58. Paloma #2
—Tenía catorce años —digo, sin poder contener las lágrimas, a pesar de que intento sonar fría y defensiva—. T-te... Te aprovechaste...
Se ríe. Mis náuseas empeoran.
—Muy bien, Paloma. Tenías catorce años, vale. Tenías catorce años y le ibas suplicando a un tío muchísimo mayor que te salvara, que te sacara de ahí, ¿verdad? —Ríe—. Haciéndote la víctima desde el primer día, ¿eh? Díselo si quieres, pero no vayas por ahí contando mentiras.
Tiene razón. Detesto la facilidad con la que lo tergiversa todo. Porque sí: le supliqué que me llevara con él, lo llamé y le lloré para que me alejara de todo eso. Porque tenía miedo y...
«Te lo buscaste tú solita».
La vergüenza se me clava entre las costillas. Con tanta fuerza que me duele el pecho de la presión.
Las lágrimas empiezan a resbalar por mis mejillas y el cuerpo cede al perder la batalla que estaba librando por contenerlas. Las fuerzas me abandonan y me agarro a la encimera del lavamanos como si así fuera a conseguir mantenerme en pie.
—Te conozco perfectamente. Y Bennett es mi hijastro. —Cada una de sus palabras se me clava en el corazón como una daga; es como si estuviesen pateándome mi ya abatido cuerpo—. Y tú, Polly —canturrea—, no eres quien finges ser.
—Vale —me rindo.
Me siento como si volviese a tener trece años y estuviese mirando a un atractivo policía que me está dejando su chaqueta porque estamos en pleno invierno, han caído treinta centímetros de nieve y nuestra caravana no tiene calefacción.
Me tapo las orejas con las manos mientras mi madre grita y les suplica a los polis que no detengan al moroso de su novio. ..
— ¿Tienes dónde dormir esta noche? —me pregunta él .
— A veces duermo en la escuela —reconozco. Enseguida me siento absurdamente estúpida, porque acabo de admitirle a un poli que cometo una ilegalidad—. No diga nada, por favor .
Él se ríe y se sacude la nieve derretida del pelo rubio ceniza .
— No diré nada. Pero creo que hoy no deberías dormir aquí. En serio .
— Ah... —Asiento y trago saliva con fuerza—. Sí. Vale. Puedo, eh... ¿Quizá pueda preguntarle a la vecina si puedo quedarme con ella?
El agente hace una mueca .
— No. No me ...
Suspira y desvía la vista hacia sus compañeros. Uno está intentando tranquilizar a mi madre mientras los demás meten al adicto de su novio, que está colocadísimo, en la parte trasera de un coche patrulla a la fuerza .
— ¿Cómo te llamas? —me pregunta de forma tan repentina que me quedo un segundo boquiabierta, como si no me acordara .
— Eh... Paloma .
Sonríe .
— Paloma. Qué nombre tan bonito. Yo soy el agente Marks, pero puedes llamarme Ethan, si quieres .
— Vale. —Asiento, pero prefiero no llamarlo por su nombre. Me abrigo más con su gruesa chaqueta—. Gracias. Por esto .
Él niega con la cabeza .
— No hay de qué .
Vuelve a mirar a su alrededor. El agente Marks se pone en cuclillas sobre la nieve para que yo no tenga que seguir levantando la cabeza para mirarlo.
Es atractivo, muchísimo más que los tipos que se pasan por la caravana o los hombres con los que sale mi madre.
Seguramente, porque están todos demacrados o van de droga hasta las cejas.
Él parece limpio, de fiar. Como los adultos de verdad .
— Oye, no debería ofrecértelo porque es inapropiado, pero es que no creo que debas quedarte aquí, en serio. Y menos estando tu madre tan afectada .
Vuelvo a mirarla. Todo el mundo dice que nos parecemos. Con nuestros voluminosos rizos rubios y nuestros ojos marrones, con ese matiz dorado en la piel y esos labios aterciopelados voluminosos. Incluso a pesar de su descuidado estilo de vida, todo el mundo dice que mi madre es preciosa .
Y somos como dos gotas de agua. Un cumplido que, en lugar de hacer que me sienta bien, me genera ansiedad .
