Unbound (The Undone 3) 65. Paloma
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65. Paloma

Paloma

PRESENTE

—¿P.? —La voz de Bennett hace que pasado y presente converjan en mi mente—. Puedes...

Continúa hablándome, pero soy incapaz de entender qué me dice. Sus palabras son como un sonido lejano. Estoy en su habitación. Siento que me invade una ola de soledad y me muero por ahuyentarla.

—¿Qué necesitas? —oigo que me pregunta con su áspera voz por encima del fuerte latido de mi corazón—. Paloma, por favor...

Me voy tirando del vestido hasta que consigo quitármelo y casi rompo las costuras del pecho en el proceso. Estoy medio desnuda ante Bennett y la cabeza me da vueltas.

—Que lo hagamos.

Bennett me mira y sacude la cabeza con el ceño fruncido y sus ojos turquesa llenos de dolor. Tiene una mirada tan profunda que me pierdo en ella.

—No, P. —me suplica. Pasea la vista por el cuarto mientras va flexionando una mano, como si estuviese buscando a Siete. Centra la vista en un punto un instante e inhala profundamente—. Hablemos. Estás molesta. Por favor...

—Ya te lo he dicho. Me has preguntado qué necesito.

Qué quiero. Te necesito a ti. —Vuelvo a alargar la mano hacia él con la intención de cogerlo con fuerza por esa camisa de botones y abrírsela de un tirón por el medio.

Para apoyarle las manos encima de esa fina capa de rizos que cubre el firme y fuerte músculo de su pecho que se esconde justo debajo—. Solo esto...

Bennett vuelve a retroceder hasta casi chocar con los hombros contra la pared, estira las manos y me agarra las muñecas.

Me detengo en el acto. Traga saliva con fuerza y ahoga un grito de dolor. Como si verme reaccionar así a su tacto hubiese surtido el mismo efecto que si acabase de pegarle un puñetazo.

Me baja las manos y levanta las suyas en el aire, en señal de rendición. Como si estuviese apuntándolo con una pistola llena de balas.

Puede que, en cierto modo, esté haciendo justamente eso.

Se me llenan los ojos de lágrimas mientras lo miro y veo al hermoso hombre al que he arruinado con mi fealdad. Y, aun así, soy incapaz de contenerme y no volver a alargar las manos hacia él, joder.

—Paloma, por favor... Ahora mismo, esto es lo último que necesitas.

—No es verdad —intento gruñir, a pesar de que me sale cual sollozo cargado de aire—. Por favor...

—No lo hagas, P. Te lo suplico.

Sí, me lo está suplicando. Me está rogando que le pida algo que nos hará daño a los dos y nos destrozará. Sé que ni él ni yo nos recuperaremos de las consecuencias.

—Es solo sexo —espeto.

—No lo es —exhala él—. Entre nosotros, no. Y lo sabes. Dime que lo sabes.

Esas palabras parecen hacerle tanto daño al decirlas como a mí al escucharlas.

—¿Qué más da? —escupo—. Cuando estés dentro de mí, esto no significará nada, Ben —digo, intentando adoptar un tono de voz distinto, ese seductor que guardo en mi interior cual arma. Para protegerme—. Haré que disfrutes muchísimo.

La desolación inunda su rostro.

Es como verme a mí misma desde una jaula, incapaz de detener esta ira y este enfado que hacen daño a la persona que más quiero en el mundo. La única que se ha preocupado jamás por mí.

Aguardo y espero que ceda.

En lugar de eso, veo cómo levanta sus escudos, en silencio pero con firmeza. He aquí esa orilla constante de amor incondicional frente al tumultuoso mar de mi propio autodesprecio.

—Estás molesta por lo que ha dicho Ethan —señala con la mirada baja.

Habla con tono monocorde, como si estuviese obligándose a pronunciar esas palabras en voz alta para intentar entenderlo—.

Y puede que también te sientas avergonzada, aunque no deberías.

Pero te ha dolido que hablase de tu infancia y no quieres decirme por qué.

Me estremezco.

Su voz está desprovista de emoción y Bennett mantiene una expresión firme al hablar.

—Estás molesta porque me he enterado de tu pasado. Tal vez es por tu madre o por lo que ha dicho Ethan de su... reputación. Eso de que vivíais en un camping de caravanas y...

—Pa-para. —Logro encontrar mi voz y reculo a la vez que él echa a andar hacia mí—. Bennett...

—Alguien te hizo daño en esa casa. Puede que lo hiciera más de una persona y el simple hecho de hablar de ello te haya traído malos recuerdos.

Quieres que nos acostemos porque el sexo te servirá de distracción.

Hará que te sientas mejor... —Me estudia la cara con firmeza y veo que, poco a poco, lo va asimilando todo.

Se le enciende la mirada—. No... Joder, Paloma.

—Al pronunciar mi nombre, se le rompe la voz—.

¿Re... recurres al sexo para sentirte peor ?

—Le ceden las rodillas y cae en el borde de la cama.

Se le acelera su respiración, jadeante, y se le llenan los ojos de lágrimas como si fuera a echarse a llorar—.

Todo este tiempo... ¿Pensabas que...? ¿Que te lo merecías? ¿Que merecías sentirte mal?

Me tapo los oídos con fuerza. No puedo dejar de llorar.

