Unbound (The Undone 3) 65. Paloma #2
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65. Paloma #2

—Hostia puta... —musita Bennett bajando la vista antes de frotarse los ojos—. Perdona. Lo siento. No sabía que... — Guarda silencio—. Es que... ¿Imaginarte sola y asustada y durmiendo en un maldito colegio? —susurra, todo amabilidad y ternura, a pesar de la dureza de sus palabras.

—No pasa nada. Tampoco estaba tan mal.

Bennett niega con la cabeza y levanta los ojos hacia mí de golpe, como si quisiera arrancarme de la boca las palabras que acabo de pronunciar y arrojar todo su enfado en ellas.

Espero un poco. Él se tranquiliza y permanece en silencio mientras acabo de contarle el resto. Aun así, las lágrimas continúan brotando, despacio y sin cesar, de sus ojos azules como el océano.

Las palabras me salen solas de la boca, como si de agua se tratase, y él las absorbe todas, como una orilla firme que cede ante la intensidad de mis olas.

Le cuento cómo me trataba Ethan. Lo volátil que era. Que fue el primer adulto que me cuidó y que yo confié en él. Que fue la primera persona en mostrarme afecto; nunca lo había experimentado, con nadie. Era como si hubiese estado muriéndome de ganas de que alguien me tocara.

Desesperada por conseguir lo que fuera. Y él lo sabía. Y lo utilizó en mi contra.

—Nunca nadie me había prestado tanta atención —admito con la voz llena de resentimiento y rencor.

Por más que pase el tiempo, cada vez que pienso en mi yo de quince, dieciséis años, la edad que fuera.

.., me siento desesperada y estúpida como la que más—.

Estaba agradecida porque parecía que se preocupaba por mí.

Pensaba que tenía que alegrarme por ello.

.. Pero entonces cambió y no me di cuenta de que nunca me había mirado como se mira a una hija.

—Al pronunciar esas palabras y confesárselo a Bennett, las náuseas de siempre vuelven a mí multiplicadas por diez—.

Me... —Se me cierra la garganta y me seco unas cuantas lágrimas en silencio—.

Yo no quería. No quería hacer nada de eso.

Pero sí quería... —Dios, cuánto me duele confesar esto—.

Solo quería importarle a alguien. Aunque no quisiera estar con él.

Porque yo no quería. —Se me escapa un sollozo y, con la voz pastosa, le pido—: Por favor, créeme.

Bennett me envuelve con los brazos y me acurruca contra su calor corporal para que pueda sollozar pegada a su suave pecho y soltar todo lo que llevaba escondiéndole desde que nos conocimos.

—Te creo —susurra—. Te creo. Claro que te creo. Dios, Paloma...

—Siento no habértelo contado —exhalo avergonzada y con la mirada gacha.

—Para —dice casi cortándome. Cuando Bennett me levanta y se sienta en la taza del retrete, aún con la ropa puesta, el agua resbala por el borde de la bañera. Me acomoda en su regazo, de cara a él—. Por favor, P. Te creo. Te creo.

Me susurra esas palabras como si fuesen una especie de poema propio que me relaja y me protege en igual medida.

—Ya pasó. Ahora estás a salvo. Lo siento mucho, P. No voy a dejar que vuelva a pasarte nunca nada malo.

Nos quedamos así un buen rato. Intento centrarme en cualquier cosa que no sea la corriente de emociones que me invade; ese detalle de mi historia que me he callado y que me suplica que lo cuente.

En lugar de eso, me fijo en el vaivén del agua.

En cuánto espacio ocupa el cuerpo de Bennett.

En la suavidad de la tela mojada de su camisa contra mi pecho, porque está abrazándome con fuerza.

Jugueteo con uno de sus botones.

—¿Puedo lavarte el pelo?

Me lo pregunta con la misma delicadeza con la que me acaricia con los dedos mientras me echa la cabeza hacia atrás hasta que la melena me flota por el agua.

Me agarra por el cuello con una mano y coge el champú con la otra.

Me giro en sus brazos, desnuda y vulnerable.

Él separa las piernas para acercarme más y que quede encajada entre ellas, y quedo con la espalda pegada a su pecho.

Bennett me da un delicado beso en la sien antes de acumularse espuma en las manos y masajearme el cuero cabelludo despacio y con cuidado para que no me entre nada en las orejas.

Me aplica el acondicionador con la misma delicadeza. Es nuestra rutina; al menos, una versión de ella. Y noto cómo lo tranquiliza; posiblemente, más a él que a mí.

Puede que este sea el momento que nos permita volver a empezar. Empezar de cero ahora que todos mis oscuros secretos por fin han salido a la luz.

«Todos no».

—Sin prisas —me susurra Bennett después de haberme cubierto con una toalla y haberse quitado la ropa, mojada, antes de coger otra toalla de la barra que hay clavada en la pared—. Tómate todo el tiempo que necesites.

