Unbound (The Undone 3) 67. Bennet
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67. Bennet

Bennet

PRESENTE

Ganamos las semifinales de los regionales.

Ha sido un partido reñido, pero he jugado casi perfecto y solo he dejado que me metieran un gol en los tres periodos.

Por suerte, Rhys sabe guiar bien al equipo, aunque el gol de la victoria lo ha marcado Toren, que se ha mostrado callado y casi sombrío al aceptar el trofeo que le ha entregado el entrenador Harris.

Paloma se ha pasado el partido en el banquillo, trabajando y con la mirada centelleante porque Harris la tenía siempre a su lado e iba hablando con ella a menudo, incluyéndola en todo momento para que viviera la experiencia de entrenar a un equipo al completo.

Cuando ha terminado el partido, Paloma estaba radiante y con las mejillas sonrojadas.

Ahora, mientras Harris acaba de hablar, ella está al lado de los entrenadores. Tiene las manos en los bolsillos de su blazer oversized de color azul marino y lleva el pelo recogido en una elegante coleta de la que me muero de ganas de tirar.

En cuanto nuestro entrenador termina su charla, Rhys toma la iniciativa y anuncia que lo celebraremos en la Hockey-resi este fin de semana, pero insiste con las normas de siempre: darlo todo en la fiesta, pero sin olvidar la política de tolerancia cero durante la recta final del Frozen Four.

La gente grita de alegría y Paloma se separa de los entrenadores para acercarse cuidadosamente hacia el banco donde estoy. Me he quitado casi todas las protecciones y me estoy secando el cuello. Ahora mismo, solo llevo los pantalones de compresión.

—Hey —dice vacilante y tirándose de la manga del blazer .

Se me dibuja una tierna sonrisa y me centellean los ojos al murmurar:

—Ven aquí, P.

Paloma se hunde en mi abrazo y deja que la bese en los labios delante de todos.

No solemos ser una pareja de esas que van soltando muestras de afecto en público, pero me siento posesivo con ella.

Siempre. Y aquí, en este vestuario, aún más.

Sé lo que opinan muchos de mis compañeros de equipo de Paloma; sé que algunos han fantaseado abiertamente con ella, que han intentado estar con ella. Y quiero que lo sepan.

Paloma no está disponible. Si puedo seguir abrazándola así, nunca más lo estará. Y vamos si voy a intentarlo.

Se oyen algunos gritos y ovaciones, y Rhys sonríe a mi lado a la vez que me da una palmada en el hombro. Freddy nos silba y nos salpica con el pelo al sacudir la cabeza. Paloma se separa de mí y pone los ojos en blanco, pero tiene las mejillas sonrojadas y la mirada llena de amor.

Por mí.

—¿Ahora estás con Reiner? —Holden sonríe y sacude la cabeza—. Venga ya, Paloma. Dame una oportunidad ni que sea... ¿Cuándo me tocará a mí?

—Para —le dice Rhys con cierta ligereza en la voz, a pesar de que suena a advertencia.

—Solo dices esto porque tú ya tuviste tu oportunidad con ella, capi. —Holden ríe y parece no darse cuenta de cómo ha cambiado el ambiente con esas palabras—. Paloma, cielo, déjame intentarlo. Seguro que puedo...

De pronto, Paloma va directa hacia Holden, como si fuera a pegarle. Antes de que me dé tiempo a reaccionar, Toren la envuelve por la cintura y la acerca a él para apartarla del otro.

—Relájate, Blake, hostia —le susurra.

Holden frunce el ceño y se tranquiliza de inmediato.

—¿Qué narices...?

—Cállate de una puta vez —espeta Toren mirando a su compañero de línea—. Por un puto minuto, Holden, cállate.

Voy hacia ellos, medio desnudo y sudoroso. Sin embargo, Paloma repara en mi presencia de inmediato. Toren la suelta y mantiene la vista clavada en Holden, a pesar de que este parece arrepentido como el que más.

—¿Estás bien, P.? —le pregunto con un hilo de voz mientras le cojo la cara con ambas manos y la giro hacia mí.

Asiente, pero resopla. Tiene los ojos anegados de lágrimas, cortesía del enfado, y esconde la cara en mi pecho.

Se hunde en mi abrazo como si nada y yo le acaricio el pelo y le beso la sien. No digo nada, pero parece que basta con la forma en la que nos movemos juntos.

—¿Por qué no vas a por tus cosas y me esperas fuera?

Paloma acepta y sus tacones repiquetean con fuerza en el silencio del vestuario.

Paseo la vista por la sala. Todos tienen la atención puesta en mí. Puede que yo no sea el reluciente y adorado capitán ni el aterrador defensa que estalla a la mínima de cambio, pero me he hecho mi sitio. Tengo mi propia reputación; una estoica y fuerte.

—Como volváis a hablar así de ella, preparaos para las putas consecuencias.

No lo digo gritando, pero tampoco hace falta. Mi voz suena sólida y firme; sin gruñidos, sin rabia. Solo una amenazante calma.

Asienten casi todos. Holden continúa mirándome con una evidente expresión de remordimiento en el rostro. Sé que no quería hacernos daño a ninguno de los dos, pero es que me he pasado tres años viéndolo tontear descaradamente con ella. Necesito un minuto.

—Nos vemos mañana —digo mientras me pongo los pantalones de chándal y la sudadera.

Y, por primera vez en mi vida, me marcho del vestuario sin limpiar mis guardas ni completar ni un solo paso de mi rutina pospartido.

—Por favor...

Está jadeando, mirándome con adoración en sus centelleantes ojos.

Me siento como si acabasen de clavarme algo directo al corazón; con Paloma, siempre me ocurre lo mismo.

