49. Paloma
Paloma
PASADO: PRIMERO DE CARRERA
DICIEMbrE
Bennett se pasa los primeros quince minutos de trayecto hasta la casa de su padre en silencio. Ha puesto su tranquila música indie de rigor y yo intento relajarme, pero no puedo dejar de mirarlo por el rabillo del ojo para intentar descifrar lo frustrado que está.
«¿Acaso lo molesto? ¿O será porque le he mentido?».
Siete, en cambio, está sentado en la parte trasera, con la cabeza apoyada en la consola que separa mi asiento del de Bennett, mirándome, con sus grandes ojos marrones.
Al final, cuando tomamos la salida que nos llevará al centro de Boston, le pregunto:
—¿Estás enfadado conmigo?
—Sí. —Resopla. Se me revuelve el estómago, pero asiento—. Estoy enfadado porque me has mentido. Estoy enfadado porque no pensabas decirme que pasarías las fiestas sola.
Ya he empezado a negar con la cabeza con los dedos clavados en el suave cuero del asiento.
—No pasa nada. No me importa.
—A mí sí que me importa —responde Bennett, cortante, frustrado. Está enfadado, pero parece que esté intentando hacer todo lo posible por no estarlo. O, al menos, por no gritar o dirigir su enfado hacia mí—. A mí sí que me importa que te quedes sola.
Guardo silencio sin saber muy bien qué hacer o qué decir. No tengo experiencia en una relación romántica como esta, pero sí he visto a gente enfadada. Entre gritos y discursos condescendientes, he aprendido varias lecciones. Sé cuándo debo cerrar el pico.
Pero... ahora parece que está teniendo el efecto contrario.
Nada más aparcar en la entrada, Bennett me mira. A juzgar por la cara que pone, no parece que se encuentre muy bien.
—Lo siento —se disculpa, y yo abro los ojos como platos—.
Es que... Odio imaginarte estando sola. Lo odio y me.
.. Cuando he oído la alarma y me he dado cuenta de que no pensabas contármelo, creo que me he dejado llevar por mis.
.. —Deja la frase a medias, como si, de repente, se le hubiese cerrado la garganta.
Sacude la cabeza y se frota el muslo repetidamente para tranquilizarse, aunque sus movimientos rozan lo agresivo—.
La próxima vez, Paloma, dímelo. Por favor —me suplica.
Tengo las palabras en la punta de la lengua, y me piden a gritos que las libere y que me las calle a la vez. «Gracias. Por preocuparte por mí. Por no querer que me quede sola».
—Lo haré —consigo decir al final—. Te lo prometo.
Alargo el meñique hacia él, por infantil que sea el gesto. Sin embargo, funciona, porque a Bennett se le dibuja una breve y encantadora sonrisa de medio lado en el rostro. Entrelaza su meñique con el mío y sacude la mano.
Tras decirme que no me mueva, salta del coche, lo rodea, saca a Siete y coge mi mochila de detrás antes de abrirme la puerta.
Una parte de mí continúa tensa al verlo con mi mochila y me desespero por cogerla y no perderla de vista, pero confío en Bennett.
Y tanto esta confianza como la apabullante sensación que siento de estar a salvo no han hecho más que crecer.
—Estoy supercontento de que estés aquí, P. —me dice.
Al notar la firmeza de su mano en mi lumbar, se me relaja el cuerpo entero.
Una vez dentro de la casa de Beacon Hill, encuentro a Adam Reiner sentado en el sofá blanco. Noto una pizca de ansiedad en el estómago al acordarme del tirante momento que compartimos hace unos meses. Creo ver cierta frustración en esos ojos azules tan parecidos a los de su hijo.
—Paloma —me saluda antes de que yo diga nada—. Qué bien que hayas podido venir.
Asiento con una delicada sonrisa y respondo:
—Gracias por dejar que me quede aquí.
Bennett me da un beso en la sien y me dice:
—Voy a buscarte algo de beber.
