68. Paloma
Paloma
PRESENTE
—¿Seguro que quieres ponerte eso? —le pregunto, algo incómoda—. ¿Estarás a gusto?
Lily asiente sin apartar la vista del espejo. No obstante, cuando intenta subirse las copas ligeramente separadas del corsé que le he prestado, entrecierra un poco los ojos. Voy a dejar que disfrute del momento, pero no va a salir con este absurdo top.
En parte, porque no le cubre nada. Pero, sobre todo, porque nunca la he visto ponerse algo que sea menos de su estilo que esto.
No parece estar nada cómoda, no para de recolocárselo y de morderse el labio, frustrada y con sus pelirrojas cejas fruncidas.
Está intentando ser otra persona, a saber por qué. Y yo no quiero que lo haga.
Es perfecta tal y como es. Y puede que nunca se lo haya dicho nadie.
A excepción de un enorme defensa que suele pulular por aquí.
Me muerdo el labio y voy hacia la cómoda para rebuscar entre sus desordenados montones de ropa. Casi no tiene nada colgado en el perchero, que está medio vacío.
—¿Y esto? —sugiero.
Le enseño un vestido negro con unas tiras superfinas y un delicado pañuelo de la misma tela colgado en la percha. Todavía no le ha quitado la etiqueta. Esa prenda vale más de lo que he pagado yo en toda mi vida por el alquiler (ni hablar de ropa).
—Anda... —exhala Lily, que se lleva los dedos a los labios mientras se sienta en el borde de la cama, de cara a mí. Tal y como la he maquillado, sus ojos azules parecen cómicamente grandes y lleva los labios de un brillante tono rosado—. Se me había olvidado que lo tenía.
Río por lo bajo, discretamente, y descuelgo el vestido de la percha.
—¿Igual con unas medias y unos tacones...? —sugiero.
Mi compañera de piso asiente, como si estuviese en trance, y me coge el vestido para ir al baño a cambiarse. Oigo el cacofónico ruido que hace al trastabillar antes de salir con el pañuelo en la mano y mordiéndose el labio.
—¿Puedes ponérmelo?
Le doy un golpecito a la silla que tiene delante del tocador y recojo su pelirroja melena en una coleta para apartarle el pelo de la cara. Acto seguido, le pongo el pañuelo alrededor del cuello, con cuidado, y dejo que caiga por su pálida y esbelta espalda.
—Estás muy guapa, Lily. —Sonrío con ganas y genuinamente al lado de mi mejor amiga—. Nos lo pasaremos genial. ¿Preparada?
Asiente.
—Estás supersexi —me dice mirando mi sencillo vestido negro—. Además, vamos a conjunto.
—Como si fuésemos besties .
Se le ensancha la sonrisa y le centellea la mirada. Este instante está cargado de vulnerabilidad, como si tanto ella como yo quisiéramos quedarnos aquí para impedir las inevitables grietas y roturas a las que estamos acostumbradas. Lily es un poco peculiar, pero es mi amiga peculiar.
Así que no me resulta cursi cuando la vacilo con un:
—Venga, bestie . Vámonos.
Nos levantamos y salimos por la puerta cogidas del brazo.
Cuando llegamos, la fiesta está en pleno apogeo. Quería llegar antes por si Lily decidía que esto no era lo suyo y quería irse a casa... O por si era demasiado para mí y necesitaba salir por patas.
Pero es agradable. Me siento cómoda porque, por primera vez, no he venido a fustigarme dominada por la rabia, tirándome a alguien o enrollándome con cualquier persona que vaya a hacerme sentir mal. He venido por el chico del que estoy enamorada.
Encuentro a Bennett en la pared del fondo, reunido con sus compañeros de línea: Holden, Freddy y Rhys.
Se ha puesto una camiseta negra de manga larga y unos vaqueros.
No sé cómo, pero parece aún más grande. Más poderoso.
Más autoritario. También lleva una gorra del revés para domar esos rebeldes rizos color ámbar que le sobresalen por detrás.
Está tan guapo que me quedo sin aliento y se me encoge el corazón porque tengo la sensación de que, como me lo acerque, desaparecerá.
Le cojo la mano a Lily y echo a andar hacia ellos. No me hace falta desviar la vista hacia mi compañera de piso para saber que está buscando algo. Seguramente, a un defensa de dos metros, aunque ella no quiera reconocerlo.
