63. Paloma
Paloma
PASADO: TERCERO DE CARRERA
DICIEMbrE
Estamos a principios de diciembre. No sabría decir quién ha estado evitando a quién, pero, cuando lo pillo en el balcón al lado de una hoguera que ya se va apagando, es tarde y está borracho.
Al principio, estoy segura de que me verá y dará media vuelta. Que, por fin, he conseguido que se extinga la luz que siempre había hecho brillar en el interior de Bennett Reiner.
«Eso querías, ¿no?».
Pero no es el caso. Se me queda mirando un buen rato antes de terminarse el alcohol que está bebiendo, sea el que sea.
—Bennett —lo llamo, mordiéndome el labio. Yo no he bebido ni una gota de alcohol—. Oye...
—Rhys no está aquí —suelta de pronto.
Noto esa sensación en el estómago y me llevo la mano al pecho, como si al frotármelo fuera a dejarme de doler.
—Tengo que hablar contigo...
—No me sorprende. —Se ríe, pero se percibe su dolor—. Que te guste él, digo. Rhys es...
—Para —susurro mientras me acerco—. No lo sabía. Y... se acabó en cuanto me enteré.
La noche de nuestra maldita cita doble, en cuanto llegué al coche, le dije a Rhys que tenía que irme.
Al cabo de poco, le envié un mensaje diciéndole que se había acabado.
Teniendo en cuenta que siempre había sido majo conmigo, fue cruel y maleducado por mi parte, pero nunca quise hacerle daño a nadie.
Aunque parezca que es lo único que se me da bien.
Bennett asiente, pero en su rostro aún puedo ver el dolor.
—Me he acostado con alguien más —anuncia resentido y enfadado.
Asiento.
—Lo sé.
—Igual que tú —añade con desdén.
Está borracho y pasándolo mal. Percibo su agitación; sé que hay una parte de él que también quiere hacerme daño a mí, pero continúa siendo... Bennett. Amable, incluso cuando no debería. Es pura bondad.
—No eres como yo —respondo—. Tú eres muchísimo mejor.
Nos quedamos aquí, envueltos por este cargado silencio durante un buen rato.
—No quiero seguir con esto. —Las palabras se le mezclan con un sollozo y Bennett se frota los ojos para deshacerse de las lágrimas—. Pero no sé estar sin ti. Lo he intentado. Pero... Joder, Paloma. Quererte me hace daño.
Me entran ganas de gritar: «Lo sé. Lo sé y lo siento».
Debería soltarlo. Tendría que aprovechar la ocasión y liberarlo aquí y ahora del dolor que ambos sentimos. Eso es lo que haría una buena persona.
Yo, en cambio, lo llevo a casa en coche y luego, cuando me suplica que no lo deje allí, lo traigo a la resi conmigo. Lo acomodo en mi minúscula cama mientras él me abraza con fuerza por la cintura.
—Sé que estás dormido —susurro. Bennett no se mueve ni un ápice—.
Y que seguramente no te acordarás de esto por la mañana.
Pero... cuando tenía catorce años, un hombre me dijo que me cuidaría.
A cambio, yo solo tenía que darle... algo que no quería dar.
Y estaba tan aterrada que fui incapaz de pararle los pies, por más que quisiera.
Y, luego, cuando te conocí, me avergoncé un montón de la persona que había sido en el pasado.
Me acerco a él y le doy un beso en la frente mientras veo cómo mueve los labios, como si pudiera notarme a pesar de estar durmiendo.
—Te quiero. Siempre te querré, Bennett. Ojalá fuera distinta, mejor, digna de tu amor.
Me paso la noche durmiendo en el coche para no tener que ver cómo, por la mañana, se va.