Unbound (The Undone 3) 55. Bennet
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55. Bennet

Bennet

PASADO: TERCERO DE CARRERA

ENERO

—Tienes que intentarlo.

En la voz de mi padre noto una irritación poco habitual. Juguetea ansiosamente con los cubiertos antes de hacer girar el café americano en el vaso y bebérselo de un trago.

—No es por...

—Sí que lo es y lo sabes —suelta, pero yo hago como si nada.

Esta noche tengo una cita. Y me basta con pensar en ello para que me invada el pánico; un pánico del que, por lo visto, solo puede rescatarme Adam Reiner. A pesar de que, últimamente, ahora que he regresado a Waterfell para mi tercer año de carrera, la tensión no ha hecho más que aumentar.

—Es una cita, Ben. ¿Y si le pides a Rhys que traiga a una chica y vais de cita doble?

Lo he pensado varias veces, pero no he sido capaz de pedírselo. Rhys no sabía nada de ella, de mi primera novia, y explicarle por qué necesito que esté en esta cita con una chica de mi clase solo daría pie a más preguntas de las que yo podría responder.

—Igual sí... —respondo, a pesar de que mi padre ya se ha vuelto a distraer.

Por lo general, me irritaría, pero es que parece... molesto.

Vuelve a mirar detrás de mí justo cuando algo se mueve en mi ángulo de visión.

Es Anna Koteskiy, que está sacándose su coleta de color rubio rojizo del cuello de ese abrigo azul marino que se ha puesto. Mi padre la mira como si quisiera asegurarse de que está bien, como si la mujer acabase de escapar de una muerte segura.

—Bennett, Adam —nos saluda—. Menuda sorpresa veros por aquí.

—¿Estás bien? —le pregunta mi padre tierna pero enérgicamente.

Me acomodo en silencio y le doy un sorbo al agua.

—Sí —responde ella, sonriéndome antes de mirar a mi padre con los ojos un poco entrecerrados—. Intuyo que Max te ha contado lo que tenía previsto hacer hoy.

—Es probable —musita él—. ¿Intuyo que estás bien?

—Esta vez no hace falta que machaques a nadie —responde Anna, sonriendo y apoyándole la mano en el hombro, cerca del cuello, con cierta ternura.

Se hace un largo silencio durante el cual parece que ellos dos estén manteniendo toda una conversación, perdidos entre recuerdos de juventud.

—Estoy bien —insiste ella en voz baja.

Mi padre cierra los ojos y exhala.

—Bien —responde.

—Me alegro de veros —añade Anna antes de que el repiqueteo de sus tacones contra el suelo de mármol anuncie su marcha.

Mi padre la sigue con una mirada desesperada. No es la primera vez que se la veo, pero nunca ha sido así de descarada. Cuanto mayor me hago, más fácil me resulta reconocer esa aflicción tan familiar.

Y me doy cuenta de que mi padre parece... cansado. Como si hubiese vivido cien vidas y no hubiese sido del todo feliz en ninguna de ellas. Vuelvo a notar cierto pesar en el pecho mientras lo observo.

Somos como dos gotas de agua. Dos personas condenadas a amar desde lejos.

—No suele llegar tarde —tartamudeo, moviéndome un poco en el reservado.

Era la única mesa que quedaba libre, pero tengo a Hannah demasiado cerca. Sobre todo, para ser una primera cita.

El restaurante está lleno de gente y el estridente ruido del local reverbera por el techo. Vuelvo a mirar la hora. Quince minutos tarde. «Manda narices, Rhys».

Pillo el móvil para enviarle un mensaje (al traste con lo de ser relativamente educado) justo cuando alguien dice en voz suave y delicada:

—Odio llegar tarde.

Esa voz parece acallar el ruido. Es una voz suave y delicada que hace que se me erice el vello de los brazos.

Con la garganta seca, consigo reunir la valentía suficiente para levantar la vista y...

Y quedarme literalmente sin aliento al ver a mi mejor amigo haciendo pasar a Paloma Blake a nuestro reservado.

Mi Paloma Blake.

Lleva el pelo precioso, con su color natural: rubio, intenso; ese que yo siempre sospeché que le atisbaba debajo del descolorido tono marrón de sus voluminosos rizos.

Aunque todo lo demás me resulta casi irreconocible.

Se ha maquillado, acentuando sus profundos ojos marrones y sus carnosos labios de un rosado oscuro, a juego con el color de ese top que deja su centelleante y dorada piel al descubierto.