— Ya ...
— Si quieres quedarte aquí un rato, volveré a buscarte. Tengo una habitación de invitados que no uso y puedes pasar la noche allí, ¿te parece?
Me muerdo el labio inferior, titubeante.
Hay hombres que ya me han ofrecido esto antes, o cosas parecidas.
Para alejarme de mi madre, para que me vaya de escapada con ellos unos días mientras mi madre está drogada.
.. Pero siempre acaban intentando conseguir algo que yo no quiero darles.
Una especie de intercambio al que yo no estoy dispuesta .
Al pensarlo, me encojo un poco más. El agente Marks parece de fiar, pero, cuando he dado algo por sentado, la cosa nunca ha acabado bien .
Debe de vérseme reflejado en la cara, porque él levanta las manos en señal de rendición .
— No es más que un sitio donde dormir y no pasar frío. Estarás a salvo, te lo prometo. No te voy a tocar, ¿vale? Solo quiero asegurarme de que estés bien .
Una parte de mí, aterrada y que se aferra al instinto de supervivencia, quiere rechazar su oferta. Pero hace un frío que pela y no quiero volver a la caravana con mamá mientras ella se pasa la noche llorando, gritándome y encontrando la forma de culparme a mí de todo .
— Vale —cedo asintiendo con la cabeza .
El agente Marks me sonríe y su gesto me aporta cierta calidez, a pesar de estar envuelta por la gélida nieve .
Respiro presa del pánico. Ethan abre un poco más los ojos.
—Calma, Polly —susurra—. Respira.
No puedo.
—¿Necesitas llorar? No pasa nada. Aquí no pueden oírte, ¿vale? Tú solo tranquilízate.
Niego con la cabeza. Quiero gritar, llorar y enfurecerme. En lugar de todo eso, le suplico:
—Para.
El odio que siento hacia mí misma no hace sino crecer.
Las lágrimas siguen resbalándome por las mejillas durante un buen rato, pero tengo demasiado miedo como para apartar la mirada de él.
Ethan da un paso al frente sin bajar las manos, como si fuera a placarme.
Coge la toalla del gancho que me queda al lado de la cabeza y alarga el brazo, despacio, para secarme las lágrimas.
Esto es aún peor. En su día, cuando no conocía nada más allá de lo puramente físico, le habría suplicado afecto. Esta confusa mezcla entre lo reconfortante y el miedo solo hace que me entren todavía más ganas de vomitar.
—Mucho mejor —suspira él, soltándome la barbilla y separándose de mí—. Dios, Polly... Sigues pareciéndote un montón a tu madre. Pero tú eres más guapa.
« Igual que tu madre ».
—Te dejo que te laves las manos —dice—. Pero date prisa. Más te vale volver con tu querido novio. Yo iré a hacerles compañía a mi mujer y a mi hijastro hasta que te hayas recompuesto.
Es un recordatorio igual de preciso que el clic de una puerta al cerrarse.
Dejo el grifo abierto para que silencie el ruido, por si las moscas, mientras suelto unos sollozos, feos, dolorosos.
Cierro los ojos con fuerza y escondo lo que ha ocurrido, despacio y con firmeza, hasta dejarlo todo bien sellado detrás de mi reconfortante capa de hielo.
Los muros de acero que erguí y que durante tanto tiempo me han protegido están agrietados, pero se mantienen fuertes. Y, ahora, me oculto tras ellos.
Me miro en el espejo y es como si estuviese llorándome a mí misma a sabiendas de que tengo que soltar a la persona que he sido desde que llegué a Waterfell.
Esa imagen de mí misma que por fin había creado y que era buena y se sentía casi llena; esa a la que no alcanzaban las sombras del pasado.
Y tengo que soltar a la única persona que he intentado tener solo para mí en toda la vida.
Bennett.
«Para. Ya sabías que esto pasaría. Tratar de aferrarte a él fue una estupidez. Mira que eres estúpida...».
Intento dejar de pensar en eso. Arranco un trozo de papel higiénico y me doy unos toquecitos en las bolsas de los ojos para secarme las lágrimas.