Unbound (The Undone 3) 54. Bennet
66%

54. Bennet

Bennet

PRESENTE

—¿Ben?

No sé cuántas veces me habrá llamado Rhys antes de que me dé cuenta de que estoy en mi vestidor y sigo medio desnudo. No sé cuánto tiempo llevo aquí, perdido en mis pensamientos. Últimamente, todo me parece un poco difuso, como envuelto en una bruma.

Pillo la camisa de la percha y me la pongo. Acto seguido, cojo el móvil (como si fuese a llamar a Paloma otra vez) y lo guardo. «Déjala disfrutar de la noche. Está con Sadie. Está bien».

Paloma está bien. Yo estoy bien. Todo va bien.

—Perdona —digo.

Sacudo la cabeza y miro a Rhys mientras se pone el cinturón.

Abre la boca, pero, antes de que pueda decir nada, se oye una voz de crío.

—¿Me ayudas, porfa?

Liam abre los ojos como platos al abrir la puerta de mi habitación, donde Rhys ha decidido acomodarse.

El hermano pequeño de Sadie es un niño tierno, pero un poco revoltoso.

Ahora, en cambio, está frustrado y busca la reconfortante presencia de mi mejor amigo.

Le tiende las manos a Rhys para enseñarle una pequeña corbata de color azul marino con un estampado de lobos.

Rhys se arrodilla delante del niño con una sonrisa y le habla en voz baja y con cuidado mientras le hace el nudo.

Atisbo otro movimiento en la puerta y, entonces, aparece el mediano de los hermanos Brown: Oliver. Va vestido de los pies a la cabeza, pero lleva la corbata demasiado apretada, con el nudo mal hecho. No para de tirar de ella.

«Me recuerda a ti», me confesó Rhys una mañana que pilló a Oliver haciendo los deberes en la encimera. El niño se había quedado a dormir con nosotros y disfrutaba del silencio que se respira en casa cuando solo estoy yo abajo; a veces, Ro.

También oí todo lo que no me dijo.

—Oliver —digo tanto para saludarlo como para llamarle la atención—. Quítate la corbata.

El crío frunce el ceño. Es clavado a Sadie en muchos aspectos: pelo oscuro, pecas, tez pálida y ojos grises de gato.

Al igual que a ella, le cuesta confiar en los demás y se muestra escéptico.

Sin embargo, enseguida se da cuenta de que yo tampoco llevo corbata (nunca me la pongo); se la quita y se la guarda en el bolsillo.

—Gracias —contesta en voz baja.

Oliver entra para llevarse a Liam y le dice que su hermana está esperando que le envíen una foto de cómo van vestidos.

—Decidle a vuestra hermana que salimos pronto —les pide Rhys a los niños, metiéndoles prisa para que se vayan.

Vuelve a cerrar la puerta y se recuesta en ella. Lo miro con cautela.

—Deberíamos hablar.

—¿De qué?

Me sonrojo mientras atravieso la estancia para pillar la americana antes de meterme en el baño, mirarme el pelo y lavarme las manos.

—De Paloma —contesta, y yo cierro los ojos de forma involuntaria—. Oye, siento...

—Para —suelto antes de plantar las manos en la encimera y dejar caer la cabeza un segundo.

Temía esta conversación, pero conozco lo suficiente a Rhys como para saber que sería incapaz de seguir posponiéndola.

Mi mejor amigo es buena persona, se preocupa muchísimo por los demás, pero también se martiriza.

He aquí el motivo por el cual nunca le conté nada de lo de Paloma; sobre todo, después de que ellos dos estuvieran saliendo.

No me gusta pensar en eso ahora, pero sé que, aunque a mí me duela, a Rhys también. Se siente responsable por haberme traicionado y la culpa le inunda el rostro.

—Bennett... —Está de pie con los brazos cruzados, en la puerta, a unos escasos treinta centímetros de mí, y me mira a través del espejo del baño—. Si lo hubiera sabido...

—Lo sé —susurro, y cierro los ojos con fuerza—. Pero no podías saberlo. Porque no te lo dije.

Asiente. Sé que mis palabras no bastan para que Rhys deje de sentirse culpable. Pero, de momento, tendrán que servirle.

Rhys me da un segundo más antes de suspirar con pesadez y preguntarme:

—¿Cuánto tiempo lleváis...?

—Hace poco que hemos empezado a salir otra vez.

—Otra vez... —exhala—. Bennett, eres mi mejor amigo. Te conozco, así que te lo voy a volver a preguntar: ¿cuánto tiempo llevas enamorado de Paloma Blake?

—Desde otoño de primero de carrera. —Seguramente, desde la primera vez que la vi en los vestuarios de hockey—. Mucho tiempo —añado sonriéndole.