—Para. —Quiero gritarle, pero sueno igual que una niña lloriqueando. «No, no, no...». Me agarro del pelo y tiro sutilmente—. Por favor, me...

—Shhh —intenta tranquilizarme Bennett, estirando las manos hacia mí para sujetarme. Ahí me doy cuenta de que he trastabillado hacia él. Me envuelve con los brazos y me aparta las manos del pelo antes de envolvérmelas y entrelazar sus dedos con los míos—. Por favor, amor, respira.

Obedezco. Me sienta en su regazo, tirando de mí con cuidado como si estuviese convenciendo a un perro encadenado y apaleado. Desesperado por salvarlo, igual que Bennett ha estado siempre desesperado por salvarme a mí.

Me recuesto contra su pecho y respiro con la oreja pegada a su corazón.

Me fijo en que Bennett está llorando porque le tiembla el cuerpo con cada sollozo. Se me entumecen las manos.

—¿Bennett? —lo llamo separándome de él.

Sin embargo, él no hace sino abrazarme con más fuerza.

—Paloma... —Exhala con los labios pegados a mi pelo y apretándome con fuerza con las manos, como si quisiera aprenderse mi cuerpo de memoria, centímetro a centímetro—. Dios... No lo sabía. Pensaba...

Deja la frase a medias, pero yo lo oigo alto y claro.

Bennet pensaba que, mientras estuvimos separados, lo utilicé y me acosté con él como si el sexo fuera mi válvula de escape, mi distracción.

Pero yo lo utilizaba cual cuchilla y me hundía cada vez más en ese oscuro abismo.

Y Bennett se quedaba ahí, viendo cómo lo hacía, pensando que él no era suficiente.

Pensando que yo solo quería soltarme un poco, intentar sentirme bien.

.. Buscando algo que él no podía darme. Algo que yo no quería arrebatarle.

Sé que se culpa por ello, como si se hubiese quedado al margen y me hubiese obligado a subir unas escaleras, a caminar por unos lóbregos pasillos y a seguir avanzando por el callejón sin salida que es mi autodesprecio.

—Lo siento —susurro con la boca pegada a su piel, rozándole el cuello con los labios al hablar—. No quería hacerte daño. Solo quería estar contigo; contigo y con nadie más. Solo eso. Lo siento.

Hay partes rotas de nosotros esparcidas por el suelo. Vulnerables. Al rojo vivo. Y, por un segundo, la idea de salir corriendo y esconderme me reconforta. Quiero hacerlo...

Pero entonces Bennett me besa. Y ese beso lo arregla todo, aunque sea por un momento.

Nos quedamos así un buen rato antes de que él se levante y me lleve al baño. Abre el grifo de la bañera y coge mis jabones y productos para el pelo favoritos; los tiene ahí guardados.

Darme un espumoso baño en manos de Bennett Reiner me tranquiliza, lo cual parece un poco absurdo. Sin embargo, en cuanto el agua caliente cubre mi cuerpo, el nudo que siento en el pecho empieza a deshacerse.

Bennett se queda un segundo de pie, ocupando gran parte del espacio de este pequeño baño. Sigue con los pantalones del traje y la camiseta puestos; se ha arremangado y tiene las manos en los bolsillos.

—Debería... —Deja la frase a medias, con los ojos abatidos.

Estiro el brazo y le toco los pantalones con la mano mojada.

—¿Quedarte?

Bennett asiente. Sus ojos encuentran los míos en cuanto se arrodilla al lado de la bañera y me acaricia la mejilla con la mano.

Disfruto del gesto y suspiro con delicadeza, satisfecha.

Y entonces no se oye nada aparte del murmullo del agua al caer, mientras yo cambio de postura bajo esa espumosa superficie.

—Era hija única —confieso de repente. Tengo la vista puesta en mis dedos, que muevo dentro del chorro de agua—.

No suelo hablar de mi madre... Y tampoco quiero hacerlo.

No se preocupaba por mí; nunca me protegió.

Mi infancia no fue... Fue mala, Bennett.

—Con «mala» me quedo corta, pero bastante me está costando ya contarle todo esto—.

Mi madre se metía en líos; en muchos: drogas, novios violentos.

.., de todo. Y, a veces, los polis que venían eran.

.. «amigos» de mi madre. En ocasiones, eran peores que los otros cabrones que aparecían por allí. Y...

Niego con la cabeza a la vez que se me va apagando la voz. No obstante, el dolor que las acompaña no desaparece. Bennett alarga el brazo y me da un delicado apretón en la mano para tranquilizarme.

—No sigas —dice—. Si te hace daño, déjalo.

Parece dibujar una mueca al pronunciar esas palabras y sacude la cabeza, como si lo entendiera. «Todo me hace daño».

—Pero luego llegó alguien que, al principio de conocerme, se portó bien conmigo.

—Quiero decírselo, pronunciar el nombre de esa persona, pero me resulta imposible—.

Era mayor que yo. Sabía que había estado durmiendo en una casa sin calefacción en pleno invierno o que me había escabullido para ir a la escuela a pasar la noche.

—¿Dormías... en el colegio?

—Siempre. —Río, aunque lo hago sin humor—. Se... se estaba calentito. Y ahí nadie intentaba colarse en mi habitación.

Paro un segundo y trago saliva como buenamente puedo. Cuando conocí a Ethan, yo no confiaba en nadie: ni en hombres, ni en mujeres ni en niños o niñas. Era yo contra el mundo.