Unbound (The Undone 3) 50. Paloma
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50. Paloma

Paloma

PRESENTE

Después de ducharnos, Bennett enciende la hoguera y me abriga.

—Podríamos haber esperado a ducharnos luego —digo sonriendo mientras él me sube la cremallera de su chaqueta, que me llega hasta la barbilla—. Ahora vamos a oler a humo y no nos habrá servido de nada.

Bennett se encoge de hombros y saca un gorro de una de las cestas que tienen al lado de la puerta. Cuando hace ademán de ponérmelo, veo que delante tiene el logo de los Winnipeg Jets.

—Ya sabes que tengo que mimarte después de que nos acostemos. Para mí, forma parte de un todo. A veces, es mejor que el sexo en sí.

Abro los ojos como platos y pregunto:

—¿Mejor?

—A veces. —Sacude la cabeza exasperado y, riendo, estira los brazos para bajarme el gorro hasta cubrirme los ojos—. ¿Bien de calor?

Vuelvo a subírmelo y lo miro con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Cuánta gente conocerá esta faceta de Bennett? ¿Esta versión suya más juguetona, sonriente y un poco payasa? Cuando se pone así, se parece muchísimo a su padre.

¿Sabrá Adam Reiner hasta qué punto está presente en la felicidad de su hijo?

Quiero preguntarle qué ha pasado..., qué les ha pasado. Sin embargo, en lugar de eso, me pongo los guantes que me ha tendido Bennett y lo sigo a través de las puertas correderas para bajar hacia la playa. Fuera nos recibe la fuerte brisa de la noche.

—¿Seguro que no tienes demasiado frío?

Asiento.

—Estoy bien —respondo.

Las llamas le iluminan el perfil. El suave sonido de las olas basta para que me relaje del todo en este sitio ya familiar.

—Me gusta estar cerca del agua.

Bennett sonríe con segundas y contesta:

—Lo sé, amor.

—Estoy muy contenta por ti, por el cambio de estudios. Creo que serás mucho más feliz.

Sonríe pletórico y confiesa:

—Ya lo soy.

Me muerdo el labio y, antes de juguetear con el gorro, me acomodo unos cuantos mechones detrás del hombro. Tengo el pelo seco porque Bennett no quería que pasara frío, aunque he visto claramente lo mucho que le costaba contenerse y no lavármelo.

—De hecho, quería pedirte algo.

Asiento para que prosiga y ladeo la cabeza para decir:

—Dime.

—Dentro de poco tenemos una gala. La organizan los Koteskiy para la nueva obra benéfica de cada año.

No suelo ir, pero creo que Sadie y sus hermanos se han involucrado en el tema esta vez y le dije a Rhys que asistiría.

¿Quie...? —se le va apagando la voz, carraspea y se roza la oreja con el hombro: uno de sus tics nerviosos—. ¿Quieres acompañarme?

Que Bennett Reiner pueda ser tan dominante y autoritario en la cama (y que acabe de follarme hasta el límite en el suelo del salón), pero le resulte aterrador preguntarme esto me parece divertido y tierno a la vez.

—¿Como tu pareja?

La calidez de su sonrisa es mayor que la de la hoguera.

—Sí. Como mi pareja.

Me yergo un poco y me inclino hacia él para besarlo.

—Me encantaría. —Vuelvo a sentarme cómodamente y le pregunto—: ¿Por qué te ponía tan nervioso preguntármelo? Seguro que sabías que diría que sí.

—Contigo nunca se sabe, P.

Su confesión me remueve por dentro.

—Lo siento...

Bennett sacude la cabeza y se toca los rizos un segundo. Como se ha pasado el día con el gorro puesto y antes yo se lo he agarrado con las manos, le ha quedado enmarañado y ahora tiene un aire pueril.

—No pasa nada. Creo que no estaba preparado para que me rechazaras en esta ocasión.

Sonríe juguetón y el gesto en sí resulta más que encantador. Se me aviva otra vez el cuerpo entero.

