66. Bennet
Bennet
PRESENTE
No puedo dormir.
Me he sentado con la espalda contra el cabezal y la vista puesta en el movimiento del pecho de Paloma al inhalar y exhalar. Como si su respiración controlase la mía.
Me siento como si me hubiesen partido en dos; en una especie de «antes y después».
Me vienen flashes de los últimos tres años; comentarios de Paloma y pequeños retazos de su pasado que me dejó entrever inconscientemente y que ahora me atraviesan la mente a la velocidad del rayo.
Siempre he sabido ver la dulzura en Paloma; esas partes de ella que le ha escondido al resto del mundo.
Esas partes de sí misma que han sido mías y solo mías.
Ahora, es como si estuviese intentando reconstruirla en mi mente. Como si Paloma fuese una escultura de cristal rota y yo tuviese la habilidad de un crío con pegamento y cartulina. Me da la sensación de que nada servirá; de que no hay nada que pueda calmar este dolor.
Y el enfado...
Es casi sobrecogedor. Paloma no me ha dado ningún nombre; aunque, total, yo tampoco podría encontrar a ese ser despreciable sin rostro. Pero ¿y si lo encontrara? ¿Qué podría hacer yo?
«Nada. Como otras tantas veces. Con ella. Con Rhys. Con...».
Sacudo la cabeza. A lo mejor me resultaría más fácil si tuviese algo físico contra lo que soltar toda esta rabia y todo este enfado por ella.
« Me besaron por primera vez a los diez años. Era uno de los... amigos de mi madre ».
Su voz se ha convertido en un tormentoso eco que no cesa de resonar en mi mente.
Pero lo acepto, como si fuese un precio que debo pagar.
Siempre he sabido que alguien le había hecho daño a Paloma; tal vez, no solo «alguien».
Sin embargo, oír cómo se obligaba a revivir esos recuerdos para que yo pudiera entender lo que en el fondo desconocía.
.. El dolor de los últimos tres años parece peor.
Peor porque, por más que lo intente..., no puedo arreglarlo. No puedo corregirlo.
Miro el móvil por primera vez desde que nos fuimos de la gala. Tengo la pantalla llena de mensajes y llamadas perdidas. De Rhys, de Freddy, de Anna y de mi padre. Han intentado dar conmigo repetidamente y todos a la vez. Ver todos esos mensajes amenaza mi ansiedad.
«Céntrate. Primero, lo más importante».
No sirve de nada. Porque sigo pensando en la chica que tengo acurrucada en mi pecho y que está usando mi pectoral y la parte superior de mi abdomen a modo de almohada. En nada más.
En lugar de responder o intentar ponerme en contacto con cualquiera de ellos, abro el chat que tengo con Rhys y Freddy les mando un breve mensaje:
Bennett
Desayuno familiar en una hora. Paloma necesita una rutina. Haced como si nada y no preguntéis
Responden casi al instante:
Rhys
Hecho. Si necesitáis cualquier cosa, solo tienes que decírnoslo
Freddy
Sí, chef!
Tumbo a Paloma de lado, despacio, y le chasqueo los dedos a Siete para que se coloque justo donde estaba yo en la cama. Aun así, mi chica se mueve y pestañea para levantar sus adormilados ojos hacia mí.
—¿Bennett...?
—Shhh, amor —le susurro arrodillándome a su lado y apartándole unos cuantos mechones de la cara—. Voy a ir preparando el desayuno. Duerme todo lo que puedas. Dejo a Siete aquí contigo.
—Mmm, vale —musita, tumbándose bocarriba y dejando que Siete se le acerque y descanse la mitad de su cuerpo sobre la barriga de Paloma.
Cierro la puerta del baño con cuidado y sigo mi rutina más rigurosamente de lo que lo haría, porque ella está en la habitación de al lado. Tardo casi demasiado y me pongo nervioso al pensar que la comida no estará lista antes de que bajen todos a desayunar.
