Unbound (The Undone 3) 56. Bennet
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56. Bennet

Bennet

PRESENTE

Al igual que todo lo que lleva la firma de los Koteskiy, esta gala benéfica es perfecta. Hay un cuidadoso equilibrio entre riqueza (para reunir la ayuda económica que piden) y el foco que ponen en los grupos a los que han venido a ayudar.

Anna, Oliver y Liam están en el área de recepción de los invitados. Ella me da un fuerte abrazo y un beso en la mejilla antes de adular a su hijo.

—Hay dos chicas encantadoras esperándoos ahí, señoritos —nos dice sonriendo y con los ojos centelleantes mientras señala la entrada al salón principal de baile con la cabeza—. Dadles las gracias de nuevo a las dos por ayudarme.

Rhys y yo caminamos hacia allí, animados, como quien sigue la estrella polar. Al ver que mi mejor amigo echa a correr sutilmente para levantar a su novia por la espalda y que ella suelta un delicado grito que retumba por esta sala medio vacía mientras le pega un manotazo a Rhys, me río por lo bajo.

—Dios, qué animal... Te lo juro: tienes que ponerte un collar de esos con cascabeles —suelta Sadie, dándole un codazo, a pesar de que se sonroja cuando él le susurra algo al oído.

—¿Quieres tenerme bien atado, kotyonok ? —Vuelve a darle un beso en la sien—. Porque no seré yo quien me oponga...

—¿Y Paloma? —pregunto antes de que se les olvide que estoy aquí.

—Ahí —responde Sadie, señalando hacia el otro lado de la sala con la barbilla.

Veo a una chica rubia con curvas recolocando los cubiertos en una de esas llamativas mesas.

El vestido de seda de color azul marino envuelve su sinuoso cuerpo como si de agua se tratase.

Como no tiene tirantes, le quedan los hombros al descubierto; un pañuelo de seda azul marino y oscuro como la noche le envuelve el cuello y le cae por la espalda hasta casi rozar el suelo.

Al girarse, sus voluminosos rizos le envuelven la cara. Lleva la melena suelta y solo se ha sujetado el pelo con una simple horquilla de color negro a ambos lados.

—Bennett —exhala. Al verme, la mirada se le relaja—. Hola.

—Estás preciosa —le digo con la voz entrecortada—. Alargo la mano y le toco la tela del vestido por encima de su generosa cadera—. Te echaba de menos.

—Y yo a ti —dice, retrocediendo un poco y volviendo a centrarse en la mesa.

Parece casi agobiada.

—¿Estás bien?

Paloma asiente.

—Ya acabo. —Se muerde el labio inferior y se afana a terminar—. ¿Crees que a la señora Koteskiy le gustará cómo lo he dejado?

—Estoy seguro de que te ha pedido que la llames Anna —susurro mientras me acerco a ella por detrás—. Y le encantará. Le encantaría hicieras lo que hicieras, ¿sabes? Es... es una buena madre.

—¿Tenéis mucha relación? —se interesa—. ¿Con los Koteskiy? ¿Con Rhys y su familia?

A juzgar por su tono de voz, quiere decir algo que no está verbalizando, pero soy incapaz de descubrir de qué se trata. No puedo vérselo en su expresión ni atisbar nada que me indique qué es, porque sigue molesta.

—Sí —respondo—. Rhys y yo hemos crecido juntos, así que Max y Anna son como mis segundos padres, lo cual me vino.

.. especialmente bien durante el divorcio.

A veces, me quedaba en su casa. Y... Anna siempre me ha aceptado más que mi propia madre —añado apresuradamente, como si pudiese evitar ahondar demasiado en eso.

Paloma tuerce el gesto y gira la cabeza por encima de uno de sus delicados hombros.

—Oye... Lo siento. Siento que tu madre te complique tanto las cosas.

Sacudo la cabeza y contesto:

—Soy yo quien...

—No, Bennett. No eres tú —me corta con un tono más severo del que esperaba—. Es tu madre. Y las madres no deberían actuar de esta manera.

No la presiono con todas las preguntas que quiero hacerle. Sobre su propia familia, acerca de su madre. Ha soltado algún que otro comentario y todos parecen molestarla aún más, así que aparto esas ideas.

