61. Paloma
Paloma
PASADO: SEGUNDO DE CARRERA
OCTUbrE
Algo va mal.
Estamos a mediados de octubre del segundo año de carrera en una fiesta de lo más lúgubre.
Si no bebo, es por algo. Aunque, ahora, bajo los efectos de los chupitos de tequila y el ardor de la lima y la sal en la lengua, casi no recuerdo el porqué.
No hay nada que me distraiga del dolor que siento a todas horas al volver a estar en Waterfell sin él.
Últimamente, he bebido demasiado.
Pero hoy es distinto. Algo va mal. Lo noto.
—Tengo que ir al baño —digo, aunque tengo la lengua tan seca que me cuesta articular bien las palabras.
El chico, de cuyo nombre ya ni me acuerdo, me sonríe con picardía e intenta acariciarme mi recién teñida melena. Le aparto el brazo de un manotazo, aunque a duras penas lo toco.
—Por aquí, reina —me dice apoyándome las manos en la cadera.
Me guía a través de la fiesta hasta llegar a una de las puertas de ese largo pasillo.
Al darme cuenta de que es una habitación y no un baño, noto algo en el estómago.
« Es lo que querías, ¿verdad, Polly? Es lo que te mereces ».
Con la mano en el pomo, sacudo la cabeza.
—Quiero vomitar —amenazo.
Parece que funciona. Me lleva a un baño adjunto y le cierro la puerta. Casi le doy en los morros.
Cojo el móvil, pero las lágrimas me nublan la vista. Veo lo justo y necesario para meterme en su contacto y, presa del pánico, pruebo suerte.
Responde al primer tono.
—¿Bennett? —digo antes de que le dé tiempo a decir nada.
—¿Paloma? —pregunta con incredulidad en la voz—. ¿Qué...?
—Necesito que me ayudes —le suplico con un hilo de voz. Suelta un taco—. Sie-siento haberte llamado. Pero tengo miedo.
Oigo un fuerte ruido, como si fuera un motor al arrancar, justo antes de que Bennett diga:
—Dime dónde estás. Voy a buscarte.
Bajo más la vista. Todo da vueltas y estoy aturdida por culpa del alcohol y... algo más. Casi no puedo ni decirle dónde estoy.
—¡Largo de aquí antes de que te mate, joder!
—¡Relájate, tío! No ha dicho que tuviese novio...
Me cuesta una barbaridad abrir los ojos. No paran de cerrárseme los párpados, pero intento pestañear para ver a qué se debe tanto griterío a lo lejos.
No. A lo lejos no. Casi noto el reverberar de una de las voces, como si viniera de mí misma.
Alargo la mano, agarro algo y cierro el puño alrededor de ese suave y cálido tejido.
Una camiseta. Una mano más grande y más cálida cubre la mía, y esa persona me da un delicado beso en el pelo.
Ahí me doy cuenta de que alguien está llevándome en brazos.
Estamos fuera y el aire fresco de octubre acaricia mi piel.
Son los brazos de Bennett Reiner, que está sacándome de esta casa como si fuese un puñetero superhéroe.
—¡Que yo no he hecho nada, hostia! —grita alguien.
Tiemblo al oír esa voz y me hundo aún más en los brazos de Bennett, como si pudiera enterrarme en su corpulento cuerpo.
—¡Ya puedes rezar por que no encuentre nada que demuestre que la has drogado!
—espeta Bennett, aunque casi me planteo si realmente es su voz.
Nunca le he oído hablar así; es como si estuviese a nada de volverse salvaje.
Jamás lo he oído gritar—. No tienes ni idea de lo que estoy dispuesto a hacer por ella.
—Oye, tío...
—Que es el puto Bennett Reiner, macho. ¿Qué coño has hecho?
Debe de haber salido otra persona, el dueño de esta nueva y aterrada voz, porque Bennett se tensa todavía más, me abraza con más fuerza y baja la voz.
—Voy a llevarla al hospital, así que poneos las pilas de una puta vez porque estoy seguro de que a los de seguridad del campus y al CIF les encantaría enterarse de todo esto.
«El CIF. El Consejo Interfraternal». Los está amenazando.
Le aprieto el brazo con fuerza, tanta como puedo reunir, a pesar de la flojera que siento en este estado de embriaguez.
—¿Me acompañas a casa? —le pregunto en un susurro.
No es lo que quería decirle, pero creo que me entiende.