—Madre mía... —musita Rhys, frotándose los ojos—. Con razón Siete se volvió loco esa noche.

Frunzo el ceño y levanto la cabeza.

—¿Qué noche?

—¿No te acuerdas? —Rhys ríe y sacude la cabeza—. Creo que fue en... ¿primavera? ¿De segundo? Montamos el primer fiestón aquí y vino tanta gente que casi se nos fue de las manos...

No recuerdo casi nada de la noche en cuestión. Yo nunca he sido de beber demasiado, pero esa noche lo hice. En exceso. Y lo odié con todo mi ser.

—Bueno, Paloma vino. Recuerdo que estaba sola y diría que iba borracha, pero había un cabrón que no la soltaba ni a sol ni a sombra. Y cuando estuve a punto de ir y decir algo, tu gigantesco perro pasó por mi lado a toda leche y se echó encima de ese tío. ¿En serio no te acuerdas?

Abro los ojos como platos y niego con la cabeza.

—¿Siete atacó a alguien?

—Fue un caos. No me puedo creer que no te acuerdes. Aunque, pensándolo bien, creo que Siete solo salió porque Freddy te ayudó a subir a tu cuarto y os quedasteis los dos fritos en tu cama.

Se me dibuja una sonrisa en los labios, tanto por el ligero bochorno que siento como por ese agradable sentimiento de amistad. Es probable que fuese la vez que más unidos hemos estado con Freddy; al menos, físicamente.

—Pero sí: Siete fue a por ese tío. Le ladró.

Nunca lo había oído ladrar hasta entonces.

Se puso a gruñir y a aullar. Y, luego, cuando le tiré del collar para apartarlo del tipo en cuestión, se colocó encima de Paloma, que estaba sentada.

Creo que se pasó la noche ahí, durmiendo con ella.

A ver, cuando nos despertamos, nos encontramos con unas cincuenta y pico personas en casa. De eso tienes que acordarte.

Cierto. Me horrorizó aquella situación, se me disparó la ansiedad; eso sí lo recuerdo. Rhys casi tuvo que encerrarme en su cuarto (que había conseguido librarse del caos) mientras lo arreglaba todo.

—Ahora... Ahora lo entiendo. —Rhys sacude la cabeza—. Y lo siento. Nunca quise hacerte daño. Ni con Paloma ni al alejarte de mí cuando me dieron los ataques de pánico y todo eso. Me... Lo siento.

—No pasa nada. —Le doy un apretón en el hombro—. Todo bien.

—¿Seguro? —pregunta deteniéndome antes de que pueda pasar por su lado.

A pesar de que estamos solos en mi habitación, baja más la voz y comenta—: Te has saltado el entreno.

Dos veces. No es... La última vez que hiciste esto estábamos en primero y ambos nos lo saltamos porque estabas en la mierda y no quisiste contarme el porqué.

No digo nada. A duras penas me muevo.

—¿Fue por ella? —Baja más la voz y habla con un tono más delicado—. Esa noche, en Fin de Año, cuando te encontré en pleno ataque de pánico... ¿Fue por ella?

—Ella no tuvo la culpa —insisto—. Acabábamos de romper y no me lo... Me sentó mal.

Sigue sentándome mal. Nunca he encontrado las respuestas a qué ocurrió esa noche, pero no voy a ponerme a indagar ahora.

—Eres mi mejor amigo, Ben —comenta—. No quiero que vuelvas a sufrir tanto otra vez.

El rencor y la amargura me abrasan por dentro. Sacudo el hombro para zafarme de Rhys y miro al suelo.

—¿Sí? Bueno, al menos tú sabrás que lo estoy pasando mal. Porque el que se encierra en sí mismo no soy yo.

Se estremece como si acabase de pegarle un puñetazo, pero soy incapaz de arrepentirme.

—Ben...

—Da igual —digo haciendo un gesto con la mano mientras paso por su lado y cojo el pomo de la puerta—. No pasa nada, Rhys.

Le sonrío por encima del hombro.

Porque es verdad, me da igual; al menos, a mí. Pasado, pisado. Estoy harto de que todo el mundo quiera que siga echando la vista atrás cuando ahora Rhys tiene a Sadie y va todo bien. Cuando ahora Paloma está aquí y está contenta.

Eso es suficiente.

Tiene que serlo.

A Rhys y a mí nos irá bien, como siempre. Aunque a veces me pregunto qué fue lo que rompió la firme cadena que pensé que nos uniría para siempre. ¿Qué fue? ¿El golpe que Rhys recibió en primero o el que me dio a mí en el tercer año de carrera?