52. Bennet
Bennet
PASADO: PRIMERO DE CARRERA
Siete está gimiendo.
Ya lo ha hecho en otras ocasiones para despertarme cuando Paloma tenía alguna pesadilla. Pero no pasaba desde hace un mes, más o menos.
Y sin embargo...
—Calla, porfa —oigo que suplica una voz.
Siete vuelve a gemir (esta vez, más fuerte) y echa a andar silenciosamente por la alfombra, a pesar de que le tintinea el collar. Abro los ojos y veo a Paloma de pie, al lado de la puerta, intentando apartar a Siete para... ¿marcharse?
—¿Paloma? —Se detiene. La oscuridad de la habitación le tiñe el rostro de sombras y me impide verle bien la cara—. ¿Qué...? ¿Qué haces?
—No quería despertarte —susurra—. Tengo que irme.
Frunzo el ceño.
—¿Va todo bien? Puedo llevarte en coche. Tú solo dime dónde...
—No, Bennett —me corta con un tono severo en la voz—. Me... No puedo seguir con esto.
Sacudo la cabeza y suelto:
—Dime... ¿Qué pasa? ¿Adónde vas?
—¿No es evidente? —pregunta ella.
Me da un vuelco el corazón y me sonrojo avergonzado, porque no, a mí no me parece para nada evidente.
Puede que no lo haya dicho en ese plan, pero, desde que nos hemos ido de casa de mi madre al terminar de cenar, me ha dado la sensación de que la cosa no iba del todo bien y me he pasado el trayecto de vuelta en bucle. Algo va mal.
—Cuéntamelo. ¿Por qué...? ¿Qué pasa?
Intento acordarme de todo lo que hemos hecho en las últimas veinticuatro horas. De la cena con mi madre y mi padrastro. Ha sido incómoda, sí, pero no más de lo que suelen serlo mis cenas a solas con ellos. «¿Qué está pasando?».
—No lo entenderías.
—Inténtalo —le pido con un tono más suplicante del que pretendía.
Frustrada, Paloma se pasa una mano por su enmarañada melena. Se recoge el pelo en un moño y se lo ata con la goma que lleva en la muñeca.
—No puedo continuar con esto —dice marcando bien la última palabra y señalándonos a ambos. Me quedo sentado en la cama, desesperado por no alarmarla más de lo que ya lo está por culpa de no sé qué—. Esto... ¿Esta cosa rara que tenemos tú y yo? Tiene que terminar.
—¿De qué estás hablando? —Me duele la garganta; las palabras parecen cuchillas que se me clavan en la boca al salir—. Pensaba que...
—Bennett —me corta Paloma como si nada, a pesar de que cierra los ojos, protegiéndose de mi mirada—. No me conoces. No del todo. ¿Hace..., qué, cinco meses que somos amigos? ¿Y ya pensamos que nos conocemos el uno al otro lo suficientemente bien como para decirnos que nos queremos?
Se me revuelve todo por dentro, no puedo evitar estremecerme.
—Ya...
«Ya sé todo lo que necesito saber y nada de lo que digas me hará cambiar de opinión».
«Me he abierto más contigo que con nadie en toda mi vida».
«Te quiero. Fin de la historia. Por favor... No te vayas».
Antes de decidir si le digo todo esto o no, ella prosigue:
—Ha estado bien, pero mi yo de verdad... La que realmente soy... Ni siquiera la reconocerías. Y no te gustaría.
—Deja que sea yo quien lo decida —le suplico, y se me rompe la voz. Mientras hablo, empiezo a entrar en bucle y siento que voy perdiendo el control—. Porque debería decidirlo yo, ¿no? Enséñamelo. Muéstrame la persona que crees que eres. No me iré a ninguna parte.
Se le dibuja una especie de sonrisa extraña en el rostro antes de que las lágrimas empiecen a brotar de sus ojos marrones.
Ahora que mi soñolienta mirada se ha acostumbrado a esta tenue luz, no puedo dejar de estudiar a Paloma una y otra vez.
Como si fuera a atisbar alguna manifestación física de aquello que le está haciendo daño. Así podría arreglarlo.
—Bennett. No nos conocemos. Solo han pasado cinco meses —repite despacio, como si yo fuese un puto crío.
Y, por primera vez, me enfado con ella. Estoy cabreadísimo y un montón de advertencias me cruzan la mente. Unas que me dicen: «No cuadra, no cuadra, no cuadra».
—Háblame. Dime qué pasa —le suplico con un tono de voz amargo y ahogado; lo detesto—. ¿Cinco meses? Es suficiente. Sí nos conocemos.
—¿En serio?
Paloma se abraza con fuerza. Intento respirar para tranquilizarme. Nunca había sentido que perdía tanto el control con ella cerca; su presencia siempre me ha enraizado, me ha calmado. Ahora, en cambio...
Me levanto y voy hacia Paloma, porque está llorando.
Retrocede y se choca un poco con la puerta. Me detengo.
—Ya sé que tú lo ves así —responde con un susurro que suena tranquilizador—. Pero ¿qué sabemos realmente? ¿El uno sobre el otro? ¿Acerca de lo que hemos vivido o lo que necesitamos?
—Pues dímelo —le pido desesperado. Al intentar contener la apremiante necesidad que siento de ir hacia ella, me resbala el pie—. Podemos encontrar la forma, juntos...
—Bennett —me corta. Un sollozo le ahoga la voz—. No lo entiendes. No puedes.