Mientras camino hacia el grupo, Bennett no rompe el contacto visual en ningún momento. Es como si tuviésemos un imán que atrajera nuestras miradas en todas nuestras vidas. Solo que, esta vez, no me hace daño.
El siguiente en vernos es Holden, a quien se le ilumina la mirada con un brillo seductor y juguetón.
—Señoritas... Paloma, me alegro de verte —me dice sonriendo de oreja a oreja.
Atisbo una disculpa en sus ojos, pero lo saludo con un gesto de cabeza y un simple:
—Dougherty.
Él vuelve a sonreír y desvía la vista hacia la chica que tengo al lado.
—Lily —la saluda también con la cabeza y con una sonrisa un poco más afilada.
Ella se sonroja y arruga la nariz.
—Holden —le dice cruzándose de brazos antes de dejarlos colgando a los lados.
Lily aprieta los puños, como si no supiera cómo estar de pie, sin más, y mucho menos hablar con ese ligón de defensa.
—Hey, Bennett —le susurro mientras me acerco a él, que ya ha abierto los brazos.
Es tan tierno y cálido... Me coloca las manos en las caderas, decidido y con firmeza, y luego me aprieta las lumbares.
—Hola, P.
Sonríe. Tiene los ojos medio entrecerrados y huele a cítricos, cortesía de la IPA que está bebiendo, seguro. Como si estuviera en alguna elegante cervecería y no en una fiesta del equipo de hockey de la uni.
Y, luego, como si lo hubiésemos hecho ya en un sinfín de fiestas antes, me besa. Con pasión y sensualidad, colándome la lengua entre los labios. El corazón me late tan fuerte que siento cómo intenta salírseme del pecho para lanzarse a las manos de Bennett. Con él, siempre me pasa.
Me sube las manos por la columna, despacio, y me las hunde en el pelo.
Río con discreción mientras él separa los labios de los míos, aunque no me suelta el pelo.
—¿Tan temprano has empezado con la cerveza?
Sonríe con el gesto más relajado y pueril que le he visto jamás.
—Sobre las... ¿cinco?
Se me escapa una carcajada y sacudo la cabeza de mi novio, que anda algo achispado.
—Estás borracho, amor.
—Borracho de ti —me dice, toteando y acercándome para besarme otra vez antes de rozarme la nariz con la suya en un gesto cariñoso.
Me sonrojo más por cómo me agarra las caderas que por el beso en sí; sobre todo porque me trae recuerdos de anoche, de cómo me sujetó tan firmemente mientras yo le suplicaba. Estoy segura de que sigo teniendo alguna que otra discreta marca en la muñeca por cómo me ató las manos con la corbata.
Bennett me da la vuelta para que quede con la espalda apoyada en su pectoral. Me acomoda una mano en la parte baja del abdomen, posesivo y cálido, y continúa hablando tranquilamente con Freddy sobre no sé qué de hockey. Casi no me entero. Porque tengo la cabeza en las nubes.
«No —pienso—. La que está borracha de Bennett Reiner soy yo».
—¿Quieres una copa? —me pregunta acercándome la boca al oído y rozándome un poco la piel con los labios y la lengua—. Yo te la preparo.
—¿Sí? —respondo sonriente.
Él asiente con ese atractivo aire pueril. Cuando se quita la gorra solo para recolocársela y volver a taparse ese montón de rizos, se le queda el pelo enmarañado.
—Lo que tú quieras. Déjamelo a mí, P. Por ti, lo que sea.
Le cuesta un poco vocalizar, pero tampoco va como una cuba. Solo está pasándolo bien con sus amigos. Y conmigo. Me envuelve la cintura con las manos y me ejerce un poco de presión en la espalda para que vayamos juntos hacia la cocina, y yo noto que me suben los colores.
Un par de chicos lo llaman por su nombre y él asiente educadamente, pero no me aparta su calor corporal de la espalda en ningún momento, aunque sí me aprieta las caderas con los dedos.
La cocina está atiborrada de gente e iluminada por una luz tenue, y hay una mesa entera destinada a chupitos de todo tipo. Bennett se coloca detrás de esa barra improvisada donde los de primero están preparando algo; cuando estos intentan ayudarle, los aparta.
—Mi novia. Nadie toca su bebida —aclara cuando uno de los chicos le dice algo.