—Como vuelva a pillarte mirando siquiera en su dirección —dice Bennett con la cara girada por encima del hombro y resguardándome con su cuerpo de miradas ajenas—, te mato.
Su voz es lo suficientemente aterradora como para que me sobresalte, aunque sé que conozco a Bennett y eso me tranquiliza. Él no es así, pero ha entrado en pánico.
No me suelta hasta que llegamos al coche. Noto que le tiemblan las manos mientras me coge, me sienta y me coloca bien. Sin embargo, yo continúo con los ojos cerrados; es como si estuviese a nada de desmayarme.
Juro que lo oigo llorar en silencio mientras conduce.
Pego un salto y corro hacia el baño. Como estoy grogui, resbalo y me caigo casi de inmediato contra el suelo de azulejos.
Son todo prácticamente arcadas. Sin embargo, aquí, cernida sobre el retrete, con los ojos casi cerrados y llenos de lágrimas, no puedo dejar de temblar.
Alguien me aparta el pelo de la cara con una mano y me lo aguanta con delicadeza mientras me quedo así un buen rato.
Al final, las arcadas se transforman en unos discretos sollozos.
Agacho la cabeza, pero, antes de que me dé tiempo a apoyar la mejilla, mi cuerpo entero vuelve a recostarse contra el cálido y sólido pecho de Bennett.
—L-lo siento. —Trato de disculparme, tartamudeando.
Las palabras se me atascan en la garganta, ahora seca y dolorida.
—Shhh —dice él—. No pasa nada. Yo cuidaré de ti, P.
Acepto la botella que me ofrece y doy un sorbo, despacio.
—¿Quieres ducharte?
En cuanto asiento, Bennett me suelta lentamente. Echa a andar y abre los grifos con cuidado para poner el agua a la temperatura adecuada. Intento acercarme a él, pero me cuesta un mundo moverme.
—¿Paloma? —me llama aún más preocupado al ver que vuelven a llenárseme los ojos de lágrimas.
—No... no puedo mover los brazos —susurro—. Noto todo el cuerpo entumecido.
Aprieta la mandíbula con fuerza y cierra los ojos un segundo antes de que su rostro se llene de pura convicción. Se mueve decidido, cierra el grifo de la ducha y prepara una bañera.
El corazón me va a mil. Lo que siento por él, esta sensación que nunca ha amainado, me azota con fuerza.
Envuelta por el silencio, me doy cuenta de que no estamos en su baño de siempre.
Este es más nuevo, más grande que el que tenía en la habitación de la casa adosada donde vivía.
Debemos de estar en alguna casa más bonita a las afueras del campus.
Siento una punzada en el pecho por el tiempo que he perdido con él, por cómo han cambiado las cosas y porque siento que lo conozco tan bien.
.. Pero... Bennett ha cambiado. Ahora su vida ha cambiado.
Y yo no estaba preparada para tanto dolor.
—¿Quieres que te ayude? —me pregunta con cierta aflicción en la voz.
Asiento.
Si se tratara de cualquier otra persona, me habría pasado la noche sufriendo, con la piel empapada en sudor y el pelo pegajoso por culpa del vómito. Pero, circunstancias aparte, aquí, con Bennett, me siento a salvo.
Me desviste despacio, con cuidado, pero se asegura de permanecer detrás de mí mientras me ayuda a deshacerme de la chaqueta y el vestido. Ando descalza. Supongo que Bennett me habrá quitado los zapatos al llegar para que pudiera dormir más cómodamente.
Acto seguido, me coge los brazos con sus gigantescas manos y se yergue para cubrirme la espalda mientras me ayuda a meterme en esta humeante bañera.
Las burbujas cubren los bordes y la niña pequeña que está escondida en lo más profundo de mi ser se asoma un poco de entre las sombras en las que se resguarda.
Cuando estoy cómodamente sentada sobre la porcelana, Bennett retrocede un poco, baja la tapa del inodoro y tira de la cadena antes de sentarse encima para vigilarme. En los últimos nueve meses, no he relajado los hombros en ningún momento. Puede que esta sea la primera vez que respiro de verdad.
—Lo... lo siento...
—No vuelvas a disculparte, Paloma —me dice con fiereza en la voz y un fuerte tono que retumba por el baño—. No lo soporto.
—Creo que me puso algo en la bebida.