No puedes . Me da vueltas la cabeza. «Esto no cuadra. No cuadra y lo sabes». Vuelvo a pensar en las últimas veinticuatro horas. Tiene que haber pasado algo que haya desencadenado esta reacción.
«Tu madre. Tu padre. Tu familia».
«Piensan que te pasa algo; siempre lo han pensado. Tu madre a duras penas puede hablar contigo sin sacar el tema a colación. Por fin ha visto eso que tan desesperadamente querías esconder de ti mismo».
—A lo mejor... —dice, y, a pesar de que está hablando con un hilo de voz, la oigo como si estuviese gritando—. A lo mejor no somos buenos el uno para el otro.
Siento una punzada enorme, como si acabasen de pegarme un cuchillazo en el pecho.
—Te refieres a que yo no soy bueno para ti, ¿no?
—Yo no he dicho eso —responde Paloma entre dientes mientras unas lágrimas cargadas de miedo y frustración le resbalan mejilla abajo.
Se le ha enrojecido el rostro y sus delicados rasgos parecen más marcados y angulares. Defensivos. Sin embargo, bajo todo eso, casi puedo atisbar algo de culpabilidad.
—No te ha hecho falta —le digo con un gran nudo en la garganta.
Nunca le he alzado la voz y sigo desesperado por no hacerlo, pero a duras penas puedo contenerme.
Me duele todo demasiado y siento que estoy perdiendo el poco control que aún tengo sobre la situación.
Sobre nosotros—. Lo pillo —añado levantando las manos en señal de rendición, y agacho la cabeza para disimular el dolor que sé que soy incapaz de esconderle a Paloma—. No soy normal.
«¿No puedes abrazar a tu madre sin estremecerte?».
«¿No puedes salir del complejo deportivo sin haber completado tus malditos rituales?».
«¿No puedes tener relaciones sexuales con ella sin sentir que necesitas tener el control?».
Me paso una mano por el pelo y aprieto los puños a los costados. Con la voz rota y dolorida, digo:
—Pensaba que querías estar conmigo.
Es una frase que muestra vulnerabilidad, pero está cargada de ira.
Paloma se estremece, retrocede y vuelve a chocarse con la puerta.
A lo lejos se oyen unos fuegos artificiales que percibo como sonidos fuertes y agresivos que le iluminan el rostro sin cesar cual foco desde la ventana de mi habitación.
—Bennett... Por favor...
—No pasa nada —la corto—. Es demasiado complicado para ti, ¿verdad? Es... Soy... —Se me escapa un sonido frustrado—. Tienes razón. Alguien como tú nunca podría querer a alguien como yo, ¿a que no?
—Bennett... —me suplica con la voz densa y tomada.
Quiero disculparme y suplicarle que se quede. Pero no puedo hacerlo. No puedo. Me matará. Y esto no va a mejorar. En todo caso, cuanto más días paso a su lado, cuanto más le toco el pelo y cuanto más se enraíza Paloma en mi interior, más crece mi obsesión por ella.
No lo niega.
—Vete, Paloma.
Siete gime, colocándose entre nosotros como si no supiera qué hacer.
—Vete.
Ahora, lo digo casi gritando, perdiendo el control.
Paloma se marcha corriendo y cierra la puerta con violencia tras de sí.
La ola de adrenalina que sentía se desvanece en el acto; me ceden las piernas y empiezan a temblarme. Me da un vuelco el corazón y voy dejándome caer hasta quedar sentado en el suelo, con la espalda contra la cama. «No cuadra, no cuadra, no cuadra».
Con el corazón acelerado y las manos temblorosas, cojo el móvil y la llamo. Para disculparme.
Me salta el buzón de voz directamente.
La llamo otra vez. Y otra. Intento dar obsesivamente con ella sin cesar. Sigo oyendo fuegos artificiales afuera y me estremezco con cada estallido de luz.
«Basta. Basta. Que pare ya».
Siete descansa casi todo su cuerpo en mi regazo, reposando su peso contra mi desbocado corazón. Noto un gigantesco nudo en la garganta y me entran ganas de sollozar, pero intento contenerme.
Las horas pasan. Si lo sé es solo porque veo cómo se cuela la luz del sol por las ventanas. Oigo que se abre la puerta principal antes de que vuelva a cerrarse y me llame Rhys.
No respondo.
Tras un largo minuto, entra en mi habitación y abre los ojos como platos.
—¿Ben? ¿Estás bien?
—S-Sí.
No, claramente no estoy bien. El dolor que siento es tal que casi me paraliza.
—¿Qué puedo hacer? —se interesa mi mejor amigo.
No me bombardea a preguntas ni intenta enterarse de lo que ha pasado. Se limita a sentarse a mi lado, paciente, mientras le pido que se quede conmigo.
Avisamos de que no vamos a ir a entrenar. Rhys se queda conmigo todo el día.
—No lo sé —consigo decir.
Noto que tengo las manos frías y entumecidas; flexiono y cierro los puños como si eso fuese a ayudar. Todo me resulta intenso y frío como el hielo.
Rhys asiente.
—No pasa nada. —Tras un segundo, añade—: ¿Quieres que te abrace?
Asiento mientras las lágrimas me resbalan por las mejillas y yo me rompo en brazos de mi mejor amigo, que me sostiene con fuerza para ralentizar el errático latir de mi corazón.
Paloma se ha marchado.