—¿Estás seguro de que ha quedado bien? —pregunta mordisqueándose el labio—. Quiero que le guste a Anna.

—Le encantará. Ven aquí, P.

Esa orden va como anillo al dedo, porque Paloma acerca su cuerpo al mío antes de girarse en mis brazos. Como lleva tacones, su boca queda más cerca de la mía y me resulta más fácil besarle la piel, los labios, el pelo... Con cuidado de no despeinarla lo más mínimo.

—Estás guapísimo —dice con los ojos centellantes—. Muy elegante. Pareces un príncipe.

Debería sonar a broma, pero parece genuino. Real. Me enderezo un poco más.

—Hey —nos saluda otra persona invadiendo nuestro espacio. Es Sadie, que está colocándose bien los tacones con una sola mano porque, con la otra, está sujetándose en una silla que le queda al lado para no perder el equilibrio—. Voy a lavarme las manos. ¿Me acompañas?

Paloma me da un rápido beso en la mejilla, asiente y la sigue a través del salón de baile. Las miro mientras se alejan y continúo con la vista clavada en ese sombrío pasillo, como si Paloma fuese a reaparecer de inmediato.

Alguien me coge el antebrazo con fuerza y me acerca a la pared. Me quedo estupefacto al ver a mi padre. Lleva un esmoquin negro y una pajarita, se ha repeinado los rizos hacia atrás con gomina y tiene la mirada sombría.

—Tenemos que hablar.

Me zafo de su agarre, pero no me alejo.

—Pues habla.

Baja más la voz y susurra:

—¿Piensas contarme por qué he recibido un cargo por parte de tu psicóloga por no haberte presentado a la sesión?

«Dios...». Como nuestro seguro no lo cubre, mi padre ha recibido el aviso de cargo. Un aviso que le informa de que me he saltado tres sesiones de terapia consecutivas.

Mantengo una expresión neutra y procuro que no me delate ningún espasmo muscular, pues mi padre siempre ha sido quien mejor ha sabido leerme. Me bastaría con pestañear de forma extraña para que se diese cuenta. Doy un sorbo a la bebida y levanto la barbilla.

—Te devolveré el dinero.

Se le enciende la expresión. Es como si acabase de prenderle fuego a una cerilla. Aunque, más que enfadado, parece dolido.

—Que me devolverás el dinero... —musita casi sin aliento—. Me estás tomando el puto pelo, ¿no? ¿Qué diablos está pasando, Ben? ¿Por qué no vas a terapia?

—Estoy bien.

—No lo estás —espeta—. Háblame. Por favor, Ben...

—Si te soy sincero, papá, eres la última persona con quien quiero hablar ahora mismo. —Es duro decirlo esto, pero me giro antes de ver cómo le sienta—. Además...

—Adam Reiner —nos interrumpe otra voz.

Me acerco la mano al puente de la nariz y me lo froto con el pulgar mientras noto que me empieza a doler la cabeza.

El nuevo entrenador de Waterfell se planta ante nosotros, colándose en nuestro círculo con una chica pelirroja pequeña al lado. Es Lily, la compañera de Paloma, que va cogida del brazo de un elegante hombre joven a quien no reconozco.

Mi padre frunce el ceño y me estudia un segundo más antes de erguirse y esbozar una afilada sonrisa.

—Disculpe, ¿nos conocemos?

—Christopher LaBlanc —se presenta el entrenador con una mano en el pecho y la otra alrededor del tallo de una copa de vino—.

Soy el nuevo asistente de entrenador de los Wolves, más para hacerle un favor a Harris que por otra cosa, pero.

.. —Se encoge de hombros y dibuja una amplia sonrisa, dejando sus dientes a la vista, antes de concluir—: Aquí estoy.

—LaBlanc, claro —responde mi padre, aceptando el apretón de manos del asistente de mi entrenador—. Un placer conocerlo oficialmente. ¿Ha vuelto a entrenar, entonces?

—Me gusta involucrarme en todo lo relacionado con el mundillo. Usted ya me entiende.

Con el sutil ruido de la conversación de fondo, saludo a la compañera de piso de Paloma con la cabeza y digo:

—Lily, me alegro de verte.

Parece un poco sorprendida de que la haya reconocido.

—Hola, Bennett.