Cuando acabo de preparar las tortillas y la masa para las tortitas, Ro, Rhys y Freddy ya están en la cocina conmigo. Hablan y ríen, y el sonido de nuestra familia permea la sala. «Esto es lo que necesita Paloma. Esto le demostrará que nos importa».
—Buenos días, Reiny —me saluda alegre Freddy, sentado a la mesa y descamisado, al lado de Ro, que está perfectamente arreglada—. Huele genial.
Asiento.
—No comáis nada. Lo digo en serio. Esperad a que suba a por Paloma.
Paso por el lado de Rhys, que está preparando dos lattes y decorándolos con calma. Subo las escaleras..., y me encuentro con que Paloma ya había salido a buscarme, vestida de los pies a la cabeza con mi ropa.
—¿Tienes hambre, P.? —le pregunto cogiéndole la cara con las manos.
Asiente y se muerde el labio inferior. Quiero hacerle un millón de preguntas, pero tiene pinta de seguir agotada después de lo de anoche. Mi caos emocional tampoco ayuda; siento de todo a la vez.
—Sí. Creo que me vendría bien comer algo.
—Bien. —Le doy un beso en la sien y le paso un brazo por los hombros para acercarla más a mí—. Toca desayuno familiar.
Al oír eso, se le ilumina un poco la mirada. Ilusión y un atisbo de asombro le centellean en los ojos.
—¿En serio?
Creo que, hasta ahora, no había acabado de entender lo profundamente sola que se sentía Paloma.
Una soledad que va más allá de su vida en Waterfell, donde ha estado extrañamente aislada, a pesar de que todo el mundo la conozca y sepa cómo se llama.
Una que se remonta a mucho tiempo atrás.
El arrepentimiento empieza a adueñarse de mí; ojalá Paloma hubiese estado en nuestros desayunos desde un buen principio.
Aunque fuera como amiga. Al menos se habría sentido incluida.
Mal. Lo he entendido mal demasiadas veces. Pero no dejaré que vuelva a sufrir nunca más.
Con Paloma sentada a la mesa y Freddy y Sadie peleándose y entreteniéndonos al resto, alguien llama a la puerta.
Levanto la mano para detener a Rhys y me ofrezco para ir a abrir yo, prácticamente convencido de que me encontraré con la inesperada aparición de Adam Reiner (si es que sus mensajes son indicio de algo).
—No pinto nada... Si quisiera que estuviese aquí, me lo habría pedido ella misma.
Oigo el sonido acallado de unas voces, pero a la chica la oigo perfectamente porque habla un poco más alto. Me acerco a la mirilla y veo a Toren y a Lily, el uno al lado de la otra, ambos de brazos cruzados y mirándose.
—Quiere que estés aquí —responde él en voz baja.
La delicadeza y la tranquilidad con la que le habla contrastan con el tono excesivamente alto y casi frenético de su acompañante.
—¡Eso no lo sabes! Tú no tienes amigos, Tor. No sabes...
Abro la puerta y me encuentro con la absurda imagen que forman estos dos: mi defensa, con toda su altura y los pantalones de traje y la camisa negros de la noche anterior, con las mangas arremangadas y dejando a la vista los tatuajes que cubren hasta casi el último centímetro de su expuesta piel; a su lado, la chica pelirroja que a duras penas mide la mitad que él, con unas botas marrones, medias, una falda plisada y un suéter de cuello vuelto.
—Toren. —Lo saludo asintiendo—. Lily.
—Hola, Bennett —susurra ella, a quien le ha entrado vergüenza de repente. Agacha la cara y clava la vista en mis zapatos.
—Lily quería ver cómo estaba Paloma, porque anoche no vino a casa —señala Toren, colocándole una mano en la espalda a la chica y empujándola un poco. Ella trastabilla al dar un paso al frente—. He pensado que podía traerla aquí, luego la recogeré o igual puede volver con Paloma.
Asiento y me aparto para dejar pasar a Lily.
—Paloma está en la cocina. Estará encantada de verte.
«Es posible que seas la única amiga que haya tenido de verdad en toda su vida. La única que lo haya hecho por su cuenta».