La calma me envuelve como si de una pesada manta se tratase, o como el enorme cuerpo de Bennett.

Me escurro el pelo y utilizo todos los lujosos productos de los que llevo años privándome; me lo tomo con calma y me hago unas trenzas de raíces antes de vestirme con la gigantesca camiseta de Berkshire de Bennett, renunciando a ponerme las demás prendas que me ha preparado.

Cuando salgo del vaporoso baño, me siento expuesta. Sin embargo, en cuanto veo las bonitas luces que ha encendido, además de la lámpara habitual, se me entrecorta la respiración.

Bennett, que está delante del ordenador, se gira y viene hacia mí al son de Ben Howard, que suena delicadamente de fondo a través de los altavoces. Él también se ha cambiado y ha optado por unos agradables pantalones de pijama, aunque no se ha puesto la camiseta. Suele dormir así.

Me quedo aquí, petrificada y sin saber muy bien qué hacer. Sin saber muy bien cuál es mi sitio.

Jugueteo con la rígida y húmeda punta de una de las trenzas mientras me muerdo el labio.

—No estoy cansada —suelto—. No podría quedarme dormida ni queriendo.

Bennett dibuja una discreta y breve sonrisa, pero me aferro a ese gesto como si no hubiese un mañana. Un gesto que me aporta toda la calidez del mundo.

—Ya lo sé, amor. Quiero enseñarte algo.

Va hacia su cómoda, pasando por delante de la lámpara que tiene en la mesita de noche. Hay un espejo largo, de cuerpo entero, contra la pared. Es lo suficientemente grande como para reflejar toda su figura de portero de dos metros... y la mía.

Bajo la vista al suelo de inmediato, pero Bennett me coge la barbilla con una mano.

—Mira —susurra—. Dime qué ves.

—Veo... algo malo. A alguien que te hizo daño —confieso con un hilo de voz.

Me avergüenza tener que pronunciar estas palabras, pero necesito que lo sepa. Que entienda que me odio por ello.

—Para —dice en voz baja. Baja la cabeza para acariciarme la pendiente del cuello. En cuanto me pasa un brazo por la cintura, casi me ceden las piernas por completo—. Mira.

—Bennett...

Bajo un poco la vista, lo justo para evitar mirar al espejo.

—Tú solo mira, P. Esta es la chica a la que llevo cuatro años queriendo. Con todo mi corazón. Mi alma gemela. —Vuelve a moverme la cabeza para que mire al espejo—. Tú. Exactamente así.

Miro.

Su cuerpo envuelve el mío y me cuesta no centrarme única y exclusivamente en él.

En las marcadas líneas de su rostro que tan bien se mezclan con esa aristocrática nariz que se rompió cuando tenía doce años.

En el limpio corte de esa barba de dos días, en las suaves ondas de su pelo castaño, que parecen cálidas como el café o frescas como el otoño en la ciudad.

En los gruesos y largos músculos de sus brazos.

En cómo me agarra la cintura con la mano. ..

En la generosa curva de mi cadera. Sigo recorriendo mi propio cuerpo con la mirada hasta llegar a los tobillos, fijándome en la rigidez de mis piernas, esas que me permiten nadar a diario.

Huir cuando lo necesito. Veo cómo me envuelve la camiseta de Bennett, como si pudiera vivir metida en esta prenda para siempre.

Como si estuviese hecha para mi cuerpo. Como si fuese mía .

Me veo la cara, limpia y desprovista de maquillaje alguno.

Joven. Preciosa. La piel, de un tono rosado cortesía de esa bañera de agua caliente que me ha preparado el chico al que quiero.

Cortesía de la forma en la que me abraza el chico al que quiero.

—Eres preciosa —susurra, y me da un beso en el cuello—. Superfuerte. Ya no eres esa niña pequeña que estaba atrapada en esa casa. Eres superlista, inteligente. Amable y maravillosa.

—No. Soy cruel.

—Tu crueldad te ayudó a mantenerte a salvo. Me da igual que la hayas utilizado en mi contra, porque te ha servido para estar a salvo . —Lo enfatiza mientras va subiéndome un poco las manos por el cuerpo hasta abrazarme por la estrechez de mi cintura.

—Me he portado fatal contigo —susurro—. No me...

—Me arrastraría por esquirlas de cristal con tal de llegar hasta ti, P.

Lo dice con un tono de voz suave y cargado de aire, pero sus palabras se erigen como columnas en mi mente, construyendo algo nuevo entre las ruinas de la destrucción. Me doy la vuelta en sus brazos.

—Yo haría lo mismo por ti —respondo.

Me siento ridícula repitiendo lo que él acaba de decir, pero es que no sé qué más decir.

Bennett me besa con ahínco y pasión en los labios.

—Lo sé —responde antes de besarme de nuevo, despacio y con ternura.

Retrocede hacia la cama sin separar la boca de la mía, cogiéndome en brazos y acomodándome en su regazo a la vez que se sienta.

