57. Paloma
Paloma
PRESENTE
Es perfecto como el que más e increíblemente atractivo.
Ha nacido justo para esto, para ser un gladiador trajeado en un simulacro de sala de juntas.
Miro cómo asiente y le da un sorbo al zumo de uva espumoso bajo la centelleante luz de las estrellas mientras habla con personas que le doblan la edad como si fuese él quien está al mando de todo.
Bennett Reiner es guapísimo, fuerte y seguro. Va perfectamente peinado y lleva el traje bien planchado, aunque no se ha puesto corbata porque odia cómo se le ciñe al cuello. No sé de dónde habrá sacado un traje como este, que tiene pinta de valer un ojo de la cara, para su gigantesca estatura.
Pero es que Bennett es perfecto.
Es bueno, cuidadoso y amable con todo el mundo.
Es firme y constante. Puedes confiar en él.
Alguien con quien sé que puedo contar y que siempre estará ahí para mí.
Bennett Reiner ha cuidado de mí, a pesar de que él no pudiese beneficiarse de ello en ningún aspecto.
Me ha acompañado a casa en mis peores noches, me ha abrazado cuando tenía pesadillas, se ha enfrentado a mis demonios sin saber quiénes eran o cuánto daño me habían hecho. ..
Me ha escogido a mí. Me quiere a mí .
Y yo solo soy... esto. Para siempre. Me basta con un simple recuerdo para que el miedo que me dice que no puedo tener a Bennett (al menos, no del todo) vuelva a despertar.
Puede que sea guapa, pero todo se reduce a este cuerpo. Y mi belleza es lo que más me duele.
Bennett se aleja del grupo con el que está conversando, me mira y viene decidido hacia mí sin titubear. Me coloca la mano en la cadera para acercarme al refugio que es su cuerpo.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Abro la boca para responder, pero veo a alguien y me detengo. Pelo rubio canoso, esbelto, una mirada intensa que todo lo ve.
Me quedo petrificada.
—¿Qué hace tu expadrastro aquí?
—Ah, se me había olvidado —dice Bennett dándole un sorbo a la sidra con gas—. Mi madre ha decidido traerlo de pareja. Supongo que habrán hecho las paces hace poco. Me dijo que cree que se casarán de nuevo. —Me da un beso en la sien y me acerca más a él—. El año de las reconciliaciones, ¿eh?
Casi me atraganto con mi propia saliva y trastabillo hacia atrás. Aun así, como Bennett me está sujetando, no me caigo.
Vuelvo a estudiar la amable expresión de Bennett en un intento por memorizar cómo está ahora, para que se me olvide. Por si acaso. A pesar de lo mucho que he crecido, estoy a nada de salir por patas.
—¿Seguro que estás bien? —insiste Bennett, inclinándose para besarme la hélice de la oreja antes de apoyarme la nariz en el pelo—. Podemos irnos cuando quieras.
Niego con la cabeza.
—Estoy bien. —He aquí la dolorosa mentira que se me escapa entre los labios—. Voy a por un poco de agua. Prométeme que seguirás aquí cuando vuelva.
—No me moveré de aquí —me asegura.
Estiro la mano para coger el bolso de detrás del respaldo de la silla y pesco el móvil para llamar a Alessia. Para que me anime un poco. O para que me saque de aquí, tal vez.
Echo a andar hacia el otro lado de este majestuoso salón de baile y veo a Anna Koteskiy con dos niños. Lleva un vestido precioso y está en cuclillas, arreglándole la corbata al más pequeño, mientras el mayor de los críos estudia la sala. Parece un miniguardaespaldas.
Sonrío con discreción y me relajo un poco. «Esta vez, Ethan no me ahuyentará».
«Ahora todo es distinto. Mira a Sadie y a Rhys. Tú también puedes tener esta vida».
—Te mereces algo mejor —me recuerdo con un hilo de voz mientras vuelvo a guardar el teléfono en el bolso de mano.
Alguien choca con mi hombro.
—Perdona —dice discretamente una voz provocadora que conozco demasiado bien.
Ethan Marks, empujándome a propósito mientras va hacia la barra, directo hacia la única persona que hay allí.
Vuelvo a fijarme bien y estudio con ansia a la chica que parlotea nerviosa en la barra, donde Ethan acaba de acercársele demasiado.
«Hay que joderse...».
Mi misteriosa y pequeña compañera de piso: Lily.
A pesar de ir con unos tacones tan altos que apenas logra mantenerse en pie, no creo que llegue al metro cincuenta.
Se ha puesto un vestido largo de seda blanco que resalta con su pálida y rosada piel.
