53. Bennet
Bennet
PASADO: PRIMERO DE CARRERA
ENERO
Ya han pasado tres días y Paloma sigue impregnándome los pulmones.
Cada inhalación es un estallido de enebro y brisa marina, como el primer aroma que te llega al estar cerca del mar. Al final, no puedo seguir durmiendo en mi maldita habitación. Intento quedarme en casa de mi padre, pero tampoco me sirve de mucho.
En cierto modo, es aún peor. Porque la recuerdo en mi cama, en mi cuarto, mientras le susurraba que la quería. Mis poemas contra su piel. No hay forma de deshacerme de ella. Y resulta casi asfixiante.
—Si quieres que hablemos...
—He dicho que estoy bien.
Intercambiamos esas mismas palabras cargadas de dolor y enfado un par de veces más hasta que me voy.
«No está aquí». Al encontrarme solo en el vestuario, me quedo petrificado y me rasco la nuca mientras repiqueteo en el suelo con el pie con unos movimientos controlados.
«Está enferma. No ha venido porque está enferma. Eso es todo».
«No te está evitando. Puedes hablar con ella y todo volverá a ser como antes».
Esos pensamientos repetitivos me relajan tanto y son tan cautivadores que a duras penas me doy cuenta de nada más.
Tardo dos horas en completar mi rutina posentreno.
Un mes de pura adrenalina y de infinitos y patéticos intentos de llamarla. Y luego un mes de ataques de pánico y de dobles sesiones semanales con la psicóloga porque mis impulsos se han agravado tanto que me cuesta incluso salir de casa.
Y, después, llegamos a marzo. La nieve se pega al suelo y la yerma tierra del nordeste del país por fin empieza a ser un reflejo de mi alma.
El equipo entero está de celebración en un bar antes de que empiecen los campeonatos regionales.
Rhys se encuentra de pie a mi lado, en una esquina de la parte delantera de la sala, lo más cerca de la salida posible.
Un grupo de versiones toca un viejo tema de U2 y la música suena alta a través de los altavoces.
Hay muchísimo ruido y está todo atiborrado de gente.
Justo cuando me dispongo a decirle a Rhys que voy a irme a casa, la veo.
Al principio, juraría que no puede ser ella. Rizos elásticos de un decolorado casi platino, sombra de ojos sensual y labios encorvados en una cruel sonrisa socarrona.
—Mierda —musito, irguiéndome.
Me he tomado una cerveza o dos. No voy borracho en absoluto, pero, a pesar de mi constitución, me siento un poco aturdido; no estoy acostumbrado a los efectos del alcohol.
—¿Todo bien? —se interesa Rhys.
Asiento y me separo de él mientras le murmuro que tengo que ir al baño sin quitarle los ojos de encima a Paloma, que está acercándose a la barra.
No sé si me alegra o me molesta verla sola. Lleva unos vaqueros apretados y un corsé de color chocolate sin tirantes; el escote le queda tan apretado y subido que llama la atención de cualquiera que esté a su alrededor. Es guapa de narices, perfecta. Y, aun así, nadie le aparta la mirada del pecho.
Aprieto los puños.
Se le acerca un tipo y Paloma se inclina para hablar con él. Sé que debería pegar media vuelta y marcharme, pero...
El tío le acomoda el pelo detrás de la oreja. «Le ha tocado el pelo».
Ira y odio me nublan la visión; siento que pierdo el control por culpa de la embriaguez y estoy a nada de que me dé un ataque. Quiero ir hacia allí y apartar la mano de ese tipo del pelo de Paloma. Puede que hasta se la corte. Puede que ate a Paloma a mí con unas esposas.
En lugar de eso, echo a correr y vomito en el sórdido baño del bar. Me enjuago en el lavamanos e intento recuperar el control de mi cuerpo desesperadamente.
Pero, cuando salgo, la encuentro aquí.
Ella. Solo ella. Para siempre.
Se me escapa un sonido extraño de la garganta; algo parecido a una exhalación, pero más fuerte. Intento memorizarla de nuevo y la estudio obsesivamente con la mirada una y otra vez. Es tan guapa que se me encoge el corazón.
—¿Paloma?
Levanta la vista hacia mí. Pero, al verle los ojos, me detengo. Parece haber lágrimas en ellos. Están enrojecidos. Me mira aturdida. Se muerde el labio y ladea la cabeza.
—¿Estás...? Paloma, ¿estás borracha?
«Paloma no bebe. Esto no cuadra. Ayúdala...».
Trastabilla y choca contra la pared.
—Estoy bien —responde.
—Venga, te llevo a casa.
—No —suelta, y se le enciende la mirada.
Por un instante, es como si no la conociera. No es la misma persona. Cada segundo que pasa, me sienta igual que si me estuviesen clavando astillas en la piel. Volver a verla, pero no verla a ella realmente, a mi Paloma, es... como vivir una pérdida.
Como sufrir un duelo.
—Déjame en paz —dice, y baja aún más la voz—. Por favor.
Eso último le sale cual súplica susurrada y me acaricia la piel como si de agua se tratase. Un agua que enfría mi acaloradísimo temperamento.
—P. —exhalo. Y como no puedo contenerme, añado—: Deja que te lleve a casa, amor, por favor...
Ese amor se me escapa solo. Paloma se estremece y se aleja de mí. Se le ensombrecen los ojos y baja la vista, apartándola de mi suplicante mirada.
—Bennett, para.
—Paloma, tú no bebes. —Estoy que echo humo y mi cabreo es cada vez mayor—. A ti te pasa algo.
—No me conoces. No... no estoy...
—Deja que cuide de ti, por favor.
Lo digo del tirón, sin pensarlo. Sin que me dé tiempo a asimilar qué acabo de pedirle siquiera.
—No te necesito —escupe enfadada.
Es como si nos estuviésemos dejando llevar por el enfado del momento en este estúpido y oscuro pasillo.
—Vete a la mierda —sentencia marcando bien cada palabra.
Se aleja de mí, trastabillando y con los ojos bien abiertos. Como si se hubiese quedado igual de estupefacta que yo con sus palabras.
Me quedo mirando cómo se marcha de nuevo. Y, si es que era posible, creo que esta vez me duele todavía más.
Ganamos el Frozen Four.
Bebo tanto que acabo como una cuba. Al despertarme con otra persona al lado, me odio a mí mismo.
Dos cosas que no había hecho en la vida y que ahora he hecho en una sola noche.
Me paso día y noche revisando obsesivamente el móvil, limpiando y cortando el césped, a pesar de que esté todo helado, y evitando las miradas de preocupación que me va lanzando Rhys, el único que se da cuenta de lo mucho que estoy cediendo a mis impulsos.
No pego ojo.
Cuando regresamos, Paloma se presenta en la fiesta que hemos montado en la Hockey-resi. La observo en silencio y con el corazón encogido desde una esquina, mi lugar habitual. Estoy desesperado por tenerla, aunque sea solo así.
«¿Me has visto en la tele?», me pregunto. «¿Me echas de menos? ¿Tú también echas de menos estar conmigo?».
Paloma encuentra a alguien con quien bailar. Pido un taxi y me voy a casa.
No vuelvo a verla hasta seis meses más tarde.