Me acaricia la piel suavemente con las manos, erizándomela a su paso mientras me quita la camiseta. La música sigue sonando. Le centellea la mirada como si se tratase de agua en movimiento y noto cómo se rompe el último pedazo de mi armadura.

Ejerzo presión con las manos en los hombros, dejando que se tumbe despacio en el colchón mientras yo me froto con él y vuelvo a besarlo.

Bennett me coloca debajo y envuelvo su gigantesco cuerpo con los muslos, que acaban más separados que nunca.

Me mira de tal forma que me siento como la primera vez, sobre esas sábanas azules, con el vaivén de las olas en el exterior y el dulce brillo de la luna acariciándole ese rostro tan pueril. Cuando entre nosotros había una atracción pura e inmaculada. Tierna.

Puede que, para él, no haya cambiado nada.

Se quita los pantalones y lo noto contra mí. Piel contra piel.

Nos besamos, nos tocamos y ejercemos presión contra el otro durante un buen rato hasta que yo lo empujo por el hombro y me giro para volver a quedar encima de él.

Me yergo y lo miro en busca de aprobación mientras estiro las manos y se la cojo.

La tiene tan grande que debería asustarme, pero nunca he deseado nada con tantas ganas. Porque es él.

«Él, él, él», oigo en una especie de cántico silencioso.

—¿Estás seguro? —le pregunto.

Bennett asiente, dándome un beso en la mejilla y acariciándome la piel con la mano, con delicadeza.

—Por favor, no vuelvas a romperme el corazón —me suplica, seguido de una media sonrisa algo pesarosa—. Creo que no lo soportaría una segunda vez.

—Nunca —le prometo—. Te quiero —suspiro, y bajo las caderas para que él vaya hundiéndose despacio en mí.

Se mueve, arqueando las caderas, y gimo soltando un taco al notar su inmensidad.

—Repítelo —me ruega—. Por favor.

Me inclino ejerciendo presión contra su pecho cuando ya me la ha metido hasta la mitad y repito:

—Te quiero.

Inhalo y acabo de metérmela entera, exhalando y gimiendo mientras ocupa hasta el último centímetro dentro de mí... y más.

Y nos quedamos así, con las caderas pegadas. Totalmente unidos.

Las lágrimas le brillan en los ojos y veo que tiene las mejillas húmedas. Levanta la mano hasta la mía y me doy cuenta de que yo también estoy llorando. Y, por primera vez, son lágrimas de felicidad.

—Eres preciosa —murmura, mirándome maravillado, aunque no repasa mi cuerpo con su mirada.

Está mirándome a mí. Solo a mí.

—Te quiero.

—Eres perfecta.

—Solo a ti.

—Solo a ti —repite en un susurro, y acelera el ritmo—. Solos tú y yo. Para siempre, amor.

Enamorarme de Bennett fue como lanzarme al océano esperando que el agua fuera a estar helada y a ser dolorosamente fría, pero resultó que me envolvía una reconfortante y absoluta calidez. Una calidez que nunca ha flaqueado.

—Te quiero —le digo de nuevo, incapaz de contenerme.

Bennett ralentiza el ritmo otra vez, saboreando la sensación que supone estar así de unidos. Acto seguido, me besa en el cuello, justo debajo de la oreja, y me susurra poemas en la piel mientras hace que me corra una y otra vez; hasta que acabamos los dos exhaustos.

El amor de Bennett Reiner siempre será así: perfecto y cálido.

Recetas caseras de mi comida favorita, mantas calentitas, manos firmes en músculos doloridos, sus delicados dedos en mi pelo.

Música indie tan bajita que sirve de canción de cuna, pero con unas letras tan preciosas que mis oídos se mueren por escucharlas.

Poemas sacados de sus libros favoritos, esparcidos por mi almohada, con las palabras que a él le cuesta pronunciar escritas en unas hojas de papel sutilmente arrugadas.

—Eres la única persona con quien he sido yo de verdad —confieso con un hilo de voz y con las lágrimas resbalándome silenciosamente por las mejillas—. Al completo.

Bennett gime con la voz pegada a la pendiente de mi cuello al oír esas palabras.

—Te cuidaré toda la vida, P. —dice moviéndose para apoyar su frente en la mía, envueltos por esta acallada oscuridad—. Solo tienes que dejarme, amor.

Se me escapa un sollozo entrecortado, sobrecogida por todo lo que siento por él y angustiada por el círculo vicioso en el que me he encontrado siempre.

Uno que impedía que me permitiera estar con él hasta que lograse vencer a la malvada bestia que llevaba viviendo en mi mente desde los catorce años.

Bennett me acurruca contra su pecho y me acaricia el pelo, tranquilizándome y susurrándome unos poemas tiernos que juraría que son suyos hasta que vuelvo a relajarme. Hasta que me quedo dormida con él aún dentro de mí.