64. Paloma
Paloma
PASADO: TERCERO DE CARRERA
EN ALGÚN PUNTO DEL SEMESTRE DE PRIMAVERA
—¿Tú no, cielo?
Casi ni me entero de lo que acaba de decirme el tipo en cuestión. Dejo que la música se adueñe de mis extremidades, relajadas, y vuelvo a tumbarme en la cama.
Ya ni me acuerdo de cómo se llama y me da vueltas la cabeza mientras él se desnuda por completo y se coloca encima de mí. Me agarra con fuerza por el cuello y hago una mueca, pero el chaval no se da cuenta. Y, en el caso de que sí lo haya visto, a lo mejor le gusta.
Sonrío con los ojos centelleantes, cortesía del alcohol que me corre por las venas.
Hoy estoy haciendo algo peor que de costumbre. Y me pregunto si será esto lo que acabe de romperme.
«¿No estás bastante rota ya? Agrietada y despatarrada en el suelo. Abandonada».
«No vales nada».
Vuelvo a desviar la vista hacia la puerta, preguntándome si aparecerá. Si echará la puerta abajo y me cogerá en volandas para alejarme de esta puta pesadilla. Como si supiera dónde estoy.
«¿Una fantasía... en la que él es tu caballero andante? Patético, Polly».
Esta noche, la voz que vive en mi cabeza suena más fuerte. Enfadada. Resentida. Y va acompañada de la imagen de un Bennett sonriente y borracho y feliz, con las manos en la cadera de una chica a quien ya he visto antes. Una mona, morena y lista. Estable.
No rota como yo.
Muevo las caderas y le aprieto la cintura con fuerza con las rodillas.
A pesar de que no me ha hecho casi nada, gimo. Veo cómo el tío sonríe mientras me penetra con fuerza; la suficiente como para que se me encoja el estómago. No porque la tenga grande, sino porque no estoy preparada y estoy deshidratada y...
—Dios, con razón tienes a toda la maldita uni medio pillada de ti —me susurra con vehemencia en el oído, resoplando—. Qué estrecho lo tienes, joder.
Pongo los ojos en blanco, pero murmuro no sé qué y le clavo las uñas en los hombros, como si estuviese infligiéndole un sutil castigo.
Ojalá cerrara el pico.
—¿Ah, sí? —pregunto en tono travieso.
Estoy haciendo un papelón ideal, impecable.
Icónica como la que más.
—Me sorprende —suelta con una risa que enseguida se convierte en un gemido—, teniendo en cuenta la de tíos que has dejado que te la metan. Pensaba que lo tendrías...
—Me corro —digo soltando un gemido agudo y tan falso que me entran ganas de arrancarme la piel.
El chico empieza a embestirme con más fuerza; frunce el ceño, concentrado, y el sudor le permea la frente. Y yo me siento igual que siempre. Me duele; es como si estuviesen clavándome cuchillazos en el corazón.
A veces, me llevo la mano al pecho para asegurarme de que no estoy sangrando de lo real que es la sensación.
La cabeza me da vueltas un segundo y los ojos marrones de este tío se vuelven azules. Su cuerpo se agranda y me cubre entera. Me reconforta como si fuera una de esas mantas tan pesadas. Y, si cierro los ojos y me esmero, casi noto esa barba de dos días rozándome la piel.
Paloma .
El susurro de mi nombre en sus labios no es más que un recuerdo, pero parece tan real que se me llenan los ojos de lágrimas.
Quiero parar. Quiero ponerle fin a todo esto.
Sin embargo, no hago nada. Solo dejo que continúe azotándome todo sin parar.
Porque da igual. Ahora lo sé.
Podría gritarle a quienquiera que esté encima de mí que pare, y él seguramente pensaría que se trata de un juego. Y, en esta casa, no le importaría a nadie que no lo fuera. Que estuviera sufriendo de verdad.
«No le importa a nadie».
A nadie menos a Bennett. Y yo lo estropeé, como hago con todo lo que toco.
Así que cierro los ojos y finjo.
En mi mente, es casi real. Porque fingir se me da de maravilla.
Más tarde, ya en la resi, tras haberme duchado tan deprisa como he podido y sintiéndome tan limpia como me lo permite mi cerebro, me quedo de pie y me miro en este oscuro y sucio espejo un buen rato.
Y sé que soy yo, que la que aparece en el reflejo soy yo; aun así, me siento tan desconectada de esta chica rubia.
.. Tiene las mejillas manchadas de rímel negro porque se ha frotado el maquillaje sin cuidado, su aterciopelada piel al rojo vivo por haberse frotado el cuerpo tan deprisa y con tanta negligencia; varias marcas en los pechos porque ha dejado que alguien se los manoseara y tirara de ellos y le hiciera daño, porque a esta chica le da igual.
No soy yo, lo juro. Aunque sí lo soy. Y ya he jugado a esto antes; a fingir que lo que me pasaba a mí le estaba pasando a otra.
Esto me aporta cierta insensibilidad; tanta que ni siquiera noto cómo me agarro los brazos con las manos mientras me encojo y veo cómo la chica del espejo imita mis movimientos.
Si cerrase los ojos ahora mismo, casi podría notarlo a él a mis espaldas. Peinándome; acariciándome el hombro; besándome la nuca, la mejilla, la frente, el pelo. Observándome como si mereciera que me mirara con tanto amor.
En lugar de eso, permanezco con la vista puesta en la chica que he abandonado en el espejo.
Toco su figura con la mano por encima del vaho, como si así fuera a resultarme más fácil enfrentarme a esa caótica y borrosa imagen.
No me acuerdo de que tengo compañía hasta que Sadie llama a la puerta del baño.
Creo que debería estar sola; completamente sola.
Pero no recuerdo quién ha insistido en que Sadie se quedase aquí, si ha sido ella o he sido yo.
Vemos partes de nosotras reflejadas en la otra y encontramos alivio en cómo actuamos juntas.
Aunque ella es distinta. Cuando nos reunimos después de alguno de los revolcones rápidos de Sadie, ella parece más ligera; yo, en cambio, me noto más pesada.
He cumplido con mi condena, pero me siento peor. A lo mejor es lo que me merezco.
Tras ducharse, Sadie se tumba en mi pequeña cama, a mi lado. Pocos segundos después de haber apoyado la cabeza en la almohada, empieza a roncar muy sutilmente.
Yo no consigo pegar ojo y el dolor me acompaña toda la noche.