La tela se ajusta con delicadeza a su delgada figura; más recta y esbelta que mis curvas.
Con ese escote al estilo halter , el único punto de agarre del vestido son las tiras que lleva atadas alrededor de su fino cuello y que le caen un tanto desiguales por detrás, como si se las hubiese enlazado ella misma.
Sin embargo, la prenda deja una buena extensión de su pálida espalda al descubierto y, justo cuando empieza a tambalearse con esos tacones, Ethan mueve la mano y se la coloca en la parte baja del escote de la espalda.
Echo a andar antes de que pueda pensármelo.
No oigo lo que él le dice, pero sí oigo que ríe con la condescendencia de siempre.
—¿No me digas? Eres encantadora...
—No le hables —le digo a Ethan casi gruñendo. Clavo los ojos en los de Lily y le tiro de la muñeca; ella casi trastabilla—. Lily, ¿qué haces? —le digo, más áspera de lo que pretendía.
—Me... Solo quería pedir una copa. Pero no...
Abre los ojos, se le llenan un poco de lágrimas y a mí se me encoge el corazón. De todos modos, sigo estando demasiado nerviosa como para disculparme.
—Quiere un rosé espumoso. —Pido por ella.
El camarero asiente; siento cierto alivio al ver que le sirve la bebida en una fina y alargada copa de champán.
Lily me sonríe. Acepta la copa de ese burbujeante líquido rosado y los nervios desaparecen.
—Gracias. Te estaba buscando. No sabía que vendrías, pero me alegro un montón de que estés aquí.
Sus palabras son alegres y, cuando me mira, veo que le centellean los ojos.
Ethan se nos acerca haciendo ademán de hablar y yo me tenso de los pies a la cabeza.
—Disculpad —dice alguien con un grave timbre de voz.
Una figura alta se cierne por encima de Lily, a la vez que Adam Reiner se acerca a Ethan y lo apabulla con su sombra. El corazón me da un vuelco en el pecho y empieza a latirme desbocado.
—¿Todo bien? —se interesa el padre de Bennett.
—Claro. Me alegro de verte, Adam —responde Ethan con una mueca y bebiéndose la copa de un trago.
Mi cuerpo reacciona acercándose más a Adam, a esa sensación cálida que me da saber que el padre de Bennett no dejará que pase nada.
—Chicas —dice Adam, girándose hacia nosotras. Yo estoy medio cubriendo a Lily—. Creo que vuestras citas os estaban buscando.
Está más que claro que ha acudido a nuestro rescate, pero acepto la escapatoria que nos ofrece.
Tiro de la mano de mi compañera de piso y sonrío con educación antes de alejarme de ellos.
Miro a Lily:
—¿Has venido acompañada?
—Ah, eh... Sí. Me ha obligado mi padre. Pero no le caigo demasiado bien.
Lo dice riendo, pero baja la vista de la cara a mi escote para estudiármelo con la misma mirada de siempre. Me entran ganas de sonreír de medio lado.
—¿Dónde está?
—¿Quién?
—Tu cita. ¿Quién es?
Lily se endereza, ladea la cabeza y la gira para mirar detrás de ella.
Al lado de una de las mesas que quedan más a lo lejos, hay un hombre de buen porte, atractivo, ataviado con un traje gris marengo y hablando animadamente con el entrenador LaBlanc.
Si tuviese que adivinar cuántos años tiene, diría que unos veintilargos; me sorprende, pero no digo nada.
Lily le da otro sorbo a su rosé espumoso y me fijo en el gigantesco diamante que le centellea en la mano derecha.
—Por Dios, Lily... Me vas a dejar ciega con la cosa esta.
La chica abre los ojos como platos y sigue el recorrido de mi mirada hasta llegar a su mano. Se pone como un tomate.
—Ah... Ya, es grande.
Llamativo es, eso seguro. Y también bastante feo. No se parece en nada a algo que fuera a ponerse mi compañera de piso.
—Mi padre me ha obligado a ponérmelo —confiesa, y se encoge de hombros.
Se termina la copa y deja que se la lleve uno de los camareros que pasa por ahí.
He aquí un sutil recordatorio. Estamos hablando de la chica que me dijo que le pagara «lo que yo quisiera» para vivir en una bonita casa adosada en pleno centro de Waterfell.
De la chica cuya vestimenta diaria sospecho que cuesta más que la matrícula de todo un semestre.
A juzgar por el anillo en cuestión, el entrenador LaBlanc debe de tener tantísimo dinero como los Reiner.
—Voy a esconderme en el baño —musita Lily—. ¿Quieres venir?
Desvío la vista hacia el círculo donde se encuentran Bennett, sus amigos y sus padres. «Escaparte nunca te ha traído nada bueno. Aguanta y hazle frente a todo esto».