Está más morena, sobre todo si tenemos en cuenta que es invierno, y no puedo evitar que los ojos se me vayan a la prieta tela que le estrecha el pecho.

Dios, es preciosa. Y también es un maldito sueño húmedo con patas. No sé por qué me sorprende que Rhys haya dado con ella. Estaba cantado. Paloma es... de todo. Buena, amable, brillante...

Son dos de las mejores personas que he conocido.

Hace años, mi pesadilla fue aceptar que tal vez ellos dos merecieran estar juntos, a pesar de que, en esa época, pensaba que Paloma sería mía y solo mía para siempre. Ahora me siento como si estuviesen apuñalándome.

Les sonrío e intento deshacerme del dolor que siento en el pecho.

—¿Bennett? —me pregunta Rhys, y ahí me doy cuenta de que estaban hablando—. Conoces a Paloma, ¿verdad?

¿Que si la conozco? Si con «conocer» se refiere a que la mitad de mi alma es Paloma, sí. El tumultuoso oleaje que llega a mi firme orilla.

—Bennett es mi mejor amigo —le dice Rhys sonriendo, alegre y brillante, mientras le pasa un brazo por los hombros a Paloma con cuidado.

El gesto resulta sencillo, cuidadoso y espontáneo. Como si no tuviese que pensarlo previamente o practicar el movimiento para que le salga con naturalidad.

A Rhys, el contacto físico le resulta fácil. Y a mí me puede la envidia.

—Tu mejor amigo —repite Paloma con un tono medio sarcástico, a pesar de que no lo diga en ese plan—. No me lo habías dicho. Nunca.

No está echándoselo en cara a Rhys. Me lo está reprochando a mí.

Tiene los ojos clavados en los míos, casi suplicantes, y yo no puedo apartarle la mirada.

Me duele el estómago porque la medio certeza que me dice «Paloma no lo sabía» está enfrentándose a un sentimiento más siniestro que responde: «De haberlo sabido, ¿acaso habría importado?

Se merece a alguien mejor. A alguien como Rhys».

—Disculpa. —Mi amigo sonríe—. Es demasiado atractivo. Y, encima, sabe cocinar. No quería que te sedujera antes de que pudiese hacerlo yo.

Río, casi demasiado alto, pero me da la sensación de que me arden los ojos. Rhys desvía su sonrisa hacia mí con cierto agradecimiento en la mirada; es como si yo estuviese haciendo el papelón del siglo y siendo el mejor cómplice que nunca jamás haya habido.

«¿No notas mi corazón, Rhys? Me lo estás arrancando del pecho».

—Soy Hannah —se presenta mi cita—. Encantada de conoceros.

—Lo mismo digo —contesta Rhys. Paloma y yo seguimos aguantándonos la mirada—. ¿Cómo os conocisteis?

Noto que Hannah me sonríe, pero no digo nada porque se me ha quedado la lengua pegada. Así que es ella quien responde.

—Los dos estudiamos Derecho. Fuimos juntos a clase de Derecho de Medios de Comunicación el semestre pasado y tuvimos que hacer un trabajo juntos.

—Paloma exhala. Le aparto la mirada—. Como hemos vuelto a coincidir en otra clase este semestre.

.. —Se encoge de hombros—. Esperaba que me pidiera salir él, pero al final tomé yo la iniciativa.

Paloma pestañea y me aparta la mirada esbozando una sonrisa más de depredador que de presa.

—Mira tú qué bien —dice antes de alargar el brazo para coger uno de los vasos vacíos y la jarra de agua. A duras penas la ha tocado cuando Rhys le da un golpe en la mano y se la sirve él mismo—. Cualquiera diría que ha sido cosa del destino, ¿eh?

—¿Y vosotros? —se interesa Hannah, mordisqueándose el labio. Está muy guapa. Esta noche se ha puesto un vestido de flores que ha combinado con un cárdigan y se ha recogido su melena color cobrizo en una coleta alta con un lazo—. ¿En qué os vais a especializar?

—Yo aún no lo tengo claro —dice Paloma, dando un distraído sorbo de agua.

— Hagamos un trato —susurra con ternura y los labios pegados a mi acalorada y pegajosa piel—. Yo solicitaré meterme en Gestión Deportiva, y tú, en Poesía .

Sacudo la cabeza y sonrío .

— Eso es una especialización —contesto .

— Vale. Pues Escritura Creativa. O Literatura.

