Unbound (The Undone 3) 48. Bennet
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48. Bennet

Bennet

PASADO: PRIMERO DE CARRERA

DICIEMbrE

Vuelvo a clavar la vista en el papel y resigo lo que he marcado en boli negro con los dedos sin llegar a tocar las hojas. Las notas de Paloma, escritas en azul, están en la otra página. Es como una metáfora viviente de los poemas.

De nosotros.

Alguien pega un manotazo sobre el papel, alguien con unas uñas cortas y limpias, piel aterciopelada y que lleva mi vieja sudadera de hockey con la manga medio mordida.

—Hemos dicho que lo miraríamos a la vez —se queja, sacudiendo la cabeza en señal de desaprobación, aunque su mirada es pura picardía.

Cierro la carpeta y me cruzo de brazos, recostándome contra la pared que tengo detrás, sentado en la cama de su habitación de la resi.

—¿Y si no quiero esperar más?

—Pues te aguantas —responde con firmeza, pero sin reproche.

Me entran ganas de tumbarla contra el colchón y volver a hacérselo, pero hoy ya nos hemos acostado dos veces. Y Paloma acaba de ducharse.

Lo de la ducha me cuesta. Ver la cálida y sonrojada piel de Paloma... Hundirle las manos en el pelo y lavárselo y mimárselo aunque acabemos de enrollarnos... Solo consigue volver a ponerme a cien.

De modo que la beso. Por más que así no logre saciar la anhelante bestia que habita en mi interior desde esa noche en la casa de la playa.

Hemos estado juntos casi cada día desde entonces. Hemos estudiado juntos para los finales en su habitación de la resi y hemos dormido juntos prácticamente todas las noches. Y nunca parece ser suficiente. Cuando estamos separados, no pienso en otra cosa que no sea ella, ella y ella.

—¿Cuándo te marchas, para las fiestas? —se interesa.

Vuelvo a fruncir el ceño. Últimamente, me lo ha preguntado un montón. Y Paloma se acuerda de casi todo.

—Después del entreno del martes. —Estamos a sábado; la mitad del campus se largó en cuanto terminaron los exámenes—. Pasaré la Navidad con mi padre. Y luego cenaré con mi madre y mi padrastro en Fin de Año.

—¿Siempre lo repartís así?

—Antes no. Pero..., bueno, ahora sí. Mi madre es... —Sacudo la cabeza—. Las fiestas le cuestan y creo que la entristecen un poco. Nos va mejor así, vaya. Además, a mí me gusta estar con mi padre por Navidad.

—¿En la casa de Beacon Hill?

Asiento medio distraído por cómo le cae por el hombro mi vieja sudadera de cuello redondo.

—Mi fiesta favorita es la Navidad —me cuenta como quien confiesa un secreto. Guardo preciadamente todas sus vulnerables confesiones y las protejo tanto como parece protegerlas ella—. Tiene todo un aire muy cálido y agradable... Como las chimeneas encendidas o las luces de colores.

Si bien vuelvo a asentir, mi mente se aferra a sus palabras.

Al hecho de que, a pesar de la habitual afinidad que tiene Paloma por decorar su habitación según la estación del año, aquí no hay nada de Navidad.

Una pesada sensación se abre paso en mi interior y se me revuelve un poco el estómago.

Una ligera preocupación que ha echado raíces en mí.

«Te estás obsesionando con ella y estás dándole demasiadas vueltas a todo. Relájate. No le hagas algo así a Paloma».

—A mí también me encanta —respondo. Le doy un beso en la frente y le echo unos cuantos mechones sueltos por detrás del hombro.

Tiene el pelo cada vez más claro; el tinte con el que se lo tiñe está perdiendo color.

Debe de ser porque insisto en lavárselo repetidamente cada semana, prisionero de mi implacable y obscena adicción—. ¿Tú te irás a casa por Navidad?

—Ah, eh... Sí. —Asiente y se muerde el labio. Vuelve a desviar la vista hacia la carpeta que tengo al lado y la coge—. Vale. ¿Los intercambiamos ya?

Sonrío y asiento ilusionado y un poco nervioso, porque ahora leerá los versos románticos que he ido escribiendo sobre ella desde ese primer día en los vestuarios de hockey.

Llevo medio enamorado de Paloma desde que me dijo cuál era su poema favorito de Robert Frost. No se me ha olvidado. E influyó en mi elección directamente.

Coge el papel que he preparado para ella y se lo acerca al pecho mientras regresa a la silla del escritorio.

Después de que entregásemos el trabajo a una semana de los finales, el doctor Britton nos encomendó una última tarea: escoger un poema para la persona con quien habíamos hecho el proyecto.

—Habéis pasado todo un semestre juntos, intimando —dijo, y la clase entera se rio por lo bajo, pero él se limitó a enarcar las cejas y a continuar con su razonamiento—: La poesía y la forma en que la percibimos nosotros, ya sea positiva o negativa; aquello que apreciamos en los poemas y cómo hablamos de ellos.

.. Creo que es todo una representación de cómo funciona nuestra mente en lo más íntimo. Así que sí: intimando.