—Voy a volver con Bennett —respondo. Le apoyo la mano sobre su pálido y desnudo brazo y le doy un apretón—. ¿Quieres venir conmigo?
Lily niega con la cabeza.
—Estoy bien —contesta.
Le coloco detrás de la oreja un mechón de pelo que se le ha caído y me aseguro de que lleve los audífonos puestos.
—Si necesitas cualquier cosa, ven a buscarme.
Lily sonríe y se toca el brazo en el mismo punto en que se lo he apretado antes de marcharse. Espero a que eche a andar por el pasillo que da a los baños antes de regresar con Bennett.
Bennett me envuelve con un brazo, me acerca a él y me da un rápido beso en el pelo sin interrumpir la conversación.
El padre de Rhys, Max Koteskiy, y Adam Reiner están hablando de la siguiente fase de recaudación de fondos para una nueva obra benéfica.
Todo el mundo los escucha en silencio, atentos, y hablan solo cuando les hacen alguna pregunta.
Rhys, que está al lado de Bennett, le dice algo mientras Sadie intenta zafarse de su abrazo. Él no titubea siquiera y vuelve a abrazarla mientras continúa susurrándole algo a mi novio.
—¿Pronunciarás un discurso? —me pregunta Ethan de repente mientras se acerca al círculo y se coloca al lado de la madre de Bennett.
—¿Q-qué? —respondo.
Había desconectado de la conversación y me había centrado en el silencioso toma y daca de Sadie y Rhys (ambos quieren llevar la voz cantante), que queda a medio camino entre lo real y unas preliminares. Así que me he perdido gran parte de lo que estaban diciendo.
—Solo pensaba que... Lo siento, Paloma. Creía que tal vez estarías parcialmente involucrada en esta obra benéfica, teniendo en cuenta que...
Deja la frase a medias. Me pitan los oídos y, como se me entumece el cuerpo entero de repente, la calidez que me aporta la mano de Bennett en la cintura desaparece.
—¿Que qué? —pregunta mi novio.
Ethan frunce el ceño, pero veo que esconde una sutil sonrisa tras la copa mientras le da otro sorbo a la bebida.
—¿Alguna vez te ha contado Paloma que nos conocemos?
Se me hiela la sangre y me tambaleo un poco sobre los tacones.
—No —responde Bennett, y me mira confundido. Casi le atisbo dolor en los ojos—. ¿P.?
—Eh...
Ethan sonríe y alarga la mano para darme unas palmaditas en el brazo. Me cuesta un mundo contenerme y no estremecerme.
—No pasa nada, Paloma. No hay de qué avergonzarse —dice Ethan, serio, con la misma cuidadosa intensidad que mostró conmigo cuando tenía trece años y estaba aterrada.
Y se pone a contar la historia. Mi historia. Delante de todo el grupo formado por Adam, Max, Helen, Rhys, Sadie y Bennett.
—Conocí a Paloma cuando aún era policía y me habían destinado a la zona donde vivía ella: un camping de caravanas al que teníamos que ir a menudo.
Su madre era adicta a ciertas drogas y solía tener a algún que otro desgraciado por ahí, entrando y saliendo de casa.
Y Paloma era tan pequeña... Dios, ¿cuántos años tenías? ¿Diez?
—Trece.
—Trece. Guau. —Me sonríe. Y sé que está consiguiendo atraparlos a todos en la red que está tejiendo al contarles que se apiadó de esa pobre niñita.
Me entran ganas de vomitar—. En fin... Hace años no la reconocí.
Pero, ahora, con el pelo rubio... Es imposible que no vuelva a ver a esa misma niña.
Y me alegro muchísimo de comprobar que te va tan bien.
—Señala al señor Koteskiy con la barbilla y le dice—: Paloma es un claro ejemplo de la clase de niños a los que ayudaréis con esta obra benéfica.
Me entusiasma que hayáis organizado algo así.
Trastabillo, alejándome del círculo. A duras penas consigo contener el vómito que me sube por la garganta.
—Te-tengo que irme —suelto atropelladamente, con las palabras entrecortadas—. Lo siento. Pe-perdón.
Es todo cuanto consigo decir antes de salir pitando hacia la otra punta del salón tan deprisa como me lo permiten estos tacones. A la que se abren las puertas y me recibe el reconfortante y frío aire de la noche, echo a correr, pies para qué os quiero.
«Menos mal que ya no pensabas huir».
«Penoso», susurra una voz que odio. Solo que, esta vez, no suena como la de ese hombre.
Sino como la mía.
Hasta que alguien me agarra por el hombro.