LaBlanc nos mira y comenta:

—No tenía ni idea de que conocías a mi hija, Reiner.

Acabo de hacer la conexión ahora mismo, pero asiento.

—Comparte piso con mi novia —le cuento a mi entrenador antes de mirar a Lily de nuevo—. Paloma también ha venido. Seguro que le encantará verte.

La chica desvía la vista hacia su padre, como si estuviese pidiéndole permiso, pero él niega rotundamente con la cabeza.

—Quieta aquí —le ordena con una voz muy distinta a la que le he oído hasta ahora—. Ya hablarás con ella cuando vuelvas al apartamento.

Mi padre frunce el ceño y estudia la situación con cautela.

—¿Lily? —insisto de nuevo.

Ella se muerde el labio inferior y me clava la mirada en el bolsillo de pecho de la americana.

—Ya hablaré con ella luego —contesta antes de volver a fijar la vista en el suelo—. En casa, quiero decir.

Le sonrío con amabilidad y asiento. Lily es importante para Paloma; es amable con ella y diría que es una de las pocas amigas que tiene. De modo que, por extensión, también es importante para mí.

Me disculpo y doy media vuelta para ir hacia la otra punta del salón.

—Ben —me llama mi padre con delicadeza—. Todavía tenemos que hablar.

Asiento, pero no hago mucho más. Aquí hay demasiada gente importante y, como el salón de baile está cada vez más lleno porque no paran de llegar invitados, la necesidad que siento por encontrar una escapatoria es cada vez mayor.

Atravieso la sala a toda prisa, me escabullo por el pasillo que da al baño de chicos y, al avanzar, alguien choca con mi hombro.

—Perdón —me disculpo.

Holden sacude la cabeza, con los ojos abatidos.

—No pasa nada. Me... Todo bien, Reiny.

Se larga sin decir más. Quiero ayudarlo, preguntarle qué le pasa y asegurarme de que está bien, pero no puedo. Sigo con el corazón a mil y el pánico empieza a adueñarse de mí.

«Solo necesito unos minutos para calmarme».

Voy hacia el lavabo, me mojo las manos con agua fría y me doy unos golpecitos en las mejillas, humedeciéndome cuidadosamente la nuca mientras practico un poco de respiración cuadrada para tranquilizarme.

Es como si la ansiedad hubiese surgido de la nada, pero es innegablemente fuerte.

Tal vez lleve semanas cociéndose. Aun así, logro controlarla.

«Inspira en cuatro segundos. Aguanta el aire otros cuatro. Suéltalo en cuatro. Vuelve a aguantar otros cuatro segundos más».

«Otra vez. Y otra».

Poco a poco, la bruma que me nublaba la vista se disipa. Se me ha tranquilizado un poco el corazón y ahora ya me late más lento, a su ritmo habitual.

«Va todo bien».

El chirriar de la puerta de uno de los baños retumba por este espacio vacío.

—Mierda —musito levantando la vista y cruzando la mirada en el espejo con la de Toren Kane.

Viste de negro de los pies a la cabeza; es como una versión idealizada del mismísimo Hades, con la camisa algo desabotonada y la corbata un poco suelta alrededor de su tatuado cuello, todo a juego con la americana negro ónix que le cuelga de un hombro.

La piel, sutilmente morena, le centellea bajo la luz de las lámparas de araña de este refinado baño de mármol; sus ojos parecen convertirse en piscinas de puro oro.

Igual de impactantes y perturbadores que siempre.

—¿Todo bien? —me pregunta en un tono que no es ni irónico ni mordaz. Simplemente, parece un poco preocupado; tiene el ceño fruncido.

—Sí —respondo mientras me lavo las manos.

Sonríe y se aprieta el labio inferior con el pulgar de la mano que le queda libre, dejando que le centelleen esos plateados anillos.

—¿Sí? —Resopla—. Tanto tú como Blake mentís de pena —enfatizando las dos últimas palabras.

No digo nada. No muerdo el anzuelo.

Kane interpreta mi silencio como una invitación.

—No parecía que estuvieses muy bien...

—No necesito tu ayuda —le suelto—. Estoy bien. Déjalo, Kane.

Antes de que le dé tiempo a añadir nada más, doy media vuelta y me marcho del baño sintiéndome sutilmente peor que antes.