Lily va directa a la cocina; quizá demasiado deprisa. Toren se queda mirando cómo se marcha con la expresión más relajada que le he visto jamás y creo que incluso le atisbo cierta dulzura en los ojos.
—Deberías quedarte —le digo, carraspeando y agarrándome al pomo de la puerta—. Desayuna con nosotros.
—No. —Sonríe socarrón, aunque lo hace sin alegría alguna—. No hace falta que seas majo conmigo, Reiner. No pasa nada.
Arrugo la frente.
—Entra. Come con nosotros. Eres uno más del equipo.
Se le escapa una risa por lo bajo y sacude la cabeza.
—Ya...
—Lo digo en serio —insisto con más vehemencia que antes. Bajo la voz y añado—: Además, cuidas de Paloma. Siempre la has cuidado. Qué menos.
No dice nada. Clava la vista en la hierba y el cemento que ha humedecido el rocío. Parece... joven; casi perdido. «¿Tendría yo esas mismas pintas hace años? ¿Me convertiría en esto si no tuviera a Rhys? ¿En alguien solitario y perdido? ¿En alguien a quien cualquiera que no me conozca rechazaría?».
Creo que Lily se parece mucho a mí, y Toren está siempre a su lado. La cuida.
Una parte de mí cree que Toren es como Paloma. Que no para de sangrarle el corazón, a pesar de estar lleno de un amor que no sabe gestionar.
—Sé que pegaste al entrenador de Sadie para defenderla esa noche. Y, cuando protegiste a Ro de su ex, yo también estuve allí. Además, creo que has hecho más por Paloma de lo que jamás reconocerás.
Inhalo despacio y bajo la voz. No digo nada de los vestuarios, pero, ahora, cuando lo miro, solo veo eso.
Sé lo que dicen los demás de él, todo lo que se rumorea. Sé que sus anteriores compañeros de equipo se burlaban de él tanto en el hielo como fuera de él. Pero también sé lo que he visto de Toren; sé que ha defendido y protegido a esas chicas sin conocerlas siquiera.
—No eres mal tipo, Kane.
No me mira. Continúa en alerta y sigue con la vista clavada en el suelo.
—Así que creo que deberías entrar y comer con nosotros.
Poco a poco, con un sutil temblor en las manos, Toren asiente y cruza el umbral para seguirme dentro.
—Así que... ¿Toren? —me pregunta Rhys mientras me ayuda a fregar la cocina después de que se hayan marchado todos.
Sadie se ha ido a entrenar. Lily y Paloma han regresado a su apartamento; Kane las ha acompañado. Y Freddy y Ro han subido arriba para esconderse bajo las sábanas, lo cual era inevitable.
—Ya... —Asiento mientras froto la sartén con el estropajo de aluminio, con cuidado, y la hundo para remojarla en agua caliente—. Debería habértelo preguntado antes. Para saber cómo lo llevas ahora.
Rhys se encoge de hombros.
—No me cae bien. Pero... es verdad que pegó al cabrón ese de Kelley cuando ni siquiera conocía a Sadie. Quizá sea mejor persona de lo que pensaba.
Vuelvo a asentir. Ahora soy yo quien se encoge de hombros. Sin embargo, el gesto no consigue aliviar la tensión que noto en los músculos.
—Aunque no por eso me resulta más fácil estar cerca de él —musita Rhys.
Me quedo helado y cierro los ojos con fuerza ante la punzada de dolor que acompaña a su confesión.
Me giro hacia él casi demasiado deprisa, como si estudiarlo con la mirada fuera a borrar de mi memoria la imagen que tengo grabada de Rhys tumbado en el suelo y lamentándose: «No veo. ¿Y mi padre? No veo nada...».
Me da otro vuelco el corazón, pero sacudo la cabeza y me llevo la mano a la nuca.
—Lo siento —me disculpo—. Debería haberlo consultado contigo. Es que me ha parecido que estaba pasándolo mal...