Desaparece en la cocina. Miro a ese imponente hombre que me mira; me siento un poco fuera de lugar.
Me muerdo el labio inferior.
—Eh...
—¿Estás bien, Paloma? —me pregunta Adam, con un tono tranquilo, algo preocupado.
Me tenso, pero me apresuro a asentir antes de ir hacia el árbol, como si estuviese admirándolo. Este hombre es muy observador, demasiado, y no me gusta que pueda ver algo que yo no quiero enseñar. Que Siete me siga y me mire fijamente no ayuda en absoluto.
—¿Todo bien? —se interesa Bennett.
Se me acerca con una taza de chocolate caliente. Le ha echado nubes encima, de modo que no veo el líquido que hay bajo esa esponjosa cobertura blanca.
—Todo bien.
Bennett me mira un segundo más antes de envolverme con un brazo.
—Creo que nos iremos pronto a la cama. ¿Papá?
—Genial. —El hombre sonríe—. Yo creo que me iré a casa de Max y Anna un rato, ¿de acuerdo?
Bennett asiente y me coge la mano para subir las escaleras, dejando a su perro atrás, con su padre.
Me tumba en su cama, rodeados por la cálida luz de la lámpara y el confort de los libros de poesía que tanto ama.
Tiro de él para que quede encima de mí y lo beso, sujetándome con fuerza a sus hombros, por encima de la sudadera.
Bennett sabe a zumo de uva espumoso y galletas dulces. Y es mío y solo mío.
—Tengo que decirte una cosa —anuncia, separándose un poco; lo justo como para apoyar su frente en la mía. Lo único que veo son sus labios, que dibujan una sonrisa de medio lado antes de confesar—: Te quiero, Paloma. Muchísimo. Con toda mi alma.
Me da un vuelco el corazón. Me centellean los ojos, llenos de lágrimas. Me siento abrumada por la ternura de sus palabras. Es como cuando me caí en esa piscina de pequeña, cuando se me tragó el agua fría y encontré algo nuevo al otro lado.
Algo mejor.
—Bennett...
—No te lo estoy diciendo para que tú también me lo digas —añade, separando aún más la cara de la mía para clavar sus ojos como el océano en los míos—. Te lo digo porque necesito que lo sepas. Necesito estar seguro de que lo sabes.
Quiero decírselo. Es lo que siento. De hecho, es la única vez que lo he sentido.
Abro la boca, que parece que esté lista para tal intensa y aterradora confesión. «Díselo ya. Díselo. Son dos palabras».
Pero es que ya dije esas palabras una vez. Te quiero .
Cuando tenía dieciséis años y estaba desesperada por aferrarme a cualquier migaja de atención que me ofrecieran. En lugar de ser fuerte y darme ese mismo amor a mí misma, me encerré y me refugié en la única persona que parecía desearme, como si así fuera a conseguir que me quisiera.
Nos acostamos, nos quedamos tumbados en su cama y, sonrojada y con la mirada centelleante, le susurré esas dos palabras.
Y él sonrió. Se le tensaron tanto los labios que pensé que igual se echaría a reír.
— Cielo... ¿Ya te has enamorado de mí? Tsss —dijo antes de sacudir la cabeza y colocarme uno de mis rubios tirabuzones detrás de la oreja .
Un gesto tan dulce y tan opuesto a sus palabras... Se me revolvió el estómago y las tripas hasta que, al final, llegaron las náuseas.
— Qué necesitada estás... —Se rio—. No te preocupes. Ahora me ocupo yo de eso .
Cuando lo dijo, a mí no me costó nada autoengañarme haciéndome creer que era su forma de decir que me quería. Que le importaba.
Los ojos se me llenan de lágrimas mientras miro a Bennett. Es tan atractivo... Tiene la piel sonrosada y los ojos resplandecientes; profundos como el océano, dueños de mi paz. Mi confort. Mi hogar.
—Perdona —me disculpo secándome los ojos—. No sé por qué estoy llorando.
