Unbound (The Undone 3) 51. Bennet
62%

51. Bennet

Bennet

PASADO: PRIMERO DE CARRERA

—¿Y si...? —A Paloma se le va apagando la voz—. ¿Y si no les caigo bien?

Está sentada en el asiento del copiloto.

Aparco delante de su resi y atisbo una sutil capa de nieve al otro lado de la ventanilla, por encima de su hombro.

Nos hemos pasado casi una semana entera con mi padre en Beacon Hill y ahora estoy más obsesionadamente enamorado de ella de lo que creía posible.

No sabía que alguien pudiese sentir tanto. Y menos yo.

Anoche, bajo la luz de la lamparita y con los músculos de su espalda en mis manos mientras ella estaba tumbada sobre mi cama, la convencí para que se quedara más tiempo conmigo y me acompañara a la cena de Fin de Año con mi madre. La única tradición que tenemos en fiestas.

La relación con mi madre siempre ha sido complicada.

Decidió dejar de ir a terapia cuando yo era pequeño, lo cual no les gustó ni a mi padre ni a mi psicóloga.

Yo sabía que, si mi madre estaba triste, era por mi culpa, por más que ella lo achacara al autismo, a mi susceptibilidad o a las dificultades que experimentaba con algo que, para ella, era clarísimo. Cosas que «no deberían costar tanto».

Cuando conoció a mi padrastro, todo mejoró. Mi madre e Ethan se conocieron online y empezaron a escribirse por correo electrónico. A mí me preocupaba, pero al final él se mudó de ciudad y se vino a vivir con nosotros. Se casaron al cabo de poco.

Mi padre odiaba a Ethan. Todavía lo odia, lo cual me irrita cada vez que sacamos el tema a colación. Tener que hacer de intermediario entre mis padres es un infierno.

—¿Qué? —Arrugo la frente y desvío la vista hacia ella de golpe.

Pongo los cuatro intermitentes, detengo el coche y me desabrocho el cinturón para girarme hacia Paloma.

Parece tan pequeña y tan delicada en este asiento de cuero negro.

.. Se ha acercado las rodillas al pecho y las suelas de sus Converse garabateadas y con un agujero en el lateral chirrían al rozarse la una con la otra mientras se muerde su carnoso labio.

Se lo suelta haciendo un puchero y, al final, me mira a través de sus largas pestañas.

—Creo que no les voy a caer bien.

—Les vas a encantar —intento tranquilizarla—. A mi padre ya lo has conocido y te adora.

Paloma asiente, pero sigo atisbando la misma preocupación en su precioso rostro.

—Es que... Es tu madre. —Suelta el aire y susurra—: No se me da bien tratar con las madres.

—¿No? —pregunto paciente.

Niega con la cabeza.

—Mi madre es una persona... complicada. Era... Tenía muchos problemas.

Asiento. Me quedo con lo que me dice y trato de deshacerme de mi obsesión y de las intensas preguntas que quiero hacerle.

—Pero... No me... No le caía bien.

Me duele el pecho ante su vulnerable confesión y sacudo la cabeza.

—Ella se lo pierde —respondo—. Mi madre será maja. En todo caso, estará demasiado ilusionada. Y querrá abrazarte, seguro, porque yo no soy muy de... —Carraspeo—. Los abrazos no son lo mío.

—A mí me abrazas —señala ella—. Y a tu padre también.

—Con vosotros es más fácil. —Resoplo y me separo unos centímetros de Paloma.

Me siento extremadamente expuesto y me arde ligeramente la piel, pero sé que debería justificar un poco más mi respuesta—.

A mi madre le cuesta... tenerme en casa.

—Hago una mueca—. Es como si le molestara, casi.

Así que intento ser mejor cuando estoy con ella.

Ser mejor . Esas palabras no acaban de sentarme bien.

Con la doctora Anya, hemos hablado del tema en varias ocasiones. De que no debería tener que disculparme por cómo soy y menos con mi madre. Sin embargo, mi madre tiene una vida complicada y vive sumida en la tristeza. Y quien le rompió el corazón fue mi padre.

«Y quien tiene la culpa de eso eres tú. Bastaría con que...».

Sacudo la cabeza y vuelvo a alargar los brazos hacia Paloma para tranquilizarme. No nos dimos nada por Navidad, pero esta mañana la he llevado a nadar a modo de «regalo». La paz que he entrevisto en su rostro cuando se ha zambullido en la piscina me servirá de sustento durante años.

Ahora lleva unos pantalones de chándal, una sudadera y una chaqueta. Hasta le he cubierto su mojada melena con mi gorro, temiendo que no pasara frío.

—Contigo es más fácil. Lo de los abrazos y el contacto físico, digo. Seguramente, porque confío en ti.

Paloma se sonroja.

—¿Sí? —La inocencia de su pregunta me acelera el corazón. Asiento y ella añade—: Y yo. Yo también confío en ti.

—Guay —respondo cogiéndole la mano y dándole un beso en la palma mientras me la acerco con firmeza a la cara—. Dúchate, vístete y haz lo que necesites. Pasaré a recogerte dentro de una hora, ¿vale?

—Vale.

—Te quiero —le digo desabrochándole el cinturón.

—Te quiero —repite ella.