Sin embargo, al tenerla tumbada así aquí, cual ofrenda en mi cama, con los brazos atados por encima de su cabeza (lo cual hace que sus bonitos pechos sobresalgan todavía más), la miro como si estuviese adorándola.

—Bennett —me pide moviendo el cuerpo mientras cierra sus grandes ojos marrones.

Le acaricio la mejilla con la mano y se la bajo hasta la boca para cubrírsela brevemente con el dedo y acallarla.

No me sorprende que se le encorve así el cuerpo, arqueándose ante mi más sutil roce.

Hace diez minutos que me he puesto a jugar con ella y Paloma está empapada desde que le he atado las manos.

Está hecha para mí, joder.

—¿Puedes guardar silencio, amor?

Asiente efusivamente.

—Buena chica... —digo arrastrando las palabras con la boca pegada a su piel mientras le bajo el dedo por la barbilla, el cuello y el valle que se forma entre sus pechos—. Estás aguantando por mí, ¿a que sí? Estás esperando a que te diga que te corras.

—Sí —exhala—. Por favor...

—Shhh. Hoy lo haremos distinto. Voy a hacer que te corras con mis dedos, con mi boca, con mi polla... —Se le escapa un gemido tan fuerte que vuelvo a taparle la boca—. Y puedes correrte tantas veces como quieras sin pedir permiso, ¿de acuerdo?

Asiente sin parar y el pelo le cae de la coleta en la que se lo ha recogido. Como no puedo resistirme, alargo los brazos y le quito la goma con cuidado, pasándole las manos por sus rubios mechones hasta dejarlos esparcidos por mis sábanas como si de una cascada se tratase.

—¿Sabes por qué?

No dice nada, pero mueve las caderas para frotarse con el aire. Está a mil. Está completamente liberada bajo mi tacto; confía en mí con todo su ser. Es embriagador.

—¿Paloma? Respóndeme, amor. ¿Sabes por qué voy a hacer que te corras tantas veces como quieras?

Niega con la cabeza y vuelve a clavar los ojos en mí.

—Porque te lo mereces . Porque eres superbuena persona y superfuerte y perfecta . Quiero que disfrutes. Quiero enseñarte lo maravillosa que eres siempre para mí.

Mis palabras son más tiernas que cualquier otra cosa que haya dicho. Y ella detiene el movimiento de su cuerpo. Se le llenan los ojos de lágrimas y se le dibuja una dulce sonrisa en los labios.

Voy a seguir alabándola sin parar hasta el fin de mis días o, por lo menos, hasta que ella me deje. Porque, al hacerlo, Paloma reacciona así. Y, al verla tan vulnerable bajo mis manos, atada y mostrándose entera en su estado más puro, quiero que sepa que la cuidaré, la amaré y la adoraré.

—¿Vas a dejar que te cuide como quiero?

—Sí —responde en lo que resulta ser casi una súplica—. Bennett...

La acerco más a mí, me arrodillo en el suelo entre sus despatarradas piernas y me coloco una encima de cada hombro. Me bajo una mano por los pantalones de chándal a la vez que lamo su entrada, arrancándole varios gemidos.

Me lo tomo con calma, pronunciando palabras contra su piel y bastándome de los dedos para que siga disfrutando de ese placer mientras la alabo. Por fin puedo decirle todo lo que quiero, sin miedo a asustarla y alejarla de mí o a despertarme y que Paloma se haya marchado. Es mía .

—Eres guapísima. Superlista.

»He soñado con estos muslos entrelazados con los míos...

»Cuando fantaseo contigo, te imagino cálida y suave entre mis brazos, dejándome que te mime. Justo así. Vuelve a correrte por mí, P. Sé que puedes.

Le ofrezco mis dedos, mi lengua e incluso mi muslo para que pueda frotarse. Y hago que se corra una y otra vez.

Está sonrojada. Tiene la mirada centelleante y los ojos húmedos, y en ellos resplandecen la liberación, las ganas y el resultado de mis elogios, algo que yo ya esperaba. Pero no paro. No me detendré hasta que Paloma entienda con cuánta desesperación la quiero.

Es embriagador. El corazón me late con fuerza mientras le meto otro dedo y veo cómo se le arquea el cuerpo; le ejerzo un poco de presión en el abdomen para que se recueste contra la cama y encojo sutilmente los dedos en su interior.

Paloma vuelve a llegar al límite, se contrae a mi alrededor y yo me inclino encima de ella, la arrullo y le hablo como a ella tanto le gusta mientras estalla.

—Lo eres todo para mí, Paloma —susurro—. Cuando tú respiras, yo respiro. Solo quiero complacerte. Aquí y donde sea. Si tú también quieres, me gustaría tenerte a mi lado, donde estés a salvo. Y te daré todo lo que quieras.

—Te quiero —solloza arqueando el cuerpo de nuevo.

Y, ahora, yo también me corro, sin que me haya tocado y con los putos pantalones puestos.

Me siento un segundo y respiro con pesadez.

Paloma se me queda mirando con lágrimas en los ojos antes de abrir la boca y susurrar:

—¿Puedes desatarme, porfa?

Me inclino sobre su rostro, le desato las manos con cuidado y le masajeo las muñecas mientras se las estudio detenidamente. Sin embargo, en cuanto la suelto, ella se abalanza sobre mí, me abraza por el cuello y pega su cuerpo desnudo al mío, completamente vestido.

Me abraza con fuerza. Y, con un hilo de voz, susurra sin parar:

—Gracias. Gracias.

Noto cierto ardor en el pecho. Son aquellas partes de mi corazón, ese que en su día estuvo roto, que han vuelto a juntarse gracias al amor de Paloma y cómo cuida ahora ella de mí.