El amor de Bennett por mí me da cierta ligereza, hace que me sienta etérea. Es casi vertiginoso.
He aquí la parte juguetona de mi serio y estoico poeta. Todas sus facetas son hermosas y radiantes, al igual que un diamante al girar bajo la luz del sol.
Le digo que me prepare algo que crea que vaya a gustarme y Bennett se pone manos a la obra sin que le caiga demasiado líquido en el proceso. Le resbala el tequila por el lateral de la mano y ríe al notar el roce del alcohol. Se lo lame y se lleva el pulgar a la boca, y yo me distraigo.
Se me enciende el cuerpo y cruzo discretamente las piernas.
No tengo ni idea de qué lleva esa afrutada bebida que acaba de prepararme, pero está riquísima y casi no sabe a alcohol.
—No está fuerte —me promete—. Sé que no te gusta sentir que pierdes el control.
Otra ola de calor me inunda el pecho y su afecto me invade entera porque no he tenido que decirle nada. Él ya me ha entendido. Me ha leído como si fuera su poemario favorito, como siempre.
Permanecemos en la cocina, dándole sorbos a mi bebida. Invierto casi toda mi energía en intentar mantener la cordura mientras Bennett Reiner me susurra obscenidades al oído. Me siento tan bien que me gustaría poder detener el tiempo.
Quedarnos aquí. Los dos. Jóvenes, juguetones y enamorados.
—¿Me esperas un segundo? —me pregunta apoyándome contra la barra—. Solo tengo que mear. —Se sonroja de inmediato, sacude la cabeza y se tapa los ojos con las manos—. ¿Por qué acabo de decir esto?
Me río sonora y abiertamente justo cuando se le cae la gorra, aunque la pillo enseguida y me la coloco del revés sobre mis voluminosos rizos. Aquí, tonteando con él, bajo la lúgubre luz de la cocina de la Hockey-resi, me siento como si estuviera volando.
—¿Quieres que te acompañe?
—No. Como me meta en algún sitio a solas contigo ahora mismo, P... —Se le apaga la voz y se me acerca; agacha la cabeza y me besa la mejilla, la mandíbula y el cuello—. Tú solo espérame aquí. No te muevas.
Se aleja de mí, despeinándose los rizos con una mano mientras se apoya en el marco de la puerta con la otra. En su ausencia, aparece otra gigantesca sombra: Toren Kane, vestido de negro de los pies a la cabeza, para no variar, y con los tatuajes a plena vista.
—Blake —me saluda con un gesto con la cabeza.
—Kane —respondo dándole un golpe con la cadera cuando se coloca a mi lado, contra la barra.
Sonríe, pero intenta disimular el gesto con el botellín de cerveza, aunque no es su bebida habitual. Los anillos le repiquetean contra el cristal.
La música reverbera en el silencio que se abre paso entre nosotros dos. Alguien grita lo suficientemente fuerte como para captar mi atención y desvío la vista hacia la mesa de los chupitos, donde mi pequeña compañera de piso está acaparando todas las miradas, sea ella consciente o no.
Coge a Holden por el pelo y le echa la cabeza un poco hacia atrás con un pelín de fuerza. El chico en cuestión está arrodillado pacientemente para que Lily pueda llegar a él. Toren se yergue, se le tensan los hombros y aprieta la mandíbula.
—Estate quieto —oímos que dice Lily con voz aguda.
Holden asiente ilusionado, con los ojos bien abiertos y mirándola mientras ella tuerce la botella para verterle un buen chorro en la boca. Él traga e inhala con fuerza con un áspero jadeo a la vez que Lily le suelta el pelo.
Me quedo mirando a Toren, aunque él no aparta la vista de la extraña pareja que tiene delante.
—¿Ya te han entrado ganas de vomitar? —le pregunto.
Aprieta aún más la mandíbula (si es que era posible); cuando desvía la vista hacia mí, veo que algo puro y dorado le arde en la mirada. No puedo evitar sonreír. Sin embargo, antes de que me dé tiempo a decir nada, reaparece otro atractivo chico de dos metros, trastabillando un poco.
—Blake...
—Perdona, tengo que irme —le digo con sarcasmo y riendo por encima del hombro. Señalo a Bennett con el pulgar y añado—: Han venido a buscarme.