Bennett niega con la cabeza con una sonrisa triste.
—No pasa nada, P.
—Y yo —susurro envuelta por la seguridad de sus brazos—. Te quiero.
—¿Sí? —me pregunta, y noto su sonrisa pegada a mi pelo.
—Muchísimo. Con toda mi alma.
«Más de lo que sabrás o entenderás jamás», pienso.
Celebro la Navidad con Bennett y su padre, y es todo tan mágico y perfecto como lo había imaginado.
El tiempo pasa lento y deprisa a la vez, como las estrellas que tintinean en el centelleante cielo.
Y yo me muero de ganas de poder guardar este recuerdo intacto en lo más hondo de mi ser para que este momento dure para siempre.
Bennett me regala una colección entera de libros de Mary Oliver de su propia colección, con anotaciones suyas hechas con boli negro a lo largo de los años.
Es como tener una parte de él en mis manos.
El tiempo sigue avanzando hasta que llegamos al día antes de Fin de Año y nos encontramos bebiendo champán del caro y zumo de uva espumoso mientras bailamos al son de la música que suena por los altavoces de la sala principal.
Su padre ha insistido en que lo celebremos con antelación, y eso mismo estamos haciendo.
Voy hacia el reproductor de CD y rebusco entre la selección que encuentro en su cesta de «favoritos». Paseo los dedos por algunos álbumes que me resultan familiares hasta que doy con uno que me encanta.
—Ese es bueno —dice Adam Reiner, acercándoseme despacio por detrás.
Ahora siempre va con mucho cuidado, como si lo ocurrido en la cocina se le hubiese quedado grabado a fuego en la memoria. Ojalá se le olvidara.
—¿Le gustan los CD? —me intereso.
Él asiente con una sonrisa en los labios y me coge el disco de la mano para ponerlo en el reproductor.
Se separa y regresa con Bennett. Lo estudio durante un buen largo, en silencio, antes de que empiece la música.
Suena «Sky Blue and Black». La delicada melodía del piano aporta cierta cadencia a mis pasos mientras me acerco a Bennett, que me está mirando.
—¿Quieres bailar? —me pregunta.
Nos hemos pasado la noche cantando y bailando, sugerencia de su padre. Mientras que Bennett es una persona calmada y estoica, él es un poquito payaso y se muestra abiertamente cariñoso con su hijo.
A pesar de que no me guste reconocerlo, Adam Reiner es exactamente el tipo de padre que soñé tener cuando estaba tan sola, cuando las cosas iban lo bastante mal como para que me imaginase a mi padre en algún lugar del mundo, desesperado intentando encontrarme.
Cuando pensaba que se daría cuenta de que no había querido abandonarme y entraría por la puerta de nuestra caravana en el momento más inesperado para venir a buscarme. Para alejarme de todo eso.
Adam despeina a su hijo al pasar y se excusa en voz baja para dar la noche por terminada.
Levanto el brazo izquierdo y coloco la mano en el hombro de Bennett mientras le cojo la mano con la derecha y empezamos a bailar. Le apoyo la cabeza en el pecho y él canturrea en voz baja y con dulzura. Más que oírlo, noto sus vibraciones.
Bennett y yo bailamos despacio y con ternura mientras el CD sigue sonando. Parece mágico. Parece amor.
—«Ansío tu boca, tu voz, tu pelo» —dice hundiendo obsesivamente los dedos en mi melena, que tanto adora.
—Tu boca.
Me besa los labios.
—Tu voz.
Me besa el cuello.
—Tu pelo. —Me besa la frente, justo en la línea de nacimiento—. Tu pelo —repite tumbándome contra el colchón, dispuesto a hacerme el amor de nuevo.
Lo miro a sus ojos azul océano mientras él me penetra con cuidado y mi corazón late por él, con fuerza, tratando de salírseme del pecho e ir con Bennett.
Aunque no pueda estar con él para siempre, nunca querré a nadie como lo quiero a él.