—Me lo suponía. —Asiente y se frota los ojos con las manos antes de masajearse la sien. Noto su enfado, la ira que va creciendo poco a poco bajo su piel—. Pensaba que no bebías —señala con brusquedad.
—La gente cambia.
Me irrito y las palabras me salen de la boca antes de que pueda contener la amargura de mi respuesta.
El silencio se abre paso entre nosotros. No es el silencio habitual que hace que me sienta relajada; ese que no hace falta que llenemos. Este es un silencio tenso, cargado de enfado. Cargado de rabia, miedo y ansiedad.
—¿Qué hora es? —le pregunto desesperada por llenarlo como sea.
—Las seis de la mañana —responde en un tono monocorde—. Te dejaré algo de ropa y, cuando estés, te llevo a casa. ¿Sigues viviendo en la resi?
Su pregunta me duele.
—Sí.
Bennett asiente y se marcha.
Sin su escrutinio, me baño y me lavo el pelo más deprisa.
Lloro en silencio y me tiro de los nudos con el peine, demasiado aterrada por si se ofrece a hacerlo él.
.. Aunque me aterra aún más que no lo haga.
Me deja unos pantalones de chándal y una sudadera vieja de manga larga; a juzgar por lo desgastada y lo mordida que está la manga (cortesía de mis dientes), ya he usado esta prenda en otras ocasiones, para dormir. Me visto en un santiamén.
Permanecemos en silencio durante todo el trayecto. El amanecer le da un tono sutilmente más claro al azul y negro cielo de la noche. No obstante, cuando Bennett aparca y hago ademán de abrir la puerta, él alarga el brazo por encima de mí y vuelve a cerrarla.
Continúa con la vista puesta en la calle de enfrente, pero exhala despacio y traga con fuerza.
—No voy a fingir que sé lo que ocurrió. Por qué ya no querías estar conmigo... Y si te hice daño de alguna forma...
—Para nada —lo corto, desesperada por que deje de autoflagelarse, pero con miedo de decir nada más.
Bennett asiente, pero sigo atisbándole ese mismo ardor y esa misma aflicción en la mirada. Tiene los ojos enrojecidos, más por el dolor que por la falta de sueño.
—Te quiero. Para mí, esto no cambia, ¿de acuerdo? Así que... No puedo preocuparme tanto por ti.
—No tienes por qué hacerlo. Me... Te lo prometo.
Desvía la vista hacia mí y me estudia un segundo antes de volver a mirar enfadado hacia la calle.
—No te creo —dice.
Me abrazo a mí misma por la cintura. Me cuesta lo que no está escrito resistirme a la apremiante necesidad que siento por acercarme las rodillas a la barbilla y hundirme en este asiento. Por contárselo. Por pedirle que me crea, que me lleve a casa y me abrace hasta que me sienta limpia de nuevo.
—Necesito que me hagas un favor.
—Lo que sea —le prometo.
—Solo te voy a pedir esto. No es que quiera que cambies de opinión. Pero, por favor, Paloma... Si me necesitas, si tienes miedo o estás preocupada o necesitas algo, lo que sea, por favor, llámame. Úsame. Es... es la única forma de hacer que la ansiedad que siento por ti no se me coma vivo.
No puedo hablar. Es como si me hubiese quedado muda y las palabras fueran convirtiéndose en ceniza en mi boca una y otra vez.
—Vale —respondo.
Vuelvo a coger la manilla de la puerta. El calor de su afecto y cuidado me sofocan. No paro de sentir que no merezco todo esto.
Cuando me giro hacia Bennett, todavía lo veo afligido, con la mirada abatida y agarrándose al volante con fuerza.
Me entran ganas de preguntarle:
«¿Piensas en mí a todas horas?».
«¿Todavía piensas en hundirme las manos en el pelo y en la soñolienta sensación que me inunda el cuerpo cuando me siento a salvo junto a ti?».
«¿Todavía piensas en la noche en que me dijiste que estar dentro de mí era un poema? Antes de que me recorrieras la columna vertebral a besos y volvieras a hacérmelo duro y con fuerza, dominando mi alma hasta que me convencí de que acababas de hacerme tuya de por vida?».
En lugar de eso, permanezco de pie, envuelta por el frío otoñal y mirando a Bennett a través de la puerta abierta del coche durante demasiado rato.
El viento me raspa la piel, pero a duras penas noto el dolor. No es nada en comparación con cómo se me está empezando a desgarrar el corazón.