Y, luego, puedes apuntarte a todas las clases de poesía y especializarte en eso.

—Su risa es embriagadora, igual que lo es notarla a ella cuando se deja caer sobre mi pecho.

La energía que suele desprender después de que nos acostemos empieza a amainar—.

Yo me especializaré en lo mismo. Así podremos ir juntos a clase .

— ¿Sí? —le pregunto con el corazón aceleradísimo bajo su oreja .

Le acaricio el pelo con ternura con la mano .

— Sí. No quiero que intercambies poemas con nadie más .

Vuelvo a reír sutilmente y levanto la cabeza de la almohada para besarle el pelo y acercarla más a mí .

— Nunca. Son solo para ti .

Nos quedamos mirándonos desde lados opuestos de la mesa. Dos mitades de una promesa rota.

Alguien me da un golpe con la mano en el hombro. Me sobresalto en el asiento como si acabasen de electrocutarme y me doy con la rodilla contra la dura mesa de roble.

—Perdona. —Hannah ríe y mira nerviosa a Rhys y a Paloma antes de agachar la cabeza y acercarme los labios al oído para decirme—: Es que tengo que ir al baño.

—Tranqui. Lo siento —respondo saliendo del reservado para que Hannah pueda levantarse.

Ya de pie, me froto un segundo la rodilla y dibujo una sonrisa tan parecida a la de mi cita como puedo, antes de volver a sentarme.

Rhys apoya los antebrazos en la mesa con el ceño fruncido y se inclina hacia mí.

—¿Estás bien? —se interesa—. ¿Es por lo de anoche?

—¿Qué pasó anoche? —pregunta Paloma de repente.

Al darse cuenta de que ha hablado demasiado alto, se sonroja.

Me observa antes de clavar la vista en la mesa como si pudiese atravesar la madera y mis pantalones con la mirada, como si estuviese estudiándome el moratón.

—Bennett es nuestro portero —le cuenta Rhys innecesariamente—. Un cabrón de Yale cargó contra él mientras estaba en una mala posición...

—En mariposa —señalo, porque conozco a Paloma como la palma de mi mano y sé que no necesita que le aclaremos nada—. Pero estoy bien. Fue solo un tirón.

Está molesta, claramente, y verla así hace que me sienta mejor. Pero es como tapar una herida letal con una tirita.

Rhys vuelve a recostarse contra el respaldo de madera del banco antes de agachar un poco la cabeza y darle un delicado beso en la mejilla a Paloma. Cada roce que comparten resulta familiar, como si no fuese la primera cita que tienen. Y puede que no lo sea.

Sé que mi mejor amigo no es de los que se va acostando con cualquiera por ahí.

Sé que Rhys Koteskiy es el adorado chico que se ciñe a la norma de las tres citas y que las chicas no solo lo ansían, sino que lo idealizan.

Y con razón. Ha salido con pocas chicas, pero siempre se ha mostrado romántico y encantador con ellas.

Así que, por más que me siente como una patada en el estómago, me alivia pensar que sé cómo trata a Paloma. Que la acompaña a la resi y le abre la puerta del coche. Que siempre paga él. Que nunca la presionará para que haga nada que ella no quiera hacer.

Es agridulce. Por fin entiendo el sentido de esa palabra.

No vuelvo a casa con Hannah. No regreso a casa directamente. Encuentro un bar, bebo demasiado e intento borrar el recuerdo de las manos de Rhys tocando la piel de Paloma. El recuerdo de ver a mi padre mirando a Anna Koteskiy.

«¿Será alguna maldición de los Reiner?».

Ahogo mi tristeza y mi dolor y me marcho con una desconocida. El alcohol me ha dejado lo bastante aturdido como para que me dé igual. Intento centrarme en la sensación de hundirle las manos en el pelo, en el estricto control que ejerzo sobre su cuerpo de esa forma que tan desesperadamente ansío.

Pero su cara va difuminándose. Ojos de cervatillo marrones y pelo más claro y con más volumen. Hasta que tengo a Paloma entre mis manos, dejando que la sujete con fuerza.

La vergüenza me carcome. Paro de golpe, me disculpo y beso la frente de esa mujer. Ni sé cómo se llama; ella tampoco sabe cómo me llamo yo, pero deja que me duche y se ofrece a pedirme un taxi.

Opto por regresar andando con la esperanza de no llegar a casa nunca.

Prácticamente convencido de que acabaré sucumbiendo al dolor y a la ansiedad.