Unbound (The Undone 3) 58. Paloma
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58. Paloma

Paloma

PASADO: PRIMERO DE CARRERA

—¿P.? ¿Estás bien?

Asiento.

—Nerviosa. Solo es eso.

La suave música que suena en el interior del coche de Bennett es relajante, pero estoy distraída y no paro de doblarme y desdoblarme los bajos de mi falda maxi con estampado de florecitas. Hace un poco de frío para ir vestida así, pero quería causar buena impresión. Modesta, pero femenina. Bonita.

Estoy desesperada por caerles bien.

Hacia el final de este trayecto de dos horas en coche, Bennett se da cuenta de que estoy jugueteando con la prenda. Alarga el brazo y me acaricia ambas manos con la suya, gigantesca.

—Irá genial.

—Sí —respondo; su presencia me calma.

La casa de Adam en Beacon Hill es más pequeña que esta, aunque tampoco mucho. También en esta abundan los lujos, pero de forma distinta.

Bennett me ha contado, aunque muy superficialmente, que tanto su padre como su madre nacieron en el seno de familias adineradas.

Mientras que su padre proviene de un largo linaje de extravagante riqueza que han ido construyendo sin descanso, la fortuna de su rama materna es más reciente.

Me pregunto si el suyo no fue algo así como un matrimonio de conveniencia.

«Su vida no es ninguna telenovela», me reprendo a mí misma. Vuelvo a centrarme en el acceso privado, con sus ornamentadas puertas y una preciosa fuente que, ahora mismo, está cubierta por una gruesa capa de nieve.

La madre de Bennett se encuentra justo en la entrada.

Es guapísima y alta, con una melena de rizos color miel que le caen en cascada y que se ha ondulado con elegancia.

Tiene los ojos azules, más claros que los de Bennett, y me estudia con detenimiento.

Una vez. Dos. Acto seguido, saluda a su hijo con un gesto tierno, colocándole la mano en la mejilla.

Bennett casi se estremece y se aparta, pero enseguida se acomoda a ese sutil tacto y le dedica una leve sonrisa.

—Mamá —la saluda. Luego se gira hacia mí, me coge la mano que tengo cerrada en un puño a un costado y entrelaza sus dedos con los míos—. Te presento a mi novia, Paloma.

—Encantada de conocerte, cielo. —Me mira un segundo antes de preguntarme—: ¿Te importa que te abrace?

—Para nada.

Sonrío y extiendo los brazos. La mujer me estrecha enseguida.

—Ni te imaginas lo difícil que se me hace no abrazar a mi hijo, pero... Bennett es distinto, ya lo sabes. —Se separa y sacude la cabeza—. A veces, me cuesta.

A pesar de que suena amable, el comentario no parece nada acertado. Es cruel y doloroso.

Miro un segundo a Bennett, que tiene las manos hundidas en los bolsillos de sus elegantes pantalones de vestir y se está mordiendo el labio inferior. Parece avergonzado. Doy un paso atrás y le cojo la mano.

Abro la boca, como si fuese a defenderlo o a gritar a su madre, tal vez una combinación de ambas cosas. Sin embargo, Bennett me da un sutil apretón en la mano y sacude discretamente la cabeza. Me contengo.

La mujer dice algo que no oigo porque el corazón me late tan fuerte que lo noto en los oídos. Es una mezcla de furia, desconcierto y frustración.

Bennett me da un beso en la frente y se separa. Le hace un gesto a su madre con la cabeza y le dice:

—Ya lo ayudo yo a traer la comida.

« Lo . Al padrastro de Bennett».

Me enderezo enseguida y me recuerdo que todavía no he acabado con las primeras impresiones.

—¿Bebes, Paloma? —me pregunta la madre de Bennett mientras la sigo por su lujoso salón.

Se sirve algo de una botella que cuesta más que mi matrícula anual, seguro.

Niego modestamente con la cabeza. Solo tengo dieciocho años, pero es que, además, el alcohol me recuerda a cosas que preferiría olvidar. Si he decidido no beber, es por muchas razones.

—No —contesto—. Pero gracias, señora.

—Llámame Helen.

Me guiña un ojo y me guía hacia una mesa grande para que me siente. A pesar de que está pensada para alojar a muchos comensales, la han puesto solo para cuatro personas. Helen toma asiento delante de mí, en diagonal, y me pasa una copa con cuatro gotas de vino blanco.

—Pruébalo, cariño —me insta—. No todos los días se puede probar un vintage de esta categoría.

No quiero beber, pero sí quiero caerle bien a su madre. De modo que acepto la copa y me trago el contenido bruscamente.

Puede que sepa distinto del vino de cartón, pero no me doy ni cuenta. Aun así, dibujo una encantadora sonrisa con mis labios pintados de rosa.

—Qué bueno —musito.

La mujer asiente a modo de aprobación y le da otro sorbo a su burbujeante champán, manchando, a su vez, el borde de la copa de pintalabios.

Abre la boca como si fuese a decir algo de nuevo, pero, justo en ese instante, aparece Bennett por la puerta con una bandeja grande de salmón sobre una gruesa tabla de madera.

Parece fresco y tiene pinta de estar delicioso, y lo han cortado en unas porciones considerables.

Bennett nos sirve cuatro platos antes de regresar a la cocina.

—Parece...

Dejo la frase a medias porque se me seca la garganta en el acto. La copa vacía se me resbala de la mano, rebota contra la mesa y se me cae en el regazo.