—¿No me digas? —musita Rhys—. Anoche, después de que te fueras de la gala, lo vi hecho polvo.
Debería preguntarle al respecto. Pero solo puedo pensar en una única cosa:
—¿Estás bien?
Mi mejor amigo se sobresalta y me mira con el ceño fruncido. Está apoyado contra los fogones, con su gastada sudadera de Berkshire (esa que yo tengo igual), unos pantalones de pijama de franela y el pelo enmarañado.
—¿Yo? —pregunta, aunque asiente—. Estoy bien, Ben.
Se me hinchan las fosas nasales y cierro los ojos con fuerza.
—A veces me cuesta verlo. Intentar descifrarte es un puto rompecabezas. Entre tú y Paloma, me siento como si no pudiera respirar.
No es justo que le haga cargar a él con el muerto. Hasta diría que es contraproducente. Pero no puedo evitarlo. Después de lo de anoche, sigo demasiado crispado y cualquier emoción me abruma.
—Bennett, ¿qué...?
—El semestre pasado no me dijiste nada. Te cerraste en banda, y yo intenté mirar a otro lado y aceptar la situación, pero es como andar por un campo de minas.
No sé si estás bien de verdad, o son solo palabras, y no quiero sentirme como si tuviera que analizar cada una de tus respiraciones para asegurarme de que no estás pasándolo mal y no me lo estás contando.
Rhys se endereza y sigue escuchándome con los brazos cruzados.
—Y siento no haberte dicho nada de lo de Paloma cuando sucedió.
Pero es que yo siempre te he tenido en un pedestal.
Siempre has sido el mejor jugador de hockey, el mejor amigo posible, el mejor tío al que conozco.
.. Estoy agradecidísimo por tenerte en mi vida.
Pero quería que Paloma fuera mía; lo quise desde el primer momento en que la vi, así que no le dije nada a nadie.
—Se me escapa una risa amarga—. Aunque al final os acabasteis encontrando.
Y da igual que fueran solo cuatro citas o cuatro noches o lo que sea.
Me duele igual, y la culpa es mía. Si os hubiera hablado al uno del otro, a cualquiera de los dos, nunca habría ocurrido.
Pero sucedió. ¿Qué tengo yo tan malo que nadie quiera contarme lo que le pasa?
¿Acaso parece que esté tan mal de la cabeza que nadie quiere mi ayuda?
Paloma se ha pasado tres años alejándome de ella para castigarse a sí misma una y otra vez, y yo no lo vi.
¿Y tú? Tú hiciste exactamente lo mismo. Y vivo aterrado por si vuelves a hacerlo.
Además, como no soy capaz de leer la expresión de tu maldito rostro, ¡no lo voy a saber!
Encuentro un extraño alivio en el silencio que sigue a mi confesión.
—Bennett —exhala, y me mira con sus marrones ojos húmedos—.
Lo... lo siento muchísimo. Eres mi mejor amigo.
Todo esto no tenía nada que ver contigo.
No se lo conté ni a mi madre ni a mi padre ni a nadie.
De no ser porque me pilló en pleno ataque de pánico en el hielo, ni siquiera se lo habría contado a Sadie, jamás.
—Se me acerca un poco con los brazos extendidos—.
No tuvo nada que ver contigo, ¿de acuerdo?
Da otro paso y me abraza con fuerza. Solo me gusta que me toquen mi padre, Anna Koteskiy, Rhys y Paloma.
Echaba de menos esto. Extrañaba a mi mejor amigo.
Tengo la sensación de que nos distanciamos después de esa carga en aquel partido.
Aunque puede que la cosa empezara a fracturarse antes; la noche en que estuve sentado delante de él y de la chica a la que deseaba más que a mi propia vida.
—No vuelvas a hacerlo —le digo mientras Rhys continúa abrazándome.
Ríe y sacude la cabeza.
—Nunca. —Nos separamos y me da un apretón en el hombro—. Venga, cuéntame toda la historia, Ben. Quiero saber cómo conociste a Paloma. Explícame todo lo que me he perdido.