy».

Debe ser de cuando éramos niños; seguramente, la misma chica que la lleva puesta la haya cortado.

Miro a mi amigo y sacudo la cabeza, riendo.

—¿Y no te alegras porque...? ¿Os lleváis alguna especie de competición entre manos o algo?

—Estoy volviendo a mi rutina para prepararme para el Frozen Four.

Y eso quiere decir que no va a acostarse con ella. Casi escupo la cerveza.

—Has estado jugando bien, Rhys. ¿Por qué vas a castigarte ahora?

—Hey, campeones regionales —nos saluda Sadie, negándose a sentarse en el reservado con su novio—. Fiera —le susurra haciéndole algo con la mano que prefiero no saber qué es.

La saludo con la cabeza y aparto la vista de la escena en cuanto veo quién está detrás de Sadie.

El maldito amor de mi vida. Paloma Blake, vestida con un jersey oversized con mi número y mi nombre detrás, unos pantalones baggy y su rubia melena recogida en una coleta engominada. Me sonríe con ternura y se me acerca, relajada, para sentarse a mi lado en el reservado.

—Hola.

—Buenas, P.

Le doy un beso tierno en la sien a la vez que ella me agarra por el bíceps y se acurruca contra mí.

—Buen partido —me dice.

—¿Sí? —Sonrío—. Gracias por animarme.

Pone los ojos en blanco y me acerca la boca al oído para sugerir:

—Igual puedes leerme poemas en la cama cuando vuelvas. Así podré verte en plena acción de verdad.

Se me pone dura como una piedra, joder. Por sus palabras, por la sensación que me aporta su aliento en la piel, por ella.

—Por ti, lo que sea, P. «No sé qué tienes, que se abre y se cierra» —le susurro llevándome sus manos a la boca para besarle las puntas de los dedos antes de añadir—: «Ni siquiera la lluvia tiene unas manos tan pequeñas».

Sacude la cabeza frunciendo falsamente el ceño y con la piel sonrojada.

—Te has saltado el verso de mis ojos.

—Prefiero hablar de tu pelo.

—¿Ah, sí?

Asiento.

—Déjame tocarte el pelo. Enrollarlo entre mis dedos; agarrártelo con más fuerza cuanto más te alejes de mí. Deja que me hunda en ti. Déjame coser mi alma a la tuya como una colcha de retales en una playa sin arena. Solos tú y yo. Y el agua entre nosotros.

Me separo de su oreja y observo su rostro bajo la opaca luz.

—Me gusta. ¿De quién es? —se interesa.

—Mío —respondo. Enseguida se me enrojecen el cuello y las mejillas—. Todos los poemas que escribo hablan de ti, ¿recuerdas?

Asiente.

—¿Me dejarás verlos todos?

Le beso la comisura de los labios y la acerco un poco más a mí en esta pequeña burbuja de dicha que nos rodea.

—Algún día.

La eternidad nunca será suficiente con ella. Es algo que sé desde que tenía dieciocho años. Pero aceptaré lo que ella quiera y pueda darme.