—¿No?

—No. Será la primera vez que mis padres estén en la misma sala desde que mi madre se divorció. O sea, que voy a necesitarte allí... Como mi pareja o como mi amiga. Cualquiera de las dos cosas me habría servido.

Me quedo helada. Intento asimilar toda la información que va soltando sin reaccionar de forma explosiva.

—Vaya... ¿Te preocupa?

—Un poco. —Se encoge de hombros—. Pero estaré bien. Y tú estarás allí, como mi pareja. Así, todo será mejor.

La cabeza me va a mil por hora y me invaden tantos pensamientos que soy incapaz de centrarme en uno solo.

—A lo mejor deberíamos hablar más —sugiero—. De todo.

Bennett frunce el ceño y la sonrisa se le desdibuja poco a poco.

—No. No hace falta.

Sería muchísimo más fácil dejar el tema.

Volver a que fuesen todo alegres sonrisas y gestos juguetones; que este paraíso costero se convirtiera en un oasis.

Pero lo cierto es que no sería más que un espejismo.

Si solo nos pasa aquí, juntos, no será real.

Y, para que sea real, puede que primero tenga que doler.

—A mí me gustaría —comento.

Bennett aprieta la mandíbula, clavando la mirada en la hoguera. Cede y asiente.

Junta las manos y las aprieta. Supongo que estará intentando no empezar a dibujarse palabras en el muslo.

—Vale.

—¿Estás bien? —le pregunto—. No lo digo por eso. Es que nunca te he visto saltándote clases. O entrenos. Solo quiero asegurarme de que estés bien.

Sonríe débilmente, como si pudiera partírsele el gesto con un solo golpe.

—Estoy bien. A ver, dentro de mis posibilidades. —Encoge sus enormes hombros. Baja la voz y añade—: Ya sabes cómo es mi vida. Difícil, siempre.

—¿Ah, sí?

Da igual que yo crea que lo conozco. No es suficiente. Bennett tiene que abrirse conmigo.

Vuelve a encogerse de hombros.

—Solo estoy intentando capear el temporal, P. Tranquila. Se me pasará. —Pasea la vista por la extensión del oscuro océano—. Siempre se me pasa.

Se hace un largo silencio entre nosotros.

Mantengo la vista fija en el dorado brillo que le ilumina el rostro, que hace que le resalte aún más la mandíbula, cubierta por una sutil barba, y que sus gruesas y fruncidas cejas le ensombrezcan esos ojos azules como el océano. Unos ojos que podría pintar de memoria.

—Ahora mismo no quiero hablar de mí —añade en voz baja, casi susurrando—. Si no te importa.

—Claro que no. Pero ¿me prometes que, si algo no va bien, me lo dirás? —le pregunto. Alargo el brazo para cogerle la mano y entrelazo los dedos con los suyos—. Prométemelo.

—Te lo prometo.

Una fría ráfaga de aire me azota el pelo y tirito. Bennett se quita la bufanda y me envuelve con cuidado para que pueda acurrucarme en él, en su calor corporal. En su olor.

—¿Fue...? —empieza a decir antes de bajar la vista y clavarla en el suelo, apartándome la mirada—. Ya sé que dijiste que no fue por mí, pero es que... tengo que preguntártelo: ¿hice algo...? ¿Para que te alejaras esa noche?

La noche de Fin de Año de cuando íbamos a primero de carrera. Esa noche. La que he bloqueado de mi mente con todas mis fuerzas hasta convertirla en un recuerdo brumoso que me niego a evocar.

Sin embargo, a pesar del nudo que siento en la garganta, al final encuentro la voz para decir:

—No. Tú no hiciste nada.

Bennett asiente. En su rostro entreveo alivio, pero sigue pensando en ello.

—Creo que me he pasado bastante tiempo creyendo que sí fue culpa mía. —Carraspea para deshacerse del nudo que debe de tener en la garganta—. Que yo era demasiado..., o que no supe entenderte bien y que... Que querías a alguien que fuera más normal.