Tenía sentido. Para mí, la poesía siempre representó algo muy personal, sobre todo con Paloma.

Espero a que se haya acomodado al otro lado de la habitación antes de bajar la vista hacia el papel que me ha pasado y que sigue dentro de la carpeta. Al ver el título, abro los ojos como platos.

«Tiene que ser una puta coña».

Con el estómago encogido y el corazón a mil, como si no parase de gritar «ella, ella, ella», levanto la vista. Paloma tiene la misma expresión en su precioso y perfectísimo rostro.

—Bennett...

—Lo sé.

Se ríe, hay cierta emoción en su risa. Y ahí me doy cuenta de que está llorando.

Tengo en las manos una copia de «Canto del mar a la orilla», de Robert Fanning. Y ella tiene su pareja: «Canto de la orilla al mar», de Fanning.

Escogí su poema antes de enterarme de que la obra en cuestión tenía una pareja; me bastó con leer las primeras líneas. Saber que a Paloma no solo le ocurrió lo mismo, sino que, además, me ha regalado la pareja de ese poema... Una cosa tan romántica no puede ser real.

La quiero. Estoy enamorado de Paloma.

No me hace esperar. Acorta la poca distancia que nos separa y se hunde en mis brazos para besarme. La tranquilizo, agarrándola por su larga trenza (esa que yo mismo le he hecho antes) y la calmo con un beso más suave. Me agarro al control que tan desesperadamente quiero tener cuando intimamos.

Se relaja enseguida bajo mi tacto, como si ese exterior que a veces está congelado se fuera derritiendo para dejar entrever la vulnerabilidad que esconde debajo. Esas partes de Paloma que tanto me gustan y siempre me gustarán.

—¿Qué es?

Al oír la voz de mi padre, que estaba en la cocina y acaba de regresar al salón principal, casi pego un salto.

En la esquina hay un pequeño árbol de Navidad repleto de decoraciones que hice en la escuela a lo largo de varios años, algunas figuritas de hockey algo cursis y unos cuantos adornos donde salimos los Koteskiy y nosotros.

—Un poema para mi... novia —digo, saboreando la palabra.

A mi padre le centellea la mirada y se lleva la copa de vino a la boca para darle un largo sorbo a la bebida e intentar disimular la cegadora sonrisa que se le dibuja en los labios.

—¿Novia? ¿Paloma?

Asiento.

—Todavía no lo hemos definido, pero... sí. —Me siento un poco estúpido por no habérselo preguntado—. Es... genial.

Las palabras no se pueden comparar en nada a todo lo que ella me hace sentir.

—¿Querías invitarla?

Tengo la respuesta clarísima: sí. Pero no quise agobiarla ni obligarla a que tuviera que adaptarse a las complicadas fiestas que paso con mis padres, divorciados, como hijo único.

Nuestras celebraciones no son de esas donde se reúne toda la familia y es todo un gentío y mucho ruido.

Lo celebramos de forma tranquila y relajada, solo mi padre, Siete y yo.

—Sí... Igual la llamo —respondo yendo hacia las escaleras—. Solo para... desearle una feliz Navidad y asegurarme de que esté bien.

Desde que me fui de Waterfell, mi necesidad de ella no ha menguado. No soy de los que mandan mensajes de texto, pero he sido incapaz de contenerme y no bombardearla a mensajes de vez en cuando. Solo para ver cómo está.

Responde enseguida.

—¡Hola!

Suena tan feliz, tan alegre... Es como si hubiese estado esperando a que la llamara.

—Hola, P. —exhalo, y sonrío—. Te echo de menos. ¿Cómo estás?

—Estoy bien. Estoy...

De fondo, se oye el sonido de una alarma a todo meter. Estaba relajado, pero me levanto y casi tiro el móvil para alejarme del ruido que me llega desde el otro lado de la línea.

—¿Paloma? —digo más alto de lo que pretendía. Al oír su nombre, Siete se levanta de la cama que tiene en el salón y se sienta a mi lado—. ¿Qué es ese ruido?

—Es la alarma de incendios —dice a través del alboroto. Aprieto los dientes—. Perdona... Han enviado un correo para decirnos que la ignorásemos, que estarían con el mantenimiento, pero suena superfuerte. Lo siento.

—¿Qué? —pregunta con una voz rara—. ¿Dónde estás?

Guarda silencio demasiado rato y yo aprieto el móvil con tanta fuerza que por un momento temo romperlo.

—En la resi —confiesa—. ¡Pero estoy bien! Te lo prometo, Bennett. ¡Estoy bien!

—Pensaba que te irías a casa —contesto, a pesar de que ya he pillado la chaqueta y los zapatos y estoy bajando las escaleras—. Paloma, ¿por qué no...? ¿Por qué me has mentido?

—Lo sé. Lo siento. Es que no... No me hablo con mi madre. Pero no quería acoplarme a otra de tus celebraciones. Tienes familia y me...

—Paloma —la interrumpo. Me aprieto la sien con los dedos, me duele—. Haz la maleta. Llego dentro de media hora.