Pelo rubio engominado hacia atrás, perilla canosa e inquietantes ojos de color verde claro.

Ethan Marks, mi pesadilla en persona, al otro lado de la mesa (que, de repente, parece ser pequeñísima), con una sonrisa de oreja a oreja y un bol de verduras asadas en las manos.

Me mira alegre, como si yo fuese su regalo sorpresa de cumpleaños.

Quiero levantarme, disculparme y echar a correr; pero, en lugar de eso, me quedo helada.

Parezco un ciervo en mitad de la carretera; una presa petrificada ante el desdén de su depredador.

—Ethan —dice Helen, girando la cabeza por encima del hombro y sonriéndole—. Esta es Paloma, la preciosa novia de Bennett. Paloma, este es mi marido, Ethan.

Su marido. El padrastro de Bennett.

Se me revuelven las tripas y me cuesta un mundo controlar las lágrimas. Carraspeo y pestañeo deprisa para deshacerme de ellas.

—Un placer, Paloma —dice dejando el bol en la mesa.

—¿Verdad que es guapísima? —le pregunta Helen, sonriéndome ilusionada.

La mujer lo dice a modo de cumplido y a lo mejor debería darle las gracias. Pero es que no oigo nada aparte del fuerte latido de mi corazón. Creo que me voy a morir.

—Ahí te doy la razón —dice él como si nada, tendiéndome la mano para darme un apretón—. Encantado de conocerte.

No quiero tocarlo. Pero ambos me están mirando, y Bennett sigue sin aparecer.

Estiro el brazo, tembloroso, y él me coge la mano entre las dos suyas. Casi me acaricia la piel con el pulgar mientras me aprieta con fuerza. Tengo tantas ganas de lavarme las manos que me levanto y tropiezo con la silla.

—Me... Eh... —Me tiembla la voz y el sudor empieza a empaparme la nuca—. Tengo que ir al baño, por favor.

—Puedo...

—Siéntate, Helen —le ordena él con delicadeza antes de darle un beso en la mejilla—. Ya le enseño yo a Paloma dónde está. Total, tengo que cambiarme de camisa. Huelo a humo.

—De acuerdo —accede la madre de Bennett, dedicándole otra centelleante sonrisa mientras Ethan vuelve a llenarle el vaso para que la mujer no tenga ni que moverse.

De repente, se me quitan las ganas de ir porque me acompañará él, pero no veo cómo escaquearme.

Me mantengo alerta, siguiéndolo unos cuantos pasos por detrás, mientras atravesamos ese largo pasillo.

Al doblarlo, llegamos a un punto donde el salón y la cocina ya no quedan a la vista.

El corazón me late con fuerza mientras él abre la puerta y se queda ahí de pie, esperándome.

—Justo aquí, Paloma .

Pronuncia mi nombre como si pretendiera acariciarme. Dudo un segundo antes de tragar con fuerza para deshacerme del grueso nudo que siento en la garganta y me meto en el baño. Intento coger el pomo de la puerta antes de que él pueda...

Se cuela dentro. Me empuja y cierra la puerta a sus espaldas.

—Vete —intento sonar decidida, pero me sale en una débil y chirriante súplica.

—Mírate...

Da un paso hacia mí con cada sílaba que pronuncia y yo acabo con la espalda empotrada a la pared de este medio baño. Es un espacio pequeño y la fuerte luz que desprende la extravagante lámpara de araña que cuelga del techo lo intensifica todo más.

—Pa-para...

Ethan me acerca el brazo a la cara y mis extremidades por fin reaccionan. Le cojo la muñeca para detener el movimiento justo antes de que pueda tocarme el pelo.

—¿Te has teñido? —Se zafa de mi agarre y me lo toca, como si le perteneciera, como si me dominara—. Me encanta el cambio. Pareces toda una adulta.

Me separo y me pego junto a la pared contraria.

—Tienes que irte. Ya. Voy... —Trago saliva con fuerza mientras intento inyectar una fuerza que no siento en mi voz—. Voy a...

—¿Contárselo a Bennett?

Gruño como buenamente puedo, aunque parezco una niña indefensa que intenta enfrentarse a un adulto cruel.

—¿Por qué estás tan seguro de que no lo he hecho ya?

—Porque te conozco, Polly . —Sonríe con suficiencia mientras aguarda a ver cómo reacciono a la provocación de ese apodo, que me ha sentado como una patada—. ¿Se lo has contado?

—Lo haré.

Mentira. Sería incapaz de contárselo a Bennett. ¿Arriesgarme a que me mire asqueado? ¿A que se entere de que la chica a la que tan cariñosamente ha mimado no es quien él pensaba?

Ethan se me acerca más, con las manos en el aire en señal de paz. Sigo con la espalda bien pegada a la pared cual animal aterrado y acorralado.

—Se lo contaré a Bennett —repito rezando para que la voz no me tiemble.

—¿Y qué le dirás? —Sonríe y ladea la cabeza—. ¿Que me sedujiste? ¿Que no parabas de rogarme? ¿Quieres contarle a Bennett que antes te tirabas a su padrastro y que me suplicabas para que te dejara dormir a mi lado porque así no tendrías que regresar a la caravana?

Se me revuelven tanto las tripas que creo que voy a vomitar. Me noto la cara y la nuca supercalientes y la cabeza empieza a darme vueltas.

«No es verdad. No es verdad».

Y, a la vez, una vocecita dentro de mí grita: «¡Para! ¡Para! ¡Para!».