Cierro los ojos mientras asimilo la vulnerabilidad y la ternura de sus palabras, que me sientan como cuchillazos en el corazón. Y me los merezco absolutamente todos.

Me viene un flash de ese cuarto azul marino. De los gemidos de un perro. De una confesión dicha a media voz y medio desgarrada: «Alguien como tú nunca podría querer a alguien como yo, ¿a que no?». Y, a falta de una negativa, un portazo.

Se me revuelven las tripas y dejo que el frío vuelva a serenarme.

—No tuvo nada que ver contigo. —Exhalo—. Eres perfecto, Bennett.

Tras un segundo, pregunta:

—Entonces, ¿por qué me dejaste?

«Porque no estaba bien y nunca podrías entender el porqué. Porque tenía dieciocho años y estaba tan aterrada de perderte que lo saboteé todo. Porque tenía que hacerme daño a mí misma antes de que me lo hicieras tú».

Y luego seguí haciéndolo. Me fui lastimando una y otra y otra vez. Como si así fuera a conseguir borrar lo que yo misma había hecho.

¿Me he convertido en el monstruo que con tanto esfuerzo he intentado no ser?

—Nunca quise dejarte —trato de responder, abrazándome con fuerza por el torso—. Pero... estaba destrozada y tenía miedo, Bennett. Y lo siento. Siento muchísimo todo lo que te hice. Lamento el daño que te hice sin parar y lo de Rhys...

—Para —me detiene levantando las manos en el aire y cerrando los ojos con fuerza, sufriendo—. No puedo... Todavía no.

No me imagino nada más que no sea seguir avanzando con Bennett. Sin embargo, se me ha olvidado que, a lo mejor, este dolor es un túnel sin fin. Que la he cagado tanto que será imposible enmendarlo todo; arreglarlo lo suficiente como para poder cruzar al otro lado.

Speyside siempre ha sido un sueño. Y puede que continúe siendo justo eso.

—A veces, me preocupa pensar que lo más inteligente que hice fue dejarte —confieso envuelta por el silencio—. Pero lo empeoré todo aún más porque nunca llegué a soltarte. A lo mejor, de haberlo hecho, tú habrías pasado página. Y habrías sido más feliz.

Bennett se agacha de inmediato en esta terraza empedrada, con la luz de la hoguera iluminándolo desde atrás cual deidad envuelta por un gran halo de llamas. Y me coge la cara con ambas manos. Con cuidado y ternura; constante e inamovible.

La estable orilla, con su inquebrantable firmeza ante el vaivén de mis olas. Bennett siempre ha sido esto.

—Habría dado igual —reconoce con el mismo hilo de voz con el que yo he hablado—.

Nunca habría estado dispuesto a soltarte.

Desde ese día en los vestuarios, solo he pensado en ti.

Respiro y me inundas los pulmones. —Exhala de forma casi agitada y levanta sus ojos azules, donde se entreven unas lágrimas, para mirarme fijamente—. ¿Por qué te cuesta tanto entenderlo?

Nos quedamos ahí, helados en una especie de viñeta marina distorsionada y llena de deseo, dolor, ansia y desesperación.

Quiero enseñarle partes más oscuras de mi ser; quiero enseñarle aquello que está roto en mi interior. Quiero mostrarle esa versión más joven y más pequeña que habita en mí; esa que solo ha experimentado dolor y miedo. Menos cuando está con él.

Pero es que... no puedo.

Las palabras se me atascan en la garganta, amenazando y prometiéndome alivio a partes iguales. Así que dejo que Bennett me abrace con más fuerza y me bese el pelo.

Con la vista puesta en las llamas de la hoguera, me pregunto si llegará un día en el que pueda mostrárselo todo. O si es que acaso, al igual que tantos maravillosos poetas y quienes son objeto de su amor, estamos condenados a convertirnos en cenizas y a no conseguir nunca lo que tanto deseamos.